«Una mujer brutal», de Pablo Illanes

Reseña publicada en la revista Caras, noviembre de 2000

La crítica de este libro podría reducirse a una frase: una teleserie para mayores. En efecto, la única diferencia entre los culebrones que se alargan, proponen falsos finales, estiran las historias secundarias y confluyen finalmente hacia un multitudinario final feliz, es que en esta novela hay escenas de sexo explícito. Se habla de calzones, de tetas y de picos, y eso hace toda la diferencia: allí donde la teleserie hace la correspondiente elipsis para cumplir con el “horario para menores”, la novela se mete debajo de las sábanas (o se queda arriba, no hay demasiada diferencia).

No es que esté mal escrito. Pablo Illanes, a lo menos, redacta bien, aunque no salva mucho el paso entre el habla coloquial que deberían usar muchos personajes en los diálogos y un tipo de escritura que pareciera orientada al mercado de habla española en general. Eso le quita viveza al lenguaje. No es que sea demasiado largo, porque el buen lector aprende rápido dónde conviene saltarse párrafos, al igual que el experimentado seguidor de culebrones sabe cuándo puede pararse e ir al baño o a buscar un pan con mantequilla sin perderse nada relevante. No es que no pasen cosas; al contrario, hay accidentes, abortos, guaguas entregadas en adopción que ya adolescentes se encuentran con su madre ante las cámaras, intentos de asesinato, amores clandestinos, drogas, alcohol, vueltas de tuerca donde lo que era no es, lesbianas, homosexuales, trampas al lector, periodistas corruptos, en fin: falta la cieguita, pero al parecer ese es un tópico ya dejado de lado por las teleseries. La historia gira en torno a un personaje de la tele, Bárbara Montoya, animadora y posteriormente actriz, que, como una nueva Carmela, llega desde el sur profundo (la ciudad -o pueblo- de Victoria, más precisamente) a conquistar la capital. La estación televisiva se llama Inter-8 y, por supuesto, todo parecido con algún canal chileno de televisión abierta es simple, pura y dura casualidad.

Y, sin embargo, este libro es irritante. La pregunta que surge a las pocas páginas es por qué fue escrito. La respuesta es obvia: entretener, un propósito más o menos universal de cierta literatura que no aspira al arte; ¿pero es eso solamente? ¿No hay una suerte de segunda intención, la de desnudar el medio televisivo, los celos, las envidias, los pequeños infiernos detrás de las pantallas, la frivolidad, la adicción al trío infaltable, alcohol, drogas y sexo? La siempre iluminadora solapa explicita los argumentos de venta: “las luces del espectáculo encandilarán a los lectores y los sumergirán en una aventura por los pasillos de la estación Inter 8”.  Las luces en los pasillos, en buenas cuentas, en la trastienda, allí donde no importan el maquillaje y la iluminación; entonces el lector se pregunta por qué la historia es tan similar a lo que ocurre en la escena principal, sin sexo explícito ni drogas, por supuesto, pero con los mismos ingredientes de pasiones, celos, envidias y hasta solidaridades. Ese efecto espejo es, quizá, lo que irrita. Que no hay aquí revelación alguna, que detrás del set lo único que ocurre es que la elipsis desaparece, que temas como el sida y el lesbianismo sí pueden ser incluidos. Que, en definitiva, se trata de una teleserie para adultos, con el mismo aire de falsedad, de falsa comedia y de falsa tragedia, de los culebrones que se nos infligen día a día.

Pablo Illanes. Alfaguara, Santiago, 2000. 411 páginas.

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