Kurt Wolff: las historias del editor de Kafka

Artículo publicado en el suplemento «Artes y Letras» del diario El Mercurio, 25 de septiembre de 2011

 Se perdió a James Joyce, pero fue el editor de Franz Kafka. También de Joseph Roth, Robert Walser, Karl Kraus, Heinrich Mann y Georg Trakl. Vendió su negocio y marchó a Estados Unidos cuando en nazismo iniciaba su ascenso. No dejó memorias, pero sí una interesantísima colección de recuerdos, publicada por Acantilado.

Desde 1910 hasta comienzos de los años treinta, Wolff fue un animador enorme de la cultura alemana y de la circulación de libros. Publicó literatura de la mejor, aunque suele encasillársele –lo que lo indignaba- como el editor del expresionismo. Sobrevivió a la deflación, pero, cuando la estrella del nazismo elevaba su fatídica luz sobre Alemania, vendió todas sus empresas y comenzó un largo camino de fuga que culminó casi diez años después en Nueva York. Sólo entonces recuperó el entusiasmo por el trabajo que mejor conocía y fundó la editorial Pantheon, que nuevamente lo convirtió en un actor relevante en la industria editorial, esta vez en Estados Unidos.

A comienzos de los años sesenta le pidieron unas charlas radiofónicas sobre su labor como editor; las bautizó genéricamente como Autores, libros, aventuras. Ese material es el que sirvió de base para la edición de este libro que Acantilado lanzó recientemente, que suma además una somera biografía escrita por su segunda esposa, Helen, y la correspondencia con Franz Kafka.

Wolff, aparte de estas charlas, no dejó memorias; murió en 1963 en una visita a Alemania, atropellado, a los 76 años. A lo largo de su vida perdió miles de cartas (o cientos de miles, si su memoria no lo traicionaba, por más que a uno le suene a total desmesura). Entre las que sobrevivieron estaba, por ejemplo, la de aquel escritor inglés -James Joyce- que le ofrecía, en un alemán muy precario, uno de sus libros. Escribe Wolff: “De plantearme algo al leer estas líneas en 1920, debió de ser algo así: ¿quién es este profesor chiflado que, en mal alemán, me envía desde Trieste un libro inglés para que lo edite en alemán?” Wolff no recordaba de qué libro se trataba, si Dublineses o El artista adolescente; y asegura que, aunque hubiera investigado sobre Joyce, habría descubierto que ni siquiera en Inglaterra era conocido más allá de un estrecho círculo. El Ulises se publicó dos años después, en 1922. No lo lamentaba; con un punto de resignación, afirmó que no se puede ganar en todas las apuestas.

Es que también ganó muchas otras. No en vano Joyce llegó a escribirle a él; no en vano recibió el manuscrito de Antes y después, libro de memorias de Paul Gauguin que incluía dibujos del autor y que Wolff hizo un libro-objeto memorable. En un momento de penurias, Wolff vendió el manuscrito en una cifra irrisoria; décadas después, en 1956, fue testigo por la prensa de su remate en alrededor de 85 mil dólares (precio que el New York Times calificó como “el más espectacular para un manuscrito contemporáneo”). Publicó libros de Franz Werfel, Heinrich Mann, Georg Trakl, Joseph Roth y Robert Walser, además de autores que en su momento tuvieron peso y relevancia en Alemania pero que luego se han empequeñecido en el tiempo, como Carl Sternheim, Walter Hasenclever y otros. Pero sin duda las estrellas de su corona de editor son dos autores que escribían en alemán pero curiosamente no son alemanes, sino checo y austríaco respectivamente: Franz Kafka y Karl Kraus.

Kafka, el tímido

Wolff dedicó sendos capítulos de sus charlas a Kafka y a Kraus. A Kafka lo conoció a través del empresario Max Brod, ambos llegaron juntos a su oficina. “¡Ay, cómo sufría Kafka! Callado, torpe, tierno, vulnerable, intimidado como un colegial examinándose del bachillerato, convencido de la imposibilidad de cumplir jamás con las expectativas que los elogios del empresario despertaban”. Wolff es duro con Brod, aunque no deja de agradecerle que empujara a Kafka a publicar sus obras. Con él aparecieron colecciones de relatos breves más otros que alcanzaron mayor autonomía, como La transformación (traducción más acertada que la tradicional de la “metamorfosis”) o En la colonia penitenciaria.

La correspondencia entre Kafka y Wolff (o con Georg Heinrich Meyer, empleado de la editorial que a veces la llevaba) es reveladora tanto de la gentileza imperturbable del escritor checo como de sus vacilaciones respecto de publicar o no sus obras; muchas veces manda de nuevo párrafos y en ocasiones lamenta haber entregado sus textos, pero, finalmente, acepta que aquellas obras ya navegan con autonomía propia e incluso reconoce que algunas de ellas le gustan.

Y el caso Kafka-Wolff es indicativo también del papel del editor como un eficiente intermediario entre el autor y los lectores; nadie más supo ver, hasta poco antes de su muerte, quién era Kafka y en qué medida su obra llegaría a impactar la literatura universal (aunque, justo es reconocerlo, se conocían sólo algunos retazos de ella). Wolff, con toda razón, se enorgullecía de su gusto, más atinado incluso que el de Robert Musil, quien dijo, sobre las obras breves de Kafka, que eran “pompas de jabón”, “bagatelas vacías”. Thomas Mann, Herman Hesse y Rainer Maria Rilke fueron, según Wolff, “los primeros en reconocer el genio único y extraordinario que fue Kafka”.

Y a pesar de todas sus dudas respecto de la legitimidad de las acciones de Max Brod, Wolff publicó, tras la muerte del checo, América y El castillo. Lo que abre espacio para una pregunta que queda flotando en el aire: ¿hay aún editores como él, capaces de detectar tendencias y de adelantarse a los tiempos, tan exigentes con su catálogo como Wolff con el suyo? Hay otra anécdota reveladora: rechazó el manuscrito de El libro de San Michele, de Axel Munthe, porque “le pareció banal y penoso hasta un extremo incomprensible”, libro que sólo en su edición alemana vendió más de un millón de ejemplares y que seguía vendiéndose cuando Wolff dio sus conferencias radiales. Entonces señaló: “Pero estoy orgulloso de que la editorial Kurt Wolff no publicara este libro, y no ha habido cifras de ventas que cambiaran mínimamente esta opinión”.

Kraus, el avasallador

Cuando Wolff se inició en las aventuras editoriales, Kraus ya era una suerte de papa de los intelectuales vieneses, aunque su obra había trascendido muy poco fuera de esos límites. Un amigo común los presentó, uno que quería que Wolff editara a Kraus; con ese objeto el primero viajó a Viena, donde constató que el ambiente intelectual de la capital de Austria se dividía entre “fervientes krausófilos o fervientes krausófobos”. Y agrega el editor que “a mí me daba la sensación de que ambos extremos se parecían mucho en el fondo: todos ellos eran adictos a Kraus”.

Y ya con la distancia del tiempo, con Kraus muerto desde 1936 y su obra recién recuperada a comienzos de los años cincuenta, Wolff constata que, aunque muchos intelectuales han definido “la posición histórica e intelectual que corresponde al poeta y autor de tantas sátiras dentro de la literatura alemana”, muy pocos han hablado del personaje detrás de la escritura, de ese hombre cuyo magnetismo atrapaba sin vuelta. Ante ese silencio sobre la persona detrás del escritor tronante y burlesco que incendiaba la escena a través de su revista, Die Fackel (la antorcha), Wolff, sin haber sido parte de su círculo íntimo, quiso al menos registrar su testimonio.

Y, de hecho, es el capítulo más largo del libro. Relata en detalle sus primeros encuentros en Viena, primero en la mesa de Kraus en el café Pucher, donde se reunía con sus amigos (y los únicos pares, por así decirlo, que reconocía): el pintor Oskar Kokoschka, el arquitecto Adolf Loos, el poeta Peter Altenberg y algunos otros ocasionales. Es un relato interesante, porque muestra de qué manera Wolff se ganó el respeto de Kraus –sus amistades y su respeto por las ideas- y cómo también el editor pudo aquilatar el peso de su personalidad, la de un solitario que no transigía sus principios, un perfeccionista que se exigía primero a sí mismo y luego a los demás y que, por lo mismo, era incapaz de transar nada.

A tal punto llegaba su empeño que, aunque simpatizaba mucho con Wolff, no quería que éste lo publicara en su editorial, donde ya estaban escritores que Kraus despreciaba. Su amistad se mantuvo por años sin que mediaran libros en ella, hasta que a Wolff se le ocurrió una broma que terminó siendo realidad: le dijo a Kraus que iba a crear una nueva empresa, la “Editorial de las obras de Karl Kraus (Kurt Wolff)”, con un solo escritor en su catálogo. Kraus aceptó la fórmula y, en el curso de pocos años, Wolff se convirtió en el principal difusor de los poemas, los aforismos y los ensayos de uno de los grandes intelectuales de la Viena de las primeras décadas del siglo XX. Y aunque nunca se enemistaron, la relación editorial se rompió por culpa de un krausófilo que se convirtió en krausófobo, transición frecuente, según Wolff, que además nunca se verificaba en el sentido inverso.

El legado de un editor

Wolff, en pocas páginas, entrega notas sobre la escena intelectual y el mundo editorial en alemán en dos décadas de impresionante vitalidad. Fue muy discreto en su protagonismo, respetuoso con sus autores y un bibliófilo notable, que acumuló colecciones valiosísimas y contribuyó también a desatar el hambre de los coleccionistas.

Ya entonces separaba aguas entre los editores como él, que escogían su catálogo según exigentes criterios, y los otros que apostaban a los grandes números. Es interesante constatar que, a pesar de los vertiginosos cambios en la industria del libro, aún hay editoriales ligadas a nombres y otras que apuestan a la masividad. En el panorama actual, sin duda Wolff habría tenido un espacio, ese donde medran, a pesar de los pronósticos agoreros sobre el fin del libro, tantas y tan vivas editoriales independientes.

Kurt Wolff. Autores, libros, aventuras. Observaciones y recuerdos de un editor, seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka. Acantilado, Barcelona, 2010. 203 páginas. Traducción de Isabel García Adánez.

Una comedia en tono menor

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 24 de septiembre de 2011

Hay una buena noticia para los lectores: vuelve a Chile, esta vez a través de la librería Ciudad Letrada, la editorial Minúscula, cuyo escogido catálogo incluye obras de Victor Klemperer, Karl Kraus, Gogol, Pushkin y una amplia selección de autores menos conocidos, como Annemarie Schwarzenbach o Irmgard Keun, cuya recuperación y edición en español han reabierto el mapa de la narrativa del siglo XX.

Uno de los autores de Minúscula es Hans Keilson, que murió en este año cuando ya había superado el siglo de edad. Su novela La muerte del adversario (2010; primera edición en alemán, 1959) fue uno de los acontecimientos literarios del año pasado y figuró en muchas listas que seleccionaban lo mejor de 2010 por su singular perspicacia en el retrato del otro, sobre todo cuando ese otro es tu enemigo, el que ha jurado muerte y exterminio para ti y para los tuyos. Una comedia en tono menor (2011; primera edición en alemán, 1947) muestra que Ana Frank es sólo la más conocida de un gran número de judíos que vivieron escondidos en casas de familias holandesas o ayudados por ciudadanos de ese país. Lo consideraban un “deber patriótico”, única forma de defensa y protesta por la invasión y el maltrato sufrido a manos de los nazis, según indica el narrador de la novela, que narra uno de esos casos; un matrimonio joven y sin hijos es interpelado para que cumplan con ese deber; aceptan; y así reciben a Nico, un hombre mayor que ellos que, ante la menor amenaza, siente un “miedo atroz y paralizante que surge del dolor y la desesperación y que no está vinculado a nada”. Nico pasa un año escondido en un dormitorio del piso de arriba, aunque come con Wim y Marie y recibe muy ocasionales visitas (del peluquero, por ejemplo), pero languidece, empalidece, decae y, finalmente, muere, con lo que empieza otra serie de problemas para sus compungidos anfitriones. Keilson, un psiquiatra que ganó fama mundial por sus estudios sobre los efectos del holocausto en niños que sobrevivieron, tiene el don de situarse en diferentes perspectivas con la misma agudeza y perspicacia; así, esa convivencia forzosa entre tres personas se convierte en un mosaico de la experiencia humana, aunque esté descrita con una sencillez desarmante.

Hans Keilson. Minúscula, Barcelona, 2011. 145 páginas.

Nacionalismo

«Yo me fui precisamente huyendo de este país, me parecía la cosa más cruel e inhumana que habiendo tantos lugares en el planeta a mí me haya tocado nacer en este sitio, nunca pude aceptar que habiendo centenares de países a mí me tocara nacer en el peor de todos, en el más estúpido, en el más criminal, nunca pude aceptarlo, Moya, por eso me fui a Montreal, mucho antes de que comenzara la guerra, no me fui como exiliado, ni buscando mejores condiciones económicas, me fui porque nunca acepté la broma macabra del destino que me hizo nacer en estas tierras, me dijo Vega».

«Nadie a quien le interese la literatura puede optar por un país tan degenerado como éste, un país donde nadie lee literatura, un país donde los pocos que pueden leer jamás leerían un libro de literatura, hasta los jesuitas cerraron la carrera de literatura en su universidad, eso te da una idea, Moya, aquí a nadie le interesa la literatura, por eso los jesuitas cerraron esa carrera, porque no hay estudiantes de literatura, todos los jóvenes quieren estudiar administración de empresas. (…) A nadie le interesa la literatura, ni la historia, ni nada que tenga que ver con el pensamiento o con las humanidades, por eso no existe la carrera de historia, ninguna universidad tiene la carrera de historia, un país increíble, Moya, nadie puede estudiar historia porque no hay carrera de historia, y no hay carrera de historia porque a nadie la interesa la historia, es la verdad, me dijo Vega. Y todavía hay despistados que llaman “nación” a este sitio, un sinsentido, una estupidez que daría risa si no fuera por lo grotesco: cómo pueden llamar “nación” a un sitio poblado por individuos a los que no les interesa tener historia ni saber nada de su historia».

Horacio Castellanos Moya. «El asco. Thomas Bernhard en San Salvador», en El asco. Tres relatos violentos. Editorial Casiopea, Madrid, 2000, págs. 95 y 99-100.

«El Nacionalismo es una enfermedad universal cuya curación será la muerte de los frenéticos, no podemos subsistir en un mundo cada vez más estrecho con ideas tan perjudiciales, y en consecuencia pereceremos. El historiador del futuro dirá que la naturaleza se vengó de los pueblos comunicándoles un espíritu de vértigo, y que el Nacionalismo es un frenesí igual al que se apodera de las sociedades animales, demasiado numerosas. (…) Estamos completamente perdidos, la enfermedad no perdona ya a ninguna nación y todos los países se parecen hasta en el tipo de furor que los opone y anima a degollarse unos a otros».

«Ninguna nación quiere olvidar aquello que llama su historia y que la mayoría de las veces nada tiene que ver con la Historia, pero será necesario que un día renuncien a ello. El último vencedor rearmará el espacio y el tiempo, confiscará los medios y las ideas, las pretensiones y los recuerdos, las formas y los contenidos, se declarará único legatario de cincuenta siglos, demostrará que él es la razón de ser de la especie humana y que el deber de cien pueblos es resignarse, exterminará a unos, deportará a la mayor parte de los otros y se verá por todas partes un polvo de hombres, del que él será el único amo. Pues la simplicidad no es concebible por menos y a pesar de la abundancia de las diferencias que se desencadenan ante nuestros ojos, el futuro es de la simplicidad, vamos de desórdenes en desórdenes hacia el orden terminal y de carnicería en carnicería hacia el desarme moral, pocos salvarán y pocos serán salvados, la masa de perdición se eclipsará en el intervalo, llevando al abismo los problemas insolubles. El nacionalismo es el arte de consolar a la masa de no ser más que una masa y de presentarle el espejo de Narciso: nuestro futuro romperá ese espejo».

Albert Caraco. Breviario del caos. Sexto Piso, Madrid, 2004. Traducción de Rodrigo Sánchez Rivera. Edición original: Bréviaire du chaos, Editions L’Age d’Homme S.A., Lausanne, 1982. Págs. 89-90.

Cinofilia

El trato que se le da a los perros en Constantinopla indica que los turcos sienten poco amor por el animal llamado «amigo del hombre». Y es de comprender. Inexistente en el mediodía, el amor por los perros nace y va creciendo a medida que pasa del medidía al septentrión. Y en la variación «climática» de este sentimiento influyen mucho los cambios en las creencias religiosas.

También Schopenhauer, hombre septentrional, sentía amor por los perros. Junto a la ventana de su cuarto de trabajo una piel de oso, extendida sobre el suelo, indicaba el lugar en que solía echarse aquel a quien el señor de la casa llamaba «su mejor amigo». Era éste un precioso perro de aguas blanco al que Schopenhauer, amante de la filosofía india, había dado el nombre de Atma, que significa «alma del mundo». Pero un día de 1849 murió Atma, y el mismo día Schopenhauer fue a una perrera de Francfort y encontró un precioso perro de aguas blanco al que impuso el nombre de Atma, que significa «alma del mundo», le enseñó a tumbarse sobre la piel de oso que había junto a la ventana de su cuarto de trabajo y se puso de nuevo a escribir El mundo como voluntad y representación. En el fondo, el amor de Schopenhauer por los perros era una simple necesidad de calor animal. Y son muchos los hombres para quienes también el matrimonio, que alguien definió como «una larga conversación», no es otra cosa que una simple necesidad de calor animal. Nietzsche expresa más poéticamente esta misma necesidad con un verso: «Dadme manos frías y corazones braseros…».

Alberto Savinio, Nueva enciclopedia, págs 87-88 en la edición de Acantilado, 2010, 407 páginas. Traducción de Jesús Pardo.

Purga

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de septiembre de 2011

Los bordes del imperio ruso –que aún lo les, aunque disminuido- son materia más novelesca que el centro; al menos, así lo reflejan las novedades editoriales. Si en la columna anterior hablamos del Cáucaso, ahora es el turno de Estonia con interludios en Vladivostok. Se trata de Purga, tercera novela de la finlandesa Sofi Oksanen, un acontecimiento editorial en todos los países en que ha aparecido y ganadora de varios premios europeos. La novela sitúa la acción precisamente en los tormentosos años posteriores del cambio, cuando la Unión Soviética ya se había desmembrado y fluía la circulación entre fronteras antes tan difíciles de traspasar. Para bien y para mal: no sólo circulaban vientos de libertad. También antiguas esclavitudes.

La novela se estructura a partir del encuentro de dos mujeres: Aliide, una campesina estonia ya anciana, y Zara, una joven rusa que viene de Vladivostok -¡tan lejos!- pero, misteriosamente, habla estonio (ya se sabrá por qué). Tras la aparición de Zara en el patio de Aliide, sucia, desgreñada, hambrienta y golpeada, un narrador omnisciente que dosifica la información y demora en mostrar sus cartas hila varias historias; algunas se hunden en el pasado de la dominación soviética y desnudan la pesada herencia del estalinismo, más aplastante aún puesto que se trata de un pueblo invadido; otras extienden los hilos del presente y muestran cómo la trata de blancas –de la que Zara es víctima- se instaló como un floreciente negocio apenas el muro que aislaba el Este del Oeste se vino abajo. Capítulos breves y rápidos alternan tiempos y espacios y dan forma a un mosaico que mantiene el suspenso y la incertidumbre. Es parte de la arquitectura de la novela: ese narrador un tanto esquivo desarrolla su juego con habilidad e introduce, cada tanto, nuevos elementos que sostienen una trama ágil que a ratos abruma por las sucesivas capas de maldad y dolor que deja a la vista. Con argumentos literarios y buen dominio de las herramientas del oficio, la autora de Las vacas de Stalin (2005) se hace cargo de una herencia dura y terrible que aún marca a los estonios y la exorciza a través de la palabra. Es posible que allí radique el secreto del enorme éxito que ha tenido una novela tan intranquilizadora como ésta.

Sofi Oksanen. Salamandra, Barcelona, 2011. 381 páginas.

El escritorio de Walter Benjamin


Este 27 de septiembre se cumplen 71 años desde que Walter Benjamin se suicidara en Port Bou, Cataluña, cuando su fuga de los nazis se vio interrumpida. Ante la amenaza de ser devuelto a Francia, optó por quitarse la vida (recientemente han surgido versiones que achacan su muerte tanto a los fascistas como a los estalinistas; sin embargo, tanto su largo historial de depresión y coqueteo con la idea del suicidio como la última nota que escribió en Port Bou les quitan verosimilitud).

Benjamin tenía, en ese entonces, 48 años y una vasta obra en su mayor parte inconclusa, en calidad de esbozo o proyecto, detrás. Publicó poco en vida, pero sus obras completas ocupan miles de páginas. Sólo el proyecto al que le dedicó mayor tiempo (y que, paradojalmente, quedó más inacabado), El libro de los pasajes, tiene más de mil páginas en la edición de Akal y ocupará dos volúmenes de la elegante edición de las obras completas que está llevando a cabo Abada. Algunos de sus textos han vuelto a leerse con una fruición que parece difícil de explicar: ¿qué tanto tiene que decir hoy un filósofo de la primera mitad del siglo XX que trató de situar en el mismo horizonte discursivo el marxismo y la cábala? ¿Alguien que tuvo intuiciones geniales que quedaron en calidad de esbozo sobre el orden urbano vigente en aquella época y que tanto ha cambiado hoy? ¿Un escritor que desperdigó cuentos, recuerdos, memorias, en libritos que hoy no es posible ubicar en librerías o que, incorporados a las obras completas, valen oro? ¿Un osado que investigó en el uso de drogas blandas y duras, que escribió protocolos sobre su ingesta y que usó la morfina –que tenía en abundancia para su uso personal- para suicidarse? Sea como sea, Benjamin es un ícono cultural que se resiste a desaparecer y que, al contrario, emerge citado en textos de muy distinta procedencia. La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, Tesis sobre filosofía de la historia, Para una crítica de la violencia, son sus trabajos más conocidos y citados desde un arco ideológico de extraordinaria amplitud. Pero, ojo, con toda razón George Steiner, en el ensayo sobre Benjamin que incluyó en Los logócratas, habla de «la inmensidad de la industria benjaminiana, del Journal, de la voracidad universitaria en torno a su obra».

Pero esa obra resiste incólume la avalancha de interpretaciones, porque no se agota en ellas y sigue hablando el lenguaje de este tiempo. Para César Rendueles y Ana Useros, responsables de una interesante «Propuesta de lectura» de Benjamin, este filósofo «se ha convertido en el intérprete privilegiado de las transformaciones más características de nuestra contemporaneidad: la mercantilización generalizada, las nuevas formas cognoscitivas, la crisis de la experiencia histórica tradicional o las propuestas estéticas en un contexto tecnológico avanzado».

¿De dónde viene esta propuesta de lectura? El año pasado, en el Círculo de Bellas Artes madrileño se montó la exposición Walter Benjamin. Constelaciones, un intento por dilucidar por qué, hasta dónde y de qué manera está presente en el diálogo cultural contemporáneo este intelectual alemán que se resiste a todo encasillamiento (Hannah Arendt caracterizó su singularidad mejor que nadie; al final va una larga cita). La exposición fue acompañada por la edición de dos libros: uno, dedicado a la muestra y llamado del mismo modo; el otro es Archivos de Walter Benjamin. Fotografías, textos y dibujos.

Atlas Walter Benjamin / Constelaciones

El libro contiene tres objetos. Un dvd con el documental Constelaciones, trabajo audiovisual que sigue el método de trabajo de Benjamin: el pastiche, el diálogo de las citas, el montaje de retazos y trozos de muy distinta procedencia. La “propuesta de lectura” a que aludía más arriba, a cargo de los mismos responsables del documental (incluye también los textos citados más bibliografía y origen de los materiales usados), que sigue, más o menos, el programa planteado en la cita anterior, en seis capítulos que denotan un muy buen manejo de las ideas de Benjamin y una buena cuota de audacia y creatividad en la búsqueda de dar cuenta cabal de su complejidad. Y un cdrom con el Atlas Walter Benjamin, “una herramienta informática que permite navegar por una colección de textos unidos por hipervínculos”, interesantísima propuesta que carga un hipertexto que ya multiplica las relaciones y los posibles significados.

Hay que destacar que Círculo de Bellas Artes permite el libre acceso a todos esos materiales. Quien quiera tener el libro, puede hacerlo; quien quiera mirar el documental o navegar por el Atlas en la web, o descargar el pdf del libro, puede hacerlo en el sitio del Círculo (basta seguir los links previos). No es una práctica corriente en el ámbito editorial y tampoco en el Círculo. Sin conocer las razones que motivaron tan sana decisión, se puede especular y decir que tiene que ver también con la estrategia de producción de Benjamin y su magno trabajo de acopio de trabajo ajeno hasta otorgarle un sentido completamente distinto gracias a la yuxtaposición heteróclita de textos e imágenes que distingue al menos su gran proyecto, El libro de los pasajes. «Un libro que jamás fue escrito» según dice Susan Buck-Mors en su monumental trabajo Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los pasajes, pero que, no obstante, existe para mover a la reflexión sobre la historia desde los materiales que la forman y no desde una interpretación académica que legitima el presente. El libre acceso rompe también, de alguna manera, el formato del libro y su circulación como mercancía: nada más apropiado para Walter Benjamin.

Editorial Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2010. 99 páginas. Incluye un dvd y un cdrom. Disponible en la librería Prosa & Política.

Archivos de Walter Benjamin. Fotografías, textos y dibujos

El segundo libro editado por Círculo de Bellas Artes no está colgado en la web. Es que se trata de un objeto de distinta naturaleza, un objeto-libro que no incluye otro tipo de soportes y que define su carácter en la página impresa. Impresión de gran calidad, desde luego. El libro reproduce la edición alemana del Walter Benjamin Archiv que, a su vez, también se editó con motivo de una exposición que ofreció a la vista del público los 13 archivos incluidos acá. Benjamin, un fugitivo errabundo a partir de 1932, repartió desde temprano los materiales acumulados en las manos de buenos amigos; cada archivo incluye fotografías, sobres, textos, dibujos, todo, cuando corresponde, traducido al español. Y aunque se sabe a ciencia cierta que muchas cosas –textos y cartas, sobre todo- se perdieron, y se presume que las pérdidas pueden ser aún mayores, es sorprendente la cantidad y calidad de materiales que pudieron ser rescatados años después –en ocasiones, muchos- de la muerte de Benjamin. En 1955, 15 años después de su muerte, la porfía de sus amigos Gershom Scholem y Theodor Wiesengrund Adorno logró la edición de sus principales trabajos en dos volúmenes; ahí nació la leyenda Benjamin, que no ha cesado de rodar y que, según el primero, dio origen a que se escribieran “muchos disparates y mezquindades”, además, claro, de textos que . Ese trabajo de recuperación continuó por décadas y aparecieron los archivos que este libro muestra y analiza; cada archivo, a su vez, cuenta con una sustanciosa introducción, escritas por Ermudt Wizisla, Michael Schwarz, Ursula Marx o Gudrun Schwarz.

El trabajo es impresionante, porque permite ingresar al taller de Benjamin, a su metodología de trabajo -a su escritorio mental, por así decirlo- y apreciar tanto su extraordinaria curiosidad como el modo en que iba construyendo relaciones y vínculos entre objetos e ideas de muy distinto orden. El recorrido tiene un gran valor biográfico, puesto que permite internarse desde el modo en que Benjamin usaba la lengua en la escritura hasta su interés por figuras religiosas como la sibila o las vírgenes, por las postales de viaje, por los juguetes infantiles o por espacios urbanos como los pasajes de París, de los que recopiló muchas fotografías (y que son, claro, el punto de partida del ya citado Libro de los pasajes). En buenas cuentas, el taller, el lugar de trabajo, el paisaje íntimo en donde Benjamin acumulaba, pensaba y escribía, con la ventaja adicional de que el libro supera la valla de la especialización erudita y se dirige al lector culto en general. Es una gran cosa.

Archivos de Walter Benjamin. Fotografías, textos y dibujos. Editorial Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2010. 256 páginas. Disponible en la librería Prosa & Política.

Texto escogido: Hannah Arendt sobre Walter Benjamin

«La fama póstuma parece ser, por tanto, la suerte de los inclasificables, es decir, aquellos cuyos trabajos no encajan dentro del orden existente ni introducen un nuevo género que lleve a una futura clasificación. Los innumerables intentos de escribir «al estilo Kafka», todos ellos rotundos fracasos, sólo sirvieron para enfatizar el carácter único de Kafka, la absoluta originalidad que no puede hallarse en ningún predecesor y no tiene seguidor.

Esto es lo que la sociedad no logra aceptar y a lo que siempre se verá reticente de otorgar su sello de aprobación. Para decirlo de otro modo, en la actualidad sería tan engañoso recomendar a Walter Benjamin como crítico literario y ensayista como habría sido recomendar a Kafka en 1924 como novelista y escritor de cuentos. Para describir su trabajo en forma adecuada y a él como autor dentro de nuestro usual marco de referencia, tendría que hacer varias declaraciones negativas, tales como: su erudición fue grande, pero no era un erudito; sus temas comprendían textos y su interpretación, pero no era un filólogo; no lo atraía mucho la religión pero sí la teología y el tipo de interpretación teológica para la que el texto en sí es sagrado, pero no era teólogo y no sentía un interés particular por la Biblia; era un escritor nato, pero su mayor ambición fue producir una obra que consistiera sólo en citas; fue el primer alemán que tradujo a Proust (junto con Franz Hessel) y St.-John Perse, y antes de eso había traducido los Tableaux parisiens de Baudelaire, pero no era traductor; revisó varios libros y escribió una serie de ensayos sobre escritores vivos y muertos, pero no era crítico literario; escribió un libro sobre el barroco alemán y dejó un estudio sin terminar sobre el siglo XIX francés, pero no era historiador, ni de la literatura ni de otros aspectos; trataré de demostrar que pensaba en forma poética, pero no era ni poeta ni filósofo».

Del ensayo “Walter Benjamin 1892-1940”, incluido en Hombres en tiempos de oscuridad, Gedisa, Barcelona, 2001. La cita está en las páginas 163 y 164 de esa edición.

Publicado antes en El Post.

Editores

«Nuestros editores sienten mucho amor por su arte, pero dudo de que el amor de nuestros editores llegue a igualar al de los Manuzio, los Froben, los Amerbach, los editores que florecieron en los albores del arte de la imprenta. Los editores holandeses del siglo XVI exponían en los escaparates de sus tipografías las pruebas de imprenta de sus ediciones griegas, ofreciendo buenos premios a los estudiantes por cada errata que descubrieran en ellas. Querría equivocarme, pero pienso que, desde entonces, la conciencia del editor se ha cegado, se ha atascado un poco. He corregido ya cuatro veces las pruebas de un libro mío de próxima publicación y todavía no he conseguido dar una grafía correcta a los retruécanos que hace Homero con los nombres de Aquiles y Odiseo. Pero hay algo peor. Hace unos días, en la biblioteca de una amiga mía, la señora D. M., veo Santuario, de William Faulkner, en traducción francesa de R. N. Raimbault y Henry Delgove, con prólogo de André Malraux y publicado por Gallimard, de París, el editor de la Nouvelle Revue Francaise; y como yo, al contrario de algunos de mis colegas, no rehúyo, por rigor nacionalista, la lectura de libros extranjeros, le pido a mi amiga que me preste el libro de Faulkner, y ella, amablemente, me lo presta. Conozco el tema de Santuario y sé que es un libro más obsesivo incluso que los otros de Faulkner; se trata de un curioso caso de perversión psíquica. En vista de ello, la misma noche me meto en la cama con aquel pequeño artilugio en la mano prometiéndome intensísimas emociones. Pero en el primer capítulo, titulado «Fin de los padres tranquilos», leo que «a los franceses les gusta la voluptuosidad del pensamiento» y que «en todo momento éstos fueron de los más fértiles en ideas»; y en el capítulo segundo, titulado «La miseria funcionaria», leo que «la República deja morir de hambre a sus funcionarios, que son la guardia pretoriana del sufragio universal». Lleno de recelo por causa de estas extrañas aseveraciones, tanto más raras en una novela de ambiente norteamericano en la que, entre otras cosas, se habla de una joven que es violada con una panoja de maíz, miro la primera página del libro y leo en la portada: Pierre Hamp. La peine des hombres. Une nouvelle fortune, es decir, un libro de un tal Pierre Hamp sobre la situación de Francia después de la Gran Guerra. Si Manuzio, Froben, Amerbach llegan a publicar un libro de Pierre Hamp bajo la cubierta de un libro de William Faulkner, lo más probable es que ninguno de esos príncipes de la edición hubiera sobrevivido a tal vergüenza, pero no tengo noticias de que el señor Gallimard haya muerto de este bochorno. Al día siguiente tropiezo con mi amiga y le pregunto si ha leído Santuario, de William Faulkner, que tan amablemente me ha prestado, y me responde que sí, que lo ha leído, pero que lo ha encontrado un poco distinto de los demás libros de este autor».

Alberto Savinio, Nueva enciclopedia, págs. 133-134, en la edición de Acantilado, 2010, 407 páginas. Traducción de Jesús Pardo.

El caos del Cáucaso

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de septiembre de 2011

Si alguien incluyera en la lista de países caucásicos la república de Avaria del Norte y Dargo, probablemente el hecho pasaría desapercibido para el lector común, que perfectamente podría confundirse entre nombres como Osetia del Norte, Kabardino-Balkaria o Adjaria; pero se trata de un país ficticio, creación de Iulia Latínina, periodista y escritora que continúa con la tarea que Anna Politkovskaya emprendió con tal afán que le costó ser asesinada a balazos en la puerta de su departamento: la denuncia de la corrupción en Rusia y especialmente en la relación de este país con el Cáucaso (de ahí el título de su novela, que recién llega a Chile junto con otros interesantes títulos del catálogo de la editorial Los Libros del Lince). Y aunque Avaria es un país ficticio, se parece sospechosamente a Daguestán, el vecino de Chechenia, cuya capital es Majachkalá (Korbi-Kalá en la ficticia Avaria). Dos millones y medio de habitantes ocupan un territorio también pequeño, de 50 mil kilómetros cuadrados, abundante en petróleo y montañas. Claro que en Daguestán hay también alrededor de 30 etnias distintas, clanes con un alto sentido de la territorialidad, para quienes los rusos son simplemente los antiguos invasores.

Para caracterizar con facilidad su novela, cabría comparar a Iulia Latínina con la cineasta Kathryn Bigelow. Si esta última destaca por una filmografía dedicada al terror y al suspenso, capaz de ofrecer una acción trepidante que mantiene en vilo al espectador durante más de dos horas en The Hurt Locker, Latínina despacha más que correctamente una novela que pulsa también teclas consideradas como cotos de caza privativos de los hombres: la violencia, el poder, la corrupción. Que de eso va lo que ocurre en Avaria del Norte y Dargo. Adentrarse en la trama sería un gasto inútil, por lo intrincado del argumento (aunque se sigue con gran facilidad) y porque es de la esencia de un libro de suspenso que el lector sea quien siga las vueltas y revueltas de la trama; en este caso, el enfrentamiento entre un ruso formado en Harvard, extrañamente resistente a los sobornos, y un líder local tan corrupto como cualquiera, pero con una extraña integridad que lo pone por sobre los otros, da cuerpo a una entretenida novela que impresiona por la realidad que devela y trasunta un hondo pesimismo.

Iulia Latínina. Los libros del Lince, Barcelona, 2009. 443 páginas.

El lenguaje y la vida cotidiana en el Tercer Reich

Ahora que la editorial Minúscula vuelve a Chile -la trae ahora Ciudad Letrada-, rescato (otra vez) un artículo que escribí en 2002, que no publiqué en ningún medio y que subí a mi anterior blog en 2009. Klemperer me sigue pareciendo un autor fundamental y su ensayo sobre la LTI no pierde nada de vigencia.

El legado de un filólogo

Victor Klemperer, un judío que vivió en la Alemania nazi desde que Hitler se hizo con el poder en 1933 hasta la sangrienta caída del régimen. Un filólogo eminente y escritor compulsivo que salvó la vida gracias a su esposa aria, Eva Schemmler, y que arriesgó la de ambos al escribir día tras día, en su diario, la crónica de la vida cotidiana bajo el Tercer Reich, de la que extrajo también un penetrante estudio sobre los lenguajes totalitarios.

Lingua Tertii Imperii

La lengua del Tercer Imperio, del Tercer Reich, fue designada por Klemperer por su sigla latina por un probable principio de autocensura que, en realidad, de muy poco le hubiera valido si la Gestapo hubiera descubierto sus diarios. Sólo dos años después del término de la guerra publicó LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, que fue editado en español por Editorial Minúscula, Barcelona, recién en 2001.

Pocos ejemplares de este libro ejemplar -valga la redundancia- han circulado en Chile. Lo mismo ocurre con la edición de sus diarios, editados por Galaxia Gutenberg con el título de una de las entradas, Quiero dar testimonio hasta el final, que suman casi dos mil páginas. Ambos libros están inextricablemente ligados. LTI es una reflexión más tranquila y distanciada sobre la época, donde Klemperer abre más espacio para la teoría, aunque también el libro tiene un marcado carácter autobiográfico y testimonial. Los diarios, en cambio, son la materia prima para aquella reflexión, sin tamiz alguno, con las repeticiones e imperfecciones que es posible esperar, pero que así logran quizá transmitir con mayor eficacia el horror interminable a que se vieron sometidos los Klemperer y el puñado de judíos que vivió en Dresde durante la guerra. Son también páginas de inmensa ternura, de un inclaudicable amor por la vida y una muestra notable de rigor profesional: aún en medio de la tragedia que día a día mostraba nuevas facetas y rigores, el filólogo se empeñaba en su tarea de registrar, clasificar y describir las características del lenguaje en una sociedad totalitaria.

Klemperer se salvó de la muerte por estar casado con una mujer alemana, factor que le permitió seguir vivendo en su ciudad, aunque en condiciones cada vez más penosas; luego, cuando casi al final de la guerra el partido nazi ordenó la ejecución de los pocos judíos que todavía residían en territorio alemán, el bombardeo que redujo Dresde a escombros (un acto brutal por donde se le mire y totalmente innecesario a esas alturas de la guerra) permitió al matrimonio Klemperer huir de sus perseguidores e iniciar un peregrinaje que concluyó tras la derrota total del nazismo.

Klemperer, hasta 1933, ejercía como profesor de literatura francesa en la universidad local. No quiso abandonar el país cuando el régimen nazi ascendió al poder, tal como lo hizo, por ejemplo, su primo, el director de orquesta Otto Klemperer; como tantos judíos alemanes, se sentía perfectamente integrado y para nada ajeno a la cultura del país.

Se resistía a adentrarse en la cultura nazi. “¿Para qué leer textos nazis? ¿Para amargarme la vida más de lo que me la amargaba la situación en general?”, se preguntaba, eso sí, muy al principio, cuando la persecución era moderada, y se refugió en su trabajo, la literatura francesa del siglo XVII, hasta que le prohibieron el uso de la biblioteca. Entonces asomó como objeto de estudio la LTI, observada en la vida cotidiana, en los diarios, en las proclamas, en los discursos. Y es que, para él, el famoso dístico de Schiller, “la lengua culta que crea y piensa por ti” se llenó de un significado muy distinto del estético que habitualmente se le atribuía: “¿Y si la lengua culta se ha formado a partir de elementos tóxicos o se ha convertido en portadora de sustancias tóxicas?”. Según Klemperer, “el nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica a inconsciente”.

Esas son las expresiones que rastrea y documenta en medio de indecibles dificultades. Hay una anécdota reveladora, tanto de su situación como del tono general del libro, que rehúye la autocompasión y muestra, incluso, humor en el relato de la desgracia:

“Nunca, nunca en toda mi vida, un libro me hizo retumbar tanto la cabeza como el Mito del siglo XX de Rosenberg. No porque supusiera una lectura extraordinariamente profunda, difícil de comprender o estremecedora para el alma, sino porque Clemens me golpeó durante varios minutos la cabeza con aquel tomo. (Clemens y Weser eran los torturadores especiales de los judíos de Dresde y se los solía clasificar como el ‘pegador’ y el ‘escupidor’).

-¿Cómo te atreves, cerdo judío, a leer un libro así? –gritó Clemens. Le parecía una profanación de la hostia. -¿Cómo osas tener una obra de la biblioteca de préstamo?”.

El libro había sido pedido por la esposa aria de Klemperer, lo que lo salvó, en esa oportunidad, del campo de concentración. A pesar de las enormes dificultades para su trabajo de campo, el filólogo persistió en la escritura de su diario y registraba el creciente predominio de la LTI en Alemania, incluidas las víctimas, los judíos, que también veían cómo su expresión cotidiana se contaminaba por ese omnipresente bombardeo de palabras y expresiones.

Una de las grandes virtudes del libro es que muestra sin alardes la experiencia de judíos viviendo en territorio nazi. El texto se abre con una introducción donde se pone en el tapete el concepto de heroísmo, que, adoptado por la LTI, siguió contaminando el habla alemana hasta mucho después del fin del Tercer Reich. Conversando con estudiantes alemanes después de la guerra, Klemperer define posiciones y habla de lo que verdaderamente puede considerarse una actitud heroica bajo ese régimen, una oblicua, pero, sin embargo, explícita manera de rendir un homenaje a su esposa:

“Sé de un heroísmo mucho más desolado, mucho más silencioso, de un heroísmo que carecía del apoyo a la pertenencia de un ejército, a un grupo político, que carecía de cualquier esperanza en un futuro esplendor y que se encontraba en la más absoluta soledad. Me refiero a las pocas esposas arias (no fueron muchas) que se resistieron a todas las presiones para que se separaran de sus maridos judíos.”

Pero es la LTI el hilo conductor de este libro, escrito tras muchas dudas y vacilaciones sobre lo que debía hacer con el material acumulado en los diarios. Tomó la decisión de escribirlo tras el encuentro con una refugiada berlinesa que había estado un año en la cárcel y cuyo esposo, militante comunista, había pasado de la celda a un batallón de castigo.

«”¿Por qué estuvo usted en la cárcel?”, pregunté.
“Pues por ciertas palabras…” (Había ofendido al Führer, los símbolos y las instituciones del Tercer Reich)».

Entonces decide escribir el libro, “por ciertas palabras”, por las siglas, por la puntuación, por palabras como “fanático”, a la que dedica, con pasión de filólogo, un capítulo entero. Es que la LTI no se caracteriza por su riqueza (al contrario, es de un pobreza abrumadora) ni, en general, por los nuevos vocablos; más bien desplaza el significado de las palabras y, a fuerza de repetirlas, termina por hacerlas abarcar un ancho campo semántico. Una palabra que estaba, hasta entonces, “a medio camino entre la enfermedad y el crimen” pasó a ser de uso cotidiano, a tal punto que fue progresivamente degradándose. Fanático “significaba la exacerbación de conceptos tales como ‘valiente’, ‘entregado’, ‘constante’ o, para ser más preciso, una concentración gloriosa de aquellas virtudes, y hasta el más mínimo matiz peyorativo desapareció del uso habitual de esta palabra por parte de la LTI” (aunque el mismo Hitler, en Mein Kampf, habla despreciativamente de los “fanáticos de la objetividad”, recuerda Klemperer). Se prestaba un “juramento fanático”, se realizaba una “profesión fanática de fe”, se tenía una “fe fanática” en los mil años que duraría el nazismo. Hasta que, de tanto repetir y repetir, fue necesario, anota Klemperer, que Goebbels, el gran propagandista del régimen nazi, apelara a un “superlativo más allá del superlativo”: en noviembre de 1944, escribía que la situación sólo podía salvarse “mediante un fanatismo feroz”. Como si, apunta Klemperer, “la ferocidad no fuera el estado necesario del fanático, como si pudiese existir un fanatismo dócil”.

“Lenguaje que crea y piensa por ti”. Esa fórmula, y la imagen del veneno ingerido en pequeñas dosis, imperceptibles pero igualmente dañinas, atraviesan todo el texto. Klemperer anota desde la extrañeza de una de sus compañeras de trabajo, aria, sumamente cordial con él (lo que era un gesto de valentía), acerca de que esté casado con una mujer aria, hasta manuales de literatura e incluso prospectos farmacéuticos, todos ellos infiltrados y envenenados por la LTI.

La LTI y el antisemitismo

Y aunque intenta mantenerse centrado en el propósito del libro, cada cierto tiempo -y no podía ser de otra manera- asoma también el problema judío o, más bien, el problema del radical antisemitismo de los nazis. Klemperer es un agudo observador, un analista cuidadoso, y escribe páginas notables sobre el tema, proyectando la ideología nazi sobre el fondo del romanticismo y, más en general, de la historia de la cultura alemana. Cita, por ejemplo, la Historia de la cultura alemana, de Wilhelm Scherer, un clásico muy anterior al nazismo, donde el autor sostiene que “el exceso parece ser la maldición de nuestra evolución espiritual. Volamos muy alto y caemos mucho más bajo. Nos asemejamos a aquel germano que, tras perder todas sus propiedades jugando a los dados, se juega su propia libertad en la última tirada, la pierde y acepta ser vendido como esclavo. Tan grande es la terquedad de los germanos incluso en el mal: ellos la llaman fidelidad”. Entonces Klemperer comprendió que “existe una relación entre las bestialidades del hitlerismo y los excesos fáusticos de la literatura clásica alemana y de la filosofía idealista alemana”.

En el capítulo “La raíz alemana”, uno de los más extensos del libro y del cual provienen las anteriores citas, Klemperer usa todas las herramientas adquiridas en su vida académica para adentrarse profundamente en el análisis del nazismo y establece una genealogía que, para mal de los nazis, comienza en un francés, Arthur Gobineau, autor del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, publicado a mediados del siglo XIX. A los nazis les dolía que uno de sus archienemigos hubiera sido el primero en proclamar “la superioridad de la raza aria, el rango supremo y único de la germanidad no contaminada y la amenaza que sufre por la sangre semita, de calidad mucho peor, que penetra por doquier y que apenas puede calificarse de humana”. Casi al final de la guerra, el Instituto del Reich para la Historia de la Nueva Alemania editó La idea de la raza en el romanticismo alemán y sus fundamentos en el siglo XVIII, pero, según Klemperer, “Herman Blome, el honesto y estúpido autor, demostró justamente lo contrario de lo que quería demostrar”.

El libro de Klemperer es, además, una obra de impresionante humanidad, un relato vivo y actual, que proporciona un testimonio de primera mano sobre la vida cotidiana bajo el nazismo. Pero también es una poderosa lección para desenmascarar otras formas de infiltración de “elementos tóxicos” en el lenguaje cotidiano de hoy. Expresiones como “el eje del mal” son tan simples como reveladoras de la ideología que portan. Cuando el análisis de la sociedad suele expresarse, con aires dogmáticos, en el léxico de la economía, es fácil percibir una nueva forma de totalitarismo ideológico. Cuando, bajo la dictadura, de hablaba de “terroristas subversivos”, se producía un fenómeno similar al “superlativo más allá del superlativo” que usaba Goebbels. Tantas expresiones que, a fuerza de ser repetidas una y otra vez, ganan carta de ciudadanía y aires de verdad, cuando se trata, simplemente, de intentos masivos de adoctrinamiento, deliberados o no, pero presentes en la vida cotidiana, en nuestras lecturas, en nuestras conversaciones. Klemperer pone una voz de alerta que es bueno escuchar.

Accidente

1906 – La palabra que uso constantemente cuando hablo de mí mismo acerca de la cadena de incidentes que ha constituido mi vida.

Mark Twain’s Notebook, ed. Albert Bigelow Paine (1a. ed. New York: Harper and Brothers, 1935), p. 387.

1906 – Me gusta esa palabra, accidente, a pesar de que está… absolutamente desprovista de significado. Me gusta porque es breve y práctica, y porque responde tan bien, tan adecuada y brevemente para designar sucesos que de otra forma tendríamos que describir como raros, curiosos, interesantes, etc.

Mark Twain in Eruption. Hitherto Unpublished Pages About Men and Events, ed. Bernard Devoto (1a. ed.: Harper and Brothers, 1940), p. 386.

 

El diccionario de Mark Twain. Valdemar, Madrid, 2003.