Textos posibles

Este fin de semana largo, entre otras cosas, leí tres libros cortos. Pensaba escribir reseñas breves, pero ese ejercicio derivó en proyectos distintos. Quizá nunca los concrete, pero aquí está la entrada del blog para recordármelos.

1. Leí Susanna por la curiosidad que me despertó saber que Walter Benjamin tenía una prima escritora, Gertrud Kolmar, a quien, según la solapa, reconocía no sólo como una excelente escritora, sino también como “una verdadera alma gemela”. Qué puede significar eso, no lo sé, pero sí fue un buen argumento para embarcarme en la lectura de una novela breve, transparente y extraña, con una dureza que ataca de pronto y sin misericordia al lector. Es natural, lo hace con la dureza propia de los tiempos tal como los vivía una judía en Berlín en 1939, en un alojamiento colectivo y en régimen de trabajo forzado, con sólo unos momentos por las noches para continuar con su carrera literaria. Luego, al recurrir a Google, me enteré de que Acantilado le publicó un libro de poesía, de que Vila-Matas escribió sobre ella y de muchas otras cosas. Entonces, lo que iba para diez líneas, terminó en proyecto de columna.

2. El pasado mes de diciembre me pidieron, desde el blog de La Vida Retirada, que escogiera mis mejores cinco lecturas de 2010. Incluí entre ellas El agrio, de Valérie Mréjen, editado en 2009 (y agotado en Chile), y estaba seguro de que había reseñado ese libro. Pero busqué por todas partes –en el sitio web de El Mercurio, en mi computador, en gmail- y nada. O no lo comenté o hubo una confabulación entre discos duros y sitios web digna de la mejor escena del postcyberpunk o del más radiante steampunk o hasta del ribopunk. Lo buscaba para apoyar mi comentario sobre el otro libro de Mréjen editado en español, Mi abuelo, leído recién. Tendré que hablar de los dos; Mréjen es una escritora sorprendente, muy francesa y muy poco francesa a la vez, y sus libros son muy distintos: mayor razón para dedicarles más espacio. Mréjen además es artista plástica y videísta y otras cosas más que ameritan prestarle atención.

3. Mi tercera lectura fue La Librería de los Escritores, de Mijaíl Osorguín, con ilustraciones de Alexéi Rémizov. El volumen incluye algunos poemas de Marina Tsvietáieva (y para explicar por qué habría que hacer la reseña; además, ella sola da para mucho, con su vida trágica y la posibilidad de leer, además, El diablo, colección de cuentos que le publicó Anagrama en 1991 y que hace poco encontré en una librería santiaguina, y otros libros suyos que están disponibles en estas latitudes, como Mi Pushkin). La edición es de una elegancia poco habitual en libros de pequeño formato (y por ello es bastante caro para sus pocas páginas), pero se justifica plenamente porque la historia que ahí se narra es fascinante, la de una librería independiente y gestionada por escritores, bibliófilos y filósofos en el agitadísimo Moscú de los primeros años tras la Revolución de Octubre. Osorguín es recatado y pudoroso, pero la historia que cuenta tiene más épica que toda la serie de La guerra de las galaxias.

Manuscrito encontrado en Zaragoza (versión de 1810)

Reseña aparecida originalmente en la revista Dossier N° 12, junio de 2010.

La historia de este libro monumental por su extensión y por la resonancia que ha alcanzado entre los lectores es casi tan intrincada como su trama. El conde polaco Jan Potocki emprendió varias versiones de una obra inagotable. Los primeros esbozos datan de 1794; la primera versión (y la base de tantas ediciones posteriores, así como de la extraordinaria película que Wojciech Has filmó en 1965) data de 1805; y la última, hasta ahora desconocida, de 1810. Pero no solo eso; aunque habían aparecido en francés largos fragmentos de este último manuscrito, la versión de la novela tal como hasta hace poco se la conocía proviene de la traducción al polaco que hizo Edmond Chojecki en 1847, sobre la base del manuscrito de 1805, versión que Potocki nunca concluyó, así que su traductor recurrió a lo que disponía de la de 1810 para completarla. Ha sido objeto de sonados plagios parciales. Entró a la historia como una narración fantástica y se la cita como uno de los antecedentes más importantes del género. Pero, gracias al infatigable trabajo de los investigadores franceses François Rosset y Dominique Triare, ha salido finalmente a la luz la novela tal como Potocki quiso darla a conocer; o, al menos, tal como él mismo la editó y completó, con acentuaciones y cambios muy marcados respecto de la primera y más conocida versión, que ha tenido también excelentes ediciones recientes en español, como las de Valdemar y Pretextos, esta última traducida por César Aira.

Potocki, para los estándares de su tiempo y también para los nuestros, fue un gran viajero, de aquellos que no se limitan a contemplar el paisaje sino que intentan conocer y comprender las culturas que se les abalanzan desde la arquitectura, los usos culinarios, la mitología, la organización social, la historia y la literatura. Escribió grandes y notables obras en esta línea que hoy llamaríamos antropológica, como Viaje a Turquía y Egipto, de 1787, y su primer libro, sobre la base de las extensas cartas que le envió a su madre durante el viaje realizado en 1784. A lo largo de su vida recorrió casi toda Europa y las regiones al sur del imperio ruso, por entonces casi totalmente desconocidas, y de la mayor parte de esos viajes dejó un registro que aún hoy se puede consultar con provecho. Pero un par de viajes, a España y Marruecos en el caluroso verano de 1791, dejaron una huella más profunda que la crónica que publicó al año siguiente, referida solo a la experiencia africana, Viaje por el imperio de Marruecos realizado en 1791. Solo podemos especular desde la distancia, pero es indudable que la cultura española, aún traspasada por la riquísima herencia de los árabes que ocuparon buena parte de la península ibérica hasta fines del siglo XV, y el contacto directo con los pueblos del Magreb, dejaron en Potocki una huella tan profunda que renunció a dar cuenta de ella por la vía del ensayo y escogió el territorio más flexible de la novela, cuya escritura se prolongó por más de 15 años. Aunque en ese mismo lapso Potocki se dedicó intensamente a la política, viajó y escribió otros libros, el Manuscrito… fue el recipiente de una mirada más asombrada y lúdica frente al entrelazamiento de culturas y religiones que descubrió en sus viajes. Tocado siempre por la necesidad de realizar grandes síntesis y proponer explicaciones globales, acá, en este libro, revisado una y otra vez, con historias que desaparecen en una versión y alcanzan una nueva dimensión en la siguiente, Potocki se permitió la libertad de la parodia, la paradoja, el juego. Un auténtico cajón de sastre, se diría, o una colección de cajas chinas donde una historia esconde otra, y ésta, otra más, y así sucesivamente, hasta lograr una obra prodigiosa que no se agota, ni mucho menos, en lo fantástico. Que esté plagada de errores geográficos e imprecisiones históricas, todas señaladas en el voluminoso aparato de notas que va al final de la edición, no hace más que devolver la vista a lo principal: Potocki estaba re-creando un mundo, no describiéndolo, y da con un paisaje donde se cruzan la magia, los espíritus, la razón, la religión, la política y la filosofía en historias breves y aparentemente desgajadas que tienen, no obstante, un designio claro, un plan ordenador que solo se advierte tras muchas páginas de lectura.

Los editores franceses resaltan la paradoja de que una obra tan importante para la literatura universal no sea, en realidad, la novela que escribió Potocki, mediada, como está, por los parches, adiciones y reordenamiento del material que hizo Chojecki; ante ese peso cultural, esta nueva versión, más fiel al designio del autor, tendrá un destino incierto.

Jan Potocki. El Acantilado, Barcelona, 2009. 795 páginas.

«Sin retorno», George Pelecanos

Reseña aparecida en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 25 de junio de 2011

George Pelecanos es de aquellos escritores que honran la ancha y rica tradición de la novela policial negra en Estados Unidos. Esa tradición que pone el énfasis no en la resolución de un problema detectivesco, sino en todo aquello que rodea el crimen, las condiciones en que surge, cómo lo sobrellevan los sobrevivientes, cómo enfrentan los dilemas de la culpa, cómo, eventualmente, alcanzan la redención. Y precisamente este último término es clave en esta nueva novela del exitoso guionista de una de las series televisivas más renovadoras del género (y, para muchos, la mejor de la década pasada), The Wire. Quizá el sello de Pelecanos es que evita –como la realidad, por lo demás- los desarrollos lineales, las sucesiones mecánicas de causas y efectos. Otra manera de decirlo es que una buena novela policial se limita a ordenar el azar, aunque suene contradictorio. Pero es así: en la marea de hechos y decisiones de que se compone una vida cualquiera, hay algunos, en algunas ocasiones, que sacan chispas y desencadenan las historias. En este caso, tres amigos blancos, adolescentes y borrachos, deciden dar una vuelta por un suburbio negro en Washington, para provocar a sus habitantes. Pero todo se tuerce de inmediato, porque otros adolescentes que llevan mucha rabia acumulada están preparados para responder a la provocación. Y lo que era un juego –no inocente, claro, pero juego al fin y al cabo, demostración de hombría, coqueteo con el riesgo- se transforma en un drama cuando la violencia hace su aparición.

Pero lo interesante de Sin retorno es que se trata nada más que del comienzo. El azar ordenado por Pelecanos determina que muchos años después los sobrevivientes se encuentren y lo hagan en nuevos papeles, sin la rabia, con el peso de los años y, cosa rara, con los sueños intactos; pero, si para algunos ello es el motor para perseguir lo que querían hacer cuando niños, para otros -o para otro solamente, para ser más precisos-, el sueño es completar el círculo de la venganza. Y ahí está el oficio de Pelecanos para urdir una trama que tiene mucho de radiografía social, de estudio de los inmigrantes (uno de los protagonistas es de origen griego), de retrato urbano, que pone los acentos en zonas inesperadas y de esa manera, más que sobre los mecanismos clásicos del suspenso, logra sorprender.

George Pelecanos. Ediciones B, Barcelona, 2010. 317 páginas.

«Enternecer a las estrellas»

«Como si la plenitud del alma no se desbordara a veces en las más vacías metáforas, porque nadie, nunca, puede dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus concepciones, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero rajado al que golpeamos para extraer sones que hacen danzar a los osos, cuando lo que querríamos es enternecer a las estrellas».

Gustave Flaubert, Madame Bovary.

«El sentimentalismo puede ser una forma de vandalismo. (Ésa es tal vez una de las razones de que lo cursi fascine con tanta frecuencia a quienes tienen un gusto artístico iconoclasta)».

Judith Thurman, La nariz de Cleopatra. 26 variedades del deseo.

El hombre de ninguna parte

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 27 de marzo de 2004

En el abigarrado mundo de la literatura, conformado por idiomas y tradiciones que reclaman autonomías y propiedades al tiempo que proclaman sus vasos comunicantes, no es tan sorprendente la coincidencia de proyectos narrativos entre dos autores procedentes de mundos radicalmente distintos, cuyo principal rasgo común es la sensación de desarraigo.

Alexsandar Hemon nació en la ex Yugoslavia. Emigró a Estados Unidos en 1992, con un conocimiento muy básico del inglés. Cinco años más tarde publicó La cuestión de Bruno, una colección extraordinaria de relatos que recoge un retrato desde dentro de la cuestión de los Balcanes, que se arrastra desde hace por lo menos un milenio y cuya última explosión todavía no termina de apagarse. De ese volumen desgaja otro libro, El hombre de ninguna parte, que rescata al protagonista de uno de los cuentos ­Josep Pronek­ y lo lanza a una novela, hecha a su vez de retazos, donde una multiplicidad de voces reconstruye su trayectoria vital desde su natal Sarajevo hasta su anónima vida de exiliado y crítico de rock en Chicago.

Cualquier lector avisado notará las similitudes con el proyecto narrativo de Roberto Bolaño, más allá de la cuestión formal de sacar novelas a partir de un cuento. Así como este último construyó la poética del desarraigo de los latinoamericanos en el mundo, Hemon comienza a trazar la historia de otros desadaptados, errantes, desterrados, que echan el ancla en algún lugar de la tierra. Un trazo que recoge historias en Ucrania, Sarajevo, Chicago y otros lugares, tanto actuales como del archivo familiar del o de los protagonistas; porque esas múltiples voces siempre se articulan desde un punto que tiene sus orígenes en alguna otra parte. El título de la novela está inscrito, a su vez, en otra tradición, aquella que viene de lo más hondo de la década de los sesenta, en la juventud de Josep Pronek, que escuchaba a Lennon y compañía cantando Nowhere man, en agudo contraste con las vicisitudes del socialismo real. Avances, retrocesos, epifanías, coincidencias, retablos de Maese Pedro: aquí, en Bolaño y Hemon, hay una reinvención del género narrativo, una invitación a la aventura de leer textos que rompen los moldes y descubren zonas no vistas del imaginario colectivo. Hemon se suma al reducido grupo de autores que han escrito obras maestras en inglés aun cuando no se trataba de su idioma nativo. De los escritores que anuncian los tiempos por venir, está en la vanguardia. Las historias sobre Pronek son universales. Basta un oído fino para reconocerse en ese eslavo que hace hablar a tan distintas voces sobre su peripecia personal, que es la de tantos seres en este mundo que cada vez más borra, por una parte, y acentúa, por otra, las fronteras.

Aleksandar Hemon. Editorial Anagrama, Barcelona, 2003. 264 páginas.

El ruido de las cosas al caer

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 18 de junio de 2011

Esta novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez, que estuvo hace pocas semanas dictando una conferencia en Chile, resultó ganadora de la versión 2011 del Premio de Novela Alfaguara. Y se constata, una vez más, que los premios que conceden las editoriales –muy bien provistos en dólares y destinados a los autores de la casa- no son garantía de calidad. El ruido de las cosas al caer es una novela correcta, que hila bien la historia y que tiene el suficiente armado argumental como para sostenerse hasta el final, pero no es más que eso, un libro correcto en muchos sentidos: no muerde, no hiere, no asusta, no asombra, no sorprende, y lleva al lector por un camino convencional y previsible. Lo más destacable, quizá, es una rara paradoja: aunque el tema de fondo es la guerra contra las drogas y cómo ésta se infiltró y copó la sociabilidad colombiana hasta convertirse en la única realidad posible, pareciera rozarla sólo de refilón, como al pasar, en el marco de la historia sentimental de los protagonistas.

A ello hay que añadir una cierta monotonía y un tono plañidero que le hace muy mal al libro, que parece una largo lamento sobre la desgracia que se ceba en el pueblo colombiano y que, a su paso, como si se tratara de una de las lluvias tropicales que sepultan pueblos bajo torrentes de barro, destruyen toda posibilidad de futuro. La corrección también se extiende al estilo: las frases están bien armadas, los capítulos (seis, cada uno con un número de páginas muy similar) cierran historias o etapas, las escenas de sexo y de violencia están tamizadas y, si fueran filmadas, pasarían holgadamente el filtro de la telenovela de la tarde. La historia intenta una cierta complejidad. Un joven abogado, Antonio Yammara, es herido a bala por estar en compañía de un compañero de billar, Ricardo Laverne, antiguo piloto cuya vida obsesiona a Yammara tanto como la bala en el estómago lo convierte en un sobreviviente que no puede superar los efectos físicos y psicológicos del atentado. Ambas historias se trenzan y se convierten en un inventario de desgracias donde campean la soledad, la impotencia (en más de un sentido) y la desorientación vital. Por el lado, como rozando ese hilo, pasan la DEA, Pablo Escobar, la cocaína, los aviones y las balas.

Juan Gabriel Vásquez. Alfaguara, Santiago, 2011. 261 páginas.

El placer del descubrimiento

Reseña publicada originalmente en El Post, 17 de mayo de 2011

Bueno, no la descubrí yo, sino Impedimenta. Y antes que ellos, Mondadori, pero me parece que muy poca gente logró apreciar el talento de Penelope Fitzgerald hará un poco más de diez años, cuando sus novelas La flor azul (1998) y A la deriva (2000) circularon por las librerías; y ya ni siquiera aparecen en los catálogos de la editorial. Y antes, desde luego, la descubrió el editor inglés que decidió publicar sus libros (cuestión arriesgada, la dama llegó al mundo editorial cuando estaba a punto de cumplir 60 años), y luego los lectores ingleses. Estuvo a punto de ganar el Booker Prize en 1978 con La librería, la novela suya que acabo de leer y que me sedujo desde las primeras líneas, y lo obtuvo con la siguiente, A la deriva, sobre su vida en una casa fluvial sobre el Támesis. Publicó otros libros, ganó otros premios, murió en 2000 a los 83 años.

Y ahora me tocó a mí descubrirla. Bueno, no fue tan así tampoco, leí comentarios en twitter y un librero me la recomendó encarecidamente. No es extraño, obviamente La librería es un libro que puede tocar teclas especiales para quienes venden o editan o tienen que ver con los libros, pero no hay tanto librero o editor como para lograr lo que descubrí al mirar el colofón: entre marzo y octubre de 2010, llevaba seis ediciones. Es que el encanto de Penelope va mucho más allá de ello y pasa, en buena medida, por el modo fragmentario en que avanza y los muchos espacios que debe rellenar el lector. Una cierta aspereza, una clara distancia, marcan el tono de la novela, acorde con el paisaje de desolados pantanos en la costa del Mar del Norte del condado de Suffolk.

La protagonista es Florence Green, una mujer que derrocha coraje. Al menos así se lo dice un personaje importante del pueblo, desgraciadamente recluido en una soledad insobornable que sólo la quijotesca empresa de Florence –abrir una librería en la localidad- logra romper. Ella es una mujer menuda, que pasa ya de los cuarenta, solterona muy a la inglesa, «un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás», que cree que Hardborough es una buena plaza para la venta de libros, puesto que no hay nada semejante en muchos kilómetros a la redonda. Para tal fin, compra Old House, una histórica y venerable casona llena de corrientes de aire y humedad que además tiene su propio habitante, un poltergeist (en la época de la narración, 1959, se les llamaba rappers, «golpeadores»), con la ayuda de un crédito bancario. Pero antes incluso de que tome posesión de Old House e instale las estanterías de libros abajo y su domicilio en el segundo piso, su decisión despierta una sorda resistencia, que termina por convertirse en guerra cuando gente de la vecindad se agolpa en la puerta en busca de un ejemplar de Lolita.

La construcción de la novela es de una sutileza que abisma. Donde parecería imponerse la obviedad, Fitzgerald opta por la elipsis, la distancia, el corte; y aunque hay pocas tramas más fáciles de contar, se trata también de una de las más difíciles de reproducir en su ritmo quebrado y en la delicadeza con que asoman los distintos actores del drama. El final, por otra parte, es una maravilla de concisión: pocas líneas han dicho tanto y tan bien para rematar un desarrollo simplemente soberbio. Y pocas cosas dan tanto placer como decidir no ser parco en el elogio de una novela cautivante. Ahora espero que llegue pronto a Chile El inicio de la primavera, otra vez de la mano de Impedimenta, y que Random House atine y reedite las que publicó antes. O que ceda los derechos. También estoy dispuesto a aceptar los designios del azar y que estén arrumbadas en esos mesones de ofertas en las librerías de la porteña avenida Corrientes. Juro que la próxima vez que vaya a Buenos Aires voy a llevar “Penelope Fitzgerald” escrito en la frente, por ahí por el tercer ojo.

Penelope Fitzgerald. La librería. Impedimenta, Madrid, 2010. 185 páginas. En Chile, Hueders distribuye Impedimenta.

La Cañadilla de Santiago

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 11 de junio de 2011

Hace ya algo más de un siglo, Justo Abel Rosales, un cronista formado a pulso que vivió en la segunda mitad del siglo XIX, publicó este libro, una singular mezcla de historia y crónica –con algo de biografía- que rescata el desarrollo del barrio situado al norte del Mapocho, justo en las cuadras frente al centro histórico, desde los inicios de la Conquista hasta sus días. La Chimba o La Cañadilla, por donde corría el Camino de Chile o el Camino del Inca, fue, para muchos efectos, la puerta de entrada a la ciudad, la primera aproximación a esa capital meridional que entonces era de una lejanía casi inconmensurable. Rosales entra a saco en los archivos y sobre la base del material encontrado construye su historia, con un denso apoyo en extensísimas notas a pie de página. Y aunque el relato es vivo y directo, con un lenguaje muy accesible y sin excesos, queda a criterio del lector sumergirse o no en el entramado de referencias que lo sustenta.

Según recuerdan las responsables de esta edición en el “Estudio preliminar”, los archivos y documentos eran considerados, por la historiografía del siglo XIX, como fuentes irrebatibles de hechos; de ahí que Rosales los usara de manera tan profusa. Con todo, también se cuelan, en su trabajo, dos cuestiones: una, su vocación de humorista, que lo lleva a registrar con mayor detalle y vivo lenguaje episodios que mueven a la risa, como las disputas entre oidores y canónigos por su ubicación en la iglesia o las batallas entre grupos de franciscanos que incluyeron hasta asedios y asaltos a un convento situado, precisamente, en los aledaños del Camino de Chile. Y otra, su biografía; conforme avanza el relato, dividido en tres partes y que culmina, naturalmente, con el tiempo en que Rosales vivió, el yo aparece para dar testimonio. Así, se lee en la página 78: “A una de estas parroquias fue enviado el autor de este trabajo por mi devota madre, siendo muy niño, a tomar parte en una azotaina penitente, donde un fuerte latigazo en una oreja dado por otro pecador nada diestro, lo hizo abandonar el local para no entrar nunca más a él con aquel fin. Desde entonces no he dado la oreja a nadie, y me he vuelto huraño como macho montaraz”. Queda por destacar el acucioso trabajo de las editoras (Ariadna Biotti, Bernardita Eltit y Javiera Ruiz), así como la calidad del libro.

Justo Abel Rosales. Sangría Editora, Santiago, 2011. 338 páginas.

La imagen corresponde al óleo de Ernest Charton September the 18th in Santiago,  de 1845, y la encontré acá.

Sciascia detective

Artículo publicado originalmente en El Post, 3 de mayo de 2011

En 1970, 37 años luego de la muerte de Raymond Roussel en un hotel de Palermo, el escritor italiano Leonardo Sciascia recibió la petición de ubicar el certificado de defunción del escritor francés, depositario de un culto escaso, pero culto al fin y al cabo, a la altura de un raro entre los raros. Sciascia cumplió con el encargo, pero en el camino se encontró con variadas sorpresas. De ahí nació Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel, un trabajo de acopio de antecedentes que arroja mucho más luces sobre Sciascia, sus métodos y sus obsesiones que sobre Roussel. Es que al siciliano, con seguridad, el francés lo dejaba frío; en realidad, es difícil encontrar a dos escritores más opuestos en su manera de enfrentar la escritura.

Como bien dice Julio Reija, traductor y autor del epílogo (en realidad, un sustancioso ensayo de unas 30 páginas), «Raymond Roussel juraba inventarse cada una de las imágenes y acciones de sus obras, trabajando desde la pura alquimia lingüística y el ejercicio de la imaginación, y sin dejarle en sus libros ni un solo resquicio a la experiencia. Leonardo Sciascia golpeaba las afiladas teclas de su Olivetti Lettera 22 al son del compromiso con la búsqueda de la verdad, hasta el punto de asegurar en bastantes ocasiones que nunca se inventaba nada, ni los personajes de sus novelas ni el estilo de su escritura».

Pero había algo en esas actas que despertó al sabueso: inconsistencias, equivocaciones en los nombres, contradicciones entre los testigos (leves, eso sí), una rapidez absolutamente insólita en ese tipo de procesos, además de la inicial resistencia burocrática a entregarle papeles que debían ser del dominio público. De ahí su insistencia en obtener los documentos y su posterior publicación de Actas…, un volumen muy breve donde Sciascia presenta la evidencia, cita extensamente los documentos oficiales, agrega entrevistas posteriores a los descendientes y señala, paso a paso, punto a punto, todas las lagunas y rarezas contenidas en el brevísimo proceso. Y concluye: «Innegablemente, hay muchos puntos oscuros en los últimos días de vida y muerte de Raymond Roussel. Y si se declinan desde el punto de vista de la sospecha, el asunto adquiere un no sé qué de misterioso, de detective-story». La pregunta mayor es si Roussel se suicidó, como dice el documento oficial, o si cometió un descuido fatal en la ingesta de narcóticos o «substancias barbiatúrdicas», como tan graciosamente las llama el acta oficial. La cuestión es más bien banal. Michel Foucault y otros estudiosos se inclinan por el suicidio; Sciascia, por el descuido. El procedimiento judicial también se inclinó por el deliberado atentado contra la vida propia y, según Sciascia, ello fue fundamental para que el proceso tuviera una resolución tan rápida (una mañana, nada más, aún con la participación de diversas instancias oficiales).

Así, aún cuando se tratase de un descuido con resultados fatales, «la muerte de Roussel era en efecto un suicidio, y un extranjero que acaba poniéndole fin a su vida en Italia, y en un momento en que la gloria de la Italia fascista resonaba en los cielos atlánticos y ratificaba la paz europea con el pacto entre las cuatro grandes potencias, ¿no parecía, tal vez, aludir no sólo a la imposibilidad de convivir, sino también a la imposibilidad de vivir en la Italia fascista? La policía italiana había refinado en aquella época su capacidad de captar alusiones, de descifrar símbolos y alegorías. Y ¿no es precisamente el suicidio el gesto que alude de forma suprema a la imposibilidad de vivir bajo la tiranía?».

¿Rizaba Sciascia el rizo? Es bien probable que no, dado que el proceso completo duró sólo una mañana en manos de «esa misma magistratura cuyo paso es en la totalidad de los casos de una impresionante lentitud y un atroz peso para quienes se encuentran implicados». Con seguridad, la extrema premura explica también las inconsistencias, los errores y los descuidos en la investigación, que caminó a pasos agigantados hacia el establecimiento de una causal de muerte sin autopsia y sin entretener más a testigos y cercanos. Pero hay una razón distinta, que nos devuelve a Sciascia, a sus técnicas narrativas, a su manera de afrontar el trabajo del escritor, con esta frase casi al final de las Actas: «los hechos de la vida siempre se vuelven más complejos y oscuros, más ambiguos y equívocos, o sea, tal y como verdaderamente son, cuando se los escribe» (la cursiva es de Sciascia).

Es un enfoque, para mí, novedoso. Se suele decir, por el contrario, que «poner las cosas por escrito» acarrea claridad y perspectiva. Sciascia desmiente la especie; escribir es traer hacia la superficie y explicitar el verdadero carácter de las cosas, con sus ambigüedades y sus tinieblas. Quizá acá está la clave para leer mejor sus ficciones (siempre encaramadas en las espaldas de la realidad), sus lúcidos ensayos, su obra que inquieta y perturba. Y también para leer, desde luego, este librito. Estoy de acuerdo con Julio Reija en que Sciascia puede haber sentido una cierta cercanía con Roussel en cuanto ambos fueron unos solitarios que caminaban a destiempo, aunque por muy distintas razones; pero no en que el suicidio de su hermano Giuseppe haya motivado el intento de exculpación de Roussel que Sciascia lleva a cabo en las Actas. La auténtica profundidad y complejidad del texto pasan por la desesperanzada mirada de Sciascia sobre la sociedad siciliana e italiana, así como por su convicción de proclamar, aunque sea incómoda, la verdad. Aunque sea una verdad tan menor como que el hipocondríaco Roussel, que buscaba en los narcóticos una experiencia de paz e iluminación, la alcanzó, finalmente, pero a costa de morir sobre el colchón que había puesto en el suelo, porque tenía miedo de caerse de la cama.

Leonardo Sciascia. Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel. Gallo Nero, Madrid, 2010. 111 páginas.

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 4 de junio de 2011

Hay diversas maneras de hablar de esta novela. La más obvia es decir que se trata de un libro intensamente literario, que se estructura sobre la base de dos relatos aparentemente paralelos pero que se superponen en más de un sentido; de un lado, está la historia de Claudia, en los capítulos 1 y 3; del otro, la historia del narrador –un escritor que podría ser Alejandro Zambra-, en los capítulos 2 y 4, que muestra cómo la escritura de la novela influye en su biografía y en su relación de pareja. Ambas confluyen, en el nivel más amplio, en el tema de la memoria, en cómo se constituyen los recuerdos y en cómo las diversas lecturas de los mismos hechos terminan por constituirse en un relato tan insustituible como variable. Al fin y al cabo, la biografía –la propia, la del otro, la del personaje creado- es mudable, un puro objeto de lectura que se recorta más sobre los recuerdos –reales, inventados, intervenidos por el tiempo- que sobre los hechos; y esta novela es un trabajo ejemplar en este sentido, puesto que ambas historias son diversas posibilidades de la misma biografía.

Pero los porfiados hechos, no se entienda mal, existen, están ahí, son el soporte de toda historia. Y por ahí se articula otra manera de hablar de Formas de volver a casa, como una novela que habla sobre cómo una cadena de hechos –la dictadura, sus prácticas represivas y el clima de silencios, omisiones y secretos- influyó en la generación que comenzó su educación formal en esos años. Los niños que espían a los adultos y no entienden ni las más amables formas de la mentira, aunque los sancionan a ellos si caen en la misma falta. Los niños que aprenden, unos más pronto que otros, a procesar las diversas formas de la culpa, de la sospecha y del miedo; y de cómo esas marcas biográficas influyen en sus decisiones de adultos.

Adultos y niños. Ahí está el tercer vértice de esta novela o la tercera posibilidad de lectura: es una novela sobre padres e hijos y sobre esos tránsitos -que a veces duelen mucho- de la infancia a la adolescencia y a la adultez, que cambia las miradas y suele endurecer los juicios sobre la anterior. Una novela sobre el regreso a la memoria, al recuerdo, a la pieza de la infancia, pero ya desde una distancia irrecuperable, la distancia de la mirada adulta.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2011. 165 páginas.