Roberto Bolaño: la muerte siempre resulta inesperada

Artículo publicado en la «Revista de Libros» del diario El Mercurio, 19 de julio de 2003

Roberto Bolaño
La muerte siempre resulta inesperada

Tuvo una irrupción fulgurante en el mundo editorial que en sólo ocho años lo encumbró como uno de los escritores más relevantes de todo el ámbito de la lengua castellana. Su obra más ambiciosa, Los detectives salvajes, recibió los premios de novela “Herralde” y “Rómulo Gallegos”, que ha sido llamado el Nobel Latinoamericano. Ello ocurrió en 1999, apenas tres años después de que La literatura nazi en América llamara la atención sobre su nombre. Después vino la avalancha, el reconocimiento, la polémica, los regresos a Chile tras 25 años de ausencia, las traducciones a los principales idiomas. Su hábito de hablar sin pelos en la lengua puso en evidencia la cursilería y pomposidad del ambiente literario chileno y, en ese sentido, más allá del impresionante valor de su obra literaria, aportó también un aire de frescura y de franqueza que puso muchas cosas en su justo lugar. Y todo ello mientras, en silencio, luchaba con la enfermedad que acabó con su vida.

¿Qué es lo que tiene la escritura de Bolaño, el territorio de su imaginario, que renovó de manera tan decisiva la literatura en lengua española? Un proyecto en donde se funden biografía y ficción, sí, y quizá de la manera más original posible. Bolaño aparece como personaje, ya sea directamente o a través de su alter ego, Arturo Belano, protagonista de Los detectives salvajes y de algunos cuentos; pero es eso, naturalmente, un personaje, un habitante de un mundo de ficción que es, sin embargo, una lectura apasionada y certera de la aventura de toda una generación. Y es también un proyecto en que la literatura asume un papel protagónico: los escritores y los libros son a su vez la materia de los libros de Bolaño, que indaga, con un escalpelo más afilado que cualquier ensayo, sobre la literatura hispanoamericana y chilena.

La literatura nazi en América sigue un modelo borgiano, similar, por ejemplo, a Historia universal de la infamia. En este libro, Bolaño describe la personalidad y la obra de escritores ficticios de todo el continente, que, sin embargo, es una radiografía oblicua y a ratos perversa de la literatura latinoamericana. De uno de los cuentos de este libro se desprende su siguiente obra, Estrella distante, que amplía la historia de Carlos Wieder (Carlos Ramírez Hoffman en la primera versión), el oficial de la FACh que asistía a talleres literarios en Concepción y que, tras el golpe militar, deviene asesino, torturador y practicante de formas muy particulares del arte: la escritura en el cielo y la exposición de fotografías atroces. Pero, nuevamente, los poetas y los libros ocupan un espacio significativo en la novela, que sigue tanto su propia peripecia vital como la persecución y el desenmascaramiento de Wieder. Y hay que resaltar otro rasgo más del proyecto narrativo de Bolaño, los vasos comunicantes entre sus distintas obras: uno de los personajes de Estrella distante es H. Ibacache, crítico literario que reaparece como Sebastián Urrutia Lacroix en Nocturno de Chile.

Y es curioso que el primer título que Bolaño había pensado para esta novela sea Tormenta de mierda, cuando se puede leer este párrafo en Estrella distante: “Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura”. Y al contrario de aquella decisión, que mucho tiene de retórica, Bolaño consiguió, en Nocturno de Chile, escribir su novela más chilena y también la más literaria, donde – con nombres ficticios, pero fácilmente reconocibles- aparecen los grandes críticos literarios chilenos, en un retrato nada complaciente. Los siete episodios de Nocturno de Chile, novela de dos párrafos, el segundo de una sola línea, abarcan 50 años de historia de Chile, con sus grandezas, pero sobre todo con sus miserias, y también en el doble registro de la literatura y la política, que tienen su punto cúlmine en las clases de marxismo que Urrutia Lacroix imparte al mismísimo general Pinochet, en los días inmediatamente posteriores al golpe.

Pero el juicio de Bolaño es mucho más complejo que el simple panfleto o la literatura comprometida, de la que abomina. Amuleto, a su vez una extensión de un capítulo de Los detectives salvajes, rinde un extraordinario homenaje a esa generación que se sacrificó en aras de una revolución imposible. También recorrido por la literatura, por los poetas y otros artistas españoles exiliados en México, el desvarío de Auxilio Lacouture, encerrada en el baño de la universidad tomada por los militares, la conduce a los niños y jóvenes que marchan hacia la muerte, “a los niños más lindos de Latinoamérica, a los niños mal alimentados y a los bien alimentados, a los que lo tuvieron todo y a los que no tuvieron nada, qué canto más bonito es el que sale de sus labios, qué bonitos eran ellos, qué belleza, aunque estuvieran marchando hombro con hombro hacia la muerte”. Y termina Lacouture: “Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer. Y este canto es nuestro amuleto”.

Ese canto, ese amuleto, es el que anima a los jóvenes poetas realvisceralistas que abren la obra central de Bolaño, Los detectives salvajes, una auténtica proeza narrativa que pone en escena decenas de voces, que hablan en mexicano, en chileno, en español, en argentino, y que propone una pesquisa aún más ardua, el destino y el recorrido de la literatura hispanoamericana en su conjunto. Se trata de una obra fundacional, que marca un antes y un después, tal como en su momento lo hizo Cortázar con Rayuela. Una novela también monstruosa en sus pretensiones, en su radicalidad formal, en su mezcla de géneros. Y es también la obra más autobiográfica de Bolaño, que anuncia incluso los problemas de su colédoco y de su hígado esclerosado, cuando Arturo Belano, en África, espera pacientemente la llegada de las medicinas que mantienen a raya el mal.

El rasgo más notable de esta novela es el doble juego entre la investigación de Arturo Belano y Ulises Lima tras las huellas de Cesárea Tinajero, la antecesora del real visceralismo, y la investigación del narrador tras las huellas de Belano y Lima, a través de las decenas de personajes que, como si se tratara de entrevistas, relatan sus encuentros con ellos. El puzzle lo arma el lector, aunque muchos de los episodios alcanzan tal nivel de autonomía que, como también ocurre en Rayuela, puede ser una novela de entradas múltiples, que se puede leer de manera aleatoria. Parte del universo de Los detectives salvajes es La pista de hielo, una suerte de “precuela” que anticipa algunos de los episodios de la novela mayor. Y son precisamente esos episodios los que dieron pie a Javier Cercas para incluir a Bolaño como personaje en Soldados de Salamina, otro homenaje a los guerreros anónimos que lucharon por las buenas causas en España, en Francia, en África, en América Latina, homenaje explícito a Bolaño y al sentido último de su obra narrativa.

Bolaño cuentista

Llamadas telefónicas y Putas asesinas (más El gaucho insufrible, que será publicado póstumamente) son los libros que reúnen los cuentos de Roberto Bolaño, un maestro también en el género breve. En el primero, dividido en tres partes, se dan cita escritores, detectives y mujeres, en narraciones que abren mundos y, como es habitual, vasos comunicantes con otros lugares del mapa de su narrativa (o de su biografía). Cosa similar ocurre en Putas asesinas, donde el exilio alcanza un lugar protagónico en muchas de las narraciones. El exilio propio y el exilio de los otros, de donde surge otro tema que atraviesa todo su proyecto literario, el extrañamiento, el desarraigo. No se trata, como en los sesenta, de los latinoamericanos que van a Europa en busca de cultura y bohemia; ni se trata sólo del exilio, sino del sentimiento de no pertenencia a ninguna parte, un desarraigo que no es sólo físico sino también espiritual, y no sólo de los chilenos. A través de él Bolaño logra, como pocos escritores, adentrarse en el clima espiritual de la época, con su ausencia de utopías y la pérdida de sentido respecto de proyectos comunes. Con historias mínimas, algunas heroicas, otras nostálgicas, otras simplemente extraordinarias, Bolaño logra una riqueza temática y expresiva que resiste pocas comparaciones.

A los 44 años, Bolaño escribió algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos. Como puede esperarse de Bolaño, hay más de provocación que de afán pedagógico, pero, con todo, da algunos indicios de su método: por ejemplo, escribir varios cuentos simultáneamente, con una advertencia: “Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes”. Y también da un indicio acerca de sus modelos en este género: Quiroga, Felisberto Hernández, Borges, Cortázar, Bioy Casares, Edgar Allan Poe (con él “todos tendríamos de sobra”), Enrique Vila-Matas, Chéjov, Raymond Carver.

Bolaño poeta

Alguna vez dijo que prefería definirse como poeta antes que como narrador, pero que la poesía era demasiado excluyente. Aún así, publicó varios libros de poemas, que están recogidos casi totalmente en Tres y Los perros románticos. El primero reúne tres poemas de vasta extensión, de los cuales uno, “Los neochilenos”, bien pudiera haber sido una novela-río tan caudalosa como Los detectives salvajes. El segundo recoge poemas de variada extensión escritos entre 1980 y 1998, y se caracterizan por el estilo seco, distanciado, con una gran economía expresiva, que se postula más como ejercicio intelectual que como muestra de romanticismo, a pesar de lo que dice el título, o quizá como una deliberada ironía. Tal vez lo que resume su poética, tanto para la narrativa como para la poesía, es este poema:

Resurrección

La poesía entra en el sueño
como un buzo en un lago.
La poesía, más valiente que nadie,
entra y cae
a plomo
en un lago infinito como Loch Ness
o turbio e infausto como el lago Balatón
Contempladla desde el fondo:
un buzo
inocente
envuelto en las plumas
de la voluntad.
La poesía entra en el sueño
como un buzo muerto
en el ojo de Dios.

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Un comentario sobre “Roberto Bolaño: la muerte siempre resulta inesperada

  1. Sí que ha sido una grandísima tragedia para la literatura universal la muerte de Bolaño. Suena a pedantería intelectual, pero no lo es y suscribo tu reseña. Después de leer 2666, sobre todo con ese monumento posmoderno que se le antoja al lector la parte de Amalfitano, Bolaño demuestra no sólo que es comparable a Borges y a Cortázar, sino que, en cuanto a humanidad y empatía, los supera con creces (de ahí su universalidad que se irá acrecentando con los años). Y es que pese a que nos duela en el alma a los escritores españoles, de Hispanoamérica proceden los mejores narradores en lengua castellana de los 70 últimos años, con perdón de Cela, Goytisolo y últimamente Vila-Matas, claro está. Saludos.

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