Cuentos de Galitzia, Andrzej Stasiuk

Reseña publicada en la Revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de mayo de 2011

El rincón del extremo occidental de la actual Ucrania (un territorio que ha sido polaco, soviético, austrohúngaro y en parte rumano) se llama Galitzia y una de sus peculiaridades es el gran número de escritores que han salido de allí, en distintas lenguas: Joseph Roth, Soma Morgenstern, Bruno Schulz, Paul Celan, los más ilustres; Yuri Andrujovich, Adam Zagajewski y Andrzej Stasiuk, los contemporáneos que Acantilado ha puesto en circulación en occidente, una labor que sin duda hay que agradecer. No es poca cosa ampliar los mapas literarios. Para el viejo imperio austro húngaro, el centro geográfico de Europa estaba a pocos kilómetros de Lemberg (o Lviv, o Lvov), capital de Galitzia, pero sus ecos literarios sólo llegaban en la medida en que sus escritores viajaban hacia occidente y escribían en alemán. Gracias a Acantilado conocemos otras vertientes como los Cuentos de Galitzia de Stasiuk, un paseo por un paisaje humano que tiene, a pesar de la distancia y la extrañeza, un raro atractivo.

Stasiuk pone en escena a personajes de la vida cotidiana del campo o el pueblo chico más que de la ciudad. Campesinos, herreros, el dueño del kiosco, la abuela (que merece una mayúscula), mujeres y hombres, en historias tocadas por el calor, la rutina, el vino o la cerveza, la conversación lenta, el testimonio, la apelación a la pertenencia. A pesar de su brevedad, es un libro que demanda tiempo; Stasiuk muestra un estilo trabado y moroso, que no quiere facilitarle las cosas al lector ajeno a ese mundo. Pero en cuanto uno logra desentrañar la clave de lectura y arroparse en ese ritmo oscilante y demoroso que restituye una cadencia de vida que se pierde poco a poco, la lectura –nunca fácil- se transforma también en un placer. Y si hay que buscar un motivo común para el libro, es cómo, en definitiva, el cambio de régimen político y la nueva situación de la economía y la mayor flexibilidad fronteriza terminan por cambiar también a los más ajenos y lejanos, los campesinos y habitantes de pequeños pueblos. Y es magistral la manera en que Stasiuk logra dar cuenta, desde adentro y casi sin referencias, de cómo cambia también el latido del reloj en estos lugares apartados por donde el poder pasa pero nunca se queda. No sólo es cosa de tecnología, aunque también importa; es más el ritmo de la respiración.

Andrzej Stasiuk. Acantilado, Barcelona, 2010. 126 páginas.

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