El hacedor de camas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de abril de 2012

hacedor camasRamón, de doce años, es el primer invitado de Nina, su abuela, a pasar el verano en el campo, y el narrador de la novela. Poco a poco llegan los tíos y tías, a quienes Ramón identifica por sus apodos: el tío lustrado y la tía quejumbrosa, el tío deportista y la tía colorina, el tío mano atrofiada, la tía ojos de pájaro, el tío artista fumón y la tía sicóloga, el tío editor y la tía ojerosa, el tío cabeza tatuada; todos los hermanos menos los papás de Ramón, que andan de viaje fuera de Chile, y el que murió de diabetes. Todos y la figura imponente de Nina, la abuela que pinta y hace temblar a todos con su ronco vozarrón. En la casa hay muchas piezas, colchones antiguos y con los resortes vencidos, un bosque de cedros, un perro, ratones, moscas, abejas. Jarros de pisco sour circulan cuando ya han llegado todos. La novela transcurre en unas vacaciones a fines de los noventa o comienzos de los dos mil, cuando ya circulaba el billete de veinte mil pesos pero su uso era todavía muy poco habitual en transacciones pequeñas.

El relato está construido sobre la base de breves fragmentos; en ocasiones, de una línea; rara vez, de dos o más páginas. Ramón intercala la crónica de las vacaciones con recuerdos de los momentos más significativos de su infancia: cuando murió su perro Pastelero, cuando se disfrazó de hipopótamo, cuando se comió seis completos en tres minutos y ganó la competencia escolar. La mirada del niño, cada vez menos inocente, retrata una familia que alienta tensiones antiguas y que tiene, como es obvio, secretos, esqueletos en el armario, historias vergonzantes, así como también esos momentos de alegría epifánica que jamás se olvidan. Hay líneas del relato -especialmente las que tienen que ver con los vecinos, los campesinos y trabajadores- que podrían haber tenido un desarrollo más amplio; hay personajes que podrían haber crecido más. Pero sin duda es una novela interesante que cala una vez más en los entresijos de la vida de las familias burguesas criollas, de esas que suelen pasar en puntillas por la historia reciente del país (pero este no es el caso; la tía ojos de pájaro perdió a su novio en la dictadura militar) y que asisten con un cierto aire atónito y desamparado a la ola de cambios que ocurre en Chile. Moffat tiene además sentido del ritmo y agrega a su prosa una cadencia liviana y ágil que se lee con gusto y rapidez.

Alejandra Moffat. Sangría Editora, Santiago, 2011. 288 páginas.

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