La luz difícil

Reseña publicada  en «Babelia», suplemento del diario El País, sábado 18 de febrero de 2012

Narrativa. Un pintor anciano, de vuelta en su país y que está perdiendo rápidamente la vista, escribe. En un papel rugoso, con letra muy grande y con la ayuda de una poderosa lupa cuadrada que se fija con un brazo al escritorio. Viudo y sin problemas de dinero –el éxito, finalmente, lo alcanzó-, vive, recuerda y trata de capturar, esta vez con las palabras, «la luz esquiva, la luz difícil» que persiguió en su carrera de pintor, aquella que desencadena «la punzada, como la del amor,  que se produce cuando uno siente que toca el infinito». Solo que esta vez el objeto no es la luz atrapada en un casco viejo en un brazo de mar, o las formas de un cuerpo, o el juego permanente de la sombra y la claridad sobre los objetos que, ante la luz, están tan vivos como los seres humanos. El objeto es su vida, pero especialmente el momento más doloroso posible, enunciado ya en la primera página: «la muerte de mi hijo Jacobo, que habíamos programado para las siete de la noche, hora de Portland, diez de la noche en Nueva York». Tomás González (1950), colombiano, es de esos escritores que poco han trascendido fuera de las fronteras de su país a pesar de merecerlo con creces. Esta novela revela también cierto trasunto biográfico –el autor y el protagonista residieron largos años en Estados Unidos, en Miami y Nueva York-, pero sin duda que la reflexión de fondo escapa de esa determinante. «Me asombra otra vez lo dúctiles que son las palabras; lo mucho que por sí solas, o casi por sí solas, expresan lo ambiguo, lo trasmutable, lo poco firme de las cosas», dice el protagonista, y ello se aplica, por supuesto, no solo a cómo un objeto o un paisaje o un cuerpo cualquiera varía según las condiciones de luz y claridad que recaen sobre él; sino también a la mudable experiencia vital, que puede ser tocada de manera tan radical como el drogadicto que embistió el taxi en el que iba Jacobo y le produjo parálisis parcial, acompañada de dolores tan persistentes y atroces que todos –su padre, su madre, su novia, sus hermanos, sus amigos- lo ayudaron a planificar su muerte. Con una escritura errática en el tiempo, que va desde el pueblo colombiano donde ha vuelto el pintor -que tiene el pintoresco nombre de La Mesa de Juan Díaz- hasta ese día y esa noche neoyorquina en que esperaban noticias desde Portland, el anciano habla también sobre el resto de su vida, sobre la pintura y sobre la luz, para luego volver otra vez a la ductilidad de las palabras y lo errático de las cosas, a esa vida, a cualquier vida tocada por el azar y el dolor. Hay destellos de humor y toques de sensiblería que al mismo narrador le provocan una cierta vergüenza; y hay un final que destella con luz propia.

Tomás González. Alfaguara, Madrid, 2012. 144 páginas, 17 euros

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