Textos posibles

Este fin de semana largo, entre otras cosas, leí tres libros cortos. Pensaba escribir reseñas breves, pero ese ejercicio derivó en proyectos distintos. Quizá nunca los concrete, pero aquí está la entrada del blog para recordármelos.

1. Leí Susanna por la curiosidad que me despertó saber que Walter Benjamin tenía una prima escritora, Gertrud Kolmar, a quien, según la solapa, reconocía no sólo como una excelente escritora, sino también como “una verdadera alma gemela”. Qué puede significar eso, no lo sé, pero sí fue un buen argumento para embarcarme en la lectura de una novela breve, transparente y extraña, con una dureza que ataca de pronto y sin misericordia al lector. Es natural, lo hace con la dureza propia de los tiempos tal como los vivía una judía en Berlín en 1939, en un alojamiento colectivo y en régimen de trabajo forzado, con sólo unos momentos por las noches para continuar con su carrera literaria. Luego, al recurrir a Google, me enteré de que Acantilado le publicó un libro de poesía, de que Vila-Matas escribió sobre ella y de muchas otras cosas. Entonces, lo que iba para diez líneas, terminó en proyecto de columna.

2. El pasado mes de diciembre me pidieron, desde el blog de La Vida Retirada, que escogiera mis mejores cinco lecturas de 2010. Incluí entre ellas El agrio, de Valérie Mréjen, editado en 2009 (y agotado en Chile), y estaba seguro de que había reseñado ese libro. Pero busqué por todas partes –en el sitio web de El Mercurio, en mi computador, en gmail- y nada. O no lo comenté o hubo una confabulación entre discos duros y sitios web digna de la mejor escena del postcyberpunk o del más radiante steampunk o hasta del ribopunk. Lo buscaba para apoyar mi comentario sobre el otro libro de Mréjen editado en español, Mi abuelo, leído recién. Tendré que hablar de los dos; Mréjen es una escritora sorprendente, muy francesa y muy poco francesa a la vez, y sus libros son muy distintos: mayor razón para dedicarles más espacio. Mréjen además es artista plástica y videísta y otras cosas más que ameritan prestarle atención.

3. Mi tercera lectura fue La Librería de los Escritores, de Mijaíl Osorguín, con ilustraciones de Alexéi Rémizov. El volumen incluye algunos poemas de Marina Tsvietáieva (y para explicar por qué habría que hacer la reseña; además, ella sola da para mucho, con su vida trágica y la posibilidad de leer, además, El diablo, colección de cuentos que le publicó Anagrama en 1991 y que hace poco encontré en una librería santiaguina, y otros libros suyos que están disponibles en estas latitudes, como Mi Pushkin). La edición es de una elegancia poco habitual en libros de pequeño formato (y por ello es bastante caro para sus pocas páginas), pero se justifica plenamente porque la historia que ahí se narra es fascinante, la de una librería independiente y gestionada por escritores, bibliófilos y filósofos en el agitadísimo Moscú de los primeros años tras la Revolución de Octubre. Osorguín es recatado y pudoroso, pero la historia que cuenta tiene más épica que toda la serie de La guerra de las galaxias.

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