La novela de Kennedy

Artículo publicado en la revista «Dossier», número 15, junio de 2011.

John F. Kennedy fue un gran presidente, pero también un cuasi inválido que ocultó sus enfermedades y un seductor compulsivo. Nadie lo ha retratado hasta ahora con más humanidad y certera intuición que Jed Mercurio en Un adúltero americano.

“De repente el presidente se encuentra tumbado en el suelo, con un dolor parecido el de un puñal que le atravesara la espalda y las piernas”. Su caída no tiene nada de heroica. Kennedy ha abordado con pretensiones sexuales a la dama equivocada y ahora yace tendido, incapaz de moverse por la faja que mantiene rígida su columna vertebral. El seductor también se equivoca, y ambos males -los físicos y mentales, las gravísimas lesiones en la espalda y la bulimia sexual- conspiran para humillarlo en la pieza de un hotel en el Medio Oeste.

Este episodio refleja bien la tensión contenida en una novela que se centra en los años de su presidencia, con obvios vistazos a hechos anteriores –fundamentales en la estructura narrativa, porque explican mejor al personaje-, especialmente al momento en que Kennedy comandaba una torpedera en la Segunda Guerra Mundial y quedó con graves lesiones luego de naufragar y rescatar a varios de los soldados a su cargo. También está muy presente la historia de su matrimonio con Jackie, todo un acontecimiento en la biografía de un seductor que procuró conciliar dos líneas que todos suponemos paralelas: el amor excluyente por la mujer escogida para compartir la vida y la imposibilidad de resistir el señuelo de la atracción sexual por otras. Kennedy, tal como lo muestra Mercurio, no era un dechado de virtudes amatorias ni, mucho menos, un atleta sexual; en la época de su presidencia, los atroces dolores de espalda lo obligaban a portar una rígida faja y el cóctel de antibióticos, antiinflamatorios y un impresionante conjunto de drogas para controlar la diarrea, el dolor de cabeza y un sinfín de enfermedades lo reducían a poco más que un monigote sólo capaz de tenderse de espaldas.

Para el personaje retratado por Mercurio (con mucho fundamento biográfico, por cierto), el señuelo irresistible es la novedad. Ni la juventud, ni la belleza, ni las habilidades en la cama, son factores dominantes (aunque obviamente tienen importancia a la hora de escoger) para decidir el momento de la caza. La adrenalina fluye, para el seductor impenitente, sólo con la nueva conquista. Algunas de las mejores páginas de la novela exponen, precisamente, la teoría del seductor que Mercurio elabora a partir del personaje de Kennedy, guiado por principios inconmovibles para su vocación de cazador. Algunos son previsibles -¡jamás reconozcas nada!-, pero otros entran de lleno en el pantanoso terreno de la moral: “Como mujeriego, los recelos de la culpa nunca deben impedirle satisfacer sus apetitos. Eliminar la culpa es la base de su éxito como fornicador”.

Más que entrar aquí en esa discusión, vale la pena destacar el modo brillante en que Mercurio desarrolla el tema sin estigmatizar a Kennedy y sin tampoco incurrir en un exceso de indulgencia. En realidad, quizá la mayor virtud de la novela está allí, en ese retrato dibujado concienzudamente que muestra al padre amante de sus hijos, que no se perdonaba no leerles un cuento antes de dormir (y que alcanza cotas conmovedoras hacia el final del libro); al esposo considerado, que contó siempre con una única confidente y aliada para todo lo importante en su vida; y al seductor impenitente, al macho alfa que irradia poder y atractivo sexual y, puesto además que está en la cumbre del poder, encuentra natural que las mujeres que están al alcance de su mano le rindan la correspondiente pleitesía. ¿Y cómo un macho alfa tan obviamente exitoso y con tanta experiencia en materias de seducción recurría también a los servicios de prostitutas? Simple: “El mujeriego opta por el sexo con una prostituta porque simplifica las posibles dificultades derivadas de la tentación de una mujer a irse de la lengua o a demorarse después del sexo”.

Suele usarse el término “caricaturesco” de manera peyorativa, pero no siempre es así. Una buena caricatura resalta los rasgos más propios del semblante de una persona y, por esa vía, suele lograr un retrato que expresa mejor cómo esa cara es percibida por el resto. Mercurio trabaja su texto en esa línea; exagera cualidades y defectos, extrapola, reduce a un par de trazos muy marcados a personajes como Frank Sinatra, Marilyn Monroe y J. Edgar Hoover (y aún a JFK y Jacqueline, si bien de manera mucho más acuciosa y con más elementos en la ecuación) y logra así una presencia muy fuerte de estos actores secundarios en la trama de la novela. Frank, de quien nunca se escribe el apellido, es un chulo –en el sentido criollo del término- que nunca acierta con su lugar en el entorno de una figura de poder tan marcada como el presidente de Estados Unidos. Marilyn es una cocainómana que también se equivoca en sus pretensiones: diva, diosa, objeto del deseo, no puede resignarse al papel secundario y aspira, sin remilgos, a convertirse en Primera Dama.

J. Edgar Hoover es uno de esos personajes dibujados con pocos trazos (no corresponde acá el adjetivo “gruesos”), destinados sólo a destacar su papel en la biografía de Kennedy. Es sabido -aunque Mercurio no explota esta variante del relato- que Hoover tenía muchos esqueletos en su armario. De noche, en la intimidad de su casa, solía vestirse de mujer; era gay, pero odiaba a los gays. Era además racista y misógino, de manera que sistemáticamente bloqueó el ingreso de negros y mujeres a la organización que dirigía con mano de hierro. Jamás estuvo dispuesto a ceder un milímetro del impresionante poder que acumuló durante décadas a la cabeza del Federal Bureau of Investigation, FBI; y, aunque la mayoría de los presidentes de Estados Unidos quiso sacarlo del cargo, el que más cerca estuvo fue Kennedy. Hoover, siempre alerta, atacó el flanco más vulnerable. Robert, el ministro de Justicia y su superior directo, era un fiero opositor a toda práctica de corrupción y vínculos gubernamentales con organizaciones criminales y tenía pocas debilidades explotables; pero John F., su hermano presidente, tenía secretos que Hoover no vaciló en poner en la bandeja del chantaje.

Acá también la novela funciona por la vía de la selección escogida de hechos que en realidad representan cadenas factuales mucho más largas y complejas y sobre las cuales hay diferentes versiones. Por ejemplo, en la novela tiene mucho peso el día de cumpleaños de cumpleaños de JFK en 1962. Sin la presencia de Jacqueline, Marilyn Monroe le cantó el Happy Birthday de manera tan sugestiva que desató una ola de rumores sobre una posible relación entre ambos. Robert Dallek, autor de la biografía más autorizada y contundente sobre JFK, sostiene que no es posible inferir nada a partir de ello; pero Anthony Summers, el biógrafo de Hoover, afirma que John y Marilyn eran amantes de larga data. Con todo, no fue Marilyn la que pesó más en la balanza: otra de las ocasionales acompañantes del Presidente era Ellen Rometsch, una elegante prostituta que venía de Europa del Este y que, según Hoover, podía ser espía. En la novela, Mercurio explota de manera inteligente el vínculo entre los rumores sobre la vida sexual del presidente con el escándalo Profumo, ocurrido al otro lado del Atlántico. Profumo, ministro de Defensa del Reino Unido, también era cliente de prostitutas selectas, y se descubrió que su preferida atendía igualmente al embajador de la Unión Soviética ante su gobierno. La prensa olió sangre y presionó. Hasta entonces, en uno y otro lado del océano, la vida personal de los políticos no era un asunto de interés para las grandes cadenas de periódicos ni para la televisión; se entendía que la esfera privada de las personas no tenía por qué ser auscultada ni menos aún expuesta a los ojos del público. El caso Profumo, inicialmente por sus implicaciones políticas y luego por el descubrimiento de la prensa respecto al poder de sus denuncias, abrió una nueva etapa en la relación de los medios con los representantes del pueblo (el proceso fue más lento y hubo episodios a ambos lados del Atlántico, pero Mercurio lo centra en este episodio). En la novela, Harold MacMillan, el primer ministro inglés de la época, conversa con Kennedy:

“-Las cosas han cambiado, Jack, casi de la noche a la mañana.  Le han cogido el gusto.
-¿A qué, Harold? –dice el presidente.
-Al escándalo.”

Y agrega el narrador del libro, algo más adelante:

“Un escándalo no sería noticia si las noticias no hubieran cruzado la línea divisoria entre información y entretenimiento, y la prensa en el Reino Unido ha descubierto en el mercado una fuerza nueva y poderosa, y en consecuencia nunca ha corrido tanta tinta”.

Así se entiende mejor el poder de Hoover, asentado en escuchas ilegales, matonaje y espionaje a sus compatriotas por motivos que no tenían nada que ver con los fines de su organización. Hizo mucho trabajo sucio para sus sucesivos jefes y estableció un estilo que no vaciló en usar contra esos mismos superiores. Mercurio recrea una reunión muy larga entre Hoover y Kennedy, donde el primero, según se dice tanto en las respectivas biografías como en la novela, le mostró al Presidente una larga serie de fotografías, que incluían desde las secretarias de la Casa Blanca que se sucedían en otorgarle favores sexuales (apodadas Fiddle y Faddle; Mercurio añade a la más improbable Fuddle) hasta las prostitutas que le proveía un empleado de la Casa Blanca especialmente contratado para fines como ese (o similares) y apodado “Tapadera” en la novela, más amigas que lo visitaban periódicamente y hasta las levantadas en encuentros ocasionales. Judith Campbell, amiga del mafioso Sam Giancana, y Ellen Rometsch, la eventual espía soviética, eran las piezas más escogidas de la colección. En la reunión, Kennedy se niega a responder preguntas sobre su vida privada: “Ningún norteamericano debe responder a ellas ni tendrá que hacerlo nunca”. A la luz de la historia posterior y los interrogatorios que sufrió Bill Clinton por el caso de Monica Lewinsky, hay un punto de ironía en la frase que Mercurio atribuye a Kennedy.

Y acá está el nudo por donde la narración interpreta el caso Kennedy. Sin afanes historiográficos ni tampoco excesos psicologistas, Mercurio ofrece una lectura impecable de un personaje complejo y su tragedia, que tiene, en la novela, aristas impensadas que calzan de manera perfecta con la historia. Ahondar más en el punto puede ser impertinente para el futuro lector del libro, de manera que es mejor cerrar acá esta revisión: el autor no sólo lee bien al personaje, no sólo recrea de manera brillante su época y las decisiones que debió tomar, sino también escribe una novela extraordinaria por su claridad de estilo y sobre todo su capacidad de conducir, con mano segura, un relato que toca tantas y tan delicadas fronteras entre el sexo, el poder, la enfermedad y la muerte.

Jed Mercurio. Un adúltero americano. Anagrama, Barcelona, 2010. 365 páginas.

Robert Dallek. J.F. Kennedy. Una vida inacabada. Península, Barcelona, 2004. 829 páginas.

Anthony Summers. Oficial y confidencial. La vida secreta de J. Edgar Hoover. Anagrama, Barcelona, 1995. 613 páginas.

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