Knockemstiff (o «sácales la cresta»)

Knockemstiff es un pueblo situado en una hondonada en Ohio. Las emanaciones que provienen de una fábrica de papel hacen que todo huela a huevo podrido (y en una casa rodante desastrada la cosa puede ser todavía peor: «En los días de calor,  el hedor a excrementos de desconocidos flotaba en los cuartos angostos igual que la espesa niebla del fracaso»). Es que si hay un compendio de miserias, dolores y bajezas, sin espacio alguno para la esperanza o la dignidad, es éste, el volumen de cuentos que Donald Ray Pollock bautizó con el mismo nombre. La contratapa acumula adjetivos: «historias ágiles y divertidas sobre la gente más triste que jamás se haya visto», Chuck Palahniuk; «portentoso y bestial», Rodrigo Fresán; «crudo, real sincero, poco afectado y a la vez -sin caer en la condescendencia- compasivo», Kiko Amat, autor del prólogo; «directo, crudo, descarnado, turbio, inquietante», Winston Manrique Sabogal. En su reseña en Babelia, Edmundo Paz Soldán lo definió como «magistral». Los dos últimos, más Jesús Ferrero e Isidoro Reguera, lo incluyeron en su lista de los diez mejores libros del año en la tradicional encuesta del suplemento literario de El País. No fue suficiente para que clasificara entre los mejores cinco libros de relatos, pero sí para que Pollock fuera incluido, en segundo lugar, en la lista de autores a seguir.

Creo que yo habría escogido otros adjetivos para describir el libro: lúgubre, abjecto, desolador, por ejemplo. La vida de los blancos pobres en Estados Unidos ha sido narrada de muchas maneras, pero quizá nunca con tan marcado énfasis en la miseria moral y física aparejada con pobreza crónica, medio ambiente degradado y total ausencia de oportunidades. Si alguna vez da risa, es esa risa nerviosa que sacude el cuerpo cuando, por ejemplo, alguien se da un tremendo porrazo en la calle. Un físico culturista aspirante a Mister Ohio que en la noche más fría del año exhibe sus músculos hinchados de esteroides delante de un local de McDonald’s puede ser un espectáculo patéticamente divertido, pero solo hasta que su corazón artificialmente inflado deja de latir. Drogas, ilusiones rotas, cuerpos inflados, dientes podridos, niños mudos o retrasados o adolescentes con el cerebro frito por un imposible cóctel químico, psicópatas, violencia siempre a flor de piel, dan forma a un paisaje tan degradado y malsano que realmente parece ser el último deshecho, el borde del infierno, el resumidero de las pesadillas. «Cuesta creer que haya gente tan pobre en este país. Viviendo en el país más rico del mundo», dice uno de los pocos visitantes que llegan al pueblo, atraído precisamente por su extraño nombre: «Knock’em stiff» se puede traducir como «Golpéalos hasta dejarlos tiesos» o, en el castellano de Chile, «Sácales la cresta». Un pueblo con ese nombre no puede tener un buen destino y eso es lo que se manifiesta en estos relatos. Hay personajes que se repiten, pero eso es apenas un indicio de otro asunto de mayor gravedad: nadie puede tener una vida distinta, singular, mínimamente digna, si está enterrado en esa hondonada engañosamente verde.

Donald Ray Pollock. Libros del Silencio, Barcelona, 2011. Traducción de Javier Calvo. 302 páginas.

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