El temor de un hombre sabio

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de marzo de 2012

Es la segunda parte de la trilogía Crónica del Asesino de Reyes, de Patrick Rothfuss, que comenzó con El nombre del viento. Hay una variada oferta para el público juvenil y en esa masa sin duda destaca esta obra de largo aliento que, aunque bebe de una ancha tradición, logra levantar una propuesta atractiva y de alguna manera original. Es decir, por mucho que el lector sienta que transita por caminos ya recorridos, la manera de trabajar los tópicos es distinta. Hay huellas claras de Tolkien, pero con una prosa harto menos plúmbea; hay rastros de J.K. Rowling, aunque sin el pesado fardo de maniqueísmo que ella lleva hasta el extremo; y ecos de la corriente de fantasía medieval que medró dentro de la ciencia ficción, sin necesidad de introducir unicornios blancos o magos calcados de Merlín. Por supuesto que no es gran literatura y que los reclamos de la solapa del estilo «se convertirá en un clásico» son exageraciones, pero también hay que reconocer que está mucho mejor escrito que la inmensa mayoría de las producciones de este estilo.

La segunda parte de la trilogía continúa con la narración que alterna dos tiempos: un cierto presente en la posada Roca de Guía y la narración –muchísimo más extensa— de la vida previa del posadero. Kvothe vuelve a sus tiempos de estudiante y se extiende sobre materias que en este mundo son la base de la tecnología y la investigación científica, aunque con otros nombres y sobre bases menos perentorias en su ansia de verdad. En buenas cuentas, la familiar alquimia, pero con resultados más palpables que la transmutación del plomo en oro. Hay tres largas secciones sobre su viaje, trabajos y aprendizajes lejos de los muros de la universidad; dos son interesantes y se incorporan bien al conjunto. La tercera, la historia de su relación con Felurian, habitante de un universo paralelo más o menos basada en las sirenas de la Odisea, tiene ese regusto desagradable del relleno innecesario. Más aún, queda la sensación de que todo se alarga mucho; de mantener ese ritmo, el tercer tomo tendría que tener muchas páginas más para alcanzar la madurez del Kvothe que regenta la taberna y ve cómo la oscuridad creciente en el mundo lo amenaza todo. Pero sin duda es un buen proyecto, bien pensado para su destinatario de mercado, que se lee con placer y sin culpa.

Patrick Rothfuss. Plaza &Janés, Barcelona, 2011. 1.197 páginas.

Cosmogonías/La Araucana

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 24 de marzo de 2012

La aparición de dispositivos electrónicos para la lectura de libros está cambiando la industria editorial, es cierto, pero a veces no exactamente del modo que se espera. Hay nuevos proyectos que apuestan por el papel, pero con el valor agregado del diseño y la calidad de la edición. Por ejemplo, Quilombo Ediciones, un proyecto muy reciente –sus primeros libros son de 2009-, radicado en Valparaíso y especializado en “libros álbum, libros objeto y libros ilustrados”. Llevan pocos títulos hasta el momento, pero han escogido muy bien las piezas de su catálogo y la manera de presentar cada una.

Cosmogonías consta de ocho delgados libros; el título está impreso en la banda de género con velcro que permite mantener unida la colección. El primero contiene el prólogo, la introducción y la información de contexto; los siete restantes abordan los «mitos chilenos sobre el origen del mundo» desde las siete culturas originarias más importantes: Aymara, Puelche, Tehuelche, Kawéskar, Selk’nam, Mapuche, Rapanui. El relato es breve, con abundantes ilustraciones, pero también sumamente expresivo; recoge muy bien la extrañeza y singularidad de esos relatos totales que explican los orígenes, a veces de modo aterrador, generalmente con “un halo de espontaneidad e ingenuidad que sobrecoge”, según dice uno de los autores. Que el apoyo histórico y documental de este rescate de antiguas tradiciones esté solo en el primer volumen realza más todavía la límpida belleza de las distintas maneras de explicarse el origen del mundo.

La edición de La Araucana es otro proyecto editorial que hay que aplaudir. Se trata de tres tomos de formato grande y tapa dura, con ilustraciones de Alberto Montt y el apoyo de abundantes notas a pie de página que facilitan la comprensión cabal del texto. Quilombo apuesta a que esta edición llegue especialmente a los jóvenes, pero sin duda que el rescate elegante y documentado de un libro capital para la comprensión de la historia de Chile puede ser muy útil para cualquier lector.

Cosmogonías. Diego Artigas, Paula Espinoza y Sebastián Esquivel. Ilustraciones de María de los Ángeles Vargas. Santiago, 2011.

La araucana. Alonso de Ercilla. Ilustraciones de Alberto Montt. Santiago, 2012.

Primeras líneas

«Las primeras líneas de un libro son las más importantes. El máximo esmero siempre es poco. Críticos y lectores profesionales reconocen sin rubor que juzgan una obra por sus tres primeras frases: si no resultan de su agrado, en ese mismo momento plantan su lectura e inician aliviados la del libro siguiente».

Marcel Bénabou. Por qué no he escrito ninguno de mis libros. Anagrama, Barcelona, 1994. 135 páginas. Traducción de Thomas Kauf.

La luz difícil

Reseña publicada  en «Babelia», suplemento del diario El País, sábado 18 de febrero de 2012

Narrativa. Un pintor anciano, de vuelta en su país y que está perdiendo rápidamente la vista, escribe. En un papel rugoso, con letra muy grande y con la ayuda de una poderosa lupa cuadrada que se fija con un brazo al escritorio. Viudo y sin problemas de dinero –el éxito, finalmente, lo alcanzó-, vive, recuerda y trata de capturar, esta vez con las palabras, «la luz esquiva, la luz difícil» que persiguió en su carrera de pintor, aquella que desencadena «la punzada, como la del amor,  que se produce cuando uno siente que toca el infinito». Solo que esta vez el objeto no es la luz atrapada en un casco viejo en un brazo de mar, o las formas de un cuerpo, o el juego permanente de la sombra y la claridad sobre los objetos que, ante la luz, están tan vivos como los seres humanos. El objeto es su vida, pero especialmente el momento más doloroso posible, enunciado ya en la primera página: «la muerte de mi hijo Jacobo, que habíamos programado para las siete de la noche, hora de Portland, diez de la noche en Nueva York». Tomás González (1950), colombiano, es de esos escritores que poco han trascendido fuera de las fronteras de su país a pesar de merecerlo con creces. Esta novela revela también cierto trasunto biográfico –el autor y el protagonista residieron largos años en Estados Unidos, en Miami y Nueva York-, pero sin duda que la reflexión de fondo escapa de esa determinante. «Me asombra otra vez lo dúctiles que son las palabras; lo mucho que por sí solas, o casi por sí solas, expresan lo ambiguo, lo trasmutable, lo poco firme de las cosas», dice el protagonista, y ello se aplica, por supuesto, no solo a cómo un objeto o un paisaje o un cuerpo cualquiera varía según las condiciones de luz y claridad que recaen sobre él; sino también a la mudable experiencia vital, que puede ser tocada de manera tan radical como el drogadicto que embistió el taxi en el que iba Jacobo y le produjo parálisis parcial, acompañada de dolores tan persistentes y atroces que todos –su padre, su madre, su novia, sus hermanos, sus amigos- lo ayudaron a planificar su muerte. Con una escritura errática en el tiempo, que va desde el pueblo colombiano donde ha vuelto el pintor -que tiene el pintoresco nombre de La Mesa de Juan Díaz- hasta ese día y esa noche neoyorquina en que esperaban noticias desde Portland, el anciano habla también sobre el resto de su vida, sobre la pintura y sobre la luz, para luego volver otra vez a la ductilidad de las palabras y lo errático de las cosas, a esa vida, a cualquier vida tocada por el azar y el dolor. Hay destellos de humor y toques de sensiblería que al mismo narrador le provocan una cierta vergüenza; y hay un final que destella con luz propia.

Tomás González. Alfaguara, Madrid, 2012. 144 páginas, 17 euros

El Diccionario de Autores Latinoamericanos de César Aira

Artículo publicado en Caras en marzo de 2001. Sin vacilar vuelvo a recomentar este libro, un utilísimo manual de consulta que conviene tener cerca (aunque parece estar agotado incluso en las librerías argentinas que revisé ahora). El “perspicaz crítico español” mencionado es Ignacio Echevarría; no sé por qué no lo puse así en su momento.

El Quién es Quién de César Aira

Vino a Chile a presentar, en la Feria del Libro, su Diccionario de autores latinoamericanos, una obra monumental, más notable por su mirada crítica que por su erudición, por su comentario descolocador que por sus no siempre correctas bibliografías.

“El secreto mejor guardado de la literatura argentina”, dijo, respecto de César Aira, un perspicaz crítico español. Perspicaz porque lo dijo hace ya años, cuando el infatigable escritor nacido en Coronel Pringles, un punto en medio de la vasta extensión de la pampa, publicaba, sin el menor eco entre la crítica o el público, una o dos novelas por año en editoriales pequeñas y desconocidas.

Ahora, César Aira sigue siendo un escritor extravagante y minoritario, pero, al menos, ha salido del anonimato. Su reciente visita a Chile, a la Feria del Libro, tuvo como razón de ser la presentación de su Diccionario de autores latinoamericanos, editado conjuntamente por Emecé y Ada Korn Editora (esta última, una de las primeras en confiar en la extraña y sugestiva propuesta narrativa de Aira, y responsable de la primera edición de este texto, en 1985), un grueso volumen que sube de las 600 páginas y que cubre, nada más y nada menos, cinco siglos de literatura latinoamericana (es decir, Brasil queda incluido), con otra salvedad: el autor decidió no incluir a “autores surgidos en los últimos veinte años”, contados, naturalmente, a partir de la primera edición del libro. Con la fecha de 1965 se cierra, entonces, el límite cronológico de un diccionario que lo es, dice Aira, “sólo por estar ordenado alfabéticamente”, y que se dirige, más que a los eruditos, al lector, y dentro de esta especie, “a los buscadores de tesoros ocultos”.

Hay que decir, en todo caso, que el Diccionario de autores latinoamericanos es un tesoro en sí, no sólo por su carácter de guía hacia obras o autores perdidos en el tiempo o la geografía, sino también por su aproximación irónica y carente de prejuicios hacia el conjunto de la narrativa latinoamericana. No hay vacas sagradas, dice Aira, aunque, ojo, tampoco es parco para reconocer méritos donde los hay. Ambas cosas quedan claras con una mirada –necesariamente azarosa, al menos en la elección de las citas- a los 122 autores chilenos incluidos en el volumen.

De la obra de María Luisa Bombal dice que es “algo lánguida y con pronunciadas caídas a la cursilería”; en cambio, Aira sostiene que Joaquín Edwards Bello es “uno de los grandes novelistas chilenos, quizá el mejor entre Blest Gana y Manuel Rojas”, y no escatima elogios a El roto: “magistral”, “perfecta novela naturalista, sin lastres”. José Donoso queda, como se ve, fuera del trío mayor y su obra no desencadena el entusiasmo de Aira, que se explaya brevemente sobre “sus dos grandes novelas, El obsceno pájaro de la noche y Casa de campo, respectivamente feísta y preciosista”.

Y si vamos a los poetas, el extenso apartado dedicado a Neruda no contiene ni un solo juicio de valor sobre su obra; de Nicanor Parra, en tanto, Aira dice poco –por ejemplo, que su poesía ha sido tan influyente como la de Neruda en su momento, “pero mucho más inimitable”, y que su genio poético le da “una irradiación peculiar, única”, lo que hace que “tomarlo por maestro puede ser peligroso”. Con Gabriela Mistral es mucho más expresivo: “hay en ella un horror al lugar común, del que huye corrigiendo cada verso hasta darle esa desarticulación de collage sonoro que caracteriza su prosodia, y la hace tan hermosa”.

Pero mucho más revelador es Aira cuando escribe sobre perfectos desconocidos. Una obra como la que escribió no puede prescindir de los autores consagrados, pero puede jugar ampliamente con el número de los que restan. Allí Aira no sólo da rienda suelta a a su erudición, sino también a su humor oblicuo y su afición por el detalle insólito. Veamos: Enrique Bunster es un “autor de curiosa especialización: la Polinesia, sobre la que Chile mantiene un remoto reclamo territorial”. José Antonio Soffia “representa la poesía seria, patriótica y consoladora”. Ventura Marín, tras publicar dos libros de filosofía, enloqueció, y entre 1839 y 1860 estuvo internado en conventos. Luego mejoró y se dedicó a escribir extensos poemas narrativos, entre los que destaca Vitis mística o instrucción sumaria sobre las principales jornadas del camino de la perfección. Y suma y sigue: un tesoro inagotable.

El boom en el Diccionario

Fiel a su aversión a la hipocresía, Aira no titubea para decir que el primer y el último libro de cuentos de Julio Cortázar, escritos con 30 años de diferencia, son intercambiables, aunque mucho mejor es el primero. De Sábato tiene una pésima opinión: “sobre su robusto sentido común, sobre sus ideas convencionales y políticamente correctas, era imposible ajustar pretensiones de escritor maldito o endemoniado, o tan siquiera angustiado”. Y si Carlos Fuentes recibe un tratamiento neutro, Vargas Llosa es puesto en su lugar con una certera afirmación: una vez recompuesto el puzzle que suele armar con varios relatos paralelos, “la narrativa de Vargas Llosa es estrictamente realista”. Y, definitivamente, Gabriel García Márquez no es del gusto de Aira: La hojarasca es un “ejercicio faulkneriano algo endeble”; La Mala Hora, “una crónica pueblerina a lo Faulkner, pero escrita en el estilo de Hemingway”; Cien años de soledad, un “colosal éxito de crítica y ventas”.

Crédito de la fotografía de César Aira.

Rey Rosa, Aira, Bellatin

Recupero una entrada de mi antiguo blog, de mayo de 2008. Corrijo un par de datos: Otro zoo es una colección de cuentos, no una novela; luego Rey Rosa ha publicado otras dos novelas, El material humano y Severina.

Lecturas porteñas. Compradas en Buenos Aires, más bien, en febrero y en abril de este año.

Caballeriza

Penúltima novela de Rodrigo Rey Rosa, que no llegó a las librerías chilenas (en Buenos Aires estaba agotada, la encontré en Corrientes en un mesón de ofertas). La última, Otro zoo, ni siquiera ha llegado a Argentina. ¿Qué pasa, señores Seix Barral/Planeta?).

Rey Rosa vuelve a situar la narración en Guatemala, su patria, con la novedad de que él mismo participa como protagonista y que está basada, en cierta medida, en hechos reales. O, como él lo dijo en una entrevista, “la peripecia es ficticia, pero algunos de los acontecimientos narrados ocurrieron, aunque en diferentes momentos y lugares que en mi obra, en la que he hecho una síntesis de todos ellos para dar una sensación de historia orgánica”. Historia que es política en el sentido más amplio, o, si se lo mira desde el ángulo del subgénero, policial. De novela policial clásica, quiero decir.

La novela rezuma violencia, pero de la contenida manera que trabaja Rey Rosa y que puede ser así aún más demoledora. El poder incontrastable de las elites en sociedades patriarcales se muestra en toda su desnudez, desde el saludo ritual al anciano que celebra su cumpleaños hasta la impunidad feroz de sus acciones. Sin embargo, nada más lejos del tono y los énfasis de Rey Rosa que el clásico estilo de denuncia. No denuncia, muestra, y en esa habilísima omisión de los adjetivos funda buena parte de la eficacia de una excelente novela, que se acerca a las otras “guatemaltecas” de Rey Rosa, como Lo que soñó Sebastián o El cojo bueno.

Yo era una chica moderna

El siempre prolífico César Aira reclama que, de vez en cuando, haya que volver a su manantial de delirantes y reveladoras fantasías. Esta novela está editada por Interzona, editorial bonaerense que nadie distribuye en Chile (¿por qué, por qué, si el catálogo es provocador y latinoamericano, y a precios más que asequibles?).

Con Aira hay que estar dispuesto a lo inesperado, pero, aún así, cada giro argumental que logra en sus novelas sorprende. De este modo, lo que parece una simple disputa amorosa entre jovencitas en plena efervescencia sexual se transforma en un sanguinolento episodio de donde emerge El Gauchito, un feto dotado de extraños poderes que se roba la película y lanza destellos de ruda comicidad sobre las calles de una ciudad asediada por la miseria. Hordas de patovicas –guardianes de clubes nocturnos, en jerga porteña- se enfrentan a policías y jóvenes en torno a la disco más pequeña del mundo, punto axial, anus mundi, como diría Mircea Eliade, donde los mundos inferior y superior se cruzan y abren puertas de circulación entre el cielo, el infierno y la tierra.

Pero, con Aira, hasta los más tremendos acontecimientos están pasados por un tamiz de distancia y humor (hay pasajes realmente divertidos en Yo era una chica moderna), y así esta novela, como la mayor parte de las que ha escrito, adquiere una atmósfera de irrealidad que no le quita nada de potencial subversivo. Da la impresión de que Aira fuerza sus temas hasta el límite (¿pero límite de qué?) y que nunca sabe dónde va a llegar; y que, una vez instalado en el territorio del delirio, se siente a gusto.

Jacobo el mutante

También de Interzona, aunque Alfaguara la publicó en España. Ni una ni otra edición llega por estos pagos.

Aquí Mario Bellatin juega con los géneros: formalmente, es el análisis de un manuscrito incompleto e inédito de Joseph Roth, La frontera, pero, en realidad, se trata de una historia oscura y demencial sobre un tabernero austriaco y rabino judío a la vez que, sin mayor transición, se metamorfosea en su hijastra, una mujer que predica en un remoto pueblo estadounidense. Aunque hay quienes la sitúan en la misma vena de Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, por la referencia a escritos imaginarios, hay una diferencia bien notable. Tanto Shiki como su obra son ficticios; Roth, en cambio, no lo es, y al autor le ocurrió una anécdota que dice mucho de los lectores entusiastas y a la moda: cuando hizo referencia a La frontera en una charla, alguien del público señaló que no la había leído, pero que sí había visto la novela basada en el libro. Por esta vía, la creación de Bellatin pareció encontrar una cierta carta de ciudadanía fuera de los márgenes de Jacobo el mutante. Es difícil, en todo caso, que llegue a estar, como el Necronomicon de Abdul Alhazred creado por H.P. Lovecraft, en los catálogos de las bibliotecas. Según el autor, la estratagema le permite delimitar la voz de un narrador que usa el lenguaje seco y preciso de un académico limitado a comentar su fuente. Sin embargo, la falsa novela de Roth tiene un desarrollo extraño y perturbador, que contrasta fuertemente con el apagado tono de quien la comenta.

Bellatin, en este libro, cumple con aquella afirmación que sostiene que toda novela es una impugnación de la forma clásica. Incluye, además, fotografías en blanco y negro de paisajes fantasmales y despojados de vida, que establecen un interesante contrapunto con el relato sobrio y despojado que se apoya en un texto ficticio para cargar de sentido el retrato de la monstruosidad. Según el autor, las fotografías cumplen una función mayor, muestran “una textura que ayude al lector a darse cuenta de lo obvio, que todo es una mentira, que el autor no quiere que le crean, pero que, no obstante, lo más importante pretende estar presente: la conciencia de que se transcurre por una realidad paralela”.

El material humano

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de agosto de 2009

En sus últimas novelas, Caballeriza y El material humano, el novelista guatemalteco Rey Rosa ensaya una fórmula de ficción que no es nueva, pero que, en su caso, alcanza un notable poder de convicción y eficacia narrativa. El autor se asume también como personaje y protagonista de la novela e incorpora fragmentos de su biografía, así como personajes reales, al relato, aunque, al menos en El material humano, la más reciente, se preocupa de señalar desde el inicio que “aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, ésta es una obra de ficción”. Al mismo tiempo, la trama de la novela insiste en un tópico que Rey Rosa ha trabajado de manera consistente en varios de sus libros, la violencia política que asoló -y aún continúa afectando- su país. El cojo bueno, Lo que soñó Sebastián y Que me maten si… son algunos de los hitos desde donde emerge la imagen de una Guatemala desgarrada y dolorosa, donde se palpa el miedo y sentirse amenazado no es paranoia, sino una cuestión de supervivencia.Y acá Rey Rosa conduce su indagación hacia una nueva frontera, de la mano de su personaje-autor, cuya madre fue secuestrada por la guerrilla y que, por esos azares de la vida, cuando comienza a investigar en un gigantesco depósito de archivos de la policía encontrado en un antiguo centro de torturas, roza verdades que no debería conocer. A su manera siempre oblicua y totalmente alejada de la denuncia militante, con la distancia del escepticismo y el auxilio de un estilo ya depurado y decantado hasta alcanzar una notable fluidez, Rey Rosa construye una suerte de tapiz cuyos fragmentos progresivamente adquieren sentido en el conjunto. Una línea narrativa apunta al perfil de un indio maya, Benedicto Tun, que fue el alma de la investigación criminológica en Guatemala hasta los años setenta; otra, a sus viajes y a su relación con B+, su novia; una más, a su labor de investigación en los papeles del archivo; y todo ello fundido con una suerte de diario de vida que incluye sus lecturas y muchas citas que no están allí por obra del azar. Citas no sólo literarias: es inolvidable el listado de fichados por la policía y los delitos que motivaron su detención, un catálogo de culpas que revela, de manera impresionante, la arbitrariedad de la justicia, más allá incluso de los brutales procedimientos que jalonan las páginas. Pero lo más inquietante del libro es la manera aparentemente azarosa y oblicua, por así decirlo, en que el autor se aproxima al fenómeno de la violencia y cómo lo hace latir en estas páginas, sin aspavientos, siempre medido, pero profundamente estremecedor.

Anagrama, Barcelona, 2009. 183 páginas.

Rating

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de marzo de 2012

«Cada vez que estoy escribiendo y siento de pronto un ataque de pudor, cada vez que siento que lo que estoy escribiendo es empalagoso, de un cursi que me da grima, asumo entonces que voy por buen camino, que estoy haciendo lo correcto». Quien habla es Manuel Izquierdo, un guionista de teleseries que ha superado los cincuenta años y mira hacia atrás sus años de gloria, cuando era el rey del rating. Ahora está embarcado en un proyecto delirante, una ocurrencia de otro veterano que quiere reverdecer éxitos y devolverle sintonía a un canal que solo vive derrota tras derrota en el afán de ganar en la preferencia de los televidentes: una cruza espuria entre la teleserie y el reality show, que pretende poner a indigentes (que luego son reemplazados por damnificados por torrenciales lluvias) a convivir en una casa y luchar por quedarse con ella. Izquierdo es un escéptico que conoce muy bien la industria y combate contra sus propios fantasmas, especialmente con la vejez; y su jefe, Rafael Quevedo, el creador del proyecto, alguien que no supo detenerse a tiempo y que vive y goza en las intrigas por el poder y la influencia. A ellos se suma Pablo (Pablito) Manzanares, estudiante de literatura que cayó en el canal por la amistad de su madre viuda con Quevedo y es asignado como asistente de Izquierdo. El relato alterna la voces de este último y de Izquierdo, a quienes se suma la de un narrador que mira desde fuera cómo se desarrolla este otro reality en el interior del canal.

Rating, por fortuna, es bastante más que una crónica reveladora de los secretos de la industria televisiva venezolana. Hay mucho más. Humor, para empezar, que también deriva con rapidez hacia la ironía y el desencanto, sobre todo cuando Izquierdo toma la palabra. Hay excelentes reflexiones sobre las teleseries, el modo en que se construyen y por qué la cursilería –mientras más extrema, mejor- es la clave del género. Como responde una entrevistada a la pregunta de por qué las ve: “porque se sufre”. Hay un gran personaje, Izquierdo, que por primera vez aborda la escritura desde un género, el testimonial, distinto de los diálogos y escenas para los culebrones, y dibuja una trayectoria más que interesante. La historia de los damnificados no puede ser más reveladora de las miserias de una industria que solo cree en sí misma y recurre a cualquier truco, aún el más abyecto, para ganar. Y una trama cuyo desenlace tiene algo de moraleja, pero es mucho más que eso.

Alberto Barrera Tyszka. Anagrama, Barcelona, 2011. 263 páginas.

Fuck America

Si el título suena duro, la novela cumple ampliamente las expectativas que despierta; el protagonista, Jakob Bronsky, es un sobreviviente del exterminio nazi que llega a Estados Unidos en 1952 solo para encontrar otras formas de la humillación y la exclusión. Mucho menos dramáticas, por cierto, pero también desoladoras; aunque hay que agregar que el acidísimo humor del autor rescata la novela, por completo, del tremendismo y la auto compasión.

Edgar Hilsenrath (Leipzig, 1928) es muy poco conocido en el ámbito del castellano; solo Maeva, una editorial dedicada más bien a la literatura masiva, le había publicado previamente una novela, El nazi y el peluquero (2004), que ya desapareció de su catálogo. Fuck America, a su vez, fue editada en 2010, treinta años después de la primera edición alemana, por Errata Naturae, una editorial independiente que cultiva tanto el rescate literario (por ejemplo, varias novelas de Jean Genet) como la filosofía y el ensayo. La novela progresa rápido, con diálogos veloces y directos que sitúan a Bronsky como un real paria, que sobrevive con los peores trabajos posibles, que estafa a quien puede y, por las noches, en las mugrientas mesas del café donde se reúnen los expatriados, escribe una novela de la que solo se dicen dos cosas: que se llama El Pajillero y, casi al final, que intenta contar su experiencia en los años de la guerra. Hilsenrath tuvo esa misma experiencia vital, de modo que es obvio el contenido autobiográfico; pero no es nada obvio el tratamiento que le da a través de frecuentes conversaciones de Bronsky consigo mismo y con la permanente invención de diálogos y el desarrollo de situaciones imaginarias donde se confunden el deseo, la posibilidad y la culpa que suelen portar las víctimas.

-¡América es la tierra prometida!
-América es una pesadilla.

El diálogo es entre Bronsky y Mary Stone, una muy exitosa animadora televisiva que proclama un abominable rosario de máximas de pensamiento positivo:

«¡Quien cree en sí mismo tiene el mundo a sus pies!» – «Quien irradia amor es hermoso». – «El que ama no necesita mirarse al espejo para contarse las arrugas». – «Escoja al compañero adecuado, y no tendrá problemas de pareja». – «Deje pasar una o dos noches antes de tomar una decisión importante». «Si le cuesta comunicarse no le eche la culpa a los demás». (…) «Si fracasa, no culpe a la tierra de Dios, sino a usted mismo. Pregúntese. ¿Qué me ocurre? ¿Dónde está la confianza en mí mismo? Aquí todos tenemos una oportunidad».

Naturalmente, no es la real Mary Stone quien acompaña a Bronsky en la cama, donde este último le ha aplicado una técnica milagrosa para curar la frigidez; es la Mary Stone que Bronsky imagina y que ha pasado directamente desde la pantalla de televisión a su lecho. Pero es aquella confidente imaginaria, la encarnación absoluta del sueño americano, de la fe en Dios, en la voluntad y en el optimismo, la elegida para que Bronsky narre finalmente su historia y se atreva a sumergirse en el hoyo negro de la memoria para iluminar, por fin, la atroz vivencia de los años del dominio nazi. Ahí el relato alcanza otra consistencia y el humor negro abre paso a un relato descarnado, preciso y sin mayores adjetivos que quizá por lo mismo es más impresionante. Y sirve también para entender por qué Bronsky y tantos otros refugiados son incapaces de incorporarse al sueño americano, a ese tejido de ilusiones, publicidad y pragmatismo que apenas acepta la diferencia y segrega con fiereza. Y todo para aprender una verdad tan amarga como el libro: «He aprendido que el nacimiento de cada individuo es a la vez su condena a muerte y me pregunto qué sentido tiene todo esto». Si no fuera por la infalible intuición de Hilsenrath para el humor negro y para atrapar al vuelo las situaciones donde el ridículo gatilla la risa, sería una novela mucho más dura aún; aunque, si se piensa bien, no pierde una gota de su capacidad crítica y de su desarmante lucidez.

Edgar Hilsenrath. Fuck America. Errata Naturae, Madrid, 2010. 262 páginas. Traducción de Iván de los Ríos.

Norman Foster. Arquitectura y vida

Rseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 3 de marzo de 2012

Deyan Sudjic es arquitecto y también director del Design Museum de Londres, es decir, un observador privilegiado de las tendencias contemporáneas tanto en su área profesional como en el mundo de los objetos. Turner le publicó antes otro ensayo notable, El lenguaje de las cosas, una clase magistral de cómo el diseño ha agregado valor a los objetos hasta el punto de que la forma ha pasado a ser aún más relevante que la utilidad. Así que es un privilegio que Sudjic sea quien presente la vida y la obra de unos de los arquitectos más importantes de nuestro tiempo, un inglés que nació en los suburbios de clase media baja de Manchester, que logró llegar a la universidad por su porfía y descomunal talento, pero también porque hubo quieres fueron capaces de reconocerlo (fue el único de sus compañeros de escuela primaria que logró hacerlo), y que no solo ha sembrado de construcciones revolucionarias algunas de las principales urbes del mundo, sino también uno de los arquitectos que más se ha adelantado en concebir las ciudades del futuro.

El libro es una biografía, sí, pero orientada por la labor profesional de Foster desde sus inicios –incluso desde antes de estudiar arquitectura, cuando ya dibujaba edificios y paisajes urbanos- hasta el impresionante proyecto sustentable que está desarrollando en Abu Dabi. Se trata, como aclara Sudjic en los agradecimientos, de “una biografía autorizada, lo que indica cierta intimidad entre el sujeto y el autor”, intimidad que hay que agradecer; más allá de la peripecia vital de Foster, lo que deslumbra en el libro es una suerte de reflexión a dos voces sobre el modo en que los espacios urbanos se configuran y desarrollan en nuestro tiempo y de cómo el asunto de la sostenibilidad se convierte en un factor crucial “en un mundo que empieza a tener miedo de volverse inhabitable”. Las extraordinarias obras de Foster, documentadas también con fotografías y bosquejos, surgen también en el libro como partes de un proyecto personal y creativo que siempre tiene en cuenta el entorno y las consecuencias de la intervención urbana. Cuánto hay que aprender de Foster en Santiago, una ciudad amenazada por el colapso debido a la falta de previsión y a la carencia de visiones integradas de la arquitectura y el urbanismo.

Deyan Sudjic. Turner, Madrid, 2011. 295 páginas.