Los hermanos Sisters

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 27 de julio de 2013

los-hermanos-sistersEsta novela del canadiense Patrick deWitt se inscribe en una tradición memorable tanto en la literatura como en el cine, el western. Pero hay poca continuidad real entre novelistas clásicos del género -como Zane Grey, James Fenimore Cooper y James Oliver Curwood, o el alemán Karl May- y DeWitt, que más bien se sube al caballo de la novela esperpéntica y burlesca. Nada hay de épico en la vida de los hermanos Sisters, asesinos a sueldo de un personaje conocido como El Comodoro, y sí un humor negro y retorcido que surge en medio de miserias, retorcijones de estómago, asesinatos gratuitos (en todos los sentidos posibles: nadie le pagó a los Sisters por cometerlos y eran, además, innecesarios). El autor construye un mundo reconocible, claro, por las cabalgatas, los revólveres, la desenfrenada fiebre del oro, la casi nula presencia de la ley en el viejo Oeste, pero también es un mundo distinto, donde no existe ese espíritu fundacional de expansión y ocupación territorial que tanto se le asocia; en cambio, están la codicia, la mugre, la degradación, el egoísmo, y un desfile casi inacabable de seres dañados y patéticos.

El que narra es Eli, el más introspectivo de los hermanos, y su mirada parece apenas recoger el hilo de los acontecimientos -muchos de ellos absurdos y grotescos, aunque Eli nunca los asocie con tales adjetivos: simplemente ocurren- y el lento y ocasional aflorar de emociones o sentimientos. Lo que más destaca, en realidad, en los dos hermanos, es la ira y la capacidad de ejercer la violencia, nada extraña en una biografía como la que él y Charlie van reconstruyendo en sus conversaciones. Todo lo matiza, por cierto, la veta humorística que DeWitt maneja a la perfección y que le da su tan peculiar tono a una novela, que ha sido premiada en Canadá y que, de una manera también retorcida, es bastante más que una novela de aventuras; la relación entre los hermanos y su historia familiar termina por convertirse en lo más importante y en ello radica en buena medida su capacidad para convertirse en un libro atractivo para lectores de todas las latitudes. Es interesante también por su capacidad de renovar un género largamente olvidado, que recibe aquí una luz bastante menos glamorosa y heroica que lo habitual. Los Sisters son todo lo contrario de un héroe y en esa condición degradada puede radicar su extraño encanto.

Patrick deWitt. Anagrama, Barcelona, 2013. 335 páginas.

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La filial

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 22 de diciembre de 2012

la-filialTimbres. Ese medio de certificar acciones realizadas y de dar brío institucional y burocrático a papeles generalmente insustanciales. Timbres, golpes en una hoja, marcas que normalmente legitiman y dan curso a otros cauces del gran río de formularios que cruza todo el espectro de la actividad de un país cualquiera, desde la caja del banco hasta el envío de proyectos de ley, por ejemplo. “Para que conste”, como se dice de manera escueta en la página 145 de este artefacto narrativo que usa este recurso para llevar adelante un relato oscuro e inquietante que sofoca desde el centro de la página. Según indica el autor, el libro “fue escrito y realizado con un sello Trodat 4253, con tipos móviles de 3mm y 4mm, en dos tablillas de seis líneas con un máximo de 90 caracteres por impresión”: menos de un tweet por página, a veces dos o tres palabras, a veces una sola, una fecha, una hora, a veces un relato condensado hasta lo indecible. Con esos medios, Celedón abre paso a una ficción con un aire familiar y a la vez extraño, el sueño entremezclado con la vigilia, una pesadilla que crece a secos golpes de palabras. El lenguaje burocrático que amedrenta y uniforma corre parejo con la crónica del vacío y la perversidad de relaciones forzosas en un ámbito cerrado y sin horizonte posible; los compañeros de trabajo del narrador tienen todos minusvalías físicas que perfectamente pueden ser metafóricas y que operan en el relato como señas de identidad o maneras de hacerse presente en el tráfago oficinesco: la muda, el tuerto, la sorda, la ciega, el cojo, se mueven entre la oscuridad –la luz se ha cortado- y ese abrupto cambio de la rutina abre paso a escenas en donde prolifera la sensación de amenaza y se cruza con el otro término dominante que se repite incansablemente en la doble página 22-23: tedio.

El carácter experimental de La Filial, poco habitual en la escena criolla, destaca no solo por su ánimo rupturista sino sobre todo por la singular eficacia del relato, que se mantiene ambiguo y opaco a pesar de la brevedad del texto y que obliga, como pocas obras recientes, a que el lector trabaje y complete por sí mismo los contornos de la escena, los huecos vacíos en la trama y el perfil de los personajes. Así, se constituye en una obra que provoca y perturba y que, más importante todavía, no se agota en la primera lectura, por las sucesivas capas que pueden desprenderse de la depuración extrema del trabajo narrativo.

Matías Celedón. Alquimia Ediciones, Santiago, 2012. 203 páginas.

Spandau

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 3 de noviembre de 2012

SpandauEl título del libro alude a la cárcel berlinesa donde cumplieron sus condenas siete altos dirigentes del Tercer Reich, entre ellos Albert Speer y Rudolph Hess. En este nuevo poemario de Gloria Dünkler, Spandau funciona en realidad como una ausencia, como el lugar otro donde alguno de los aludidos en el libro debería haber purgado sus condenas. Y aunque hay referencias explícitas a Walter Rauff, cuya extradición a Alemania no fue concedida por la Corte Suprema de Chile, no hay que entenderlas de manera restrictiva; podría haber sido él o cualquier otro nazi que encontró refugio en Chile. Ese no lugar recorre el libro a través de fragmentos, de retazos de un tapiz cuya forma seguirá dibujándose a medida que progrese su proyecto poético. Su libro anterior, Füchse von Llafenko, es más amplio en el arco de temas que éste, aunque vuelven a surgir de manera más tenue. Son la sustancia de la que se nutre la creatividad de Dünkler, al menos en estas obras (las poesías inéditas incluidas en Gutiérrez parecen sugerir un cambio de rumbo): la convivencia entre alemanes e indios, entre gringos y criollos, en el paisaje agreste al sur de Temuco; la áspera naturaleza, la fría crueldad con los animales, la violencia de la memoria, las consignas nazis, la Segunda Guerra Mundial y su carga de exterminio. La mirada de Dünkler viene desde dentro, desde el seno de esa comunidad de inmigrantes, pero también desde la extrañeza, la lejanía y la dificultad de enfrentarse a una herencia siniestra. Dividido en cuatro secciones («Vecinos», «Tijerales», «Cuidados del hijo» y «Finales»), el libro progresa en esa durísima inmersión en el pasado desde un presente poblado de animales domésticos, noche y niebla en este rincón perdido del mundo: “cada tarde los empujaba a sus establos / y marchaban sin protestar / entonando su canción lastimera. / Ayer eran prisioneros hambrientos / hoy son patos y gallinas”. Poemas breves que suelen dar un giro sorpresivo, versos cortantes y directos, «es un viejo malo del cuesco que repite “era mi trabajo”», que «cree en las razones de los otros y en las propias / habla con fantasmas»: los fantasmas de Adolfo y de José, de Paulo y de Augusto en Villa Baviera, «de marchas y cantos que nos hacían llorar». «Adónde vamos los vivos. / De dónde vienen los muertos», pregunta otro poema, y esas interrogantes nunca se pierden de vista en el recorrido.

Gloria Dünkler. Ediciones Tácitas, Santiago, 2012. 57 páginas.

Diccionario de música, mitología, magia y religión

16075260Este libro fue elegido en la habitual encuesta anual que el suplemento Babelia del diario El País realiza entre sus periodistas y colaboradores, como el mejor ensayo publicado en castellano en 2012. Y no es para menos. El musicólogo Ramón Andrés ya había llamado la atención de la crítica por la fluidez del estilo y la profundidad analítica de sus anteriores libros, virtudes que en esta monumental obra de consulta resaltan todavía más. En la introducción al libro, explica por qué le interesa tanto el rescate de maneras antiguas de resolver una cuestión primordial para el ser humano: la búsqueda de sentido. Le parece sorprendente el empeño racionalista por negar “lo que en realidad tenemos de invención”, y agrega: “Somos genética y fabulación, voluntad y nudo de historias «fingidas y verdaderas», por decirlo con Cervantes. Lo sagrado, las más de las veces, es el sordo deseo de explicación”. Sobre esa base se adentra en el ancho mundo de la mitología procedente de las más diversas culturas y sigue el rastro del canto primigenio que se moduló de maneras muy similares “en los distintos asentamientos indoeuropeos y sus lejanas migraciones”, y destaca, como fondo, la capacidad del sonido -luego transformado en música- para “comunicarnos con experiencias primarias” y así establecer la continuidad del flujo de la vida humana sobre la tierra. Es, claramente, una obra de referencia, con entradas -algunas bastante extensas- sobre personajes, instrumentos musicales y temas mitológico-religiosos, que remiten a otras y que no tienen más orden que el alfabético, siempre con el hilo conductor del modo en que cada entrada se vincula con la música del mito, que sigue resonando hasta nuestros días. Pero también, por la calidad de la escritura y la enorme riqueza del mundo que Andrés despliega desde el inicio, con Ábaris, sacerdote de Apolo Hiperbórico, el abedul y la abeja, hasta las entradas finales, Zaratustra, Zeus y Zoroastro, se puede leer como una suerte de gran relato que enlaza el tiempo y lo convierte en un fluir mucho menos quebrado y cambiante que el que ofrece la historiografía tradicional. Los índices y las referencias en cada entrada facilitan el manejo de una obra impresionante por su acopio de saber y la elegancia con que está expuesto.

Ramón Andrés. Acantilado, Barcelona, 2012. 1773 páginas.

El Diario de Ángel Rama

El uruguayo Ángel Rama es uno de los nombres claves en el desarrollo de la crítica y los estudios literarios en América Latina. Nacido en 1926, murió en un accidente aéreo en 1983 junto a la escritora argentina Marta Traba, su segunda mujer. Dejó atrás una obra enorme, en libros, artículos de prensa, ensayos académicos, colecciones editoriales (quizá su mayor creación, en esta línea, es la Biblioteca Ayacucho) y el diario que llevó a partir de 1974. Pocos meses antes de comenzarlo ocurrió el golpe de Estado en Uruguay; Rama estaba en Venezuela y no pudo volver a su patria. Recién en 2001 se editó el Diario 1974-1983 en su país, y en 2008, en Argentina.

El libro tuvo alguna repercusión en Chile, por la dureza de los juicios de Rama sobre algunos escritores chilenos y sobre la diáspora procedente de este país. Es cierto, Rama no esquiva el bulto a la hora de expresar sus opiniones, más aún considerando que se trataba de un diario escrito más bien por el impulso de la soledad y la dureza del exilio que con el propósito de publicar alguna vez aquellas páginas. Aunque con los diarios, especialmente de los escritores, nunca se sabe: el ojo suele estar puesto en la posteridad aunque se asegure explícitamente lo contrario; y si bien Ángel Rama fue un crítico y estudioso de la literatura, su conciencia del lenguaje y del poder de la palabra era, sin duda, muy poderosa, y algunos pasajes del diario denotan una intención creativa que va más allá del mero registro.

Es cierto que fue duro con los chilenos. Sobre Jorge Edwards, por ejemplo, escribió que “tanto ha reprimido, en el estilo diplomático y aristocrático, sus emociones y sus opiniones, que ha concluido por no tenerlas, consagrándose a una conversación plana de cocktail mundano, intercambiando datos y tramando intereses del momento”. Sobre los intelectuales chilenos en general, manifestó su extrañeza ante su propio cambio de opinión. En contraste con las impresiones que se llevó de Chile a mediados de los sesenta, “ahora me parecen ‘flojos’, bastante mal preparados intelectualmente, algo simples y cerradamente nacionalistas, con un horizonte acorralado, frecuentemente reducidos a debates nimios como de patio de vecindad y muy a menudo dotados de falsa cordialidad, como de un sistema defensivo (ofensivo) basado en la simpatía, tras del cual está agazapado un oportunismo primario”.

Pero Rama fue duro con todos. En 1977, antes de que le concedieran el Premio Nobel de Literatura y antes de la publicación de obras como Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera, entre muchas otras, el crítico uruguayo se preguntaba sobre Gabriel García Márquez: “¿Quién es, hoy, Gabo? Parecen no quedar huellas del escritor, al menos como ese escritor fue, él lo sabe y aún trata de jugar con esa imagen superpuesta a la antigua. Tampoco un periodista, pero asimismo no un político, sino algo parecido a ambos términos y diferente: un viajante político-cultural quizás, un agitador, pero no un ideólogo, ‘of course’, sino un animador o relacionador que opera entre los centros de poder político de la izquierda. Evidentemente eso lo fascina, es su acción, y eso ha sido logrado con la literatura pero nada tiene que ver con ella”. Y cuando en 1981 da dos conferencias sobre Cien años de soledad, certifica por un lado “las virtudes que contiene, a manera de un juego gozosamente enrevesado”, pero también señala sus defectos, lo que se ve muerto con el tiempo y la “escasa originalidad para la palabra poética” de su autor. Considera a Julio Cortázar su amigo, pero ello no obsta a que, cuando lo escucha hablar de política en ese mismo año, sus palabras le produzcan “desagrado, cólera y más tarde una larga, larga depresión”. Y agrega: “a pesar de que sigue siendo un ‘literato puro’ opina sobre política con tal simpleza, ignorancia de los asuntos y elementalidad del razonamiento, que produce o descorazonamiento o cólera. A mí las dos cosas y concluyo abominando de los escritores metidos a políticos: concluyen haciendo mal las dos cosas”.

Con todo, mucho más ácido y crítico fue Rama con algunos de sus compatriotas, con el provincianismo venelozano que resistía la participación de extranjeros en la vida cultural del país (comenzando por los escritores y académicos de izquierda, paradoja que Rama no cesó de señalar), con la sequedad y poquedad de los académicos latinoamericanos afincados en Estados Unidos.

¿Era Rama el prototipo del gruñón, un permanente descontento, una pulga en la oreja guiada por el mero afán de criticar? Sin duda que no. Aunque lo más llamativo del diario es precisamente la severidad y abundancia de los juicios ásperos sobre sus contemporáneos, el paso de la escritura revela, sin pausa, la figura de un intelectual ejemplar. Se puede apelar al tópico -tenía una curiosidad insaciable-, pero es mejor dejarlo hablar a él: “soy de los que lamentarán irse sin haber podido ver y saber más cosas, tanto antiguas como nuevas”, dice, explicitando aún más su “voraz (y siempre insuficiente) curiosidad de lo que pasa en el mundo”. Y en ese andar muestra también sus amores, sus preferencias, sus experiencias de lectura y de relectura que lo llevan permanentemente a indagar más allá de las obras y su inscripción en la cultura de su tiempo. Y aunque la literatura de América Latina fue el campo en donde Rama trabajó de preferencia, también hay en su diario una fecunda muestra de sus aproximaciones a la literatura universal. El novelón romántico de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo, es una referencia frecuente, entendido como una fuente de ideas cuya universalidad y ambición admiten fecundas aproximaciones a otras obras y épocas.

Esa curiosidad y apertura de Rama es también una suerte de sello de su manera de entender la labor académica. En Venezuela, en España, en Estados Unidos y finalmente en Francia (el diario no abunda en detalles, pero, una vez que asumió Ronald Reagan la Presidencia de Estados Unidos, para los Rama se desató la pesadilla: Ángel fue acusado de “subversivo comunista”, le negaron la visa y tuvo que dejar el país), la variedad de tareas que asume es una clara muestra de su excepcional apertura. Alguien podría calificarla de dispersión, pero, si cabe el término, bienvenido sea en su caso, a la vista de la obra que dejó atrás. La Universidad Alberto Hurtado reeditó,hará un año, La novela en América Latina: Panoramas 1920-1980; y la editorial Tajamar, en 2004, La ciudad letrada.

Casi a pie de página: el diario de Rama también es eso, un diario, un registro de lo cotidiano, de su relación con Marta y con sus hijos, de sus malestares dentales, del cáncer de mama que afectó a su mujer, del insomnio, del tabaquismo, del registro implacable del paso del tiempo en su semblante, de las esperas en los aeropuertos, de los paisajes (que lo llevan a posturas cada vez más ecologistas), de su sensación de incompletitud cuando Marta está ausente. Este soporte auténticamente biográfico, menos opinante, más desnudo, lo hace más humano y le aporta una carga de autenticidad que se transmite, sin más, al resto de las reflexiones y opiniones.

Del diario íntimo a la bitácora digital

Artículo publicado en el número 10 de la revista Dossier, diciembre de 2009

1. ¿Cuándo comenzó la costumbre de llevar un diario escrito? ¿Cuánto tiempo pasó antes de que algunos de esos diarios trascendieran la esfera privada y se convirtieran no sólo en una fuente más de conocimiento sobre su autor, sino en un género con sus propias leyes y costumbres? Sin duda que es un fenómeno hijo de la revolución de la conciencia artística que operó a partir del Renacimiento y en la estela de lo que algunos autores han llamado “la creación del individuo”.

De cualquier modo, el diario íntimo es un fruto tardío de la valorización del artista en cuanto tal, y no sólo como un personaje talentoso que compone, escribe, pinta o esculpe obras por encargo del príncipe secular o religioso. Sólo a partir de la segunda mitad el siglo XIX es posible encontrar diarios monumentales como los de Tolstoi y Dostoievski, de Jules Renard y de Léon Bloy, a los que siguieron diaristas tan famosos como Franz Kafka, Thomas Mann, Robert Musil y Virginia Woolf, además de Paul Léautaud, Witold Gombrowicz y tantos otros. Son, al menos, algunos de los que conozco, desde que la lectura de diarios pasó a convertirse, para mí, en algo más que un pasatiempo o una distracción del corpus literario principal; es que el género, cuando está bien escrito, tiene un particular atractivo por verificarse en una zona difusa donde confluyen la crónica cotidiana, el ensayo, el epigrama, el juicio demoledor avalado por la (relativa) ausencia de autocensura. Zona múltiple que puede llegar a ser, en el caso de los grandes diaristas, un inagotable placer de lectura, mucho antes que una fuente para completar un cierto mapa literario.

2. Aunque también hay diaristas de circunstancias que valen más como fuente, como George Orwell, que llevó un Diario de guerra (1) entre 1940 y 1942 ante la imperiosa necesidad de dar curso, de alguna manera, a la impotencia que sentía frente a un conflicto en el que no podía participar y del que recibía noticias fragmentarias o sujetas a la censura. Hasta tal punto es circunstancial su diario que el 8 de junio de 1940, cuando The Times anunció la muerte de su cuñado, muy unido a Orwell, él no consignó la noticia en su bitácora. Que, por otra parte, no es sólo el registro de la percepción de un ciudadano alejado de los centros de poder, que especula y trata de formarse un cuadro general a partir de pocas y poco confiables fuentes; puesto que se trata de un agudo observador de la realidad que tuvo una notable intuición para adelantar las tormentas que escondía el futuro europeo y que, aún más, trazó un cuadro siniestro, pero no tan lejano a la realidad, del futuro que hoy vivimos, el diario también es un documento políticamente notable, que no escatima críticas y que revela, con la habitual perspicacia de Orwell, el tinglado oculto tras los afanes bélicos.

Hay otros –y famosos– diarios de circunstancias. El más conocido es el de Ana Frank, la adolescente judía que pasó años encerrada en el ático de una casona de Amsterdam junto a su familia. La ingenuidad de la escritura y la inesperada madurez de la jovencita, confrontada de golpe con la segregación, la amenaza y la imposibilidad de crecer como crece cualquier joven en cualquier lugar del mundo, da a su documento un peso testimonial que lo ha hecho trascender largamente su tiempo.

Otro registro magnífico es Los diarios de Berlín (1940-1945) (2), de Marie “Missie” Vassiltchikov, una aristócrata rusa que tenía 23 años cuando no pudo regresar a su casa en Lituania y debió instalarse en Berlín a comienzos de 1940. El diario de Missie es un notable documento de época. Con saltos, con meses perdidos, con entradas irregulares, de todos modos cubre la vida cotidiana en Berlín (y en Viena y otras ciudades austriacas en 1945) durante el período de la guerra. No destaca por el estilo, más bien práctico y casi telegráfico en ocasiones, ni por el análisis político, sino como demostración de la capacidad de sobrevivir en una época y en un lugar durísimos. Missie nunca se derrumba, ni siquiera cuando fracasa el atentado del conde von Staufenberg y muchos de sus amigos más cercanos van a dar a las cárceles de la SS. Tampoco deja que se pierda de vista que se trata de una mujer joven, guapa y coqueta, que aprovecha las ocasiones más inesperadas para tenderse al sol y tratar de broncearse. De manera muy injusta, ha sido acusada de superficial y frívola por sus descripciones de fiestas y matrimonios (incluida una recepción en la embajada de Chile), pero su diario también es una fuente inestimable para conocer el horror cotidiano de los bombardeos, la infinita zozobra de conspiradores a punto de ser descubiertos y la fortaleza de una mujer sin aspavientos ni aires de grandeza.

3. ¿Revelación u ocultamiento? ¿Son confiables los diarios? Confiables en qué sentido, cabe también preguntarse. Un escritor, ya a partir del siglo pasado, sabe que su diario será publicado, tarde o temprano, e incluso hay quienes lo han hecho en vida (ya hablaremos de ellos, más adelante). De manera que hay que andarse con cuidado: por más que se trate de una escritura íntima, el fantasma del lector se asoma por detrás del hombro. Es mejor entender el diario, entonces, como otra máscara, quizá más cercana a la piel, quizá más sincera, quizá menos tocada por la vanidad o por la obligación de la escritura perfecta, pero máscara, al fin y al cabo, un ejercicio de escritura que complementa otros fragmentos de la obra.

Quizá quien mejor muestra esta ambivalencia de los diarios íntimos es Thomas Mann. Metódico y hasta obsesivo, Mann comenzó su diario en 1918, a los 43 años, y casi hasta su muerte, 37 años después, escribió en él todos los días. Y mientras, de cara al público y a la historia, cultivaba la imagen del gran señor de la novela, una suerte de efigie petrificada que ya desde el traje impecable, los severos anteojos y la alta espalda ligeramente encorvada imponía una presencia severa y distante, en el diario Mann tejía el otro personaje, la otra cara de la medalla: el hipocondríaco, el enfermizo, el mañoso, el enamoradizo de bellos jovencitos, el estreñido, el insomne, el olvidadizo, el repetitivo. Por desgracia, los diarios de Mann han llegado con cuentagotas, y mal, a las librerías chilenas. Sólo he podido leer un fragmento, el de los años 1937 a 1939 (3), en una edición que escamotea aquello que Mann quiso mostrar tanto en el contenido como en la forma. En efecto, es muy llamativo que alguien como él, tan meticuloso, que armó toda una biblioteca para escribir la monumental tetralogía de José y sus hermanos, fuera, en su diario, tan descuidado y olvidadizo. Pero esta edición española renuncia “conscientemente a la fidelidad en la forma”. Pedro Gálvez, el editor, argumenta que sería un “intento vano el querer reproducir en español las peculiaridades idiomáticas de estos escritos”. ¿Y cuáles son? Errores ortográficos y sintácticos, extranjerismos, “el eterno equivocarse de Thomas Mann con los nombres propios, en los que a veces usa grafías distintas, todas falsas, para uno y el mismo nombre, que hasta puede ser el de un íntimo amigo”. Exactamente lo que me habría gustado ver en el diario de Mann, y no la versión corregida, normalizada y expurgada de repeticiones (y sospecho que Gálvez no leyó José y sus hermanos, escrita precisamente en la década de los 30, donde Mann juega hasta el cansancio con distintas grafías para sus principales personajes).

Juan Villoro, en un ensayo sobre diarios incluido en De eso se trata (4) sostiene que Mann “no deja de verse a sí mismo como una figura egregia, pero se atreve a perjudicarla con sus dolencias y sus deseos inconfesados”. Pero Mann, en su testamento, estableció que su diario sólo podría editarse 20 años después de su muerte: un buen lapso para permitir que la egregia figura se estabilizara en el tiempo, de modo que el perjuicio fuera mínimo. Agreguemos que hay pocos escritores que han imbricado de manera tan radical su vida con su literatura como Thomas Mann. La monumental biografía que escribió Hermann Kurzke (5) es prueba de ello desde el título: Thomas Mann. La vida como obra de arte, aunque el autor invierte, en cierto sentido, los términos. La tesis de Kurzke es que Mann, con mano de hierro, modeló su biografía para ponerla a la altura de su obra; pero ahí entonces se filtra el corrosivo diario de miserias y minucias, el apartado, el sobrante, el desecho, esa repetitiva y monótona crónica de dolores estomacales y temblores del sentimiento que resuena, casi, como excusa ante el lector: vamos, si ya lo dije todo en mis libros, ¿qué más andas buscando?

4. Vida y escritura, escritura y diarios. Ya indiqué que hay diaristas que publicaron sus bitácoras en vida. Hay dos casos ejemplares, Léon Bloy y Julio Ramón Ribeyro, el más notable autor de este género en el ámbito latinoamericano. Pero partamos por Bloy, el profeta, el tonante, el católico acérrimo que veía en los protestantes y en los ingleses a los mayores enemigos de la humanidad. El diario (6) de Bloy es imperdible a pesar de él y su radicalismo ultramontano, en parte por su impresionante capacidad para insultar, increpar y denostar a otros escritores, a políticos, a ignorantes curas de campo, a los ingleses, a sus corresponsales, a periodistas, a todo aquel que se expusiera a su ira portentosa. Lee una novela y truena: “todos los lugares comunes más bajos del periodismo provinciano y la tertulia de pensión para viajantes están ahí, se despliegan en este libro abyecto como si fueran verdades luminosas”. A su contemporáneo Zola, con quien se enfrentó a propósito del caso Dreyfus, lo llamaba “el cretino de Los Pirineos”. Conversa, por obligación, con un cura alemán en un pueblo danés donde vivió un tiempo, y dice que sus “ideas se parecen a esas vacas enfermas que se revuelcan en el barro y a las que hay que levantar a palos cuando se desea ordeñarlas”.

Pero el diario de Bloy es también valioso por el rigor de su razonamiento, aunque uno no lo comparta, y porque transmite una sensación incomparable de autenticidad. El vigor de su ira corre parejo con la fuerza de sus convicciones, y eso ya es admirable. Comenzó ya mayor con el diarismo, cuando tenía 46 años, y siguió en ello hasta su muerte en 1917. Él mismo publicó siete series de los diarios; la última fue publicada póstumamente, en 1920. La edición española ofrece una selección de aquellas, pero también indica que lo publicado corresponde “al Diario aderezado, cortado, y algunas veces reescrito por Bloy”. En Francia se está publicando el Diario inédito, que, según los editores españoles, “además de ser un diamante en bruto, carece del fulgor de éste, aunque constituya, para hablar con propiedad, su ‘verdadero’ diario”. Verdadero o no, la contundente selección publicada por Acantilado es una fiesta para los lectores.

El peruano Julio Ramón Ribeyro es otro diarista incansable que, además, estudiaba el género y escribió un ensayo sobre el tema, publicado en un libro desgraciadamente inaccesible en Chile (7). Durante 44 años, desde los 21 a los 65, llevó un diario, y alcanzó a ver publicadas dos series, correspondientes a los periodos 1950-1960 y 1960-1974; un año después de su muerte se publicó una tercera, correspondiente al periodo 1975-1978.Hay una edición española que reúne las tres (8), pero un confuso lío hereditario ha impedido que se publique el voluminoso saldo que queda inédito. Realmente valdría la pena, a la luz de lo publicado; Ribeyro crece (y fuma, habría que agregar) con su diario, un registro notable de escenas, de lecturas, de conversaciones, de reflexiones, guiadas por una “constante interrogación sobre si lo que estoy escribiendo tiene valor, y hasta una especie de deseo de no realizar una obre definitiva, pues quizá eso me condenaría a no hacer nada más. Es la idea de seguir siempre buscando, y de ahí surge el título, La tentación del fracaso”. El escritor peruano rara vez pierde el tono y esa manera de interrogarse esquiva la vanidad y cautiva por su capacidad para leer el mundo desde esas páginas donde se acumulan las colillas, los vasos de vino, las reflexiones luminosas, las dudas, las influencias, las conversaciones; y también –nunca está demás insistir en que no es lo más importante– el registro de un testigo de la época, que estuvo ahí, como escritor e intelectual, en esos revueltos años en París, en Perú y en otras latitudes.

6. Los aforistas: el diario como borrador. Aclaro de entrada: los diarios de Franz Kafka (9) y Jules Renard (10) son mucho más que una colección de aforismos. En el caso del primero, habría que decir también que ese registro cotidiano es una de sus más grandes obras, por la íntima relación que tiene con su proceso creativo y, también, por su extraordinaria lucidez y capacidad para asistir a su proceso interno y dar cuenta de él. Y sin embargo, ambos diarios, el extensísimo del checo y el del francés, muestran de qué manera la observación cotidiana y la reflexión aguda pueden cristalizar en cientos de epigramas geniales y, en el caso de Kafka, en el borrador, en la pizarra, en el laboratorio donde vida y obra se entremezclan de manera inextricable.

Jules Renard es menos conocido. Es, si se quiere, un autor menor, que vive en la memoria sobre todo por su estupenda novela Pelo de zanahoria (11) más algunos cuentos como los incluidos en La amante (12). Su diario (como suele ocurrir, desgraciadamente, la edición española es una somera selección del conjunto; además, su esposa censuró y quemó muchos pasajes del original) tiene una particular textura: Renard recrea o reproduce conversaciones y encuentros como si se tratara de cuentos o escenas, lo que introduce una clara variación dentro del género: o tenía una memoria excepcional, o hay una severa intervención del autor en esa manera de presentar personajes y situaciones. Pero lo mejor es, sin duda, su capacidad para capturar instantes y depurar sus reflexiones hasta la frase perfecta, casi siempre cargada de ironía, que se convierte, de manera automática, en una cita citable, que puede vivir largamente desgajada por completo del contexto en que nació.

“Si un día muero por una mujer, será de risa”.

“Cuando me dicen que tengo talento no hace falta que me lo repitan: lo entiendo a la primera”.

“Las personas felices no tienen talento”.

“Aunque no habla, se sabe que piensa tonterías”.

“Hay gente tan aburrida que te hace perder un día en cinco minutos”.

“¿Lo que pienso de Nietzsche? Que a su apellido le sobran muchas letras”.

Y así hasta el infinito. Renard es despiadado, consigo mismo y con los demás, pero, sobre todo, es un tremendo creador, que enriquece de manera insospechada los límites del género.

5. El lector posible frente el lector virtual. Escribir un diario íntimo es una operación solitaria aunque se adivine que habrá lectores, aunque se escriba para futuros lectores. Escribir una bitácora en la red es también, desde luego, al menos en su gesto inicial, un acto realizado en solitario, pero esa página está destinada al lector inmediato, al navegante que pasaba por ahí, al que está suscrito esperando que la página se actualice. Hay una insidiosa analogía: el blog destinado a la confesión íntima se parece sospechosamente a ese cuaderno con candado donde personajes como la Pequeña Lulú iniciaban una entrada escribiendo “querido diario”, pero sin candado y en el diario mural de la sala del colegio o en un lugar igual de público y sujeto al juicio de los demás.

Antes de la red –es decir, hasta hace no más de 15 años–, un diario tenía que superar muchas vallas para llegar a lectores masivos. El primer requisito, obviamente, es que se tratara de un nombre conocido o que hubiera estado en el lugar y el tiempo precisos para dar valor a sus apuntes cotidianos; el segundo es que algún editor considerara que la edición de ese diario era una inversión rentable. Nada de eso ocurre en la red, que derriba de una sola vez todas las barreras de entrada al ámbito de la escritura y a la exposición pública de la vida cotidiana. La explosión de los blogs, mucho más reciente aún que el acceso universal a las redes virtuales, está en la base de esa suerte de democratización del acceso a los diarios íntimos. Rosanna Mestre Pérez, de la Universitat de València, hizo un interesante análisis del fenómeno en “Coordenadas para una cartografía de la bitácoras electrónicas: ocho rasgos de los weblogs escritos como diarios íntimos” (13). Entre otras cosas, Mestre apunta al talón de Aquiles de la nueva forma de expresión: la superabundancia “suele comportar un volumen también importante de material poco interesante, repetitivo, escasamente estimulante”, que es lo que sin duda ocurre, pero también hay una nueva valoración de escrituras más informales y toscas que permiten, además, la participación, vía comentarios, de los lectores. De esta manera, el nuevo diario íntimo no sólo se aleja del silencio y del secreto, sino que también incorpora a los lectores en la textura de la bitácora.

Mestre señala, precisamente, la “intervención de los lectores” como la primera característica relevante de los diarios íntimos subidos a la red, y agrega otras siete: “tensión entre lo privado y lo público, juego discursivo entre veracidad y verosimilitud, placer de la escritura, disposición cronológica inversa, gestión de la identidad, fragmentación seriada y redes de información mediante enlaces hipertextuales”. Para un lector habitual de blogs, algunas parecen de Perogrullo, pero otras iluminan mejor el fenómeno, especialmente cuando habla del juego entre veracidad y verosimilitud, cuestión capital para seducir a eventuales lectores, y a la gestión de la identidad (o de la reputación): una manera de hacerse ver, una manera de decir que se existe, o que existimos en la medida en que los otros nos ven. La explosión de las redes sociales –nuevas maneras de vivir en la red o de gestionar una identidad medida por el reconocimiento del otro, como Facebook o Twitter– diluyen, de alguna manera, el ejercicio de la escritura, o lo circunscriben a un número mínimo de caracteres. Se ensancha el espacio democrático de las redes virtuales, pero también obliga a reformular estrategias. Es un fenómeno muy interesante; y, aunque hay bitácoras interesantísimas, investigarlas y seguirlas se torna, cada día más, en una aventura infinita. Finalmente, la excesiva amplitud nos devuelve al barrio, y leemos sólo lo que está cerca de nosotros.


(1) Hay dos ediciones recientes. Una recoge sólo el texto del diario: Diario de guerra 1940-1942. Sexto Piso, Ciudad de México, 2006. 166 páginas. La otra lo incluye junto a otros materiales de la época: Matar a un elefante y otros escritos. FCE/Turner, Ciudad de México, 2009. 389 páginas.

(2) El Acantilado, Barcelona, 2004. 510 páginas.

(3) Plaza & Janés, Barcelona, 1987. 251 páginas.

(4) Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2007. 306 páginas.

(5) Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003. 773 páginas.

(6) Diarios. Acantilado, Barcelona, 2007. 732 páginas.

(7) La caza sutil, de 1975.

(8) La tentación del fracaso. Seix Barral, Barcelona, 2003. 680 páginas.

(9) Diarios. Carta al padre.Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2000. 1045 páginas.

(10) Diario 1887-1910. De Bolsillo, Barcelona, 2008. 300 páginas.

(11) Montesinos, Barcelona, 1981. 188 páginas.

(12) Península, Barcelona, 1999. 110 páginas.

(13) En López García, Guillermo (ed.). El ecosistema digital: Modelos de comunicación, nuevos medios y público en Internet. Valencia: Servei de Publicacions de la Universitat de València. pp. 89-107. Disponible en http://www.uv.es/demopode/libro1/MereloTricas.pdf

Stoner

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 23 de junio de 2012

stoner-castLa vida gris de un gris académico en una gris universidad estadounidense en la primera mitad del siglo pasado. Así podría resumirse Stoner; y, sin embargo, a pesar de lo poco atractivo que puede resultar un argumento de esas características, es una de las novelas más atractivas y fascinantes redescubiertas en años recientes. En efecto, apareció por primera vez en vida de John Williams, el autor, en 1970, y pasó casi totalmente desapercibida hasta que la redescubrió la –según Enrique Vila-Matas- “canonizante editorial de la New York Review of Books”. Con muy buen ojo, fue editada en castellano por una pequeña editorial tinerfeña y se ha convertido en uno de esos secretos boca a boca que han llevado a que el libro cuente ya con cuatro ediciones. Es que el singular talento de Williams para atrapar matices, movimientos interiores, estados de ánimo, situaciones cotidianas, pensamientos y conflictos tiene pocos equivalentes en la literatura actual. Uno se pregunta, en las primeras páginas, si el autor logrará mantener el tono y el interés cuando la materia de su novela es –aparentemente- tan anodina; y la respuesta, con total claridad, es que sí. Stoner, hijo de campesinos, llega a la Universidad de Missouri a estudiar agricultura, pero en un curso electivo descubre la literatura. Su vocación académica lo lleva a los claustros, al refugio que, según uno de los amigos de Stoner, está hecho para que los desposeídos del mundo puedan refugiarse de la tormenta, para los fracasados, para quienes no lograrán triunfar fuera de este asilo. Un punto de vista extremo que a Stoner “le daba una idea sobre la amargura corrosiva y salvaje de la juventud”. Su matrimonio, su enemistad con otro profesor, el amor por su hija, son algunos de los hitos que jalonan una vida sin grandes movimientos ni sobresaltos, pero que está relatada con tal nivel de sutileza que es imposible no empatizar con Stoner hasta en el momento en que descubre que “a la larga todas las cosas, incluso el conocimiento que le permitía saber esto, eran fútiles y vacías y que al final empequeñecían hasta convertirse en una nada donde ya no cambiaban”. La intensa melancolía que tiñe las páginas de este libro ejemplar no es un obstáculo para gozar de la lectura; al contrario, esta crónica descarnada de una vida cualquiera tiene una rara capacidad para iluminar y conmover.

John Williams. Ediciones Baile del Sol, Tenerife, 2012. 240 páginas.

Relatos reunidos

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 13 de julio de 2013.

relatos-reunidosAdentrarse en estos Relatos reunidos de César Aira es como ingresar, en dosis comprimidas, en su peculiar mundo narrativo, uno de los más singulares y atractivos de la literatura latinoamericana de este tiempo. Un mundo que se amplía con segura irregularidad y en las más diversas editoriales del ámbito iberoamericano, en una progresión que hace difícil saber cuántas novelas -su género favorito- ha publicado Aira. Solo en 2011 publicó cinco, aunque, al parecer, no registra nuevas obras hasta estos Relatos reunidos, algunos publicados previamente en revistas, otro que apareció en su libro La trompeta de mimbre y el resto, inéditos. Y si la novela es el territorio favorito de Aira, donde puede permitirse que la fantasía fluya con total libertad y aleje progresivamente el relato de las orillas de lo previsible, el cuento obliga a un pronto cierre, a ajustar el foco, a contener los márgenes. Pero esto, tratándose de Aira, es como tratar de volver a encerrar al genio en la lámpara: aunque sea en pocas páginas (entre tres y 20, más o menos) el inconfundible estilo del autor y su manera de conducir la escritura hacia lo insospechado se expresa de manera rotunda. A veces la premisa del relato es delirante -Dios celebra su cumpleaños con un té donde los únicos invitados son los monos, un carrito de supermercado se mueve por sí solo-, o bien parece, como suele ocurrir con Aira, de lo más habitual y común y corriente: dos amigos, jóvenes y llenos de idealismo, quieren crear una revista literaria, alguien le hace un barco con una servilleta a una niñita en un café. En todos los casos, sin embargo, la deriva del relato nunca deja de tomar un rumbo inesperado, el de lo imprevisible, ya sea en la especulación metafísica o en la simple dinámica de los hechos que se encadenan con una lógica tan implacable como insólita. El narrador de “El carrito” parece postular una suerte de poética: Aira, como el carrito que deambula de noche por los pasillos del supermercado, parece narrar “como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento”. Así es el mago Aira, un maestro en el arte de dejar que cada relato imponga sus propias normas y desafíe cada vez la capacidad del lector para dejarse arrastrar por una manera de narrar que empuja constantemente los límites de lo posible.

César Aira. Mondadori, Barcelona, 2013. 211 páginas.

Sarcasmo y sátira

Artículo publicado en el suplemento Babelia del diario El País, primero de junio de 2013

el-sueno-del-retorno-ebook-9788483836880Es mejor aclarar de entrada que el autor nacido en Honduras en 1957 y radicado en El Salvador durante casi toda su infancia y juventud —es decir, mientras la última época de una sucesión de 41 años de dictaduras militares incubaba una hirviente caldera de ira y descontento que terminó por estallar en 1980— sostiene que “no escribo literatura de la violencia, como más de algún reseñista ha señalado; escribo literatura, a secas”. Pero la violencia es inescapable; si, como el autor sostiene en La metamorfosis del sabueso. Ensayos personales y otros textos (Ediciones de la Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2011), “si la patria que me muerde es la memoria, no he encontrado otra forma de ajustar cuentas con ella que a través de la invención”. De ahí que la violencia sea una línea que atraviesa a todo lo largo las ficciones de Castellanos Moya, a veces con mayor intensidad, a veces con carácter protagónico, a veces como el telón de fondo en que se desarrolla la ficción, pero nunca deja de estar ahí, aunque en las últimas décadas haya cambiado de carácter.

Tusquets ha editado casi todas sus obras de ficción (aunque falta La diabla en el espejo, una de las que mejor retrata la vida cotidiana salvadoreña antes de la crisis). Entre ellas destaca El asco. Thomas Bernhard en El Salvador, un relato revulsivo e inmisericorde, una sátira sarcástica y feroz dirigida hacia todo lo que puede identificar al salvadoreño medio y que le valió al autor un buen número de amenazas.

Algún trasunto autobiográfico hay en su más reciente novela, El sueño del retorno. Como el autor, Erasmo Aragón se exilió en México y trabajó en una agencia de prensa controlada por la guerrilla salvadoreña, pero, si el autor duró poco tiempo en ella, Erasmo, en 1991, todavía trabaja ahí. El primer recuerdo de la infancia de ambos es el mismo, una bomba que estalló en el frente de la casa de sus respectivas abuelas, y ambos regresan a El Salvador pocos meses antes del fin de la guerra civil en 1992. Pero hasta ahí parece llegar la similitud. Erasmo Aragón es un personaje de la picaresca más que de la épica, un tipo voluble que ahoga su desazón con vodka y tónica en la noche y cócteles estrambóticos a media mañana para sacarse la resaca, asediado por el miedo a volver a su patria antes del fin del conflicto y por el deterioro irreversible de su relación matrimonial.

Quien mejor se define es el mismo Erasmo: “De pronto percibí la volubilidad de mi carácter, la forma en que los eventos hacían conmigo lo que ellos querían”; y aquellos eventos, en El sueño del retorno, comienzan cuando el protagonista, que además sufre del colon, decide visitar a don Chente, médico salvadoreño exiliado como él, que ve en sus males físicos una manifestación de los trastornos de su espíritu. Aquí la novela se convierte en una exploración de la memoria, con un doble juego entre tres líneas: lo que Erasmo le cuenta al médico en las primeras sesiones; lo que no le cuenta, porque lo avergüenza o porque no le tiene confianza suficiente, pero sí se lo cuenta al lector, bajo la fórmula “pero no le conté que…”; y lo que le cuenta a don Chente en sesiones de hipnosis y que el médico anota en una libreta y que Erasmo desconoce por completo. De ahí que lo asalta la zozobra, más aún cuando el médico desaparece de la escena. Y si las sesiones de hipnosis le producen una extraña paz, pronto su ánimo voluble, las copas, las discusiones con otros exiliados, sus líos matrimoniales y un extraño personaje que es parte de la inteligencia clandestina de la guerrilla salvadoreña en México lo arrastran a bruscos cambios de ánimo que a su vez lo arrojan al alcohol y al desquiciamiento. Pero sobre todo es la incógnita sobre qué le contó a don Chente mientras está dormido le atenaza el cerebro y lo lleva a sumergirse en sus recuerdos, pero también a ponerlos en duda; y en ese trabajo de la memoria asoma también la violencia que vivió en su país y la que le llega por las noticias sobre su patria, pero sobre todo la desazón infinita de no saber quién es realmente y qué va a encontrar en el regreso.

En ese sentido, el título de la novela puede aludir al carácter a ratos onírico —pesadillesco— de las desventuras de Erasmo, que culminan en una desternillante escena en el aeropuerto, cuando cree ver pasar a don Chente y al mismo tiempo no puede resistirse al encanto del cuerpo de una pasajera. En esta novela brilla como pocas veces la contorsión hacia “el sarcasmo y la sátira” —en palabras de Castellanos— que caracteriza una obra que interroga e inquieta sin perder otro rasgo: “A veces reímos tanto o nos ponemos chistositos, para atajar la locura”.

El sueño del retorno. Horacio Castellanos Moya. Tusquets. Barcelona, 2013. 184 páginas. 15 euros

La transmigración de los cuerpos

Reseña publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El país, 9 de febrero de 2013.

En una ciudad sin nombre, asediada por una epidemia que poco a pocoScan10030 encierra a la gente en sus casas y libra las calles a los desesperados, a los militares, a los que deben salir quizá porque tampoco tienen esperanzas, transcurre la tercera novela del escritor mexicano Yuri Herrera. El protagonista de La transmigración de los cuerpos es el Alfaqueque, un tipo tan anodino que asume, respecto de sí mismo, que “las cosas entendían pronto que su vida era como la parada de un camión, útil momentáneamente, pero donde nadie se quedaría a vivir”. Lo curioso es que esa dolorida conciencia acerca de sí mismo y  sobre lo dura y triste que es la existencia (“se repitió lo que tantas veces en circunstancias distintas se había dicho: todo lo bueno es un pedazo de algo horrible”), lo convierte en un personaje entrañable, que gana en humanidad y calor mientras más se adentra el
relato en una cruel historia en medio de las calles vacías por el miedo. La concisión característica del estilo de Herrera da acá un paso adelante, con una capacidad expresiva que impresiona más por la contención que por el exceso, más por el exigente rigor en la expresión que por el adjetivo fácil.

El Alfaqueque tiene también –a su manera- el don de la palabra. De oscuro tinterillo pasó, gracias a ese talento, a convertirse en un negociante. “Muchas veces la gente estaba esperando que alguien viniera a bajarle la bilis y a ofrecerle una manera de salirse de la pelea; y para eso es que servía ajustar el verbo. El verbo es ergonómico, decía, Sólo hay que saber calzarlo con cada persona”. Acompañado por el Ñárdertal -un personaje que parece, pero sólo parece, que quisiera que lo maten pronto- y por la Vicky -enfermera que sobre todo verifica la dignidad de los cadáveres que circulan cerca del protagonista-, el Alfaqueque se ve atrapado en una sombría historia de enfrentamientos familiares. Él pone el verbo por un lado y el Menonita, otro especialista en deshacer conflictos, por el otro; y en cada una de las puntas de la madeja hay un muerto. La novela tiene una estructura vagamente policial; el Alfaqueque recuerda al clásico detective de la novela negra cuando va desentrañando el hilo oculto de una trama que se adentra cada vez más en antiguos rencores y cuentas por cobrar, pero no tiene afán justiciero alguno. Quiere la verdad sólo en la medida en que le sirva para evitar más cadáveres cerca suyo y ello porque ese es su trabajo, no por algún imperativo de orden moral. La compañía permanente del Alfaqueque es un perro negro que le roe las entrañas y la leal compañía del mezcalito nocturno, “la mugrita destilada limpiándole la mugrita de adentro”, ese sedimento implacable que la soledad y la violencia van acumulando en la vida cotidiana del Alfaqueque, por más que esta última aparezca como en sordina, en la disputa por los cuerpos de los muertos y en un par de escenas de calculada brutalidad. En su mansa desesperación, en su desapego, hasta en su incredulidad frente al hecho de que su vecina, la Tres Veces Rubia, lo desee como compañero sexual, el personaje protagónico despliega una integridad que es a la vez frágil e imbatible, un precario equilibrio entre la maldad que lo asedia y la compasión, una compasión sincera, profunda y contenida, que siente hacia los cuerpos yertos de la Muñe y Romeo, las dos puntas de una madeja que no por asordinada es menos triste y desoladora, donde sólo la lucidez amarga y humilde del Alfaqueque ofrece  algún camino de redención. Es una novela dura, como las que provienen de una zona fronteriza y asediada por la extrema violencia, pero también extrañamente consoladora, en buena medida gracias a su excepcional calidad literaria.