Pobres feas

«Uno de los rasgos distintivos de esa familia, que los hijos habían heredado de ambos lados, era su elevada estatura; todos eran de una altura poco común, en el caso de las chicas, excesiva, y, con la única excepción de mi padre, de una fealdad poco común. Tres de sus hermanas, Emily, Susan y Sally, murieron cuando yo empezaba a ser un hombre de mediana edad; las pobres desgraciadas, por muy amables que fueran, tenían un aspecto tan grotesco que resultaba difícil pensar que pudieran haber tenido alguna vez un pretendiente o que se hubieran podido creer destinadas a ser otra cosa que las eternas solteronas que les había tocado en suerte ser. Con su más de un metro ochenta de estatura, sus cuerpos enjutos y sin pechos, sus voces broncas y sus manos y pies enormes, Emily y Sally podrían haberse hecho pasar fácilmente por su hermano menor, mi tío Denton, con las ropas de éste, sin que nadie se percatase de la impostura ni mejorasen sus perspectivas en la vida. Ese tío mío, de piel correosa y aspecto caballuno, que vivió más años que el resto de su familia, me dijo que su padre era un hombre bien parecido. Si eso era cierto, en la única fotografía que vi de él no debió de salir bien».

J.R. Ackerley, Mi padre y yo. Anagrama, Barcelona, 1991. págs. 22-23.

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