Cómo hablamos cuando hablamos

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 30 de noviembre de 2013

PortadaAtenTesisNo se trata del “cantito” chileno que los argentinos identifican a la primera frase (aunque en otras latitudes produce más desconcierto y curiosidad que certeza), sino de una cuestión harto más interesante y reveladora. El lenguaje –la lengua de la calle, la oralidad, el fluir espontáneo de las conversaciones– expresa de manera muy clara una cierta manera de relacionarse con los otros y con la realidad propia de cada pueblo. En su tesis de doctorado, defendida en la Universidad de Valencia en 1996 y publicada en 1997, sólo distribuida en España y ahora finalmente accesible para los interesados en Chile, Juana Puga abordó el fenómeno de la atenuación en el castellano de Chile, oponiéndolo, en muchos ejemplos, al español peninsular; y desde ahí se deriva el asunto que concierne a la identidad. En el prólogo, Jorge Larraín sostiene que si bien la atenuación del lenguaje es universal, “en países más segregados o estratificados surgen maneras más notorias o sofisticadas que en países más igualitarios, en los que probablemente se hará un uso más directo del lenguaje”. Tal es, precisamente, el caso de Chile y España, en donde la atenuación marca una frontera que traduce, a su vez, el respectivo carácter nacional. Y no se trata solo de una cuestión de PortadaAtenEjemplosidentidad, sino, sobre todo, de un estilo particular de relación que va desde la simulación –como plantea Larraín– hasta el modo en que se expresan las diferencias de estatus económico y social. El trabajo de Puga es interesantísimo; aunque se trata de un trabajo académico, de aquellos que suelen espantar al lector de a pie, es accesible para cualquiera. Y hay que agradecer eso; la autora levanta un espejo y lo que se ve del otro lado no es precisamente halagüeño. Bajo el manto preciso y contenido del tratamiento académico hay una mirada libre, certera e iluminadora respecto de cómo somos los chilenos. La edición remozada de la tesis está acompañada por otro libro, que recopila ejemplos de atenuación en el habla local. Se trata de entradas que siguen un orden alfabético; más que un conjunto de ejemplos, es, en realidad, una guía segura para entender bien por qué “está un poco gordito” no significa exactamente eso.

Juana Puga.Cómo hablamos cuando hablamos. La atenuación en el castellano de Chile. Ceibo, Santiago, 2013. 176 páginas. Cómo hablamos cuando hablamos. Setecientos tres ejemplos de atenuación en el castellano de Chile. Ceibo, Santiago, 2013. 199 páginas.

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La historia verdadera en verso y prosa

Ocho títulos clave para entender el Chile de los últimos veinte años

Artículo publicado en «Babelia», suplemento del diario El País, 16 de noviembre de 2013

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Mala onda

No es el mejor libro de Alberto Fuguet. Quizá ni siquiera sea una buena novela. El crítico literario más importante de la época -1991- escribió una reseña furibunda en donde comenzó por decir que la había soportado hasta la mitad. Pero nadie puede dudar acerca del impacto que tuvo en el medio literario nacional, especialmente entre los lectores jóvenes. Para narrar la vida del adolescente Matías Vicuña, alejada de la áspera confrontación política y centrada en los dilemas clásicos de aquella etapa de la vida, Fuguet apeló a un lenguaje vivo, plagado de los chilenismos en boga y ágilmente coloquial. Fue la primera gran bocanada de aire fresco en un panorama narrativo que, recién liberado de la censura, podía expresarse a gusto, por más que a los críticos de la vieja escuela les pareciera estilísticamente aberrante y sin más contenido que el reflejo del espejo sobre el ombligo del autor. 1991, Planeta.

El palacio de la risa

Pareciera una de las obras menores de Germán Marín, publicada tras su monumental trilogía Historia de una absolución familiar. Pero es también, en la brevedad de sus 200 páginas, quizá la obra más mordiente y provocadora sobre el devenir histórico de Chile en las últimas décadas. La historia tiene como trasfondo la historia de cómo un palacete situado en la precordillera santiaguina pasó de ser una mansión familiar a una discoteca para jóvenes y, luego, el centro de torturas más importante de la época de la dictadura, la Villa Grimaldi. Pero Marín, con su estilo sinuoso que hace de la coma una señal inequívoca de estilo y su modo de enfrentar la tarea de narrar como si lo hiciera de soslayo, desde la personal circunstancia del narrador, logra ser tanto más efectivo en revelar la historia que si fuera de frente y a toda marcha. 1995, Planeta.

La esquina es mi corazón

Desde mediados de los ochenta, otra sensibilidad se daba a conocer lentamente en Chile. Pedro Lemebel y Francisco Casas, miembros del colectivo “Las Yeguas del Apocalipsis”, ponían en la escena pública la homosexualidad y el travestismo. Lemebel optó crecientemente por la escritura, que desperdigó por años en diarios y revistas, hasta que en 1995 publicó La esquina es mi corazón, un conjunto de crónicas que no sólo revelaban un mundo hasta entonces menospreciado, sino que también ponían en circulación a un magnífico escritor cuya agudeza, soltura e irreverencia corrían a la par de un estilo único y musical que bordea siempre la cursilería, pero con el suficiente talento para hincar desde allí el diente en borde repelente de la hipocresía. Pocos escritores como Lemebel para mirar por debajo de las faldas de la sociedad y decir lo que se ve desde ahí, sin tapujos, con humor y genuina indignación. 1995, Cuarto Propio.

Chile actual. Anatomía de un mito

Cuando la democracia chilena parecía haberse afirmado y se vivía el mejor momento de un ciclo de alto crecimiento económico, el sociólogo Tomás Moulian publicó un ensayo que en pocas semanas se convirtió en uno de los libros más vendidos (dicen que hasta estaba en los almacenes de barrio) y más comentados en Chile. Su ensayo -directo, al hueso y sin eufemismos, aunque con el ropaje académico de rigor- significó rasgar todos los velos del optimismo y las miradas complacientes sobre una transición habituada a esconder las incomodidades bajo de la alfombra de la retórica optimista y bien pensante. Y si hoy se cuestiona el modelo desde todos los frentes, Moulian -y así lo entendieron los lectores de su tiempo- fue el primero en denunciar el gatopardismo de la transición chilena. El título del primer capítulo -“El Chile actual, páramo del ciudadano, paraíso del consumidor”- tiene una desasosegante vigencia. LOM, 1997.

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Nocturno de Chile

Tras su primera visita de regreso a Chile en 1998, Roberto Bolaño publicó en la revista española Ajo blanco un artículo revulsivo que lo situó ya no como el importante escritor latinoamericano que era, sino también como un escritor incómodo que no tenía escrúpulos en criticar a sus pares. La historia de la casa en donde arriba se celebraban talleres literarios y abajo se torturaba -recogida en Nocturno de Chile– se convirtió tanto en una dura denuncia de la hipocresía local como en parte de una interpretación histórica y literaria más amplia. Que la protagonice un crítico literario y que zumben en el oído del lector dos personajes tan siniestros como los señores Oido y Odeim no es un efecto casual, sino el corazón de una de las lecturas más penetrantes y desoladas de lo vivido (y de lo escrito) por los chilenos desde los años sesenta en adelante. Anagrama, 1999.

Mano de obra

Desde Lumpérica, 1983, Diamela Eltit ha construido un mundo narrativo en donde campean los excluidos, los derrotados, los perdedores. Se inició escribiendo bajo la dictadura, pero su denuncia va mucho más allá -aunque la época dejó, sin duda, una huella en el estilo quebrado y contenido a la vez que caracteriza su escritura- y apunta a los efectos perversos y duraderos de una manera de convivir que trasciende fronteras. Tal vez la forma más desnuda de esa línea de denuncia está en Mano de obra, novela ambientada en un supermercado (y una casa donde viven algunos empleados) que además recorre irónicamente nombres de publicaciones obreras del siglo XX. La novela desnuda los efectos de la explotación laboral y el espejismo terrible del consumo como factor de ilusoria felicidad hasta conducir el relato a la degradación y la violencia que sólo parecen una consecuencia lógica del estado de las cosas.  Seix Barral, 2002.

Discursos de sobremesa

Si hay todavía una figura dominante y señera entre los poetas chilenos vivos, es la de Nicanor Parra. Si parecía que no había nada más que agregar a un proyecto literario que recurría cada vez más a la visualidad, Parra reinventó el género del discurso y lo dio vuelta por completo desde que en 1991 recibió el Juan Rulfo. Un discurso de Parra es una clase magistral de cómo escribir poesía con humor, con filo, con actualidad y con pleno dominio de las herramientas que brinda el lenguaje. Sólo en 2006 accedió a reunirlos en un grueso tomo que, tras su traducción de Lear Rey & Mendigo (2004), son los hitos mayores de lo que ha escrito en las últimas dos décadas el casi centenario e impredecible poeta que, a pesar de tener publicadas en dos volúmenes sus Obras Completas, puede guardar aún un tomo de sorpresas bajo la cama. Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.

Formas de volver a casa

De los escritores chilenos menores de 40, Alejandro Zambra es el que ha alcanzado mayor resonancia en Chile y en el ámbito hispanoamericano. Su primera novela, Bonsaï, con su aire leve, su brevedad y su manera de rendir homenaje a Bolaño sin caer en el remedo, significó un punto de renovación literaria tan hondo y más interesante que el de Fuguet en 1991. La culminación, hasta ahora, de su trabajo narrativo es Formas de volver a casa, un relato de dobles y triples niveles que no renuncia por ello a la transparencia de la escritura, siempre accesible pero no por ello menos cuidada. Esta novela viene a cerrar el círculo aquí descrito, puesto que narra la experiencia de un niño que crece en la dictadura (nació en 1975) y que funde y confunde diversos despertares a medida que crece y toma conciencia de quién es, de dónde y en qué tiempo vive. Anagrama, 2011.

Poema de Chile

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 23 de noviembre de 2013

portada_mistralLa historia de este libro es rara y singularmente injusta. Tan injusta, en realidad, como el extraño trato que ha recibido Gabriela Mistral, tan ícono del orgullo patrio como escasamente leída y realmente apreciada. Hay actos de reparación -como las estupendas ediciones de Tala y Lagar por parte de la UDP-, que la sacan de la academia y la devuelven a los lectores de a pie. A ellos se suma esta edición -la más completa hasta la fecha- de su libro más ignorado y al que probablemente le dedicó más trabajo, 20 años; y no alcanzó a publicarlo en vida. En 1967 apareció una primera edición, realizada por Doris Dana, que pasó totalmente desapercibida; y, claro, eran tiempos agitados no solo por la política, sino que también en el ámbito poético: Lihn y Parra, Neruda y De Rokha, entre otros muchos, animaban una escena compleja y riquísima donde la estampa de la profesora rural no tenía mayor espacio.

Tras la muerte de Doris Dana y la cuidadosa investigación de la enorme cantidad de manuscritos que dejó Mistral, aparecieron 59 poemas que, por métrica, tema y estilo, indudablemente formaban parte de este largo recorrido por Chile de norte a sur, realizado por una mujer fantasma, un indiecito atacameño y un huemul pequeño que celebra, desde luego, la geografía del país y sus hitos más relevantes, pero es mucho más que eso: hay de fondo una exploración similar a la de sus Recados, una pregunta sobre la identidad, una reflexión sobre lo que nos constituye como comunidad cultural, que por sí sola hace de Poema de Chile un libro fundamental en la producción mistraliana. A ello hay que sumar el trabajo de Mistral con el lenguaje. Siempre en octosílabos, pero con distintas rimas y estrofas, la poeta logra un libro singularmente unitario, riquísimo en descubrimientos y versos que escapan largamente del recorrido fijado, como estos: “Porque algunas cosas son / a la vez buenas y malas, / tal como ocurre con hojas / de un lado aterciopeladas / y con el otro te dejan / con la palma ensangrentada. / Casi no parecen hojas, / parecen mujeres malas”. Hay mucho que contar sobre esta cita, pero basta como muestra de una manera de hacer crecer la poesía desde un viaje didáctico hasta una suerte de diario de vida que va llenando cada vez más de sentidos distintos sus páginas. Es de esperar que esta edición tenga mejor suerte que la de 1967, tanto porque es mucho más completa (59 de los 130 poemas estaban inéditos) como porque el libro se lo merece.

Gabriela Mistral. La Pollera Ediciones, Santiago, 2013. 343 páginas.

Space Invaders

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de noviembre de 2013

Space InvadersEsta novela corta de Nona Fernández, escritora y guionista de televisión, pone en clave de ficción la misma historia que narró, en clave autobiográfica, en Volver a los 17, reunión de testimonios de escritores y periodistas nacidos entre 1969 y 1979 sobre su infancia y adolescencia en tiempos de dictadura. Hay mayor elaboración, desde luego, y trabajo de la ficción, especialmente en el modo de revivir la época y en la variedad de voces y materiales convocados para enriquecer la historia y el punto de vista. Pero el personaje sobre el que se articula la trama es el mismo: González, Estrella González, hija de don González –quien luego resulta ser Guillermo González Betancourt, el oficial de Cara¬bineros que orquestó y ejecutó el secuestro y degüello de los dirigentes comunistas José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino–, cuyo destino fue trágico por razones muy distintas a la política. La novela se estructura en etapas –llamadas “Vidas”–, y en cada una de ellas los recuerdos se hilan tanto desde la memoria que es siempre frágil –“El tiempo no es claro, todo lo confunde, revuelve los muertos, los transforma en uno, los vuelve a separar, avanza hacia atrás (…) y nos entrampa en funerales y marchas y detenciones, sin darnos ninguna certeza de continuidad o escape”–, como desde un tejido onírico que se compone de cartas, de manos fantasmales, de marcianitos verdes que salen del juego clásico de los 80 (que da título a la novela) para tocar con sus eléctricos dedos el lado de acá de los sueños. Através de estas dos vertientes emerge un relato coral a cargo de los ex compañeros de Estrella, identificados, como es costumbre en los liceos y escuelas públicas, por el apellido –Maldonado, Zúñiga, Bustamante, Fuenzalida–, que parece traducir, más allá de los hechos que se convierten en titulares, la profunda sensación de desamparo y peligro que la época imponía a tantos chilenos. Fernández trabaja sin estridencias ni excesos retóricos, y por algo buena parte de la materia prima de la novela está tomada de los sueños; en una pesadilla de Zúñiga, quien desempeñaba siempre el papel de Arturo Prat en las celebraciones del Combate Naval de Iquique, recuerda la Guerra del Pacífico y piensa que quizá esos soldados eran también “un ejército de adolescentes, punta de lanza barata con apellidos de mierda, provenientes de un liceo de mierda”, línea que hila mucho más profundamente la historia del país y el destino de los jóvenes.

Nona Fernández. Alquimia Ediciones, Santiago, 2013. 88 páginas.

Estocolmo, de Iosi Havilio

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 2 de abril de 2011

EstocolmoIosi Havilio nació en Buenos Aires en 1974 y Estocolmo es su segunda novela. La primera, Opendoor, apareció en 2006 y, aunque casi secreta, lo puso en el ojo de los que se precian de descubrir tendencias. Así las cosas, nada de raro que Havilio haya pasado a un sello de alcance masivo y que su libro se venda en Chile. Y aquí viene lo paradójico: salvo una breve y entusiasta nota en la revista Qué Pasa, no ha habido más referencias. Porque no sólo se vende en Chile; también transcurre, mayormente, en Chile, el protagonista es chileno y Havilio escribe una novela chilena que toca dos teclas muy sensibles: el quiebre democrático en 1973, el exilio y el regreso, por una parte; y, por otra, el homosexualismo y sus condiciones de vida. Y aunque el lenguaje a veces rechina y cruje, porque, por mucho que haya investigado, a Havilio se le cuelan usos que no corresponden a los hábitos locales, y aunque el Santiago que dibuja suene a ratos fantasmal y desconocido para un chileno, también es un Santiago posible que se reconoce más bien en el clima espiritual, en esa chatura impasible de los pasajes del centro, en las tiendas de chucherías o en las discotecas que Havilio incorpora a la trama.Pero lo más curioso de todo es que la novela sólo enuncia esos temas o, más bien, los sitúa como el marco para otra cosa, para una novela que nunca se sabe bien hacia dónde va y que por lo mismo no deja de sorprender hasta el final, un final impresionante y enloquecido que parece suspenderlo todo. Es que René, el protagonista, vuelve a Santiago 30 años después, pero casi por casualidad, sin proponérselo, sin buscarlo; y en ese regreso debe afrontar la doble herencia de su pasado, el que quedó en Chile (su madre, recluida en un hogar de ancianos en Concepción), el que lo persigue desde Estocolmo (su amante serbio, joven, turbio, violento e impredecible) y su miedo a los aviones, que puede simbolizar también el pánico ante el movimiento y la emergencia de lo inesperado. ¿Y su exilio? Es menos relevante, porque también es parte de la manera en que el destino toma decisiones por él. Con esos elementos, Havilio construye una gran novela, cuidada, a ratos hipnótica en ese errar entre la biografía convencional y el asalto permanente del azar a nuestras convicciones, temores y creencias.

Iosi Havilio. Mondadori, Buenos Aires, 2010. 285 páginas.

“Los sordos”, de Rodrigo Rey Rosa

Reseña publicada el sábado 9 de noviembre en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio

portada-sordos_grandeLa presencia de Rodrigo Rey Rosa en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Santiago motivó que finalmente arribara a Chile la última novela del autor guatemalteco, editada a fines de 2012. En ella retoma una línea ya antigua de su narrativa, el registro de la violencia que se desata en su país, y también marca un regreso al tipo de libros que escribió en los 90; elimina la tendencia más experimental que ofreció en su penúltima novela, El material humano, de 2009, y también su aparición –o de algún otro yo, más bien– como personaje de sus cuentos o novelas, como se vio en la obra ya citada y en Caballeriza (2006). En Los sordos hay, pues, un narrador que ve componiendo las piezas de un puzzle complicado y sórdido, que pone en escena nuevas maneras de vincular dineros mal habidos, codicia, explotación humana y abuso racial. El protagonista es Cayetano, un campesino que deviene en guardaespaldas y que tiene una prodigiosa puntería con las armas de fuego. Puesto al servicio de doña Clara, hija de un banquero, siente que su vida se derrumba cuando ella desaparece misteriosamente, pero la búsqueda de su rastro lo conduce mucho más allá de lo que pensaba. Rey Rosa, con su característica habilidad, elude la narración clásica y sobre todo evita la tentación de dar muchas explicaciones; ello no solo invita a la participación del lector, sino que constituye también una manera de establecer una cierta perplejidad ante el rumbo que toman las cosas, especialmente cuando se enfrentan la moderna ciencia médica con las creencias de campesinos que apenas hablan castellano. Esa perplejidad es lo que multiplica las posibles lecturas de una obra que puede ser, muy en la superficie, un interesante thriller político, pero que es, en realidad, una honda indagación sobre motivaciones humanas como la codicia y el deseo de poder, por un lado, que hermanan a un abogado y a un médico en una complicada trama para hacerse de dinero limpio y montar un negocio sucio; y la lealtad a toda prueba, incluso sin motivo ni retribución –que puede ser incluso una forma de amor, más allá del obvio deseo sexual– que Cayetano siente por doña Clara. Y aunque todo está pasado por un tamiz de turbiedad y polvo que difumina los hechos y que obliga a trabajar para establecer la cronología de lo que pasa en la novela, también queda claro que Rey Rosa mantiene viva no solo una conexión muy íntima con su país, sino también un talento narrativo formidable.

Rodrigo Rey Rosa. Alfaguara, Madrid, 2012. 233 páginas.

Notas de un ventrilocuo

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 2 de noviembre de 2013

portada-notas-un-ventrilocuo_grandeLa más reciente obra de Germán Marín asume la forma de un dietario, tal como el narrador lo describe: párrafos registrados en libretas, de manera manuscrita y totalmente sujetos al arbitrio del azar, tanto desde lo que registra (recuerdos, encuentros, reflexiones) como del momento escogido para llenar hojas en tales libretas. De ese registro surge, en parte, la autobiografía de un ventrílocuo, oficio en clara retirada, que detalla su más bien sórdido paso por centros del espectáculo, cumpleaños infantiles y teatros de provincia, puntuado por la relación que establece con sus muñecos y el modo en que crea los diálogos con sus personajes. En otro nivel, aparece un retrato más amplio y diverso de una ciudad a lo largo de décadas, de sus cambios, de sus variaciones en la sociabilidad, del modo en que ha ido cambiando la manera de entretenerse (y de entretener a los niños), con un cuidadoso registro de nombres, de lugares, de circuitos y de personajes que alguna vez animaron la noche urbana. Prostíbulos famosos y la tienda de sombreros Donde Golpea el Monito, El Burlesque, el Tap Room, Manolo González y Cantinflas, abren luego el espacio al Regine y el Santiago de los tiempos de la dictadura, donde el oficio del cómico implica ya el riesgo cierto de ofender a alguien sin saber por qué.

Pero, más importante aún, surge una conciencia vigilante, irónica y distanciada que retrata con humor y sorna al protagonista y, de refilón, a la sociedad en que éste vive (que es la de Marín y la de todos los chilenos), con alguna deriva anecdótica hacia las andanzas y dichos de poetas y escritores, pero esto último muy a la pasada y de acuerdo con rituales urbanos perdidos, como, por ejemplo, las escalas nocturnas en El Bosco, donde Enrique Lihn podía contar una anécdota improbable sobre un cura y un feligrés que viene a anunciarle la muerte de Dios. “Nací dulce y morí amargo, dejaré escrito con espray arriba de mi cama”, dice el ventrílocuo, que se despacha también –escondidos entre los párrafos que nunca pierden el ritmo gracias a un particular uso de la coma, tan propio de la escritura de Marín– aforismos como “en todo derechista, por pobre que sea, yace un propietario, como es el caso del portero que atiende la puerta de entrada al Tap Room”. O este otro: “El espejo es la peor reflexión que se puede tener de sí mismo, pues junto con el ardor de la conciencia están los ojos que saben mirar nuestro proceder”.

Germán Marín. Alfaguara, Santiago, 2013. 145 páginas.