Marte en Aries

Artículo publicado originalmente en El Post, 6 de junio de 2011

En astrología, «Marte en Aries» indica una persona enérgica, directa, impulsiva, pero también un guerrero en el campo de batalla. Lo más probable es que el escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976), que participó en las dos guerras mundiales y que vivió los 21 años que mediaron entre una y otra como «un interludio», haya escogido el título de la novela que quiso publicar en 1941 con ese significado, hombres en guerra, guerreros en el campo de batalla. Sin embargo, es curioso comprobar que otra atribución de significado astrológico a «Marte en Aries» describa tan bien el ánimo, el temple, la disposición de la Alemania nazi:

«Fuerte combatividad, voluntad de afirmación, sin tener en cuenta a los demás. Inconstancia en la acción. Estados depresivos que generan agresividad. Dificultad en las relaciones con los demás. Fe en sí mismo, audacia. Falta de diplomacia, impaciencia, impulsividad. Rudeza, reacciones instintivas. Energía intelectual, sensualidad intensa. Independencia. Disarmónico: Excesiva irritabilidad. Frases y gestos violentos que suscitan hostilidad. Frustraciones, acciones irracionales con graves consecuencias. Falta absoluta de diplomacia».

Clima anímico en que se inscribe Marte en Aries, novela que sin duda recoge al menos la cronología biográfica del autor; tanto él como el protagonista, el teniente Wallmoden, se enrolaron como voluntarios en 1915 para combatir en la Primera Guerra Mundial; ambos regresaron a su regimiento en 1939, a cumplir con la obligación de dirigir, cada cierto tiempo, ejercicios bélicos; y ambos fueron atrapados por el torbellino bélico que los llevó a participar en la campaña de Polonia, en septiembre de aquel año.

De ahí la extraordinaria viveza de las escenas bélicas, al ritmo de ese avance veloz desde Eslovaquia hasta los valles y las colinas de Polonia, a la sombra de los Montes Tatras, en un paisaje fantasmagórico dominado por el polvo: «Se alzaba en gigantescas nubes, se levantaba como torres, se fraguaba como una tempestad. Todo el país yacía bajo los velos en los que se disolvía y de los que iba cayendo una especie de llovizna. No se podía comer nada sin que crujiera entre los dientes, no se podía tocar nada sin introducir la mano en el polvo, era como si se tratase de advertir a los hombres que ellos mismos eran solo polvo, nada más que polvo». Pero Lernet-Holenia está muy lejos de participar con exaltación en el espíritu bélico. Al contrario, el panorama de desolación y muerte que pinta en las páginas de esta novela, así como la viva resistencia de las tropas polacas que muestra, fueron algunas de las razones para que Goebbels vetara la publicación de Marte en Aries en 1941 (y probablemente también la total ausencia de alusiones a la ideología nazi; la guerra, acá, es más un hecho ineluctable que una empresa gloriosa, un acto del destino antes que un designio de la voluntad).

Pero lo más destacable de esta novela, con todo, no es eso. Es decir, solo esas páginas de caos, ruido incesante, torbellinos de polvo, multitudes en fuga y feroces escaramuzas justifican la lectura, páginas que se articulan desde una voz impersonal que, sin embargo, denota de inmediato el conocimiento de primera fuente tanto como un extraordinario desapego de la escena. El conde Wallmoden está ahí, pero también en otra parte: en sus sueños, en sus mareos –síntomas de un estado de exaltación, según el médico a quien consulta-, en su enamoramiento de una mujer misteriosa que lo evade tanto como lo invita, en sus conversaciones sobre fantasmas y sus reflexiones sobre mundos paralelos. Es que Lernet-Holenia es mucho, muchísimo más que un cronista bélico. Antes bien, la guerra parece una excusa para adentrarse en territorios misteriosos, allí donde se cruzan las fronteras entre la vida y la muerte, entre el mundo del sueño y el mundo de la vigilia, entre la imaginación y la realidad. Las sorprendentes continuidades que establece entre esas distintas esferas le da a Marte en Aries una textura realmente extraordinaria, una fisonomía peculiar que lo constituye, sin duda, en un autor cuya singularidad merece un más amplio conocimiento. Tal como ocurre en El barón Bagge, editada por Siruela por primera vez en la tristemente desaparecida colección de narrativa de terror y misterio «El ojo sin párpado», la actividad onírica tiene un papel destacado -aunque menos relevante en la trama-, pero hay más de una conexión entre aquella cabalgata frenética en busca del enemigo ausente y este otro deambular por el campo de batalla entre apariciones y desmayos que trasladan a Wallmoden a otro estado de conciencia o a otro plano de la realidad:

«Cuando nos quedamos sin conocimiento, no existe una pérdida de conciencia completa, sino que solamente nos trasladamos (como en la muerte) de un reino a otro, pero estos reinos carecen de embajadores, y solo muy de cuando en cuando –en contadísimas ocasiones- se desprenden partículas de los otros reinos y, como madera flotante procedente de algún continente lejano, varan en las costas de nuestras percepciones; o como pájaros que se han perdido, de tarde en tarde viene a parar entre nosotros el alma de algún fallecido o ángeles o dioses extraviados».

Hay que agregar, finalmente, que hay también una trama levemente policial o de espionaje, no se sabe bien, que otorga a ciertos diálogos y encuentros (muy importantes en la novela) un singular aire de extrañeza; y que la inolvidable visión de Wallmoden la noche previa a la invasión, miles de cangrejos que huyen del río que constituye la frontera y se arrastran por tierra en una cinta que «continuamente subía y bajaba un poquito, raspaba y crujía y hasta daba la sensación de soltar de vez en cuando un ligero sonido metálico», es tanto un adelanto de la debacle que se cierne sobre el teniente y sus hombres como la imagen que atrapa de manera perfecta los universos encontrados que Lernet-Holenia hace confluir -y chisporrotear en su contacto hasta la incandescencia- en esta novela.

Párrafo escogido

 «Antes, cuando los escuadrones se ponían en marcha, se oía el estruendo de innumerables cascos de caballos, como si el viento levantara montones de hojas marchitas o como si se precipitaran témpanos de hielo. Ahora zumbaban los motores. Antes, cuando uno estaba en las líneas o se avanzaba un poco a ellas, creía ver el paisaje cubierto de regimientos como de inamovibles figuras geométricas, en las que, como si fuesen constelaciones, se sabía con exactitud, en todo momento y en todas partes, en qué punto se hallaba cada uno, los abanderados, los cornetas, los oficiales, y cuyo hermético orden incluso hubiera mantenido erguido a un muerto; y ahora también se notaba la ensambladura de la comunidad, la más terrible de la que jamás hayan existido, y se percibía que uno no solo avanzaba rumbo al peligro con la gente, sino en la comunidad de la gente, de la que no había escapatoria. ¿Rumbo a qué peligro? No se sabía. Nunca se sabe».

Alexander Lernet-Holenia. Marte en Aries. Editorial Minúscula, Barcelona, 2011. 218 páginas.

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