Ojos que no ven, corazón desierto

Iris García, acapulqueña, 1977, tiene una breve carrera literaria; publica poco, pero en variados géneros (teatro, cuento, novela). Me encontré con este libro por recomendación de Yuri Herrera. Lo encargué a México para luego descubrir que, oh sorpresa, está disponible (al menos vi un ejemplar) en la librería Gonzalo Rojas del Fondo de Cultura Económica.

Se trata de diez cuentos organizados como un díptico, cinco y cinco, dos caras de la medalla, dos maneras de mirar o, mejor dicho, dos puntos de partida diferentes: de un lado, en los primeros, la violencia desde los que la ejercen; del otro, las vidas anónimas de quienes la sufren, ya sea de manera directa o por la simple carencia de oportunidades, por la miseria o la discriminación.

La primera parte -«Ojos que no ven»- apela al lenguaje preciso del género policial, pero renueva la habitual sintaxis entrecortada mediante párrafos bien tramados y el uso de distintas personas gramaticales. Así se adentra con precisión en los meandros de la corrupción, el matonaje, el asesinato, la venganza y compone relatos de singular eficacia, mordientes y duros, algunos tocados por un cinismo que nunca suena impostado; es como si el narrador realmente fuera un amoral que asiste al espectáculo de la fuerza desencadenada y se hiciera, de algún modo, cómplice de quienes cabalgan sobre el cuerpo del otro y trabajan para su propio beneficio (aunque, claro, nadie sabe para quién trabaja, como queda muy claro en «Río revuelto»). El más desolador de este primer grupo de relatos es «Gatos pardos», una muestra feroz de cómo la lealtad mal entendida, el machismo, el alcohol y la desidia pueden hasta pisarse la cola en el empeño de mantener el estado de las cosas.

El segundo grupo de relatos, reunidos bajo el título de «Corazón que no siente», es más diverso y no solo se sitúa en el lado de las víctimas -por ejemplo, en «Sueños de arena», un relato terrible sobre el destino de una joven cuyo cuerpo es explotado hasta las últimas consecuencias, primero como objeto sexual y luego como receptáculo del tráfico de drogas-, sino también en una amarga mirada sobre las relaciones de pareja y la dificultad para mantenerlas vivas especialmente en un contexto de miseria y ausencia de horizontes. «Está triste. La tristeza que oprime los pulmones y abre un hueco en la boca del estómago. Da grandes bocanadas. Quisiera echarse en el suelo como un perro, y quedarse dormida para siempre. Ahora no es posible. Aún debe lavar platos de la cena». Si los primeros son mordientes y casi cínicos, los segundos actúan como un revulsivo que devuelve de golpe al asco y al espanto.

Y destacan, en todo el volumen, el cuidado por la escritura, el juego del estilo, la habilidad para combinar voces y efectos, la precisión en los finales (sean abiertos o cerrados; Iris García maneja tan bien los tiempos que nunca es precedible aunque el desenlace pueda parecer el inevitable. O no: a veces es pura sorpresa). Un gusto leerla, aunque la materia que nutre sus relatos no sea precisamente agradable.

Iris García. Fondo Editorial Tierra Adentro – Conaculta, México D.F., 2009. 96 páginas.

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Sobre el ingenio. Una fábula de Ambrose Bierce

El Patriota Ingenioso

Tras obtener audiencia con el Rey, un Patriota Ingenioso sacó un papel del bolsillo y dijo:
-Majestad, tengo aquí una fórmula para construir blindajes que ninguna bala de cañón podrá perforar. Si la Armada Real los acepta, nuestros barcos de guerra serán invulnerables y por lo tanto invencibles. Aquí están, también, los informes de los ministros de Su Majestad que dan fe del valor de mi invento. Cederé mis derechos por un millón de tuntunes.
El Rey examinó los documentos, los apartó y prometió al hombre que daría al tesorero mayor del Departamento de Extorsiones la orden de pagarle un millón de tuntunes.
-Y aquí -dijo el Patriota Ingenioso, sacando otro papel de otro bolsillo- están los planos de un cañón que he inventado y que perforará ese blindaje. El real hermano de vuestra Majestad, el Emperador de Bang, tiene mucho interés en comprarlos, pero mi lealtad al trono y a la persona de vuestra Majestad me obliga a ofrecerlos primero a vos. El precio es un millón de tuntunes.
Después de recibir la promesa de un nuevo cheque, el inventor metió la mano en otro bolsillo.
-El precio del cañón irresistible -observó- habría sido mucho mayor, Majestad, si no resultara tan fácil desviar sus balas usando mi tratamiento especial de los blindajes con un novedoso…
El Rey llamó por señas al Gran Factótum.
-Registra a este hombre -ordenó-, y dime cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres, señor -dijo el Gran Factótum al concluir su trabajo.
Majestad -gritó el Patriota Ingenioso, aterrorizado-, uno de ellos contiene tabaco.
-Cuélgalo de los tobillos y sacúdelo -dijo el Rey-; después dale un cheque por cuarenta y dos millones de tuntunes y ejecútalo. Hecho eso, prepara un decreto donde se declare el ingenio delito capital.

Ambrose Bierce. 99 fábulas fantásticas. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2010, páginas 10-11. Ilustraciones de Carlos Nine. Selección y traducción de Marcial Souto.

Citas de cine

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de febrero de 2012

La idea es buena y su ejecución, también: una selección de citas de cine que en ningún momento se propone ni canónica ni «lo mejor de», aunque el resultado sea –como casi siempre cuando se trata de hacer una selección- una suerte de canon. Pero no tendría el menor sentido discutir si aquí están las mejores películas de todos los tiempos o las mejores citas de películas de todos los tiempos; cada quien recordará las suyas, cada quien alegará por la inclusión de algunas de ellas (en mi caso, los insulsos diálogos de Harry Potter o los chistes fáciles de Woody Allen), así que es totalmente inconducente juzgar este libro por su valor canónico. Lo que sí hay que destacar es que se trata de una selección sumamente estimulante, un ejercicio de recopilación que sitúa nuevamente en el recuerdo el cine ya visto o incita a ver aquellas que nos faltan, y que muestra, de paso, el valor de la palabra para el cine, por más que los efectos especiales la hagan pasar crecientemente a un discreto segundo plano. El orden cronológico comienza con Sucedió una noche (1934), de Frank Capra, y una de sus citas es de aquellas frases que suelen decirse –a veces con significativas variantes- sin conocer su origen: «¡No se puede tener hambre y miedo al mismo tiempo!»; y cierra con Gracias por fumar (2005), de Ivan Reitman («Mi trabajo requiere de cierta flexibilidad moral»). Entre ambas, alrededor de 70 películas más. Cada entrada consta de mínimos datos técnicos (director y casting; ¿por qué no se incluyó a los guionistas? Misterio), un breve resumen, un más escueto juicio y las citas, tanto frases sueltas como diálogos. Hay frases chispeantes, divertidas, trágicas, desconcertantes, en una gama amplísima que recupera desde clichés  como «El dinero nunca duerme» (Wall Street, 1987) hasta prodigiosos hallazgos de concisión expresiva: «No hay nada trágico en tener cincuenta años. A no ser que finjas tener veinticinco» (El crepúsculo de los dioses, 1950). Los diálogos, en tanto, suelen sorprender por su autonomía y valor autónomo, desgajado de su contexto, aunque ello es más notorio en las primeras décadas que cubre este libro. Es que, claro, una película basada en una novela de Raymond Chandler con William Faulkner de guionista no puede menos que ofrecer diálogos geniales.

Lídice Varas. Los Libros Que Leo, Santiago, 2011. 163 páginas.

Evocación de Matthias Stimmberg

Alain-Paul Mallard, nacido en México D. F. en 1970, podría integrar perfectamente la legión de fugitivos de la literatura que protagonizan Bartleby y Compañía de Enrique Vila-Matas. Ha publicado un solo libro -el que reseño acá- en 1995, editado en México por Heliópolis y rescatado en 2007 por Interzona, Buenos Aires.  Reside desde hace tiempo en París, donde ha escrito y dirigido varias películas. La solapa de la edición de Interzona -ditirambo mediante- lo suma, de otro modo, al club de los Bartleby: Mallard «recrea el mito fundador de la literatura moderna: escribir un solo libro, único y perfecto». Hay que agregar que se trata más bien de una nouvelle o, mejor, de una brevísima colección de miniaturas, de escuetos relatos -diez en total- que jalonan la vida no contada de Matthias Stimmberg, un poeta alemán de breve producción que además descree totalmente de ella. Los episodios -según la cronología que Mallard entrega en la apostilla final (la biografía del escritor), van desde 1912 a 1979 (aunque en el libro se presentan en un orden muy distinto al cronológico) y dibujan un personaje tocado por un radical escepticismo que hace de la ironía su mejor arma. Hay tres especialmente destacables: «La sal», relato de iniciación en el amor que desemboca, claro, en el primer desengaño y en un sueño que rezuma toda la crueldad posible del inconsciente. «Mein Kampf», ambientado en la Viena ocupada tras la Segunda Guerra Mundial; Stimmberg trabaja en una imprenta donde reposan cientos de ejemplares del libro de Hitler. Le regala varias cajas a una vagabunda para que alimente a sus tres famélicos chivos y, junto con ellas, los 40 ejemplares restantes (de 5o en total) de su primer libro de poesía. «De entre mis libros -agrega el narrador- ha sido ese, el primero, el que, me parece, corrió con mejor suerte», lapidaria afirmación que también pone a Stimmberg en la estela de los Bartleby. Y «Sísifo», un cuento graciosísimo y melancólico que narra un encuentro entre el poeta alemán y su amigo y colega Paul Celan («Luego bebimos un poco y algo me habló Celan de la atroz asfixia que llevaba a cuestas, de la distancia cada vez mayor que lo separaba de Czernowitz, del aprecio que me tenía, e insistió, más de una vez, que todo poema era un camino en redondo desde el tú hasta el tú. Bebimos un poco más».

Alain-Paul Mallard reincidió brevemente en la escritura. En 2005 apareció en Letras Libres «Prueba de verdad», un cuento excelente y muy literario, aunque algo repulido; luego publicó, en 2007, «Ameising», relato quizá autobiográfico que a partir de las cataratas que sufrió su abuelo -origen de su apellido francés en México- se adentra incluso en los límites del lenguaje y la relación entre Borges y Joyce, muy bueno; y en 2010, otro dos cuentos que, hay que decirlo, no están ni remotamente a la altura de su producción anterior (parecen borradores, fábulas orientales bien encaminadas pero excesivamente floridas por la superabundancia de adjetivos). Ojalá reincida otra vez, pero con el tono inimitable, seco y reconcentrado, de su primer -y único- libro.

Alain-Paul Mallard. Interzona, Buenos Aires, 2007. 65 páginas.

Knockemstiff (o «sácales la cresta»)

Knockemstiff es un pueblo situado en una hondonada en Ohio. Las emanaciones que provienen de una fábrica de papel hacen que todo huela a huevo podrido (y en una casa rodante desastrada la cosa puede ser todavía peor: «En los días de calor,  el hedor a excrementos de desconocidos flotaba en los cuartos angostos igual que la espesa niebla del fracaso»). Es que si hay un compendio de miserias, dolores y bajezas, sin espacio alguno para la esperanza o la dignidad, es éste, el volumen de cuentos que Donald Ray Pollock bautizó con el mismo nombre. La contratapa acumula adjetivos: «historias ágiles y divertidas sobre la gente más triste que jamás se haya visto», Chuck Palahniuk; «portentoso y bestial», Rodrigo Fresán; «crudo, real sincero, poco afectado y a la vez -sin caer en la condescendencia- compasivo», Kiko Amat, autor del prólogo; «directo, crudo, descarnado, turbio, inquietante», Winston Manrique Sabogal. En su reseña en Babelia, Edmundo Paz Soldán lo definió como «magistral». Los dos últimos, más Jesús Ferrero e Isidoro Reguera, lo incluyeron en su lista de los diez mejores libros del año en la tradicional encuesta del suplemento literario de El País. No fue suficiente para que clasificara entre los mejores cinco libros de relatos, pero sí para que Pollock fuera incluido, en segundo lugar, en la lista de autores a seguir.

Creo que yo habría escogido otros adjetivos para describir el libro: lúgubre, abjecto, desolador, por ejemplo. La vida de los blancos pobres en Estados Unidos ha sido narrada de muchas maneras, pero quizá nunca con tan marcado énfasis en la miseria moral y física aparejada con pobreza crónica, medio ambiente degradado y total ausencia de oportunidades. Si alguna vez da risa, es esa risa nerviosa que sacude el cuerpo cuando, por ejemplo, alguien se da un tremendo porrazo en la calle. Un físico culturista aspirante a Mister Ohio que en la noche más fría del año exhibe sus músculos hinchados de esteroides delante de un local de McDonald’s puede ser un espectáculo patéticamente divertido, pero solo hasta que su corazón artificialmente inflado deja de latir. Drogas, ilusiones rotas, cuerpos inflados, dientes podridos, niños mudos o retrasados o adolescentes con el cerebro frito por un imposible cóctel químico, psicópatas, violencia siempre a flor de piel, dan forma a un paisaje tan degradado y malsano que realmente parece ser el último deshecho, el borde del infierno, el resumidero de las pesadillas. «Cuesta creer que haya gente tan pobre en este país. Viviendo en el país más rico del mundo», dice uno de los pocos visitantes que llegan al pueblo, atraído precisamente por su extraño nombre: «Knock’em stiff» se puede traducir como «Golpéalos hasta dejarlos tiesos» o, en el castellano de Chile, «Sácales la cresta». Un pueblo con ese nombre no puede tener un buen destino y eso es lo que se manifiesta en estos relatos. Hay personajes que se repiten, pero eso es apenas un indicio de otro asunto de mayor gravedad: nadie puede tener una vida distinta, singular, mínimamente digna, si está enterrado en esa hondonada engañosamente verde.

Donald Ray Pollock. Libros del Silencio, Barcelona, 2011. Traducción de Javier Calvo. 302 páginas.

Jerusalén. La biografía

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de febrero de 2012

El historiador británico Simon Sebag Montefiore es conocido mayormente por su monumental biografía de Stalin, en dos tomos: La corte del Zar Rojo y Llamadme Stalin, un trabajo tan exhaustivo y bien escrito muy difícil de superar. Este libro –también de vasta extensión- aborda una historia más larga y más compleja y quizá aún más apasionante, la biografía de una ciudad que «también es tema, piedra angular e incluso espina dorsal de la historia del mundo». En efecto, los tres monoteísmos que se disputan la escena de la religión desde hace milenios hacen de Jerusalén el centro de su culto, lo que la convierte ya en objeto de disputas que exceden en mucho cuestiones administrativas o nacionales; y, por otra parte, los vaivenes de la historia a lo largo de tres mil años han situado a Jerusalén bajo el dominio de todo tipo de imperios y naciones. Y si hay una mínima familiaridad tanto con la Jerusalén bíblica como con la actual ciudad disputada por israelíes y palestinos, el recorrido de Montefiore –quien viene de una antigua familia jerosolimitana- por los siglos que van desde una a otra es simplemente apasionante. Y, desde luego, la historia de inaudita violencia, sangre, destrucción y reconstrucción que puntea el paso del tiempo es una notoria muestra de cuán frágil es la paz y cuán intensas son las pasiones religiosas y políticas. Un tercio del libro, aproximadamente, se concentra en el siglo XX, hasta la Guerra de los Seis Días, cuando el regreso de la diáspora vuelve a situar a Jerusalén en el centro de la historia.

Montefiore, como se ha destacado ya por sus libros sobre Stalin, pertenece a esta estirpe de historiadores que apoyan su investigación en un estilo tan vivo y ágil como el del mejor novelista. Este libro, además, destaca por la precisión y calidad de los retratos de los múltiples protagonistas que intervienen en la historia de la ciudad.  El relato progresa con rapidez, sin abrumar a nadie y con el aparato crítico y de notas situado al final (vale la pena consultarlas, en todo caso, porque enriquecen notoriamente la lectura). Una historia, en fin, comprometida, escrita con cercanía y pasión, que da cuenta cabal de la intensidad y complejidad de la vida en una ciudad que tanta carga simbólica y peso histórico ha acumulado a lo largo de tres milenios y que, como pocos libros, ilumina perspectivas de singular amplitud.

Simon Sebag Montefiore. Crítica, Barcelona, 2011. 853 páginas.

No tengo miedo, de Niccolò Ammaniti

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de febrero de 2012

La infancia es uno de los tópicos más antiguos y socorridos de la literatura y quizá especialmente los momentos de crecimiento, de paso de una edad a otra, esos ritos de paso que tan universales son y que a veces también son tan dolorosos, sorprendentes, cautivantes. Esa es la zona que explora esta ágil y contundente novela de Niccolò Ammaniti, el escritor italiano que mayor repercusión ha alcanzado en los últimos años, tanto en Italia como en los países en donde ha sido traducido. Algún remoto parecido hay con Stand by Me, de Rob Reiner, basada en el cuento The Body, de Stephen King. En ambos casos, un grupo de niños sale a explorar el mundo o, mejor dicho, el difícil aprendizaje del manejo del poder y del conocimiento que viene del mundo adulto. En ambos casos, el conflicto lo desencadena el descubrimiento de un cuerpo. Pero hasta ahí llegan las semejanzas. El mundo de Ammaniti es más denso y oscuro –a pesar de la crudeza infinita de la luz solar- que el de King en versión Rainer. Las diferencias de edad, sexo y situación social de los niños hace que el juego de poder sea más crudo y descarnado; y la solidaridad de generación, más oblicua y vulnerable. El cuerpo que descubre Michele, el protagonista y narrador en primera persona, es, en primer lugar, su secreto, bajo la ley de grupo que establece que las cosas son del que las encuentra; y, en segundo lugar, un secreto de muchos otros, en una red cuya extensión Michele tarda en descubrir. La novela tiene un ritmo feroz que casi no deja respiro en la tensión, con giros argumentales tan hábilmente concebidos que pareciera que los hechos encajaran naturalmente unos con otros y que el lector fuera descubriendo al mismo tiempo que Michele. He ahí, sí, una gracia del relato. Otra es el modo en que Ammaniti logra que el lector sea cómplice –o, al menos, solidario- de ese niño obligado a madurar de golpe, que todavía realiza un complejo ritual para dormir sin miedo a los monstruos y que de súbito se ve enfrentado a la complicada realidad de un mundo donde los adultos hacen cosas malas -cosas horribles, en realidad-, pero que no son del todo malos. Cuesta olvidar ese mundo turbio que se cuece a fuego lento en el verano más tórrido de los setenta, esos trigales dorados por donde circulan las bicicletas, los criminales, los sueños, los monstruos, los niños que descubren la traición, la solidaridad, el miedo y el heroísmo.

Niccolò Ammaniti. Anagrama, Barcelona, 2011. 225 páginas.

Picnic en Hanging Rock

En 1975, Peter Weir realizó la adaptación al cine de este libro, que se exhibió en Chile con el nombre de El misterio de las rocas colgantes. Vista más de 35 años después y con el libro fresco en la memoria, pierde buena parte de las características que la convirtieron en una película de culto para toda una generación. Los tonos pastel, los primeros planos sobre el angelical rostro de Miranda (una de las protagonistas), la efectista música, dejan un sabor extraño en el espectador de hoy (acá está la secuencia inicial de la película). Tiene pergaminos: la editó Criterion en su escogida selección de cine mundial y Stephen King la incluyó entre las mejores películas de misterio en su monumental ensayo sobre literatura y cine de horror, Danza macabra. Quizá mi decepción se explica porque, al revés de las olas de espectadores que la aplaudieron en las salas de cine, yo leí antes el libro, que recién fue traducido al castellano en 2010. Que es una joya, uno de esos casos extraños de acierto al pleno de la ruleta: Joan Lindsay, australiana, nació en 1896 y, tras una carrera literaria cuanto menos irregular y escasamente reconocida, publicó Picnic at Hanging Rock en 1967 y de inmediato saltó a la fama en su país, que se amplificó enormemente con el éxito de la película de Weir que, con todo, simplifica notoriamente la trama y la reduce al esqueleto más básico. Hablemos entonces, mejor, de la novela.

Lo más destacable es su procedimiento narrativo, que la película intenta reproducir: la proeza de mostrar y no explicar, el uso sabio de la elipsis para remarcar el misterio y mantener las incógnitas que plantea el relato. Todo discurre torno a la desaparición de tres alumnas y una profesora de un exclusivo colegio femenino en una formación geológica extraordinaria que se yergue en medio de la planicie australiana, Hanging Rock, en 1900. La deliberada ambigüedad de la autora respecto de si se basa o no en hechos reales es lo menos importante a estas alturas: lo que interesa es el clima que recrea la novela, el clima moral y social de una colonia británica traspasada del ethos victoriano y esa aura de lo desconocido que alcanza tanta mayor eficacia en tanto no sabemos, nadie sabe, nunca se sabrá, qué ocurrió cuando las cuatro mujeres, las tres alumnas por su lado y la profesora por otro -o al menos en distintos momentos- desaparecieron en el agreste paisaje. Que una de ellas, más de una semana después, aparezca viva, es el pie para el desarrollo ulterior, la exploración -también elíptica- de las consecuencias de un hecho que con razón altera para siempre la vida en el colegio Appleyard. Marcos Giralt señaló, en Babelia, que la novela «está narrada en un encantador estilo decimonónico que, por momentos, se permite rozar lo ñoño» Cierto, pero hay otra cosa llamativa en esa reconstrucción de época, la extraordinaria sutileza de la autora para enunciar -apenas, casi, a punta de indicios- cuestiones relativas a la homosexualidad. Y si en un internado femenino, entre adolescentes, es esperable que exista ternura y amor sin que ello implique lesbianismo -aunque tampoco lo excluya-, es mucho más sugerente otra arista que la película omitió casi por completo, la amistad entre el joven inglés que descubre a la sobreviviente y el mozo de cuadra que cuida los caballos. No hay nada -nada- explícito, y quizá ahí radica, nuevamente, la eficacia narrativa que Joan Lindsay logró en esta novela. Solo cabe formularse preguntas. Es, pues, una gratísima sorpresa: una novela límpida a pesar de su vocación por el misterio; una aguda mirada sobre la sociedad victoriana que, sin embargo, nunca hace notar su filo de manera explícita; y una desconcertante historia que vale tanto por sus silencios como por la fina trama que teje la autora, que sigue aristas de manera solo aparentemente caprichosa en torno un enigma que permanecerá irresoluto para siempre.

Joan Lindsay. Impedimenta, Madrid, 2010. 311 páginas.

Los secretos del imperio de Karadima

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de febrero de 2012

Si se tratara de una novela, sería difícil definir el subgénero: ¿terror, drama, retrato social? Hay mucho de aquellos tres elementos. Pero, por desgracia, la historia que se cuenta aquí no es el fruto de la imaginación creadora. No, es crudamente real, y a ratos asfixiante por la muestra incomparable de cómo se constituye un sistema perverso de dominación y degradación en el seno de una comunidad que, al contrario, debería ser un lugar de encuentro liberador y enaltecedor. No hay que ser católico para captar esa radical diferencia y advertir hasta dónde y con qué malas artes un personaje mediocre, un Rasputín mapochino, como lo denomina Carlos Peña en el prólogo, usó una institución para sus propios fines, tan distintos a los que proclama la Iglesia Católica y su sistema doctrinario y tan reñidos, en fin, con el principio universal del respeto a la dignidad e integridad de las personas.

Siempre habrá cabos sueltos y hubo numerosas personas –sobre todo del círculo íntimo de Karadima- que no quisieron hablar con los autores; pero sin duda este libro es un paso gigante al lado del anterior sobre el caso, de María Olivia Monckeberg –más asentado en las entrevistas-, y del ya contundente dossier de prensa acumulado. La acuciosa investigación se remonta décadas en el tiempo y se interna profundamente en la vida interna que carcomía las paredes de la iglesia de El Bosque. Como toda buena investigación, ofrece datos e historias muy bien ordenadas al tiempo que plantea muchísimas preguntas. Cuando el mapa de silencios, omisiones y complicidades queda tan bien expuesto, es inevitable pensar que las consecuencias de la investigación deberían ir mucho más allá de la condena a Karadima. Cuando una denuncia tiene tan fuerte respaldo en los hechos y en los testimonios, hay que preguntarse por qué no hay una reacción institucional más severa y radical. Pero el valor del libro va aún más allá. Hay un retrato de un sector de la sociedad chilena que revela todas sus debilidades y voluntarismos. La historia de Karadima, estremecedora por la maldad y fatuidad de su principal protagonista y por los incontables abusos que cometió, es también el retrato implacable de un grupo de élite que prefirió el silencio, el disimulo, el enterrar la cabeza en la arena -en tiempos en que tal actitud era, también una opción política-, a enfrentar la realidad tal como es.

Varios autores. Ciper/Catalonia/UDP, Santiago, 2011. 478 páginas.