Evocación de Matthias Stimmberg

Alain-Paul Mallard, nacido en México D. F. en 1970, podría integrar perfectamente la legión de fugitivos de la literatura que protagonizan Bartleby y Compañía de Enrique Vila-Matas. Ha publicado un solo libro -el que reseño acá- en 1995, editado en México por Heliópolis y rescatado en 2007 por Interzona, Buenos Aires.  Reside desde hace tiempo en París, donde ha escrito y dirigido varias películas. La solapa de la edición de Interzona -ditirambo mediante- lo suma, de otro modo, al club de los Bartleby: Mallard «recrea el mito fundador de la literatura moderna: escribir un solo libro, único y perfecto». Hay que agregar que se trata más bien de una nouvelle o, mejor, de una brevísima colección de miniaturas, de escuetos relatos -diez en total- que jalonan la vida no contada de Matthias Stimmberg, un poeta alemán de breve producción que además descree totalmente de ella. Los episodios -según la cronología que Mallard entrega en la apostilla final (la biografía del escritor), van desde 1912 a 1979 (aunque en el libro se presentan en un orden muy distinto al cronológico) y dibujan un personaje tocado por un radical escepticismo que hace de la ironía su mejor arma. Hay tres especialmente destacables: «La sal», relato de iniciación en el amor que desemboca, claro, en el primer desengaño y en un sueño que rezuma toda la crueldad posible del inconsciente. «Mein Kampf», ambientado en la Viena ocupada tras la Segunda Guerra Mundial; Stimmberg trabaja en una imprenta donde reposan cientos de ejemplares del libro de Hitler. Le regala varias cajas a una vagabunda para que alimente a sus tres famélicos chivos y, junto con ellas, los 40 ejemplares restantes (de 5o en total) de su primer libro de poesía. «De entre mis libros -agrega el narrador- ha sido ese, el primero, el que, me parece, corrió con mejor suerte», lapidaria afirmación que también pone a Stimmberg en la estela de los Bartleby. Y «Sísifo», un cuento graciosísimo y melancólico que narra un encuentro entre el poeta alemán y su amigo y colega Paul Celan («Luego bebimos un poco y algo me habló Celan de la atroz asfixia que llevaba a cuestas, de la distancia cada vez mayor que lo separaba de Czernowitz, del aprecio que me tenía, e insistió, más de una vez, que todo poema era un camino en redondo desde el tú hasta el tú. Bebimos un poco más».

Alain-Paul Mallard reincidió brevemente en la escritura. En 2005 apareció en Letras Libres «Prueba de verdad», un cuento excelente y muy literario, aunque algo repulido; luego publicó, en 2007, «Ameising», relato quizá autobiográfico que a partir de las cataratas que sufrió su abuelo -origen de su apellido francés en México- se adentra incluso en los límites del lenguaje y la relación entre Borges y Joyce, muy bueno; y en 2010, otro dos cuentos que, hay que decirlo, no están ni remotamente a la altura de su producción anterior (parecen borradores, fábulas orientales bien encaminadas pero excesivamente floridas por la superabundancia de adjetivos). Ojalá reincida otra vez, pero con el tono inimitable, seco y reconcentrado, de su primer -y único- libro.

Alain-Paul Mallard. Interzona, Buenos Aires, 2007. 65 páginas.

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