Némesis

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 30 de julio de 2011

Hay novelas de Philip Roth que derrochan humor, ironía, sentido del absurdo; y hay otras, en cambio, mortalmente serias, abrumadoramente serias. Némesis pertenece a este último tipo y, como otra obra mayor del autor, La conjura contra América, transcurre mayormente en la década de los cuarenta. Pero, aparte de ciertas notas del comienzo que sirven para caracterizar la época, a cargo de un narrador que se adueña de la historia de la epidemia de polio que asoló el barrio judío de Weequahic en Newark (y muchos otros barrios y ciudades, por cierto; pero aquella ciudad y aquel barrio son los de la infancia y juventud de Roth), no hay más similitudes. Faltaban aún once años para que se descubriera la cura a una enfermedad terrible, que se ensañaba sobre todo con los niños –aunque también atacaba a adultos como Bucky Cantor, el protagonista- y a veces con un desenlace fatal, brutal y abruptamente fatal.

Hay indudables puntos de contacto con los clásicos de Defoe y Camus; una catástrofe de esa escala, tan ciega y tan aleatoria para golpear a las familias, sin duda que produce un sinfín de interrogantes, y más en alguien que proviene de una matriz religiosa. Roth explora a conciencia en aquellos dilemas religiosos y morales, mientras narra, con un estilo transparente y contenido, con esa claridad digna de su enorme talento que hace deslizarse con facilidad la novela a pesar de lo terrible de la trama, cómo comienzan a enfermar los niños en la escuela de verano donde practican ejercicios al aire libre. Cantor, de 24 años, es su guía, y no ha podido partir a la guerra a causa de su grave miopía. Todo comienza a desmoronarse a su alrededor, sus convicciones y sus certezas, su manera de entender la vida y el futuro, y termina huyendo, pero sólo para encontrarse con algo aún peor, con una demolición aún más severa de todo lo que crecía y se proyectaba en torno a sí y a su proyecto de vida; y en el momento de tomar decisiones, Bucky las afronta sin vacilar. Y ahí reside su mayor tragedia, en el encadenamiento de hechos y pensamientos que lo conducen a una encrucijada cuyo horror no radica tanto en los actos del destino, sino en su propia y torturada conciencia. Roth retoma el pulso y entrega uno de los mejores libros de su última década; con 78 años cumplidos, este ya veterano candidato al Premio Nobel de Literatura no decae en su impulso creativo y en la capacidad de inquietar con preguntas tan actuales como incómodas.

Philip Roth. Mondadori, Barcelona, 2011. 207 páginas.

Dog Soldiers: una cuestión de contexto

Hace algún tiempo, y con años de distancia, escribí un par de artículos sobre cine, libros y Vietnam, que publiqué en mi antiguo blog. Con el primero de ellos (de 2001) llegué tarde al estreno de Apocalypsis Now Redux y luego ya no hubo efeméride alguna que justificara su inclusión en la pauta de algún medio. Pero acá están, la primera y la segunda parte (releí esos textos ahora y el primero me cargó, pero bue. Hay que hacerse cargo de las palabras propias. Y del segundo, se nota que estaba iniciándome en el arte del blogueo: ¿a quién se le ocurre poner notas a pie de página, y tan re largas?). En más de alguna oportunidad he estado tentado de escribir la tercera parte; hace dos o tres años leí La guerra de Vietnam. Una historia oral, de Christian G. Appy, un excelente trabajo de recopilación de testimonios que cabalga entre la historia y el periodismo (abajo pegué la breve reseña que publiqué en el blog de Miguel Paz a fines de 2008). Leí el capítulo correspondiente de La marcha de la locura. La sinrazón desde Troya hasta Vietnam, de Barbara Tuchman, un intento de explicación de por qué en algunas ocasiones un país lleva adelante políticas que obviamente van en contra de sus intereses más explícitos y queridos. La autora es abrumadoramente detallista y centra todo su análisis en lo que ocurría en Washington, pero de todos modos su ensayo es sumamente instructivo y útil para seguir la peripecia desde el ángulo de la toma de decisiones políticas. Y también me adentré en la lectura de En primera línea. Crónicas de la guerra de Vietnam, de Jonathan Schell, cuya prosa desabrida y la mirada lejana sobre el conflicto -casi siempre estuvo en la retaguardia- no le quitan filo a páginas que abruman por su excelente documentación de las prácticas burocráticas y el dominio de las estadísticas que tornan aún más absurdo el despliegue elefantiásico de Estados Unidos en el sudeste asiático.

Pero nunca me decidí a hacerlo, aunque ahora sí que lo estoy pensando, con la gran salvedad de que Dog Soldiers, de Robert Stone, el libro cuya lectura me tiene entusiasmado, no es exactamente una novela sobre Vietnam. Que las primeras cien páginas ocurran allá es una cuestión de ambiente, una marca de origen, un punto de partida que no tiene nada de casual o caprichoso; una definición del contexto, puede ser, una muestra del clima, un apunte previo sobre el catastrófico temporal de sinsentido y violencia que sobreviene después y al que recién me estoy asomando.

Anexo

La guerra de Vietnam. Una historia oral. Christian G. Appy es presentado en la solapa bajo el extraño –para los lectores de otras latitudes- calificativo de “doctor en Civilización americana”. Ha hecho clases en el MIT, en Harvard y Massachussets, donde ejerce actualmente, y ha publicado varios libros; entre ellos, Working Class War: American Combat Soldiers and Vietnam. Es decir, tiene una trayectoria amplia en la investigación de un tema que sigue dolorosamente presente en la memoria de los estadounidenses, quizá debido especialmente a la imaginería trazada por un puñado de películas a través de las cuales se intentó exorcizar la derrota. O elaborarla, como diría algún freudiano. El caso es que Appy, cinco años antes de la publicación del libro, inició una serie de viajes para entrevistar a los protagonistas de la guerra, de ambos lados, énfasis tan importante para el autor que lo puso en el título original, The Vietnam War Remembered from all Sides. Con los materiales reunidos construyó un libro fascinante, que sigue de manera más o menos lineal el conflicto durante tres décadas: desde fines de los cuarenta, cuando comenzó la presencia estadounidense en Indochina, apoyando a la potencia colonial –Francia- en la defensa de los territorios que dominaba, hasta los setenta, con la salida de los estadounidenses en 1973 y el derrumbe del gobierno de Vietnam del Sur en 1975.

El interés del libro, para periodistas y comunicadores, radica en el modo en que Appy organiza los testimonios. Una introducción precede cada capítulo, y luego breves textos en cursiva presentan a cada personaje que interviene: el lugar donde fue la entrevista, un breve resumen biográfico y ya está, Appy les cede la palabra. Y es realmente notable cómo, a pesar de la diversidad de voces y puntos de vista (incluidos los de algunos halcones de la época, que achacan la derrota a errores de los políticos), el libro se lee con gran fluidez y logra entregar una impresionante imagen global del conflicto. Sobrecogedor y asombroso, el tapiz que descubre Appy ante el lector tiene la calidez narrativa del testimonio y el rigor de la historia, en una amalgama que pocas veces se ve en este ámbito.

Y, por último, muchos de los entrevistados son periodistas, mujeres y hombres, que estuvieron en la zona del conflicto. Cada uno de ellos entrega un testimonio sobre la manera en que reaccionaban ante una realidad que frecuentemente los ponía ante situaciones límite. Especialmente impactante es el relato de Gloria Emerson. Dice que, antes de la guerra, ella “era Mary Poppins. Era profundamente ignorante y creía que los estadounidenses pondrían el mundo en orden”. Tres décadas después, no puede hablar mucho de sus experiencias, que aún la bruman; sufre, según le dijo su traductor en Vietnam, que también es entrevistado en el libro, de “ausencia aguda de olvido”.

Editorial Crítica, Barcelona, 2008. 577 páginas.

Póker

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 23 de julio de 2011

El poder de seducción de una crónica bien puede medirse por su capacidad de lograr que el lector se embarque a conciencia en un tema que le es ajeno. Ese es el efecto que puede producir Póker. Crónica de un gran juego, de Al Alvarez, un libro fundamental para los interesados en el buen periodismo narrativo. El autor, un poeta inglés aficionado a aquel juego, le propuso al editor de The New Yorker, a comienzos de los ochenta, una serie de crónicas sobre la Serie Mundial de Póker que se llevaba a cabo en el Horseshoe, uno de los casinos menos rutilantes –y con más libertad para apostar- de Las Vegas. “Era la clase de combinación extravagante” que podía interesar a la revista.

Y vaya que fue interesante. A los veteranos apostadores, en su mayoría texanos con sombrero Stetson, gruesas cadenas de oro y enormes puros en la boca, les cayó bien ese “tipo bajito con un acento chistoso” que los hacía reír y al que además le gustaba el juego. Alvarez se instaló una temporada en Las Vegas, en el centro (el Glitter Grunch, lejos de la parafernalia de neón y cemento del Strip, la avenida en donde están los grandes casinos), un barrio donde sólo se va a jugar. A perder, más bien, para la inmensa mayoría de los mortales. Alvarez retrata todo tipo de personajes, desde aquel inglés de 46 años que descubrió en Las Vegas un camino para perseguir de verdad las ensoñaciones que lo acosaban desde la adolescencia, dejó a su familia, abandonó su negocio y le propuso matrimonio a una puta. Ella le dijo, acariciándole la cabeza con compasión: “tú vendes telas, yo vendo coño. Ese es mi trabajo”. Pero los reales protagonistas son los grandes jugadores, que pierden el horizonte de lo que significa en realidad el dinero y juegan desde la abstracción sumas de vértigo en un modo de vida inimitable que internet y la televisión han logrado situar en modo pretérito, tal como Alvarez cuenta en el prólogo de 2008. Pero el juego sigue igual. Un texano que prefirió el anonimato le dijo al autor que “Las Vegas es como un parásito que se alimenta de dinero”. En todos los casinos, con todo, hay límites para las apuestas. En el Horseshoe, no. Y ahí, en ese casino pequeño, mal iluminado y saturado de humo de cigarrillo, el vértigo nunca se detiene.

Al Alvarez. Hueders, Santiago, 2011. 243 páginas.

El proyecto Hemon

Publicado previamente en El Post, 29 de junio de 2011

Cuando leí, hace algunos años ya, La cuestión de Bruno y El hombre de ninguna parte, de Aleksandar Hemon, me pareció que había encontrado al escritor del futuro, al hombre por el que había que apostar todas las fichas, y dije, varias veces, que era mi candidato al Premio Nobel de Literatura en unos 20 o 30 o 40 años más. Hemon nació en 1964, así que, si vive unos 80 años, lapso nada extraño en un país desarrollado (es bosnio, pero vive en Estados Unidos), tiene hasta 2044 para recibir el galardón.

El Nobel es, en todo caso, una lotería, y no vale la pena abundar en ello. Quería decir con eso que me parecía un escritor al que había que seguirle la pista, un escritor que hablaba por nuestro tiempo y lo interpretaba de manera cabal. Me parecía también admirable que escribiera en inglés, una lengua adoptada ya adulto, igual que Conrad y Nabokov. No podía dejar de recordar a Deleuze y Guattari y su definición de literatura menor, la que “una minoría hace dentro de una lengua mayor”. Hablan de Kafka, que escribe en alemán, pero el alemán de la minoría judía en Praga, donde se habla mayoritariamente checo; y apuntan, como otra característica de una literatura menor, que en ellas “todo es político”. En cambio, agregan, en las grandes literaturas, “el problema individual (familiar, conyugal, etcétera) tiende a unirse con otros problemas no menos individuales, dejando el medio social como una especie de ambiente o trasfondo. (…) La literatura menor es completamente diferente: su espacio reducido hace que cada problema individual se conecte de inmediato con la política”. Hemon, bosnio que escribe en inglés y que expresa la experiencia de su comunidad inmersa en la cultura estadounidense, manifiesta de manera clarísima la presión por politizar un discurso que se articula desde los bordes y desde ahí hace crujir tanto el lenguaje como la expresión de cuestiones como el desarraigo, el extrañamiento, el exilio, la extrañeza.

Todo ello era especialmente notorio en los cuentos de La cuestión de Bruno y en la novela El hombre de ninguna parte, escritas tanto desde la memoria como desde la experiencia, desde el recuerdo de Sarajevo y desde la vivencia del desarraigo. El proyecto Lázaro profundiza y enriquece esa vertiente, puesto que pone en línea otras experiencias de migración y rechazo, de búsqueda de nuevos horizontes y de racismo, de fuga de la violencia homicida y encuentro con otro tipo de presión sobre las personas, una violencia más solapada pero no por ello menos atroz.

En mi reseña de El hombre de ninguna parte propuse algunas similitudes entre la obra de Hemon y la de Bolaño: el tratamiento del desarraigo y el hábito de desarrollar historias que ya aparecían en algún libro anterior. Agrego ahora otra: así como Bolaño se situaba como personaje a través de su alter ego Arturo Belano, Hemon repite, bajo distintos nombres y profesiones, a un mismo personaje que, como él, es un exiliado bosnio en Estados Unidos. Antes, en los dos libros anteriores, se llamaba Josef Pronek; en El proyecto Lázaro, Vladimir Brick, que tiene a su Ulises Lima en el personaje del fotógrafo Rora. Y una más: como Bolaño, Hemon adopta una estructura distinta y a la medida de cada proyecto literario. Así, por más que exista una poderosa continuidad temática en su obra, cada proyecto tiene una identidad fuerte y distinta. No se sabe hasta dónde Hemon prolongará esta suerte de sistema planetario de novelas con órbitas concéntricas en torno al desarraigo. Mientras tanto, esta nueva novela arroja inesperadas luces sobre dos momentos de la historia, sin dejar de gravitar en torno a Sarajevo y la desaforada violencia de las guerras civiles en la península de Los Balcanes. Y es que Brick se pone como tarea investigar el asesinato de un joven judío, Lázaro Avervuch, en Chicago en la primera década del siglo pasado, cuando sucesivas olas de inmigrantes fluían desde Europa Oriental en una fuga desesperada de los pogromos que devastaban los barrios judíos en la madre Rusia. La novela fluye entonces en una doble vía, en capítulos que se sitúan en uno u otro tiempo, hasta que progresivamente la historia de Lázaro se entromete en la de Brick y Rora, que han partido a Ucrania y Moldavia en busca de las raíces de la historia del joven judío y de su hermana Olga (quien quizá es la gran heroína de la novela); y aún se podría hablar de una tercera, compuesta por las historias de Sarajevo que Rora le cuenta a Brick durante su viaje. Hay dos periodistas de apellido Miller en la novela. Uno está al servicio del poder en Chicago y deforma hasta extremos increíbles la historia de Lázaro y de Olga; el otro es corresponsal de guerra en Sarajevo. No sabemos qué escribe, pero sí del modo en que se relaciona con el poder; él es el poder.

Mucho más que en sus anteriores obras, Hemon pulsa las teclas del grotesco, del ridículo, del humor sangriento. Sus descripciones de las ciudades ucranianas y moldavas logran desalentar a cualquier proyecto de turista, al tiempo que revelan, como otros autores de la zona, el feroz contraste entre sectores rurales y urbanos pobres atrasados y la invasión que Occidente lleva a cabo a través de productos comerciales y de la industria del entretenimiento. Es una novela que amplía, sin duda, su reflexión –literaria- sobre los efectos de la guerra civil y del desarraigo, pero desde una clave más universal y también más desesperanzada, que revela, sobre todo, las dificultades que implica cerrar el círculo; o, más bien, el problema de no cerrarlo, de dejar abiertas las interrogantes, de regresar, una vez más, al punto de partida, pero en la caída de la espiral y no del encuentro con la propia historia.

La cuestión de Bruno. Anagrama, Barcelona, 2001. 245 páginas.
El hombre de ninguna parte
. Anagrama, Barcelona, 2004. 257 páginas.
El proyecto Lázaro
, Duomo, Barcelona, 2009. 362 páginas.

Los ingrávidos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de julio de 2011

Valeria Luiselli (México, 1983) escribe artículos sobre temas literarios en la revista Letras Libres y publicó el año pasado una celebrada colección de ensayos, Papeles perdidos. De manera que su primera obra de ficción era esperada con cierta expectación, que no se ha visto en modo alguno defraudada: Los ingrávidos es una novela muy bien construida, con una fineza en el estilo que la hace deslizarse con una envidiable facilidad. Una novela que, en ese sentido, sí desafía la ley de gravedad, entendida ésta como ese lastre que torna plúmbeos tantos textos con demasiada autoconciencia literaria y pretendida vocación de grandeza. Luiselli narra y construye de manera vagabunda, errática, como si en realidad lo que importara fuera otra cosa y así es, lo que importa es esa cifra que se oculta en los pliegues de un buen relato y es mucho más que la suma de sus elementos o la descripción de su contenido. Es muy difícil mantener un tono aparentemente casual, deliberadamente liviano, pero también cargado de referencias literarias, citas y pastiches, pero Luiselli lo logra gracias a que el foco no está puesto en la trama –que no siempre es importante-, sino en la escritura, en el estilo, en la manera de hacer progresar una historia íntima y cotidiana sin golpes de efecto o sorpresas de esas que parecen conejo de mago.

El relato, siempre a cargo de la misma voz narrativa, es doble. Una mujer cuenta su vida presente, con dos hijos y un marido, mientras escribe una novela que narra su vida algunos años atrás, en otra ciudad. Sucesivos párrafos abordan en forma alternada ambas historias y en uno de ellos está contenida la poética de la autora: “Generar una estructura llena de huecos para que siempre sea posible llegar a la página, habitarla. Nunca meter más de la cuenta, nunca estofar, nunca amueblar ni adornar. Abrir puertas, ventanas. Levantar muros y tirarlos”. Ahí radican el encanto y la fuerza de esta novela, en los huecos por donde circula en aire, en la necesaria participación del lector que debe apropiarse del relato y seguirlo en sus pliegues, en sus recovecos, en su lenta y suave manera de imponerse en la conciencia. Un juego, pero muy serio; una seriedad que no amedrenta ni implica rigidez alguna, con algo de inasible, de ingrávido, de leve, pero de esa levedad que se ancla en el recuerdo.

Valeria Luiselli. Sexto Piso, México, 2011. 143 páginas.

La novela de Kennedy

Artículo publicado en la revista «Dossier», número 15, junio de 2011.

John F. Kennedy fue un gran presidente, pero también un cuasi inválido que ocultó sus enfermedades y un seductor compulsivo. Nadie lo ha retratado hasta ahora con más humanidad y certera intuición que Jed Mercurio en Un adúltero americano.

“De repente el presidente se encuentra tumbado en el suelo, con un dolor parecido el de un puñal que le atravesara la espalda y las piernas”. Su caída no tiene nada de heroica. Kennedy ha abordado con pretensiones sexuales a la dama equivocada y ahora yace tendido, incapaz de moverse por la faja que mantiene rígida su columna vertebral. El seductor también se equivoca, y ambos males -los físicos y mentales, las gravísimas lesiones en la espalda y la bulimia sexual- conspiran para humillarlo en la pieza de un hotel en el Medio Oeste.

Este episodio refleja bien la tensión contenida en una novela que se centra en los años de su presidencia, con obvios vistazos a hechos anteriores –fundamentales en la estructura narrativa, porque explican mejor al personaje-, especialmente al momento en que Kennedy comandaba una torpedera en la Segunda Guerra Mundial y quedó con graves lesiones luego de naufragar y rescatar a varios de los soldados a su cargo. También está muy presente la historia de su matrimonio con Jackie, todo un acontecimiento en la biografía de un seductor que procuró conciliar dos líneas que todos suponemos paralelas: el amor excluyente por la mujer escogida para compartir la vida y la imposibilidad de resistir el señuelo de la atracción sexual por otras. Kennedy, tal como lo muestra Mercurio, no era un dechado de virtudes amatorias ni, mucho menos, un atleta sexual; en la época de su presidencia, los atroces dolores de espalda lo obligaban a portar una rígida faja y el cóctel de antibióticos, antiinflamatorios y un impresionante conjunto de drogas para controlar la diarrea, el dolor de cabeza y un sinfín de enfermedades lo reducían a poco más que un monigote sólo capaz de tenderse de espaldas.

Para el personaje retratado por Mercurio (con mucho fundamento biográfico, por cierto), el señuelo irresistible es la novedad. Ni la juventud, ni la belleza, ni las habilidades en la cama, son factores dominantes (aunque obviamente tienen importancia a la hora de escoger) para decidir el momento de la caza. La adrenalina fluye, para el seductor impenitente, sólo con la nueva conquista. Algunas de las mejores páginas de la novela exponen, precisamente, la teoría del seductor que Mercurio elabora a partir del personaje de Kennedy, guiado por principios inconmovibles para su vocación de cazador. Algunos son previsibles -¡jamás reconozcas nada!-, pero otros entran de lleno en el pantanoso terreno de la moral: “Como mujeriego, los recelos de la culpa nunca deben impedirle satisfacer sus apetitos. Eliminar la culpa es la base de su éxito como fornicador”.

Más que entrar aquí en esa discusión, vale la pena destacar el modo brillante en que Mercurio desarrolla el tema sin estigmatizar a Kennedy y sin tampoco incurrir en un exceso de indulgencia. En realidad, quizá la mayor virtud de la novela está allí, en ese retrato dibujado concienzudamente que muestra al padre amante de sus hijos, que no se perdonaba no leerles un cuento antes de dormir (y que alcanza cotas conmovedoras hacia el final del libro); al esposo considerado, que contó siempre con una única confidente y aliada para todo lo importante en su vida; y al seductor impenitente, al macho alfa que irradia poder y atractivo sexual y, puesto además que está en la cumbre del poder, encuentra natural que las mujeres que están al alcance de su mano le rindan la correspondiente pleitesía. ¿Y cómo un macho alfa tan obviamente exitoso y con tanta experiencia en materias de seducción recurría también a los servicios de prostitutas? Simple: “El mujeriego opta por el sexo con una prostituta porque simplifica las posibles dificultades derivadas de la tentación de una mujer a irse de la lengua o a demorarse después del sexo”.

Suele usarse el término “caricaturesco” de manera peyorativa, pero no siempre es así. Una buena caricatura resalta los rasgos más propios del semblante de una persona y, por esa vía, suele lograr un retrato que expresa mejor cómo esa cara es percibida por el resto. Mercurio trabaja su texto en esa línea; exagera cualidades y defectos, extrapola, reduce a un par de trazos muy marcados a personajes como Frank Sinatra, Marilyn Monroe y J. Edgar Hoover (y aún a JFK y Jacqueline, si bien de manera mucho más acuciosa y con más elementos en la ecuación) y logra así una presencia muy fuerte de estos actores secundarios en la trama de la novela. Frank, de quien nunca se escribe el apellido, es un chulo –en el sentido criollo del término- que nunca acierta con su lugar en el entorno de una figura de poder tan marcada como el presidente de Estados Unidos. Marilyn es una cocainómana que también se equivoca en sus pretensiones: diva, diosa, objeto del deseo, no puede resignarse al papel secundario y aspira, sin remilgos, a convertirse en Primera Dama.

J. Edgar Hoover es uno de esos personajes dibujados con pocos trazos (no corresponde acá el adjetivo “gruesos”), destinados sólo a destacar su papel en la biografía de Kennedy. Es sabido -aunque Mercurio no explota esta variante del relato- que Hoover tenía muchos esqueletos en su armario. De noche, en la intimidad de su casa, solía vestirse de mujer; era gay, pero odiaba a los gays. Era además racista y misógino, de manera que sistemáticamente bloqueó el ingreso de negros y mujeres a la organización que dirigía con mano de hierro. Jamás estuvo dispuesto a ceder un milímetro del impresionante poder que acumuló durante décadas a la cabeza del Federal Bureau of Investigation, FBI; y, aunque la mayoría de los presidentes de Estados Unidos quiso sacarlo del cargo, el que más cerca estuvo fue Kennedy. Hoover, siempre alerta, atacó el flanco más vulnerable. Robert, el ministro de Justicia y su superior directo, era un fiero opositor a toda práctica de corrupción y vínculos gubernamentales con organizaciones criminales y tenía pocas debilidades explotables; pero John F., su hermano presidente, tenía secretos que Hoover no vaciló en poner en la bandeja del chantaje.

Acá también la novela funciona por la vía de la selección escogida de hechos que en realidad representan cadenas factuales mucho más largas y complejas y sobre las cuales hay diferentes versiones. Por ejemplo, en la novela tiene mucho peso el día de cumpleaños de cumpleaños de JFK en 1962. Sin la presencia de Jacqueline, Marilyn Monroe le cantó el Happy Birthday de manera tan sugestiva que desató una ola de rumores sobre una posible relación entre ambos. Robert Dallek, autor de la biografía más autorizada y contundente sobre JFK, sostiene que no es posible inferir nada a partir de ello; pero Anthony Summers, el biógrafo de Hoover, afirma que John y Marilyn eran amantes de larga data. Con todo, no fue Marilyn la que pesó más en la balanza: otra de las ocasionales acompañantes del Presidente era Ellen Rometsch, una elegante prostituta que venía de Europa del Este y que, según Hoover, podía ser espía. En la novela, Mercurio explota de manera inteligente el vínculo entre los rumores sobre la vida sexual del presidente con el escándalo Profumo, ocurrido al otro lado del Atlántico. Profumo, ministro de Defensa del Reino Unido, también era cliente de prostitutas selectas, y se descubrió que su preferida atendía igualmente al embajador de la Unión Soviética ante su gobierno. La prensa olió sangre y presionó. Hasta entonces, en uno y otro lado del océano, la vida personal de los políticos no era un asunto de interés para las grandes cadenas de periódicos ni para la televisión; se entendía que la esfera privada de las personas no tenía por qué ser auscultada ni menos aún expuesta a los ojos del público. El caso Profumo, inicialmente por sus implicaciones políticas y luego por el descubrimiento de la prensa respecto al poder de sus denuncias, abrió una nueva etapa en la relación de los medios con los representantes del pueblo (el proceso fue más lento y hubo episodios a ambos lados del Atlántico, pero Mercurio lo centra en este episodio). En la novela, Harold MacMillan, el primer ministro inglés de la época, conversa con Kennedy:

“-Las cosas han cambiado, Jack, casi de la noche a la mañana.  Le han cogido el gusto.
-¿A qué, Harold? –dice el presidente.
-Al escándalo.”

Y agrega el narrador del libro, algo más adelante:

“Un escándalo no sería noticia si las noticias no hubieran cruzado la línea divisoria entre información y entretenimiento, y la prensa en el Reino Unido ha descubierto en el mercado una fuerza nueva y poderosa, y en consecuencia nunca ha corrido tanta tinta”.

Así se entiende mejor el poder de Hoover, asentado en escuchas ilegales, matonaje y espionaje a sus compatriotas por motivos que no tenían nada que ver con los fines de su organización. Hizo mucho trabajo sucio para sus sucesivos jefes y estableció un estilo que no vaciló en usar contra esos mismos superiores. Mercurio recrea una reunión muy larga entre Hoover y Kennedy, donde el primero, según se dice tanto en las respectivas biografías como en la novela, le mostró al Presidente una larga serie de fotografías, que incluían desde las secretarias de la Casa Blanca que se sucedían en otorgarle favores sexuales (apodadas Fiddle y Faddle; Mercurio añade a la más improbable Fuddle) hasta las prostitutas que le proveía un empleado de la Casa Blanca especialmente contratado para fines como ese (o similares) y apodado “Tapadera” en la novela, más amigas que lo visitaban periódicamente y hasta las levantadas en encuentros ocasionales. Judith Campbell, amiga del mafioso Sam Giancana, y Ellen Rometsch, la eventual espía soviética, eran las piezas más escogidas de la colección. En la reunión, Kennedy se niega a responder preguntas sobre su vida privada: “Ningún norteamericano debe responder a ellas ni tendrá que hacerlo nunca”. A la luz de la historia posterior y los interrogatorios que sufrió Bill Clinton por el caso de Monica Lewinsky, hay un punto de ironía en la frase que Mercurio atribuye a Kennedy.

Y acá está el nudo por donde la narración interpreta el caso Kennedy. Sin afanes historiográficos ni tampoco excesos psicologistas, Mercurio ofrece una lectura impecable de un personaje complejo y su tragedia, que tiene, en la novela, aristas impensadas que calzan de manera perfecta con la historia. Ahondar más en el punto puede ser impertinente para el futuro lector del libro, de manera que es mejor cerrar acá esta revisión: el autor no sólo lee bien al personaje, no sólo recrea de manera brillante su época y las decisiones que debió tomar, sino también escribe una novela extraordinaria por su claridad de estilo y sobre todo su capacidad de conducir, con mano segura, un relato que toca tantas y tan delicadas fronteras entre el sexo, el poder, la enfermedad y la muerte.

Jed Mercurio. Un adúltero americano. Anagrama, Barcelona, 2010. 365 páginas.

Robert Dallek. J.F. Kennedy. Una vida inacabada. Península, Barcelona, 2004. 829 páginas.

Anthony Summers. Oficial y confidencial. La vida secreta de J. Edgar Hoover. Anagrama, Barcelona, 1995. 613 páginas.

«Sobre cosas que me han pasado»

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 9 de julio de 2011

Hay una cierta tradición, tanto literaria como pictórica, que habla y construye desde la ingenuidad, legítima o impostada, real o fingida. En literatura está el caso de Violeta Quevedo (seudónimo de Rita Salas Subercaseaux), una viajera impenitente que volcó sus impresiones en textos sorprendentes, únicos, originales, articulados tanto desde el desdén aristocrático como desde la ignorancia provinciana. Imposible no recordarla cuando se lee Sobre cosas que me han pasado, de Marcelo Matthey, una suerte de diario escrito entre 1987 y 1990 y única publicación del autor (en realidad, son dos libros, reunidos en un solo volumen en esta edición; el primero se llamó Todo esto lo escribí entre diciembre de 1997 y marzo de 1988; el segundo, en tanto, tiene el nombre del volumen que ahora los reúne. Matthey los autoeditó en 1998 y 1990). Pero si Violeta Quevedo viene a la cabeza no sólo es en razón de la mirada naif, sino también desde la profunda diferencia entre dos operaciones narrativas de muy distinta orientación. Matthey no habla desde la ingenuidad de la ignorancia o de la soberbia. Hay quien dirá que ni siquiera es ingenuo. Lo que hace es moverse por distintas ciudades, calles, casas y playas y anotar después lo que vio o sintió o pensó durante esos desplazamientos o momentos, pero rescatando casi sólo los procesos, la línea de tiempo en que las cosas ocurren y pasan por la cabeza, el rastro de las asociaciones que se suceden así como se suceden los pasos de alguien que camina en una calle. El grado de autoconciencia del autor enfrentado a su deliberada omisión de un paso más en la reflexión son lo más llamativo de estos textos livianos, ágiles, cotidianos, compuestos de nimiedades, inasibles en más de algún sentido, que omiten los nombres de los personajes que no forman parte de la familia, que reducen el paso de la historia al hecho de caminar, hacer fila, votar (hablamos del plebiscito de 1988) y salir de ahí para llegar a la casa y tomar un vaso de leche, que parecen navegar en la superficie de las cosas. Impresiones inmediatas, momentos fugaces que normalmente se pierden en el tiempo, que Matthey trató de atrapar en esa sucesión de apuntes cuya gratuidad puede ser tan desconcertante como la pulcritud de su escritura.

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Marte en Aries

Artículo publicado originalmente en El Post, 6 de junio de 2011

En astrología, «Marte en Aries» indica una persona enérgica, directa, impulsiva, pero también un guerrero en el campo de batalla. Lo más probable es que el escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976), que participó en las dos guerras mundiales y que vivió los 21 años que mediaron entre una y otra como «un interludio», haya escogido el título de la novela que quiso publicar en 1941 con ese significado, hombres en guerra, guerreros en el campo de batalla. Sin embargo, es curioso comprobar que otra atribución de significado astrológico a «Marte en Aries» describa tan bien el ánimo, el temple, la disposición de la Alemania nazi:

«Fuerte combatividad, voluntad de afirmación, sin tener en cuenta a los demás. Inconstancia en la acción. Estados depresivos que generan agresividad. Dificultad en las relaciones con los demás. Fe en sí mismo, audacia. Falta de diplomacia, impaciencia, impulsividad. Rudeza, reacciones instintivas. Energía intelectual, sensualidad intensa. Independencia. Disarmónico: Excesiva irritabilidad. Frases y gestos violentos que suscitan hostilidad. Frustraciones, acciones irracionales con graves consecuencias. Falta absoluta de diplomacia».

Clima anímico en que se inscribe Marte en Aries, novela que sin duda recoge al menos la cronología biográfica del autor; tanto él como el protagonista, el teniente Wallmoden, se enrolaron como voluntarios en 1915 para combatir en la Primera Guerra Mundial; ambos regresaron a su regimiento en 1939, a cumplir con la obligación de dirigir, cada cierto tiempo, ejercicios bélicos; y ambos fueron atrapados por el torbellino bélico que los llevó a participar en la campaña de Polonia, en septiembre de aquel año.

De ahí la extraordinaria viveza de las escenas bélicas, al ritmo de ese avance veloz desde Eslovaquia hasta los valles y las colinas de Polonia, a la sombra de los Montes Tatras, en un paisaje fantasmagórico dominado por el polvo: «Se alzaba en gigantescas nubes, se levantaba como torres, se fraguaba como una tempestad. Todo el país yacía bajo los velos en los que se disolvía y de los que iba cayendo una especie de llovizna. No se podía comer nada sin que crujiera entre los dientes, no se podía tocar nada sin introducir la mano en el polvo, era como si se tratase de advertir a los hombres que ellos mismos eran solo polvo, nada más que polvo». Pero Lernet-Holenia está muy lejos de participar con exaltación en el espíritu bélico. Al contrario, el panorama de desolación y muerte que pinta en las páginas de esta novela, así como la viva resistencia de las tropas polacas que muestra, fueron algunas de las razones para que Goebbels vetara la publicación de Marte en Aries en 1941 (y probablemente también la total ausencia de alusiones a la ideología nazi; la guerra, acá, es más un hecho ineluctable que una empresa gloriosa, un acto del destino antes que un designio de la voluntad).

Pero lo más destacable de esta novela, con todo, no es eso. Es decir, solo esas páginas de caos, ruido incesante, torbellinos de polvo, multitudes en fuga y feroces escaramuzas justifican la lectura, páginas que se articulan desde una voz impersonal que, sin embargo, denota de inmediato el conocimiento de primera fuente tanto como un extraordinario desapego de la escena. El conde Wallmoden está ahí, pero también en otra parte: en sus sueños, en sus mareos –síntomas de un estado de exaltación, según el médico a quien consulta-, en su enamoramiento de una mujer misteriosa que lo evade tanto como lo invita, en sus conversaciones sobre fantasmas y sus reflexiones sobre mundos paralelos. Es que Lernet-Holenia es mucho, muchísimo más que un cronista bélico. Antes bien, la guerra parece una excusa para adentrarse en territorios misteriosos, allí donde se cruzan las fronteras entre la vida y la muerte, entre el mundo del sueño y el mundo de la vigilia, entre la imaginación y la realidad. Las sorprendentes continuidades que establece entre esas distintas esferas le da a Marte en Aries una textura realmente extraordinaria, una fisonomía peculiar que lo constituye, sin duda, en un autor cuya singularidad merece un más amplio conocimiento. Tal como ocurre en El barón Bagge, editada por Siruela por primera vez en la tristemente desaparecida colección de narrativa de terror y misterio «El ojo sin párpado», la actividad onírica tiene un papel destacado -aunque menos relevante en la trama-, pero hay más de una conexión entre aquella cabalgata frenética en busca del enemigo ausente y este otro deambular por el campo de batalla entre apariciones y desmayos que trasladan a Wallmoden a otro estado de conciencia o a otro plano de la realidad:

«Cuando nos quedamos sin conocimiento, no existe una pérdida de conciencia completa, sino que solamente nos trasladamos (como en la muerte) de un reino a otro, pero estos reinos carecen de embajadores, y solo muy de cuando en cuando –en contadísimas ocasiones- se desprenden partículas de los otros reinos y, como madera flotante procedente de algún continente lejano, varan en las costas de nuestras percepciones; o como pájaros que se han perdido, de tarde en tarde viene a parar entre nosotros el alma de algún fallecido o ángeles o dioses extraviados».

Hay que agregar, finalmente, que hay también una trama levemente policial o de espionaje, no se sabe bien, que otorga a ciertos diálogos y encuentros (muy importantes en la novela) un singular aire de extrañeza; y que la inolvidable visión de Wallmoden la noche previa a la invasión, miles de cangrejos que huyen del río que constituye la frontera y se arrastran por tierra en una cinta que «continuamente subía y bajaba un poquito, raspaba y crujía y hasta daba la sensación de soltar de vez en cuando un ligero sonido metálico», es tanto un adelanto de la debacle que se cierne sobre el teniente y sus hombres como la imagen que atrapa de manera perfecta los universos encontrados que Lernet-Holenia hace confluir -y chisporrotear en su contacto hasta la incandescencia- en esta novela.

Párrafo escogido

 «Antes, cuando los escuadrones se ponían en marcha, se oía el estruendo de innumerables cascos de caballos, como si el viento levantara montones de hojas marchitas o como si se precipitaran témpanos de hielo. Ahora zumbaban los motores. Antes, cuando uno estaba en las líneas o se avanzaba un poco a ellas, creía ver el paisaje cubierto de regimientos como de inamovibles figuras geométricas, en las que, como si fuesen constelaciones, se sabía con exactitud, en todo momento y en todas partes, en qué punto se hallaba cada uno, los abanderados, los cornetas, los oficiales, y cuyo hermético orden incluso hubiera mantenido erguido a un muerto; y ahora también se notaba la ensambladura de la comunidad, la más terrible de la que jamás hayan existido, y se percibía que uno no solo avanzaba rumbo al peligro con la gente, sino en la comunidad de la gente, de la que no había escapatoria. ¿Rumbo a qué peligro? No se sabía. Nunca se sabe».

Alexander Lernet-Holenia. Marte en Aries. Editorial Minúscula, Barcelona, 2011. 218 páginas.

La nariz de Cleopatra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 2 de julio de 2011

Comencemos por la buena noticia de que la editorial Duomo tiene como distribuidor en Chile a Océano, lo que significa que los libros llegan a un precio bastante similar al del mercado español, cosa rara y buena; aunque esta distribuidora rara vez trae los catálogos completos y además lo hace con retraso. De hecho, la primera partida de libros Duomo es de 2009. Pero no importa, ante el hecho de que en cualquier librería se pueda encontrar La nariz de Cleopatra, de Judith Thurman, a quien la contraportada define como «crítica cultural». La etiqueta es ambivalente y tiene diversas lecturas, pero desde luego en su caso no tiene nada que ver con el academicismo que campea en algunas publicaciones criollas. Thurman ofrece acá 26 textos publicados en The New Yorker; algunos son derechamente perfiles periodísticos, como el que abre el libro, sobre la artista plástica Vanessa Beecroft, que ha hecho de la bulimia –de su propia bulimia- el objeto de sus creaciones. Diez meses de conversaciones ofrecen la materia prima para un retrato que, sobre todo, despierta la curiosidad. Muchos otros textos podrían ser denominados reseñas; por ejemplo, en «Donde hay voluntad», Thurman analiza la biografía de Leni Riefenstahl escrita por Steven Bach, pero ese libro es apenas un punto de partida para una aguda reflexión sobre las pulsiones del poder y la ambición a partir de una mujer que «carecía de escrúpulos y, al no disponer de inteligencia ni educación ni contactos sociales, no le quedaba más que utilizar su físico como tarjeta de presentación». No en vano el subtítulo del libro es «26 variedades del deseo»; toda la cartografía y las variedades del mismo se presentan acá tras personajes como Jackie Kennedy, Catherine Millet (un comentario tan ácido que el lector sufre por ella), Yves Saint-Laurent, la reina María Antonieta y muchos otros más. Thurman no le teme a la primera persona; al contrario, se involucra personalmente en todos los textos –incluida la introducción, en donde justifica el título y el cariz de la selección- y ello le da una libertad enorme para relacionar lecturas e imbricarlas tanto con su vida como con las de los personajes que, a su vez, son el pie forzado para el despliegue de una inteligencia envidiable, aguda y provocativa como pocas.

Judith Thurman. Duomo, Barcelona, 2009. 402 páginas.