Un año en el budismo tibetano

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de enero de 2012

Este libro es una suerte de crónica autobiográfica sobre la iniciación del autor en la práctica del budismo tibetano. Una crónica cuyo estilo recuerda –y no de manera tan lejana- el registro cotidiano que llevó a cabo Marcelo Matthey en Cosas que me han pasado, pero con una orientación más definida y harto más desparpajo. Pero el procedimiento es curiosamente parecido, el registro de lo que le ocurre al protagonista sin acallar el flujo mental que nombra, designa y adjetiva a medida que las cosas ocurren. Y dado el objeto de la crónica, el contraste es curiosísimo; si, por una parte, narra en detalle los ritos budistas y describe las personalidades tanto de los maestros como de los aprendices (él los nombra de otra manera), también incluye observaciones muy poco ortodoxas, como que una de las budistas chilenas tenía «piernas cortas y anchas, nada de poto y unas tremendas tetas». Quizá el secreto de su eficacia narrativa está en esta frase: «Estoy en el punto en donde se comienza a producir un giro: ahora lo que me parece ridículo es la incredulidad, aunque la encuentro mucho más soportable que el engrupimiento». Es decir, en el libro hay una auténtica y seria búsqueda de una respuesta –o de una vivencia- espiritual, pero la actitud del autor está a años luz de la del predicador, del apóstol, del dueño de una verdad que hay que difundir. Del engrupido, en términos chilenos. Y por eso su mirada es, a ratos, tan descarnada y tan ácida en sus juicios, lo que a la vez la hace muy atractiva y transforma esta crónica en algo mucho más complejo e interesante.

Dice Roberto Merino en el prólogo que «podríamos hablar, en relación al libro, tanto de ensayo como de novela, diario de vida o registro autobiográfico, y siempre nos sobraría o faltaría algo». Razón tiene, aunque la dimensión autobiográfica es, con mucho, la más provocativa e interesante, por el aura de sinceridad y la capacidad de no eludir temas que generalmente tienen un tratamiento elíptico (por ejemplo, la masturbación o el deseo casual por una acompañante en el ascensor). La dimensión ensayística puede estar dada por cierto hábito epigramático o aforístico; de tanto en tanto, Olivero suelta frases que caben con soltura en aquel género y suelen ser, también, interesantes aproximaciones a lo que significa, simplemente, vivir, no solo en este país y en este tiempo.

Sebastián Olivero. Hueders, Santiago, 2011. 229 páginas.

Voy a hablar de la esperanza

Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente.

Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa? ¿Dónde está aquello tan importante, que dejase de ser su causa? Nada es su causa; nada ha podido dejar de ser su causa. ¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba. Hoy sufro solamente.

Miro el dolor del hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de mi sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre de mi tumba una brizna de yerba al menos. Lo mismo el enamorado. ¡Qué sangre la suya más engendrada, para la mía sin fuente ni consumo!

Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran, inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente.

De Poemas en prosa.

Gutiérrez

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de enero de 2012

Este proyecto editorial de Andrés Braithwaite va por su segundo número (no numerado, eso sí) y mantiene –y mejora- las características del primero. Se trata de una colección de textos inéditos de escritores chilenos, narradores y poetas, sin segundas lecturas. Es decir, no hay ninguna intención de trazar mapas, ni generacionales ni genéricos, ni de establecer algún tipo de canon. Esa libertad que anima el proyecto Gutiérrez es, sin duda, una de las razones de su atractivo. El orden alfabético impone la alternancia de géneros y la yuxtaposición de perspectivas, aunque es claro que se trata también de uno de esos libros con tantas puertas de entrada como el número de autores incluido en la selección. Se trata, en su mayoría, de conocidos, aunque hay uno que otro que o bien estaba largamente desaparecido de la escena o publica por primera vez. Tampoco hay notas biográficas que satisfagan la natural curiosidad del lector, que tendrá que investigar por sus propios medios.

Hay que decir que la selección de este Gutiérrez casi no tiene puntos bajos, salvo Claudio Bertoni, que parece una copia degradada y más fome de su poesía de siempre. Hay otros cuyo tono de siempre es muy parecido a su tono de siempre –Óscar Hahn, Germán Marín-,  y otros cuyo aporte vuelve a sorprender y a encantar, como Gloria Dünkler (qué ganas de leer más cosas suyas), Yanko González, Jaime Huenún (dos poemas largos, narrativos, magníficos), Matías Rivas, Leonardo Sanhueza, Alejandro Zambra. En la esquina de los narradores, Alejandra Costamagna está muy bien;  los relatos brevísimos de Carlos Labbé son buenísimos; el de Marcela Fuentealba, una grata sorpresa; el de Marcelo Mellado, simplemente brillante (si hay algún escritor chileno que no tiene la repercusión internacional que merece, es Mellado); el de Roberto Merino, un ejercicio de nostalgia a la altura de sus mejores textos; Yuri Pérez se confirma como uno de los escritores más interesantes de la escena criolla. También es valioso el reencuentro con voces como las de Paulo de Jolly, Bruno Vidal, Diego Maquiera y Erich Pohlhammer, así como la incursión de Rafael Gumucio en el espinudo género del aforismo. Hay otros nombres, pero con lo enumerado es suficiente para insistir en la calidad de una propuesta original y libre, una postal de lo que leeremos en el futuro.

Andrés Braithwaite, recolección y edición. Santiago, 2012, 144 páginas.

Sobre la «Narrativa completa» de Adolfo Couve

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de julio de 2003

Adolfo Couve fue pintor y escritor. Dos hechos recientes recuerdan su doble militancia: la estupenda exposición que se montó el año pasado en el Museo de Bellas Artes, que muestra el trazo ancho y las grandes superficies de colores con que retrató, sobre todo, las casas, las playas y las personas de la ciudad donde habitó tanto tiempo, Cartagena.

El segundo es la edición de su Narrativa completa, por la editorial Planeta, con prólogo de Adriana Valdés. La oportunidad de encontrar textos agotados junto a sus títulos editados recientemente es, sin duda, valiosa y hay que reconocer el mérito de la editorial en el rescate de un personaje singular dentro de la narrativa chilena.

Se suele comentar la obsesión de Couve por la corrección, por afinar la frase, el párrafo y el cuento o la novela hasta la pretendida perfección, entendida en este contexto como la adecuación completa entre lo que el autor pretendía y el texto tal como se presenta ante los ojos del lector. Se suele rescatar también su atemporalidad, su deliberada ubicación fuera de las corrientes literarias en boga, como si el siglo XX aún no hubiera transcurrido. «Impresionista» es el calificativo más socorrido para describir su prosa, evocando las imágenes fuertemente subjetivas de grandes pintores y músicos de finales del siglo XIX.

Hasta aquí la versión oficial, o la suerte de consenso en torno a la obra narrativa de Couve. Sin embargo, la lectura del texto completo induce a más dudas que certezas, y bien puede ocurrir también que sea uno de los autores más sobre valorados de la narrativa chilena. Desde Alamiro a Cuando pienso en mi falta de cabeza (la segunda comedia), se advierte cada vez más un exceso de corrección que rigidiza la prosa, unas frases plagadas de comas cuya corrección académica es indudable, pero que hacen tropezar al lector a cada momento; y el uso de un lenguaje arcaizante, acorde con los tiempos y lugares elegidos, parece más dictado por un diccionario de sinónimos que por la incorporación natural de un léxico establecido en el dominio del lenguaje del escritor.

Y esa rigidez no es sólo sintáctica o léxica; muchas de las historias acusan demasiado una planificación estricta que bien puede ser fruto  del desconcierto ante la página en blanco más que de una auténtica inspiración creadora. Comparada con el trazo libre y suelto de su pintura, su narrativa aparece encorsetada, dura, sólo en ocasiones liberada de la presión que el escritor ponía sobre sí mismo. Una escritura, en fin, que habla más de la dolorosa lucha contra la palabra que de un mundo narrativo que separe al autor de su texto, de una voluntad expresiva que se estrella de frente contra la incapacidad de dejar fluir con libertad tanto la imaginación como la escritura. Como escribí en otra parte a propósito de su última obra, con frecuencia la narrativa de Couve se ajusta a su propia definición del Purgatorio: «una mediocre réplica de lo auténtico».

Adolfo Couve. Seix Barral, Santiago, 2003. 477 páginas.

Una novelita lumpen

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 5 de diciembre de 2003

Con más de un año de retraso llegó a Chile esta breve novela de Roberto Bolaño, después incluso de la publicación de su primer libro póstumo, El gaucho insufrible. Fue escrita en el marco del proyecto editorial Año 0, de Mondadori, que consistió en enviar a diversos escritores a la ciudad de su elección, para que escribieran allí una novela. Del proyecto han salido obras excelentes, como Mantra, del argentino Rodrigo Fresán (Ciudad de México), El tren a Travancore. Cartas indias, del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa (Madrás) y Una novelita lumpen (Roma). Pero, en el caso de Bolaño, Roma es una presencia fantasmal marcada por los nombres de las calles y de algunos personajes, mientras que otros aparecen identificados sólo por su lugar de origen (el boloñés, el libio), y la acción se verifica, sobre todo, en espacios cerrados.

Por su temática, esta novela enlaza vagamente con Consejos de un discípulo de Morrison a un discípulo de Joyce, escrita en conjunto con Antoni García Porta, primera novela de Bolaño, que también circulaba –bien que de manera muy experimental- por los universos de la novela negra y de la adolescencia. Pero así también es palpable la notable madurez de estilo que alcanzó el escritor chileno, evidente en un texto  breve, sobrecogedor y muy distinto del resto de sus obras recientes. Aquí no hay referencias literarias ni latinoamericanos desarraigados. Hay soledad pura y dura, hay miseria humana, hay dolor, hay caminos que no llevan a ninguna parte, hay un tránsito terrible de la adolescencia a la madurez. La historia es simple: una pareja de hermanos adolescentes queda huérfana. Poco a poco abandonan los estudios, buscan alternativas de trabajo y, sin darse cuenta bien de cómo empezó todo, se encuentran sumergidos en una intriga policial, en un intento de robo que involucra, de paso, que Bianca, protagonista y narradora de la obra, le preste servicios sexuales a Maciste, un viejo físico culturista que atravesó por una época de gloria en el cine, que ahora, ciego, habita una casona siniestra donde, se supone, hay una caja fuerte llena de tesoros.

Con esos elementos, Bolaño compone una fábula tremenda sobre la soledad, el desamparo y la decadencia, de la mano de un lenguaje deliberadamente simple y llano, pero no por ello menos trabajado y pulido hasta alcanzar su máxima efectividad. El final es inesperado, una vuelta de tuerca que parece lanzar a todos los personajes al vacío y la tragedia, como si antes, en esas vidas que giran en torno a la tele y a la promesa de la caja fuerte, todo fuera sólo un simulacro, un ensayo, una preparación para ese momento en que verdades y mentiras se asocian para romper las expectativas. Bolaño, en sus cuentos, mostró que es un maestro en los finales abiertos, y lo reafirma con el cierre magistral de esta novela.

Roberto Bolaño. Mondadori, Barcelona, 2002. 122 páginas.

Los malditos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de enero de 2012

Esa digna tradición inaugurada por Lautreámont y Rimbaud en el siglo XIX sigue presente en la literatura mundial; el escritor descentrado, excéntrico en un sentido muy alejado de la pose esnob, el que conjura en la escritura sus demonios interiores. La idea fue de Matías Rivas, director de publicaciones de la Universidad Diego Portales; la coordinación y edición, de la periodista argentina Leila Guerriero; la pesquisa biográfica orientada a la escritura de un perfil periodístico corrió por cuenta de escritores y periodistas latinoamericanos, la mayor parte de las veces sobre algún compatriota suyo, pero no siempre. Son 17 en total, repartidos en toda la geografía latinoamericana. Algunos, leídos, conocidos, de nombre familiar: Alejandra Pizarnik, Joaquín Edwards Bello, Calvert Casey. Otros, sepultados por el olvido de la historia, como Pablo Palacio, aunque el escritor ecuatoriano fue editado en Chile por Editorial Universitaria, o el peruano César Moro, de quien se dice que es un poeta tan grande como Vallejo: pero se dice de oídas, porque no hay libros suyos en ninguna parte. Otros nombres son fantasmales, convocados a asomar nuevamente en el mapa literario por la porfiada memoria de quien los incluyó en esta lista.

El libro es valioso por muchas razones. El trabajo de investigación y pesquisa es, en general, riguroso y completo; y la mayor parte de los escritores, entre los que están los chilenos Rafael Gumucio, Óscar Contardo, Alejandra Costamagna, Alberto Fuguet y Roberto Merino, más otros conocidos como el argentino Alan Pauls, el peruano Daniel Titinger, el boliviano Edmundo Paz y el colombiano Juan Gabriel Vásquez, tienen un marcado estilo propio, tanto en la escritura como en el modo de abordar el género del perfil periodístico, que hace más interesante la lectura. El trabajo de edición es, desde luego, impecable. Pero tiene más valor aún por el gesto de ampliar el canon mediante el rescate de la peripecia biográfica de figuras olvidadas –malditas- cuya voz merecería resonar nuevamente. La avalancha de novedades y las implacables operaciones de marketing de la industria editorial –que suelen publicitar el mismo libro bajo diferentes títulos y firmas- tienen el perverso efecto de ahogar cada vez más la tradición. Si eso ocurre con los consagrados, con tanta mayor razón sepulta –o vuelve a sepultar- a los olvidados. Este libro a contracorriente viene a subsanar -en una modesta medida, porque el rival es infinitamente más poderoso- esa situación.

Leila Guerriero (ed.). Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2011. 473 páginas.

Roberto Bolaño: la muerte siempre resulta inesperada

Artículo publicado en la «Revista de Libros» del diario El Mercurio, 19 de julio de 2003

Roberto Bolaño
La muerte siempre resulta inesperada

Tuvo una irrupción fulgurante en el mundo editorial que en sólo ocho años lo encumbró como uno de los escritores más relevantes de todo el ámbito de la lengua castellana. Su obra más ambiciosa, Los detectives salvajes, recibió los premios de novela “Herralde” y “Rómulo Gallegos”, que ha sido llamado el Nobel Latinoamericano. Ello ocurrió en 1999, apenas tres años después de que La literatura nazi en América llamara la atención sobre su nombre. Después vino la avalancha, el reconocimiento, la polémica, los regresos a Chile tras 25 años de ausencia, las traducciones a los principales idiomas. Su hábito de hablar sin pelos en la lengua puso en evidencia la cursilería y pomposidad del ambiente literario chileno y, en ese sentido, más allá del impresionante valor de su obra literaria, aportó también un aire de frescura y de franqueza que puso muchas cosas en su justo lugar. Y todo ello mientras, en silencio, luchaba con la enfermedad que acabó con su vida.

¿Qué es lo que tiene la escritura de Bolaño, el territorio de su imaginario, que renovó de manera tan decisiva la literatura en lengua española? Un proyecto en donde se funden biografía y ficción, sí, y quizá de la manera más original posible. Bolaño aparece como personaje, ya sea directamente o a través de su alter ego, Arturo Belano, protagonista de Los detectives salvajes y de algunos cuentos; pero es eso, naturalmente, un personaje, un habitante de un mundo de ficción que es, sin embargo, una lectura apasionada y certera de la aventura de toda una generación. Y es también un proyecto en que la literatura asume un papel protagónico: los escritores y los libros son a su vez la materia de los libros de Bolaño, que indaga, con un escalpelo más afilado que cualquier ensayo, sobre la literatura hispanoamericana y chilena.

La literatura nazi en América sigue un modelo borgiano, similar, por ejemplo, a Historia universal de la infamia. En este libro, Bolaño describe la personalidad y la obra de escritores ficticios de todo el continente, que, sin embargo, es una radiografía oblicua y a ratos perversa de la literatura latinoamericana. De uno de los cuentos de este libro se desprende su siguiente obra, Estrella distante, que amplía la historia de Carlos Wieder (Carlos Ramírez Hoffman en la primera versión), el oficial de la FACh que asistía a talleres literarios en Concepción y que, tras el golpe militar, deviene asesino, torturador y practicante de formas muy particulares del arte: la escritura en el cielo y la exposición de fotografías atroces. Pero, nuevamente, los poetas y los libros ocupan un espacio significativo en la novela, que sigue tanto su propia peripecia vital como la persecución y el desenmascaramiento de Wieder. Y hay que resaltar otro rasgo más del proyecto narrativo de Bolaño, los vasos comunicantes entre sus distintas obras: uno de los personajes de Estrella distante es H. Ibacache, crítico literario que reaparece como Sebastián Urrutia Lacroix en Nocturno de Chile.

Y es curioso que el primer título que Bolaño había pensado para esta novela sea Tormenta de mierda, cuando se puede leer este párrafo en Estrella distante: “Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura”. Y al contrario de aquella decisión, que mucho tiene de retórica, Bolaño consiguió, en Nocturno de Chile, escribir su novela más chilena y también la más literaria, donde – con nombres ficticios, pero fácilmente reconocibles- aparecen los grandes críticos literarios chilenos, en un retrato nada complaciente. Los siete episodios de Nocturno de Chile, novela de dos párrafos, el segundo de una sola línea, abarcan 50 años de historia de Chile, con sus grandezas, pero sobre todo con sus miserias, y también en el doble registro de la literatura y la política, que tienen su punto cúlmine en las clases de marxismo que Urrutia Lacroix imparte al mismísimo general Pinochet, en los días inmediatamente posteriores al golpe.

Pero el juicio de Bolaño es mucho más complejo que el simple panfleto o la literatura comprometida, de la que abomina. Amuleto, a su vez una extensión de un capítulo de Los detectives salvajes, rinde un extraordinario homenaje a esa generación que se sacrificó en aras de una revolución imposible. También recorrido por la literatura, por los poetas y otros artistas españoles exiliados en México, el desvarío de Auxilio Lacouture, encerrada en el baño de la universidad tomada por los militares, la conduce a los niños y jóvenes que marchan hacia la muerte, “a los niños más lindos de Latinoamérica, a los niños mal alimentados y a los bien alimentados, a los que lo tuvieron todo y a los que no tuvieron nada, qué canto más bonito es el que sale de sus labios, qué bonitos eran ellos, qué belleza, aunque estuvieran marchando hombro con hombro hacia la muerte”. Y termina Lacouture: “Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer. Y este canto es nuestro amuleto”.

Ese canto, ese amuleto, es el que anima a los jóvenes poetas realvisceralistas que abren la obra central de Bolaño, Los detectives salvajes, una auténtica proeza narrativa que pone en escena decenas de voces, que hablan en mexicano, en chileno, en español, en argentino, y que propone una pesquisa aún más ardua, el destino y el recorrido de la literatura hispanoamericana en su conjunto. Se trata de una obra fundacional, que marca un antes y un después, tal como en su momento lo hizo Cortázar con Rayuela. Una novela también monstruosa en sus pretensiones, en su radicalidad formal, en su mezcla de géneros. Y es también la obra más autobiográfica de Bolaño, que anuncia incluso los problemas de su colédoco y de su hígado esclerosado, cuando Arturo Belano, en África, espera pacientemente la llegada de las medicinas que mantienen a raya el mal.

El rasgo más notable de esta novela es el doble juego entre la investigación de Arturo Belano y Ulises Lima tras las huellas de Cesárea Tinajero, la antecesora del real visceralismo, y la investigación del narrador tras las huellas de Belano y Lima, a través de las decenas de personajes que, como si se tratara de entrevistas, relatan sus encuentros con ellos. El puzzle lo arma el lector, aunque muchos de los episodios alcanzan tal nivel de autonomía que, como también ocurre en Rayuela, puede ser una novela de entradas múltiples, que se puede leer de manera aleatoria. Parte del universo de Los detectives salvajes es La pista de hielo, una suerte de “precuela” que anticipa algunos de los episodios de la novela mayor. Y son precisamente esos episodios los que dieron pie a Javier Cercas para incluir a Bolaño como personaje en Soldados de Salamina, otro homenaje a los guerreros anónimos que lucharon por las buenas causas en España, en Francia, en África, en América Latina, homenaje explícito a Bolaño y al sentido último de su obra narrativa.

Bolaño cuentista

Llamadas telefónicas y Putas asesinas (más El gaucho insufrible, que será publicado póstumamente) son los libros que reúnen los cuentos de Roberto Bolaño, un maestro también en el género breve. En el primero, dividido en tres partes, se dan cita escritores, detectives y mujeres, en narraciones que abren mundos y, como es habitual, vasos comunicantes con otros lugares del mapa de su narrativa (o de su biografía). Cosa similar ocurre en Putas asesinas, donde el exilio alcanza un lugar protagónico en muchas de las narraciones. El exilio propio y el exilio de los otros, de donde surge otro tema que atraviesa todo su proyecto literario, el extrañamiento, el desarraigo. No se trata, como en los sesenta, de los latinoamericanos que van a Europa en busca de cultura y bohemia; ni se trata sólo del exilio, sino del sentimiento de no pertenencia a ninguna parte, un desarraigo que no es sólo físico sino también espiritual, y no sólo de los chilenos. A través de él Bolaño logra, como pocos escritores, adentrarse en el clima espiritual de la época, con su ausencia de utopías y la pérdida de sentido respecto de proyectos comunes. Con historias mínimas, algunas heroicas, otras nostálgicas, otras simplemente extraordinarias, Bolaño logra una riqueza temática y expresiva que resiste pocas comparaciones.

A los 44 años, Bolaño escribió algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos. Como puede esperarse de Bolaño, hay más de provocación que de afán pedagógico, pero, con todo, da algunos indicios de su método: por ejemplo, escribir varios cuentos simultáneamente, con una advertencia: “Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes”. Y también da un indicio acerca de sus modelos en este género: Quiroga, Felisberto Hernández, Borges, Cortázar, Bioy Casares, Edgar Allan Poe (con él “todos tendríamos de sobra”), Enrique Vila-Matas, Chéjov, Raymond Carver.

Bolaño poeta

Alguna vez dijo que prefería definirse como poeta antes que como narrador, pero que la poesía era demasiado excluyente. Aún así, publicó varios libros de poemas, que están recogidos casi totalmente en Tres y Los perros románticos. El primero reúne tres poemas de vasta extensión, de los cuales uno, “Los neochilenos”, bien pudiera haber sido una novela-río tan caudalosa como Los detectives salvajes. El segundo recoge poemas de variada extensión escritos entre 1980 y 1998, y se caracterizan por el estilo seco, distanciado, con una gran economía expresiva, que se postula más como ejercicio intelectual que como muestra de romanticismo, a pesar de lo que dice el título, o quizá como una deliberada ironía. Tal vez lo que resume su poética, tanto para la narrativa como para la poesía, es este poema:

Resurrección

La poesía entra en el sueño
como un buzo en un lago.
La poesía, más valiente que nadie,
entra y cae
a plomo
en un lago infinito como Loch Ness
o turbio e infausto como el lago Balatón
Contempladla desde el fondo:
un buzo
inocente
envuelto en las plumas
de la voluntad.
La poesía entra en el sueño
como un buzo muerto
en el ojo de Dios.

«Una mujer brutal», de Pablo Illanes

Reseña publicada en la revista Caras, noviembre de 2000

La crítica de este libro podría reducirse a una frase: una teleserie para mayores. En efecto, la única diferencia entre los culebrones que se alargan, proponen falsos finales, estiran las historias secundarias y confluyen finalmente hacia un multitudinario final feliz, es que en esta novela hay escenas de sexo explícito. Se habla de calzones, de tetas y de picos, y eso hace toda la diferencia: allí donde la teleserie hace la correspondiente elipsis para cumplir con el “horario para menores”, la novela se mete debajo de las sábanas (o se queda arriba, no hay demasiada diferencia).

No es que esté mal escrito. Pablo Illanes, a lo menos, redacta bien, aunque no salva mucho el paso entre el habla coloquial que deberían usar muchos personajes en los diálogos y un tipo de escritura que pareciera orientada al mercado de habla española en general. Eso le quita viveza al lenguaje. No es que sea demasiado largo, porque el buen lector aprende rápido dónde conviene saltarse párrafos, al igual que el experimentado seguidor de culebrones sabe cuándo puede pararse e ir al baño o a buscar un pan con mantequilla sin perderse nada relevante. No es que no pasen cosas; al contrario, hay accidentes, abortos, guaguas entregadas en adopción que ya adolescentes se encuentran con su madre ante las cámaras, intentos de asesinato, amores clandestinos, drogas, alcohol, vueltas de tuerca donde lo que era no es, lesbianas, homosexuales, trampas al lector, periodistas corruptos, en fin: falta la cieguita, pero al parecer ese es un tópico ya dejado de lado por las teleseries. La historia gira en torno a un personaje de la tele, Bárbara Montoya, animadora y posteriormente actriz, que, como una nueva Carmela, llega desde el sur profundo (la ciudad -o pueblo- de Victoria, más precisamente) a conquistar la capital. La estación televisiva se llama Inter-8 y, por supuesto, todo parecido con algún canal chileno de televisión abierta es simple, pura y dura casualidad.

Y, sin embargo, este libro es irritante. La pregunta que surge a las pocas páginas es por qué fue escrito. La respuesta es obvia: entretener, un propósito más o menos universal de cierta literatura que no aspira al arte; ¿pero es eso solamente? ¿No hay una suerte de segunda intención, la de desnudar el medio televisivo, los celos, las envidias, los pequeños infiernos detrás de las pantallas, la frivolidad, la adicción al trío infaltable, alcohol, drogas y sexo? La siempre iluminadora solapa explicita los argumentos de venta: “las luces del espectáculo encandilarán a los lectores y los sumergirán en una aventura por los pasillos de la estación Inter 8”.  Las luces en los pasillos, en buenas cuentas, en la trastienda, allí donde no importan el maquillaje y la iluminación; entonces el lector se pregunta por qué la historia es tan similar a lo que ocurre en la escena principal, sin sexo explícito ni drogas, por supuesto, pero con los mismos ingredientes de pasiones, celos, envidias y hasta solidaridades. Ese efecto espejo es, quizá, lo que irrita. Que no hay aquí revelación alguna, que detrás del set lo único que ocurre es que la elipsis desaparece, que temas como el sida y el lesbianismo sí pueden ser incluidos. Que, en definitiva, se trata de una teleserie para adultos, con el mismo aire de falsedad, de falsa comedia y de falsa tragedia, de los culebrones que se nos infligen día a día.

Pablo Illanes. Alfaguara, Santiago, 2000. 411 páginas.

Los sinsabores del verdadero policía

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de marzo de 2011

Esta obra de Bolaño abre de inmediato una paradoja si la comparamos con la anterior publicada por su herederos, El Tercer Reich. Esta última está completa, pero se asemeja a un borrador de lo que fue después Bolaño, una obra íntegra que sin embargo aparece como un esbozo, un anuncio, una promesa del gran escritor que vendría después. En cambio, Los sinsabores del verdadero policía ni siquiera es propiamente una novela, sino un acopio de “materiales destinados a un proyecto de novela finalmente aparcado”, como escribió el crítico Ignacio Echevarría; pero, no obstante ello, estamos ante el mejor Bolaño que conocemos, aquel escritor cuyo estilo fulgurante y sus historias como cajas chinas deslumbraron desde mediados de los noventa. Es interesantísimo, además, asomarse, aunque sea de manera parcial, al estilo de trabajo de Bolaño, a su hábito de trabajar en paralelo, a su extraña manera de concebir todo el universo narrativo que luego desarrollaría. Bruno Montané, amigo suyo desde México, cita una carta de 1986: “Mi penitencia va por un caminito bordeado por 5 novelas”. En esta vía, Los sinsabores… desembocó en un punto ciego y sus materiales comenzaron a fluir hacia otras obras, como Los detectives salvajes, 2666, cuentos y hasta poemas, pero a la vez conservó un núcleo duro y exclusivo que, de haber tenido tiempo, es posible que Bolaño hubiera retomado para avanzar hacia otra cosa, no hacia el mero pulimiento de este dispar conjunto de capítulos que a ratos seduce como parte de lo mejor que escribió el autor.Así las cosas, no hay que extrañarse de lo deshilachado de la trama de un proyecto que el mismo Bolaño describió como una “novela endemoniada”. El protagonista es Óscar Amalfitano, pero con una biografía distinta de la del personaje de 2666, y el escenario dominante es Santa Teresa. Otro personaje, Pancho Monje Expósito, es, claramente, Lalo Cura Expósito, también de 2666 y de un cuento incluido en Putas asesinas. Pero los desarrollos son muy distintos; quizá Los sinsabores hubiera acabado igualmente en una gigantesca novela. No podemos saberlo. Lo que sí sabemos es que estas páginas enriquecen un universo narrativo ya seductor como pocos en la literatura iberoamericana.

Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 2011. 325 páginas.

Primos, de Luis López-Aliaga

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de enero de 2012

“La historia se mueve, se arma y se desarma con unos pocos datos”, dice una de las voces narrativas de esta novela de Luis López-Aliaga que, pese a su brevedad, tiene una estructura que pareciera moverse, armarse y desarmarse al ritmo de historias que se entrecruzan, de fragmentos con orillas discontinuas, de momentos que se dispersan en el tiempo, de geografías que nunca se funden en el mismo plano. La estructura quebrada plantea, sin duda, un desafío: el lector es quien tiene que disponer las piezas en un todo coherente y fijar el rumbo de la navegación al interior del relato. No tiene sentido entonces reconstituir el hilo de la trama, que circula en torno a una familia de inmigrantes, de ese tipo de familias que fundan su identidad más sobre los silencios y las omisiones que sobre tradiciones explícitas y relatos triunfantes. Con todo, hay datos ineludibles: dos primos, Pablo y Flavia, se encuentran en la casa del tío que vive en el sur, en la zona de la inmigración italiana a fines del siglo XIX, a mediados de la década de los ochenta, cuando ella todavía es apenas una adolescente que ya muestra, más que su rebeldía, su capacidad de resistencia a lo convencional. De ahí en adelante se suceden los narradores, las miradas, los episodios fragmentarios; un viaje al norte, una exploración de archivos en la biblioteca nacional, vidas cotidianas en el vacilante recomienzo de la democracia, el antepasado que volvió a Italia, son retazos de un tapiz donde la mayor continuidad está en el “Cuaderno azul” de Flavia, pero éste también es fragmentario y queda trunco, por cierto, por lo que revela una línea previa del relato.

Todo ello se afirma en una escritura que denota oficio y talento; las distintas voces narrativas tienen identidad propia y sostienen la cadencia de un relato que se ordena desde la vertiente de la nostalgia –que no otra cosa es perseguir las claves de una historia familiar- y desde esa interrogación permanente que abre una vida precozmente truncada. Quizá se le puede objetar a Primos que la complejidad corre el riesgo de abrir paso a la confusión, que la armazón de retazos amenaza con convertirse en un amasijo de islotes incomunicados. Pero la cadencia de la escritura sale adelante y la línea final –desolada, precisa- cierra, efectivamente, una buena historia.

Luis López-Aliaga. Libros la Calabaza del Diablo, Santiago, 2011. 105 páginas.