El vértigo del poder

«La continua, descarada y repugnante adulación de la gente que le rodeaba le había llevado a un punto en que ya no veía sus propias contradicciones, no analizaba sus actos y palabras a la luz de la realidad, la lógica o al menos el sentido común, y estaba plenamente convencido de que todas sus decisiones, por más insensatas, injustas e incoherentes que fuesen, se volverían sensatas, justas y coherentes solo porque las había tomado él».

Lev Tolstói. Jadzhi Murat. Nórdica Libros, Madrid, 2008. página 120. Traducción de Víctor Gallego.

Pobres feas

«Uno de los rasgos distintivos de esa familia, que los hijos habían heredado de ambos lados, era su elevada estatura; todos eran de una altura poco común, en el caso de las chicas, excesiva, y, con la única excepción de mi padre, de una fealdad poco común. Tres de sus hermanas, Emily, Susan y Sally, murieron cuando yo empezaba a ser un hombre de mediana edad; las pobres desgraciadas, por muy amables que fueran, tenían un aspecto tan grotesco que resultaba difícil pensar que pudieran haber tenido alguna vez un pretendiente o que se hubieran podido creer destinadas a ser otra cosa que las eternas solteronas que les había tocado en suerte ser. Con su más de un metro ochenta de estatura, sus cuerpos enjutos y sin pechos, sus voces broncas y sus manos y pies enormes, Emily y Sally podrían haberse hecho pasar fácilmente por su hermano menor, mi tío Denton, con las ropas de éste, sin que nadie se percatase de la impostura ni mejorasen sus perspectivas en la vida. Ese tío mío, de piel correosa y aspecto caballuno, que vivió más años que el resto de su familia, me dijo que su padre era un hombre bien parecido. Si eso era cierto, en la única fotografía que vi de él no debió de salir bien».

J.R. Ackerley, Mi padre y yo. Anagrama, Barcelona, 1991. págs. 22-23.

La Nueva York de Henry James

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 27 de agosto de 2011

El ensayista y novelista irlandés Colm Tóibín es un especialista en Henry James que escribió incluso una biografía novelada sobre el autor: The Master. Retrato del novelista adulto. Es excelente, aunque ¡El autor, el autor!, de David Lodge, es aún mejor. Es llamativo –y por eso la mención a esos libros- el interés que James como personaje despierta en otros escritores. Quizá es que, como Tóibín dice, “en ningún momento pretendió mostrar su alma al lector”. Pero, si alguna vez estuvo cerca de hacerlo, fue en los textos agrupados por Tóibín en este grueso volumen, que contiene ocho relatos –algunos bastante largos- y la novela –Washington Square– que James ambientó en su ciudad natal. Hay que aclarar que es el único rasgo en común que tienen y que, en ellos, la ciudad es poco más que el gran escenario donde se mueven los característicos personajes de James, pero también es posible seguir la línea sutil de la biografía del autor y, sobre todo, de sus ambivalentes sentimientos respecto de Nueva York (el primer relato incluido fue publicado en 1868 y el último, en 1910, cuando James llevaba varias décadas radicado en Inglaterra). Su aversión al progreso y al cambio, por ejemplo, se manifiestan con singular claridad, y el hecho de que la casa donde nació fuera demolida en nombre de ellos fue una catástrofe. El excelente prólogo de Tóibín da muchas luces al respecto e incorpora también materiales provenientes de otros libros del autor. Hay quienes tienen una legítima y muy válida aversión a los prólogos, pero, en este caso, es absolutamente recomendable para abordar luego el volumen desde una doble perspectiva: el placer de la lectura -que siempre es intenso con Henry James, por más que una buena porción de la modernidad literaria abomine de su psicologismo y amor por el detalle-, por una parte; y, por otra, esa sinuosa y tenue línea biográfica que se esconde en textos donde los más apresurados y menos logrados son, con frecuencia, los más reveladores. Y no deja de sorprender también que la lectura de esta particular e inédita antología vuelva a entusiasmar con un autor que sin duda merece el calificativo de clásico, pero de esos clásicos vivos que aún son capaces de hablarle a un nuevo tiempo, y no a esos momificados en el museo literario que sólo arrancan bostezos de aburrimiento.

Henry James. Sexto Piso, México, 2011. 695 páginas.

Dog Soldiers, de Robert Stone

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de agosto de 2011

Esta novela de Robert Stone, publicada en 1973 e inédita hasta ahora en español, es de una dureza que impresiona. Está aquella imagen que se ha construido sobre la década de los sesenta en Estados Unidos, que suma tanto el despertar de las libertades, el movimiento por los derechos civiles y la efervescencia del rock con el crimen político, la guerra de Vietnam y la violencia urbana. Pero se puede ir más allá; Stone desnuda la miseria y la locura, el sinsentido que anidaba no sólo en la aventura asiática sino también en el corazón urbano de Los Ángeles. Que las primeras cien páginas transcurran en Vietnam sólo es un prólogo, una manera de preparar el ánimo, un trabajo de contexto que muestra el camino por el cual un tipo cualquiera, que cumple vagas funciones periodísticas en representación de una revista especializada en crónicas escandalosas (y generalmente falsas), se convierte en traficante de drogas sin traicionar su conciencia. En la aventura, Converse engancha a Hicks, un soldado que deberá transportar la droga (tres kilos de heroína de altísima pureza) a Estados Unidos. Una vez allá, la mujer de Converse la traspasará a quienes la cortarán y la distribuirán. En el trayecto, todos serán ricos o, al menos, podrán vivir sin trabajar por un buen período de tiempo.

Pero, como es previsible, todo se tuerce. La operación está vigilada y tanto Hicks como Converse son meras marionetas y, a poco de la llegada del primero a Los Ángeles, comienza la violencia, la caza del hombre, hasta el enfrentamiento final en colinas boscosas cercanas a la frontera con México. Y aunque la novela toma tópicos muy propios de la narrativa norteamericana –la fuga, la persecución, el duelo final-, lo importante es el clima que Stone construye, un clima narrativo seco y desangelado, donde es casi imposible identificarse con alguno de los personajes que, además, ponen en la picota todos los sueños que levantó la cultura hippie. La paz exterior y sobre todo la interior son feroces caricaturas que la novela revela en toda su grotesca figura; al final, sólo quedan en pie la voracidad, la porfía y la adicción, mientras el feble tinglado de las utopías se desmorona sin vuelta de hoja. Un interesantísimo rescate, que vuelve a destacar el papel de las editoriales independientes en la ampliación del horizonte literario.

Robert Stone. Libros del Silencio, Madrid, 2010. 432 páginas. Disponible en la librería Metales Pesados.

La biblioteca ideal versus la biblioteca posible

Columna publicada originalmente en El Post, 20 de julio de 2011

Si por un azar abrupto me convirtiera en un hombre rico –con esa riqueza material que parece ilimitada respecto de los patrones habituales de consumo de una persona común y corriente-, convertiría mi biblioteca en un proyecto. Con seguridad, compraría menos libros y me desharía de muchos de los que tengo. Importaría menos la cantidad que el perfil de las estanterías. Probablemente apostaría por la narrativa latinoamericana. Viajaría para ratonear en librerías de usados y mercados callejeros en busca de títulos desaparecidos. La mantendría al día con catálogos contemporáneos. En fin, le dedicaría tiempo y trabajo, porque, a fin de cuentas, si efectivamente fuera un hombre rico, tendría que rellenar los días de una manera creativa e imponer un cierto orden al ejercicio de la lectura y la escritura; en ese sentido, la definición de la biblioteca sería, también, la definición de un horizonte de trabajo.

Pero, en la realidad, cada buen lector, cada persona para quien el libro es una necesaria compañía, construye la biblioteca posible, la que está al alcance del bolsillo y de las oportunidades, que se arma en viajes, en saldos, en librerías de viejo, en liquidaciones, a punta de encargos y del simple azar que te conduce hacia un libro u otro. Entras, por ejemplo, a la bodega de un distribuidor santiaguino, a un  espacio trasero donde van a dar los libros que no se han vendido en seis o más años. Los libros que nadie quiso, lo que acumularon polvo en las librerías e iniciaron el largo camino de regreso hacia aquella bodega o que, peor aún, nunca salieron de ella porque nadie los solicitó. Allí puede haber –de hecho, hay- tesoros, libros que tú habías buscado en vano, títulos que alguna vez perdiste, pero también hay muchos otros que te llevas guiado tanto por la genuina curiosidad como porque están ahí, arrumbados y a precio vil, al diez o al cinco por ciento del valor que tendrían si en lugar de esa bodega estuvieran en la vitrina de una librería de la plaza. ¿Cómo resistirlo? Son el material de la biblioteca posible, y hay que obedecer a las incitaciones del azar. O vas a Buenos Aires y en alguna librería de Corrientes liquidan títulos de una editorial normalmente muy cara y que alguna vez quisiste tener, pero luego te interesaste en otros temas y autores, pero ahí están, a unos cinco dólares, una ganga: te llevas un montón. O das con un autor que te interesa. Buscas sus libros. Y libros sobre aquel autor. Y así das con otros, y sigues la rama del árbol, y de repente estás comprando y leyendo a gente que no sabías que existía. Y le das gracias al azar.

Esa es la biblioteca posible, que siempre tendrá muchos libros que están por si acaso o porque sí, porque los encontraste baratos, porque alguna vez te interesaron, porque quieres tener completa una colección de ensayos de muy buen gusto, porque estaban entre los saldos, porque hubo un ofertón, porque alguna vez quisiste saberlo todo sobre los ríos africanos o sobre la inquisición en Chile o sobre el nacimiento de las universidades en la vieja Europa, esas bibliotecas dentro de bibliotecas que proliferan también según las posibilidades y según la variación de tus ingresos.

Todo puede cambiar, es obvio, con los libros electrónicos, que no ocupan espacio y además están al alcance de un click. Cuando se cumpla la promesa de la infinita abundancia, estarás más cerca, entonces, de la posibilidad de la biblioteca ideal, de aquella que tú diseñas y labras como si se tratara de una escultura o mejor dicho de un bonsái, que crece de manera controlada y en la dirección que tú le das; y que, así mirada -una colección de ficheros alojada en un disco duro o en la nube-, tiene que ser muy atractiva para vencer la insipidez de la fórmula. Pero sabes que no será lo mismo. Que aquel conjunto de íconos podrá adaptarse a tu designio inicial, pero es tan distinto que te arropen y te abriguen los libros que el azar puso en tu camino y que forman tu biblioteca posible, que tiene, al fin y al cabo, una personalidad única, un carácter propio y distinto que no obedece tanto a un diseño preconcebido, sino a esa combinación de azar, necesidad y gusto que, vaya, tanto se parece a la vida.

Ramal

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 13 de agosto de 2011

Hasta mediados de la década de los setenta, el tren al sur que alcanzó a cantar Jorge González era la espina dorsal de una vasta red capilar que se extendía hacia la costa o hacia la montaña por los valles transversales característicos de la geografía criolla. Esos ramales –que salían desde estaciones grandes o pequeñas como Púa, Renaico, San Rosendo, Loncoche- eran la única vía de comunicación y de contacto de amplios territorios con la vía principal y, por extensión, el centro. En esas periferias rurales, sembradas de pueblos y de estaciones de tren que latían al desacompasado tránsito de trenes y buscarriles, una buena extensión de la vida se jugaba en el jadeo cansino de las máquinas que resoplaban al detenerse a lo largo de andenes desangelados y cubiertos de polvo.

Cynthia Rimsky quiso capturar ese ritmo a través de un ramal sobreviviente, aquel que sale de Talca para hundirse en los valles a través de serranías que han desalentado la construcción de carreteras. Existe el vago proyecto de reanimar el agonizante ramal con un proyecto de turismo y un afuerino –aunque sus raíces familiares están en esa zona- llega a estudiarlo en terreno. A partir de ahí Rimsky construye una novela ejemplar sobre el motivo del viaje; “el que viene de afuera” va de pueblo en pueblo, de estación en estación, confrontando lecturas y saberes previos con el sabor de la tierra y el tono de la voz de las personas que lo reciben y acompañan fugazmente en una andadura que no se arraiga y que trata de desentrañar la cifra que explica las vidas que aún se suceden y ocurren al ritmo del paso del buscarril. El viaje es, claro, doble, porque el que viene de afuera también navega por otros paisajes, los suyos, los familiares, lo que viene a justificar, al fin, la estructura circular de una novela que destaca claramente en el paisaje de la narrativa chilena actual. Rimsky, viajera impenitente, había desarrollado previamente ese motivo, en Poste restante o en Los perplejos, pero no había alcanzado la seguridad en el tono y la maestría en el desarrollo narrativo que alcanzó acá, en Ramal. El diseño limpio y las abundantes fotografías en blanco y negro que acompañan el texto realzan su carácter nostálgico, pero no hasta el punto de confundirse con ese mal estribillo de que el tiempo pasado fue mejor: Rimsky escribe sobre el presente.

Cynthia Rimsky. Fondo de Cultura Económica, Santiago, 2011. 163 páginas.

Crédito de la foto

Andy Warhol – Entrevistas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 6 de agosto de 2011

Sin duda, el lugar que ocupa Andy Warhol en la escena del arte del siglo XX es particular, por su gran intento de reciclaje en otro nivel de productos característicos de la cultura popular, por la relación que estableció entre la plástica, el video y la música y por el hábito maniático de registrarlo todo, entre otros. No hay unanimidad al respecto, pero lo menos que se puede decir es que sus propuestas son complejas, interesantes y con efectos duraderos en el tiempo, mucho más de lo que puede decirse de tantos de sus contemporáneos. Una buena prueba de ello es este libro, Entrevistas, cuyo título original es también el nombre de una canción de Velvet Underground, el grupo pop que surgió de la factoría Warhol: I’ll be Your Mirror, “seré tu espejo”. A su vez, ese título puede leerse de manera programática respecto de la entrevista, un género periodístico que fascinaba al artista (fundador de la revista Interview) a un punto que sólo podrá aquilatarse tras las más de 500 páginas de este volumen. Espejo deformado, espejo autoconsciente, espejo programado: Warhol contradecía alegremente todos esos juicios sobre la objetividad, la espontaneidad y la fidelidad de las entrevistas a lo conversado. Prefería el tiempo en que los periodistas lo entrevistaban sin grabadora; era mucho más divertido sorprenderse con lo que él no había dicho que con lo que realmente apuntó, pero también le gustaba desnudar el hecho de que toda entrevista es una convención, un acuerdo, que pasa necesariamente por pocas o muchas etapas de edición y construcción. La entrevista para Warhol es, pues, un artefacto creativo más, en el que no tenía sentido apelar a abstracciones tales como la veracidad, la objetividad o la coherencia. Mentía o, si no, le pedía a los periodistas que completaran ellos mismos la respuesta; en otros casos, respondía con algo que solía leerse como una provocación o un chiste fácil, pero siempre era algo más que eso. Reva Wolff propone un prólogo extremadamente útil, sustancioso y bien escrito, y Kenneth Goldsmith, una selección que le saca chispas al género y es puro placer de lectura, por el humor, el desparpajo y el filo de la mente de un artista que instaló su proyecto creativo también en el territorio de la pregunta y respuesta.

Andy Warhol. Edición de Kenneth Goldsmith. Blackie Books, Barcelona, 2010. 559 páginas. Disponible en la librería Prosa y Política.