La filial

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 22 de diciembre de 2012

la-filialTimbres. Ese medio de certificar acciones realizadas y de dar brío institucional y burocrático a papeles generalmente insustanciales. Timbres, golpes en una hoja, marcas que normalmente legitiman y dan curso a otros cauces del gran río de formularios que cruza todo el espectro de la actividad de un país cualquiera, desde la caja del banco hasta el envío de proyectos de ley, por ejemplo. “Para que conste”, como se dice de manera escueta en la página 145 de este artefacto narrativo que usa este recurso para llevar adelante un relato oscuro e inquietante que sofoca desde el centro de la página. Según indica el autor, el libro “fue escrito y realizado con un sello Trodat 4253, con tipos móviles de 3mm y 4mm, en dos tablillas de seis líneas con un máximo de 90 caracteres por impresión”: menos de un tweet por página, a veces dos o tres palabras, a veces una sola, una fecha, una hora, a veces un relato condensado hasta lo indecible. Con esos medios, Celedón abre paso a una ficción con un aire familiar y a la vez extraño, el sueño entremezclado con la vigilia, una pesadilla que crece a secos golpes de palabras. El lenguaje burocrático que amedrenta y uniforma corre parejo con la crónica del vacío y la perversidad de relaciones forzosas en un ámbito cerrado y sin horizonte posible; los compañeros de trabajo del narrador tienen todos minusvalías físicas que perfectamente pueden ser metafóricas y que operan en el relato como señas de identidad o maneras de hacerse presente en el tráfago oficinesco: la muda, el tuerto, la sorda, la ciega, el cojo, se mueven entre la oscuridad –la luz se ha cortado- y ese abrupto cambio de la rutina abre paso a escenas en donde prolifera la sensación de amenaza y se cruza con el otro término dominante que se repite incansablemente en la doble página 22-23: tedio.

El carácter experimental de La Filial, poco habitual en la escena criolla, destaca no solo por su ánimo rupturista sino sobre todo por la singular eficacia del relato, que se mantiene ambiguo y opaco a pesar de la brevedad del texto y que obliga, como pocas obras recientes, a que el lector trabaje y complete por sí mismo los contornos de la escena, los huecos vacíos en la trama y el perfil de los personajes. Así, se constituye en una obra que provoca y perturba y que, más importante todavía, no se agota en la primera lectura, por las sucesivas capas que pueden desprenderse de la depuración extrema del trabajo narrativo.

Matías Celedón. Alquimia Ediciones, Santiago, 2012. 203 páginas.

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