Aquí todo es mejor

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de septiembre de 2012

Aquí todo es mejorDe la interminable cantera de narradores que produce Estados Unidos, la editorial barcelonesa Alpha Decay -así como Anagrama en sus mejores momentos- está rescatando una buena cuota de lo mejor para su exigente catálogo (que hasta ahora incluye sólo un libro de autor chileno: No leer, de Alejandro Zambra). Uno de ellos es Justin Taylor, de 30 años, editor también y colaborador habitual de medios como The Believer o The Nation, con textos de ficción y no ficción. Aquí todo es mejor es su primer libro de relatos; su primera novela, El gospel de la anarquía, también está anunciada en Alpha Decay. Tribus urbanas -góticos y punks, por ejemplo-, estilos musicales, vagos manifiestos políticos, identidades proclamadas a través de la ropa, son maneras de rodear estas narraciones, de situarlas más allá de la anécdota o del lugar en que transcurren; son espacios urbanos, desde luego, pero podrían estar en cualquier lugar de aquella extensa geografía. Lo que importa es la inquietud que recorre a los personajes, su insatisfacción, su manera de dar tumbos en un mundo que si los mira, lo hace de reojo y con algo de asco. Tiene algo de llamativo y paradójico que en la primera potencia mundial, en el país más rico del mundo, la mejor narrativa sea precisamente la que hurga en los rincones oscuros y levanta lo que está escondido bajo la alfombra. Taylor destaca entre los nuevos narradores por la seguridad del trazo y lo imprevisible de sus narraciones. Si, según la crítica estadounidense, recuerda a Carver y Roth, nunca es de manera trillada y reconocible; hay en sus cuentos un hálito poderoso de algo nuevo y distinto, que reconoce señales y retrata ambientes que son parte de un paisaje ya universal. Hábil en el uso de la metáfora, la comparación y la paradoja ( por ejemplo, acá: «La levantó y la llevó en brazos bajo la lluvia como el esposo a la esposa o el monstruo a su amada víctima»), Taylor sorprende por su dominio de las herramientas del oficio a través de relatos que parecen, sí, a la manera de Carver, escenas inconclusas, súbitos claros de luz sobre un hilo que podría rastrearse desde antes del inicio o luego del final, pero tienen una frescura distinta y una capacidad para interpretar también su tiempo que se manifiesta de manera sutil, sin alardes, sin necesidad de mayor contexto, desnuda en su verdad.

Justin Taylor. Alpha Decay, Barcelona, 2012. 203 páginas.

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Cuando hablábamos con los muertos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de enero de 2014

Nuevo documento_1El primer título de una nueva editorial independiente en Chile, Montacerdos, es este, de la argentina Mariana Enriquez (sic), periodista y escritora, subeditora de Radar/Página 12, uno de los suplementos literarios de más tradición en Argentina. La edición agrupa dos cuentos y una nouvelle que fue editada en su país de manera independiente. Las tres obras coinciden en el tono, aunque más todavía en una curiosa y original manera de explorar los géneros literarios. Porque, en apariencia, se trata de historias de terror. De hecho, durante la lectura es difícil evitar uno que otro escalofrío. Se trata, por lo demás, de un género desafiante, que cuenta con una ancha tradición y, también, con mucho exceso, falta de contención y uso de recursos fáciles. El estilo contenido de Mariana Enriquez se manifiesta no solo en huir totalmente de aquellas estrategias que persiguen el susto fácil, sino que también en un lenguaje cuidado, fluido, familiar, cercano, que casi obliga a sentirse parte de estas historias bien enhebradas y con suspenso muy bien dosificado. Pero lo más interesante es que la autora explora el género desde un lugar poco habitual. Si se trata, en “Cuando hablábamos con los muertos”, de chicas adolescentes que quieren usar la ouija para convocar a los espíritus errantes, introduce el tema de los detenidos desaparecidos argentinos, sin aspavientos y sin que se sitúen en el centro de la trama, pero ahí están: es otra manera -sutil y sorprendente- de resituarlos en la memoria colectiva. “Las cosas que perdimos en el fuego” tiene algo de crónica policial y otro poco de retrato descarnado de un caso que podría describirse como locura colectiva, pero sobre el telón de fondo -esta vez harto más explícito- del maltrato (las golpizas, la desfiguración, el femicidio) que sufren las mujeres en todas las latitudes. “Chicos que vuelven” es la historia que más propiamente puede inscribirse en el género terrorífico, porque recurre a figuras ya tradicionales en la literatura y el cine, pero de una manera que nuevamente sorprende, tanto por el cuidado en la construcción del relato como en el modo en que un tópico -un topicazo, a estas alturas, en el cine, sobre todo- se convierte en una singular manera de introducir cuestiones como el secuestro de mujeres para la prostitución, los abusos de los padres sobre los hijos, las rupturas matrimoniales que llevan a que uno de los cónyuges se escape con los hijos, la drogadicción, la miseria y el abandono.

Mariana Enriquez. Montacerdos, Santiago, 2013. 109 páginas.

La vida interior de las plantas de interior

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 6 de abril de 2013

la-vida-interior-de-las-plantas-de-interiorEn este nuevo volumen de cuentos, Patricio Pron demuestra una vez más su especial talento para el relato breve. Como en anteriores libros, juega con los personajes, los tiempos y el ritmo de las historias; y aunque parezca a veces que el hilo se pierde, se trata, en realidad, de giros argumentales que gradúan la sorpresa. En uno de ellos, “Diez mil hombres”, el mismo Pron (o alguien que se llama Patricio Pron) es el protagonista; en “La explicación”, hay una fugaz aparición de un escritor belga, Laurent Maréchal, que ha escrito libros con los mismos títulos de los de Pron. En “Un jodido día perfecto sobre la Tierra”, el personaje principal es jurado habitual en concursos de cuentos; este cuento es también el que mejor revela una faceta poco habitual en Pron, un humor cáustico, ácido e irresistible (la descripción de los cuentos que llegan habitualmente a los concursos está entre las mejores y más divertidas páginas del libro). “Trofeos de amantes que han partido” trata de aspirantes a escritores, escritores hechos y derechos, blogs, comentarios borrados, obsesiones y suplantaciones; todo con un aire muy cercano para quienes frecuentan las redes sociales. Y “Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas” trata con ironía y también secreta simpatía el destino de los escritores de provincias que llegan a la capital, así como qué puede significar para quien se inicia en las letras la obra de los escritores consagrados. Son los cuentos literarios. Otros exploran los encadenamientos del azar, y el foco puede estar tanto en un albatros perdido en un depósito de basura en el Atlántico como en una vendedora de flores en un desangelado centro comercial. Algunos relatos, como “El nuevo orden de la última lluvia” y “Rododendro, tradescantia, tillandsia, bromelia”, tratan muy profundamente las posibilidades de la desesperación, la tristeza y el desamparo, siempre a la manera de Pron: nunca está todo dicho y no hay ese psicologismo que malogra tantos intentos de hablar de lo mismo. En este libro, Pron muestra más soltura, más humor y más autoironía que en los anteriores, así como la confirmación de un estilo único que dialoga con la tradición sin perder el pulso ni la originalidad.

Patricio Pron. Mondadori,  Buenos Aires, 2013. 140 páginas.

La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de noviembre de 2012

la-liebre-con-ojos-de-ambarLos netsuke son pequeños objetos artesanales -esculturas en miniatura- cuya función es cerrar, abrochar, como si se tratara de un botón, pero frecuentemente -como en el caso del kimono, que en realidad se cierra con el cinturón- su uso es sólo decorativo. Los netsuke también cierras tabaqueras, bolsas de opio y cajas en general. De madera, bambú o marfil, con un sello y significado especial cada uno, dan pie a una de las formas más destacadas de coleccionismo. El ceramista inglés Edmund de Waal, descendiente por el lado materno de una antigua familia judía, los Ephrussi, recibió en herencia de uno de sus tíos una colección de más de 200 netsukes; el primer Ephrussi coleccionista, Charles, inició las compras de esculturas en París en 1870; y luego, conforme a la tradición familiar, había que legarla a un pariente, ojalá un sobrino. De Waal la recibió en Tokio de manos de su tío Iggie, quien residió más de cincuenta años en esa ciudad. Es una herencia especialmente interesante para un ceramista cuyos objetos están destinados a museos, galerías de arte y coleccionistas, no para el uso cotidiano. De Waal se enorgullece de poder recordar “el peso y el equilibrio de un cuenco y cómo funciona la superficie en relación con el volumen”. Pocos como él para apreciar, entonces, la delicadeza de estos pequeños objetos que suelen acompañarlo en un bolsillo, para sacarlos de vez en cuando e interrogarse sobre la forma y la historia de la escultura. Y entonces, cuando recibe la herencia, decide contar la historia de los netsuke en su contexto, en el París de 1870, en la Viena de la primera mitad del siglo XX, en el Tokio de la segunda. Lo fascinante del libro está en el modo en que de Waal aborda el relato. No quiere entregar un libro más de memorias familiares, “un puñado de anécdotas bien cosidas”. Y aventura una interesante hipótesis: “Todo en los relatos se reduce al paso de los objetos de mano en mano. Te doy esto porque te quiero. O porque a mí me lo dieron. Porque lo compré en un lugar especial. Porque tú lo vas a cuidar. Porque te va a complicar la vida”. Y bajo esa hipótesis sigue el recorrido de los netsuke, de las casas donde habitaron, de quienes los cuidaron; una epopeya familiar narrada con delicadeza y profundidad, un viaje al pasado que también lo es, sobre todo, hacia el presente, hacia el autor y su manera de descubrir quién es y por qué ha sido elegido por los netsuke para hablar de ellos.

Edmund de Waal. Acantilado, Barcelona, 2012. 366 páginas.

20.000. Diez relatos espeluznantes

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de enero de 2014

Portada-20.000La legalización de la producción y el consumo de la marihuana en Uruguay ha reabierto un debate mundial sobre una droga cuya peligrosidad ha sido muy cuestionada. La ley 20.000 penaliza el tráfico de marihuana. No así el consumo, pero, para consumir, hay que tener; y eso abre dos opciones: el autocultivo -penado por la misma ley- y el recurso a las redes de narcotráfico. De ello tratan estos diez cuentos, como lo aclara el subtítulo: «Una ley que fabrica delincuentes en un país donde nadie está a salvo». En la introducción, los editores dicen que «no estamos discutiendo los beneficios o depravaciones de un vegetal casualmente llamado droga en vez de ensalada. Lo que buscamos es demostrar que la persecución es siniestra y es una solución retrógrada al problema de la drogadicción (si es que la marihuana juega un rol en eso)». Para encontrar los relatos organizaron el Primer Concurso Literario Sobre la Ilegalidad de la Marihuana en Chile.

Algunos cuentos, como es previsible, rondan la innecesaria truculencia, especialmente los dos primeros, «Por veinte lucas» y «Sin pepas». «Euforia» es un relato que juega con la idea de que la legalización universal de la marihuana tendría efectos devastadores en la sociedad. Hay otros cuentos cuyo valor es más testimonial y didáctico: «Cronología del daño» y «Por la madre, cualquier cosa» apuntan hacia el riesgo del autocultivo; en la misma línea, pero desde la perspectiva de un policía arrepentido que a la vez señala la corrupción que protege el narcotráfico, se inscribe «Relato de un antihéroe». «El profesor» y «Solo fui a comprar» tocan el microtráfico. Este último es uno de los más logrados; la trama es obvia, se trata de comprar droga, pero el estilo coloquial del relato capta muy bien la sensación de riesgo y peligro: «Todo lo que tuve que hacer me lo hicieron quienes permiten que esto se mantenga así. Esta vez no me atraparon los pacos ni los delincuentes, pero sí me atraparon. Me sentí un delincuente más, un delincuente sin culpa ni delito». «100 sensaciones» sitúa la marihuana como parte central en una historia de amor. «Las cinco de la tarde en alguna parte» es otro cuento muy bien escrito y quizá el más imaginativo: ya no se trata de la marihuana, esta vez es otro producto de consumo habitual el perseguido por la ley, y el juego paródico que levanta la autora es de lo mejor del libro.

Varios autores. Libros de la Pollera. Santiago, 2013. 135 páginas.

Cuentos completos de Thomas Mann

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 12 de febrero de 2011

Cuentos Thomas MannEn realidad, el título es -felizmente- engañoso. La edición incluye por primera vez no sólo todos los relatos breves de Thomas Mann (excepto uno escrito en hexámetros que el mismo autor miraba de reojo), que pueden ajustarse a la definición clásica de cuento, sino también sus novelas cortas o nouvelles, esos relatos que transitan entre el rigor exigente de la forma breve y la complejidad arquitectónica de la novela. Entre ellas están varias que suelen editarse como volúmenes independientes, como Muerte en Venecia, Señor y perro, Las cabezas trocadas y La engañada. Así, puesto que Mann se dedicó al cuento sólo en sus primeras etapas, se logra un recorrido amplísimo, que va desde el primer relato escrito a sus 17 años (Visión, apenas dos páginas de empalagoso impresionismo), hasta La engañada (1953, la última novela que Mann entregó antes de su muerte, ocurrida dos años después). En el intervalo queda otro puñado de cuentos memorables, que funcionan como hitos en un recorrido reconocido por las vastas catedrales narrativas que constituyen lo más característico de la producción literaria de Thomas Mann.

Bien dice la editora, en el prólogo, que Mann «escribió novelas cortas a lo largo su vida. Acompañaban la escritura de las grandes novelas que cimentaron su fama, y algunas de ellas son tan famosas como las obras de mayor envergadura o incluso más». Se refiere, naturalmente, a Muerte en Venecia.También hay que destacar la sutil relación entre las obras de larga extensión y las más breves; algunas funcionan como primeros ensayos, esbozos, maneras de situar un tema en el horizonte narrativo del autor. Tonio Kröger, por ejemplo, adelanta el motivo del artista herido por una sensibilidad fuera de lo común que retoma en Muerte en Venecia y Doktor Faustus; en cambio, La ley es una suerte de coda de José y sus hermanos, un nuevo episodio bíblico escrito casi por la inercia de los 14 años que le tomó la escritura de su novela más monumental. En muchas de ellas, Mann introduce de manera subrepticia su biografía, tal como lo hizo en libros como Buddenbroocks y Doktor Faustus. Ignorar esas circunstancias no le quita nada de valor a los relatos; como dice Hermann Kurzke, autor de Thomas Mann. La vida como obra de arte, “el rastro que sus vivencias personales han dejado en su obra literaria es parcialmente muy nítido, parcialmente diluido”, de tal manera que su reconstrucción, tarea de especialistas, sólo otorga un punto adicional de inquietud a relatos que siempre, aún hasta los muy imperfectos que abren el volumen, muestran de otra manera el mundo y resisten incólumes el paso del tiempo. 

Thomas Mann. Edhasa, Madrid, 2010. 952 páginas.

Farsa y tragedia

Reseña publicada en «Babelia», suplemento del diario El País, 28 de enero de 2012

carrozabolivarEn 1994, la Bienal de Arte de Santiago de Chile incluyó una muestra de obras de Juan Guillermo Dávila que contenía una postal de Simón Bolívar con tetas al aire y el dedo medio de la mano izquierda en alto. La obra motivó encendidas protestas de las embajadas de Venezuela, Colombia y Ecuador ante el Gobierno de Chile, puesto que su trabajo contó con subsidios estatales. La incendiaria postal de Dávila se inscribía en otro contexto -el diálogo del arte con la historia, para decirlo en pocas palabras-, pero es probable que el libro de Rosero desencadene similares reacciones de indignación, aunque, como dice uno de los personajes, “en un libro sería distinto; nadie los lee”. Es que la segunda parte de La carroza de Bolívar es una impugnación en forma a la imagen asentada del Libertador de Venezuela, Colombia y Ecuador, que lo deja como un cobarde oportunista que además cobraba tributo en la virginidad de las más bellas adolescentes que la violencia de la guerra dejaba al descubierto. Y si la primera mitad del segundo tercio peca de aridez en el profuso detalle de los errores, inconsistencias, cobardías y falseamiento de la realidad en documentos oficiales, cartas y proclamas que Bolívar llevó a cabo, la segunda mitad levanta vuelo a través de los testimonios de descendientes de aquellas jovencitas perseguidas por el prócer de la libertad latinoamericana. La ciudad de Pasto, donde transcurre la novela, fue también el sitio en donde Bolívar -según la lectura del doctor Proceso y el académico Arcaín Chivo- mostró el peor rostro posible. Por esa vía, la novela levanta un cuadro sumamente ilustrativo de un proceso que fue harto más confuso, complejo y enredado que las versiones oficiales, con el añadido de que Rosero insiste en el peso de esa herencia de mentiras y falsedades en la identidad cultural e institucional de Colombia (y de otras naciones latinoamericanas). No será raro, entonces, que este libro -aunque sea solo un libro- irrite la sensibilidad de quienes levantan su figura como estandarte de la revolución siempre prometida y nunca actualizada.

Y aunque la otra lectura de Bolívar sea el eje que afirma la estructura de la novela, la trama es una mesa de tres patas. La historia principal transcurre entre fines de 1966 y comienzos de 1967, cuando el continente hervía de ínfulas revolucionarias y los afanes libertarios eran un viento poderoso que sacudía todas las estructuras instaladas. Un médico, el doctor Justo Pastor Proceso López, descubre que una carroza hecha para el desfile de Reyes es el mejor instrumento para difundir sus ideas políticamente incorrectas sobre Bolívar, largamente elaboradas en un proyecto de libro y sustentado, en buena medida, en un historiador de principios del siglo XX. Aquel relato corre paralelo con la vida familiar y conyugal del doctor, una historia de desencuentro y frustración que resuena familiar en tantos contextos diferentes. La tercera parte de la novela introduce un tema nuevo, aunque ya anunciado: la violencia justiciera de los incipientes movimientos revolucionarios, a los que la iniciativa iconoclasta del doctor Proceso hiere tanto como a las burocracias asentadas sobre la verdad oficial, aunque sea por distintas razones (de un lado, el sueño de las utopías; del otro, el fundamento de la idea de nación). Unos y otros buscan destruir el artificio de Justo Pastor en alianza con artesanos de la ciudad de Pasto, la carroza carnavalesca que revelará la verdad no oficial sobre el Libertador.

Los dos tercios iniciales tienen mucho de farsa; en el tercero, en cambio, asoma la tragedia, desenlace natural, si se quiere, de cualquier historia que se constituya desde las premisas de la violencia, la inestabilidad y el poder. Todos los hilos confluyen hacia el 6 de enero (y hay que destacar, de paso, la riqueza de las tradiciones festivas en Colombia tal como las describe Rosero). Hilos que en su denso tramado y el vuelo de un estilo de singular riqueza sitúan a los personajes en una danza en donde las masacres feroces de la guerra independentista se dan la mano con la violencia del fanatismo ideológico, pero sobre el sustrato de una historia, al fin, de amor y desamor, de encuentro y desencuentro, entre el doctor Proceso y Primavera, su esposa, que por sí sola habría bastado para sostener el relato y que, por momentos, asoma como lo más atractivo del conjunto. El cuidado por los personajes secundarios es otra virtud de una novela que, a pesar del énfasis por momentos excesivo en detalles de la historia, está lejos de ser una tesis disfrazada de ficción. Al contrario, la superposición de planos narrativos, la distancia en el tiempo y el hábil contrapunto entre la desmitificación de Bolívar, la agitación de los sesenta y la historia personal del doctor Proceso (una interrogante: ¿qué gana la novela con nombres y apellidos extravagantes como Primavera, Luz de Luna, Chivo, Sañudo y Proceso?) logran una densidad narrativa que obliga a mirar desde otro ángulo no solo el cruento proceso independentista, sino también el áspero presente de muchas democracias latinoamericanas.

La carroza de Bolívar. Evelio Rosero. Tusquets. Barcelona, 2012. 392 páginas. 20 euros.

Una verdad delicada

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de enero de 2014

una-verdad-delicadaJohn le Carré (1937) es un caso especial dentro de los autores que se dirigen a públicos masivos. En primer lugar, se ha mantenido al día. Su trabajo en los servicios secretos británicos durante parte de la Guerra Fría alimentó una gran primera serie de ficciones protagonizada por su personaje más duradero, George Smiley, presente también -como secundario- en quizá su novela más famosa, El espía que surgió del frío, llevada al cine por Martin Ritt con Richard Burton de protagonista. Pero luego, a medida que la política mundial cambiaba y nuevos problemas surgían en el horizonte, Le Carré logró mantener la claridad de estilo y los impecables desarrollos argumentales imprescindibles para una buena novela de suspenso. Y si en los últimos años ha tenido puntos altos y bajos, con Una verdad delicada vuelve a demostrar que está en plena forma, a tal punto que ha logrado uno de los mejores finales de suspenso en mucho tiempo. Algunas de sus novelas tienen (o mantienen) un cariz fuertemente político; ha denunciado, por ejemplo, los experimentos de nuevos fármacos que multinacionales llevan a cabo con la población africana, o, en el caso de esta novela, la feroz trama de corrupción, tráfico de influencias y encubrimiento criminal que se da en sectores estatales como defensa y relaciones exteriores en el contexto de la lucha contra el terrorismo.

El protagonista, Toby Bell, funcionario aventajado de Relaciones Exteriores, da con la pista de una operación encubierta llevada a cabo en secreto por su jefe, un subsecretario estandarte y rostro del nuevo laborismo, pero no puede hacer nada; le falta demasiada información y al poco tiempo es destinado a Beirut. Pero, tres años después, las piezas comienzan a juntarse, y Toby, contrariando todos los consejos sobre el pragmatismo y la necesidad de hacer vista gorda para proteger los intereses superiores y permanentes de la Corona, va hacia adelante y revela lo que tantos intereses querían mantener oculto.

Le Carré conoce muy bien el mundo contemporáneo y su infinidad de dobleces, pero no cae en el fácil cinismo pragmático. Sus personajes son idealistas. En este caso, dice haberse basado en el testimonio de un diplomático inglés, Carne Ross, «quien, mediante su ejemplo, puso de manifiesto los peligros de expresar al poder una verdad delicada». Nunca mejor usado un eufemismo.

John le Carré. Plaza & Janés, Santiago, 2013. 361 páginas.

«Mis documentos», de Alejandro Zambra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de enero de 2014

plantDOCUMENTOS.qxd:plantCULPABLES.qxdEs el cuarto libro de Alejandro Zambra en el género narrativo. Es también el más largo que ha publicado, y el primero en que aborda el relato breve. Y con razón -aunque haya aparecido hace pocas semanas- ha sido destacado como uno de los libros del año por diversos críticos y medios. En realidad, cada nuevo libro del autor confirma lo que se sabe, que es el narrador más destacado de su generación (y de las que siguen), por su habilidad para entretejer historias que, especialmente en este, difuminan la frontera entre la biografía y la ficción y que, a la vez, logran establecer un retrato tan fiel de la sociabilidad chilena contemporánea. Hay dos tipos de cuentos en Mis documentos: aquellos narrados en primera persona, que evidentemente tienen más arraigo en la biografía del autor, y aquellos en donde un narrador en tercera persona expone fragmentos de otras vidas. Los autobiográficos -por decirlo de alguna manera: nunca se trata solo o en primer lugar de apelar a la memoria, sino de construir una historia que la devela- muestran alguna continuidad con su obra previa, Formas de volver a casa, y hay tres especialmente destacados: la humanidad, ternura y nostalgia (“una nostalgia frívola y quejumbrosa”, se lee en algún relato, aunque en realidad los adjetivos sean, aplicados al libro, una suerte de ironía) con que está construido “Camilo”, y el rencor inmisericorde -aunque también, de alguna manera, nostálgico- que atraviesa “Instituto Nacional”, donde largos fragmentos repiten la fórmula que creó Joe Brainard y continuó Georges Perec: “me acuerdo”. El tercero, “Yo fumaba muy bien”, celebra el cigarrillo (o el cigarro, como se suele decir en Chile) como una manera de mirar el mundo, de instalarse en la realidad, aunque cuente las historia de cómo lo dejó (aunque haya sido a la manera de Svevo, donde el último cigarrillo es siempre el primero de los últimos cigarrillos de la vida). Los otros, los fragmentos de otras vidas, suelen abordar otro tópico en la narrativa de Zambra, la dificultad para establecer relaciones amorosas duraderas (“era a todas luces un hombre normal, porque se había casado, había tenido un hijo, había vivido y aguantado unos años en familia y después, como hacen todos los hombres normales, se había separado”), con indiscutible y enorme talento para situar la mirada en la fragilidad y precariedad del encuentro con un otro, en esos pozos abisales de donde nacen tanto la calentura como el hastío, el amor y la rabia.

Alejandro Zambra. Anagrama, Santiago, 2013. 205 páginas.