Veinte poemas para ser leídos en el tranvía

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio

Uno se puede preguntar, legítimamente, qué bicho le picó a un editor chileno que decidió hacer esta rareza extrema: la edición facsimilar del primer libro de poesía del argentino Oliverio Girondo, con ilustraciones del autor, que data de 1922. Girondo es un enorme poeta cuya obra no ha cesado de ser valorada por sucesivas vanguardias. Murió en 1967, a los 76 años, cuando los jóvenes poetas españoles lo adoptaban como un símbolo, y ahora parece alcanzar una nueva vigencia; si uno se interna en las páginas de este libro de formato grande, tipografía generosa con los ojos y deliciosas ilustraciones que sí parecen ancladas en el tiempo en que fueron hechas, se encuentra con un poeta de insólita actualidad, que sabe como pocos jugar con el lenguaje y con una amplia gama de sensaciones. Es un poeta audaz, que publicó de manera pausada y esperó hasta los 31 años para hacer oír su voz, una voz que oscila entre la ironía y el humor, entre la angustia y la irreverencia, entre el juego verbal y la provocación. Girondo, en estos poemas en prosa, a ratos destila sensualidad y fiebre, como en “Exvoto”: “Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa”. O humor cargado de ironía, como en “Venecia”: “Se respira una brisa de tarjeta postal”. En otros, despliega un arsenal de metáforas siempre atinadas, como en “Croquis sevillano”: “El sol pone una ojera violácea en el alero de las casas, apergamina la epidermis de las camisas ahorcadas en medio de la calle”. Entonces puede uno responderse la duda inicial: hay algo extrañamente seductor en esta poesía provocadora y fresca que enfrenta el mundo desde la convicción de que lo cotidiano es “una manifestación admirable y modesta del absurdo”, y el editor cayó preso de ese embrujo. Según los estudiosos, la poesía de Girondo volverá a ser estimada en las épocas que prefieren la experimentación idiomática y estilística. Es posible, pero su primer libro destaca también por el vigor de los textos, por la audacia de la mirada, por la soltura y por la irreverencia que puede haber sido una marca generacional, pero que se agradece tanto antes como hoy.

Oliverio Girondo. Tajamar Editores, Santiago, 2011. 60 páginas no numeradas.

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