El pequeño Jarry ilustrado

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 28 de mayo de 2011

Este libro es una sorpresa en el mercado local: formato pequeño, excelente papel, ilustraciones en cuatro colores, diseño con aire, edición bilingüe. Es decir, toda una aventura editorial que relanza a una figura clásica de la literatura del anterior cambio de siglo, el dramaturgo francés Alfred Jarry, fundador de la patafísica (la ciencia que estudia “las leyes que rigen las excepciones, y explicará el universo suplementario a éste”) y creador de un personaje inolvidable, el Padre Ubú, protagonista de una serie de obras dramáticas que inspiraron a las vanguardias más activas y rupturistas de las primeras décadas del siglo pasado. Jarry tuvo una vida intensa y breve (murió en 1907 a los 34 años) y sus obras principales se siguen editando en diversos idiomas, aunque en este preciso momento es difícil encontrarlas en las librerías capitalinas. Este libro subsana, en parte, el problema, aunque en realidad se trata de un proyecto más exquisito, puesto que recoge obras o bien inéditas en español o que, según los responsables de la edición, existen en “traducciones poco fieles al espíritu del original”.

Se trata de los siguientes textos: La Pasión considerada como una carrera de cuenta; Donde Manón; En el Paraíso o el Viejo de la Montaña; El Opio; Pieter de Delft; Prólogo a Ubú en la colina. Todas ellas dan cuenta del genio burlesco y ácido de Jarry, un crítico mayor de las convenciones dotado de un sentido del humor feroz que se ensaña con Francia y sus instituciones. Fue natural, pues, que dadaístas y surrealistas, por lo menos, convirtieran la estética anarquista de Jarry en un antecedente fundamental para sus propuestas; André Breton lo incluyó en su célebre Antología del humor negro, donde estaban, entre otros, Jonathan Swift, Sade, Lewis Carroll, Kafka, Rimbaud. Pero, más allá de las conversaciones del siglo y sus relevos de influencias, leer a Jarry sigue siendo una experiencia tan grata como desconcertante por la fuerza de su impulso iconoclasta y sus desaforadas ocurrencias, una imaginación desbocada que encuentra un curso eficaz para desplegarse. Este libro proporciona además excelente información de contexto a cada una de las obras incluidas en la selección. Las ilustraciones de Chanchán Olibos agregan al texto otra mirada cargada de humor.

Alfred Jarry. Beuvedráis Editores, Santiago, 2011. 253 páginas.

Anuncios

Contra el entusiasmo

Columna publicada originalmente en El Post, 5 de abril de 2011

No, no es uno de esos títulos tan atractivos de la serie de Tumbona Ediciones: Contra la poesía, Contra las buenas intenciones, Contra la homofobia, Contra la televisión, Contra los no fumadores, etc. Pero claro que hace falta uno que increpe con dureza a los entusiastas, esos seres de ojos brillosos, gestos exaltados y voz estentórea cuya misión en la vida es embarcar a otros en lo que ellos consideran importante, relevante, bueno para la salud, bueno para la sociedad toda. Los detesto cordialmente. Cuando siento que anda cerca un entusiasta, me escabullo lo más rápido que puedo. El palmoteo en la espalda, el firme apretón de manos, la pregunta de siempre pero formulada como si se tratara de lo más importante del universo y sus alrededores: «¿Cómo estai?». La sola idea de someterme a esa ceremonia puede lanzarme al consumo desenfrenado de alcohol o a barajar, cuerda en mano, la posibilidad del suicidio.

Y parece que al novelista ruso Iván Goncharov le ocurría algo más o menos similar. Hace muchos años, cuando todavía era un escolar aplicado, leí Oblomov, novela de la que, francamente, recuerdo muy poco, pero sí tengo grabado en la memoria que el protagonista era un filósofo de la pereza, un artista de la inacción, un declarado cultivador de la contemplación vana, aquella que se solaza en una caca de mosca descubierta en un rincón del cielo raso. Y el domingo pasado leí El mal del ímpetu, uno de cuyos personajes, Nikon Ustínovich Tiazhelenko, es presentado de tal manera que inevitablemente recuerda a Oblomov: «Había sido célebre desde su juventud por una incomparable y metódica pereza y una heroica indiferencia hacia el mundano ajetreo». Y es Tiazhelenko quien, tras un opíparo desayuno, advierte al protagonista sobre el mal que afecta a sus amigos comunes, los Zúrov: el terrible «Mal del ímpetu». En invierno, que es cuando Filip Klímovich los frecuenta, son una apacible y acogedora familia que incluye entre sus filas a una dama que le gusta a Filip; pero, en cuando se aproxima el tiempo cálido y se anuncian los brotes de la primavera, los Zúrov, según denuncia Tiazhelenko con espanto, «se lanzan a vadear los ríos, se sumergen en los pantanos, se abren paso por entre tupidos matorrales cubiertos de espinas, trepan a los árboles más altos; ¡cuántas veces se han caído, se han precipitado en abismos, se han hundido en el lodo, han tiritado de frío e incluso, qué horror, han padecido hambre y sed!».

Filip pronto advierte que lo que dice su amigo es rigurosamente cierto y fracasa sin vuelta de hoja en su empeño por detener esta pasión por el movimiento, que encuentra justificaciones de este estilo: en el campo «la circulación sanguínea es mejor, el pensamiento más libre, el alma más luminosa, el corazón más puro». Contra su voluntad, es arrastrado a una vorágine de paseos diurnos y nocturnos, aunque llueva torrencialmente o aunque un denso manto de niebla no deje ver más allá de las narices, hasta que el azar viene a salvarlo. Y no diré más por si alguien se interesa en esta breve lectura. Lo que quiero destacar es que, con mucho humor y hasta sarcasmo desatado, Goncharov arremete contra el entusiasmo por la vida campestre y. en términos más amplios, contra la pérdida de la mesura, el extravío de los límites y la invasión de la esfera privada. Precisamente lo que hacen los entusiastas que no saben cuándo detenerse y no logran incorporar en su cabeza que otros pueden, legítimamente, pensar distinto y resistirse a su aluvión de frases exclamativas: ¡Es que tienes que escuchar esto! ¡Es que, si no has visto esta película, nunca has ido al cine! ¡No vayas a la ciudad X, anda a Z, es muchísimo más bonita! ¡En este restaurant tienes que pedir este plato! ¡Vámonos al campo!

El mal del ímpetu. Iván Goncharov. Editorial Minúscula, Barcelona, 2010. 110 páginas.

“Mein Kampf”. Historia de un libro

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 21 de mayo de 2011

“Es impactante el paralelismo del libro con el destino de Hitler: sus respectivas historias pueden resumirse en una formidable y constante subestimación”, afirma Antoine Viktine luego de analizar el impacto inicial de Mein Kampf, “Mi lucha”, en la sociedad alemana en los años anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Hitler dijo, en algún momento, que, si hubiera tenido la certeza de llegar a la Cancillería del Reich, jamás hubiera publicado el libro, porque revelaba demasiadas cosas. Y, sin embargo, nadie pareció tomarlo demasiado en serio, ni cuando ya estaba en el poder y era un hombre rico gracias a los ingentes derechos de autor (varias decenas de millones de euros en moneda actual) que le reportaba la venta del libro. Es decir: una formidable subestimación que impidió apreciar que ahí había, efectivamente, un programa; que el llamado a la violencia no era retórico; que el odio a los judíos no era sólo de palabra.

Es una pequeña parte de la historia que relata el francés Viktine, un documentalista que luego tomó el material acumulado en su investigación sobre Mein Kampf y lo transformó en un libro que comienza en las cervecerías muniquesas de entreguerras y llega hasta nuestros días, cuando en países como Turquía el libro de Hitler sigue siendo un best seller y conocemos otros casos de textos con anuncios y programas aberrantes que nadie tomó demasiado en serio hasta que la violencia racial o ideológica (en la Cambodia de Pol Pot, en Ruanda, en Serbia) estalló nuevamente y arrasó con millones de vidas. Viktine va paso a paso, desde las primeras reseñas (y burlas) hasta la desaparición del texto en aras del menosprecio (y nuevamente la subestimación) de Hitler como un poseso histérico que fue una anomalía irrepetible. Viktine vuelve al libro, a las razones de su pervivencia, a sus ideas centrales y a las maneras en que ha sido procesado, distribuido, recibido y leído con el paso de las sucesivas décadas; y de todo ello extrae siete lecciones que conviene tomar en cuenta. Detengámonos sólo en la séptima: “prohibir Mein Kampf no sirve para nada (…). Está entre nosotros, y estará entre nosotros todavía por mucho tiempo”, de modo que más vale “extraer de él lecciones útiles”, porque el libro “contiene su propio antídoto”.

Antoine Viktine. Anagrama, Barcelona, 2011. 265 páginas.

Tzvetan Todorov y la literatura

«Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que de forma espontánea me viene a la cabeza es: porque me ayuda a vivir. Ya no le pido, como en la adolescencia, que me evite las heridas que podría sufrir en mis contactos con personas reales. Más que excluir las experiencias vividas, me permite descubrir mundos que se sitúan en continuidad con ellas y entenderlas mejor. Creo que no soy el único que la ve así. La literatura, más densa y más elocuente que la vida cotidiana, pero no radicalmente diferente, amplía nuestro universo, nos invita a imaginar otras maneras de concebirlo y de organizarlo.

Todos nos conformamos a partir de lo que nos ofrecen otras personas: al principio nuestros padres, y luego los que nos rodean. La literatura abre hasta el infinito esta posibilidad de interacción con los otros, y por lo tanto nos enriquece infinitamente. Nos ofrece sensaciones insustituibles que hacen que el mundo real tenga más sentido y sea más hermoso. No sólo es un simple divertimento, una distracción reservada a las personas cultas, sino que permite que todos respondamos mejor a nuestra vocación de seres humanos».

La literatura en peligro. Tzvetan Todorov. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009. Página 17.

Crédito de la foto.

Limbo para suicidas. Dos libros de Etgar Keret

Columna publicada originalmente en El Post el 15 de marzo de 2011.

Aunque existe una ancha y extensa huella de literatura judía en la cultura occidental (hay tantos y de tan distintas latitudes: Joseph y Philip Roth, Saul Bellow, Stefan Zweig, Isaac Bashevis Singer, Elias Canetti, Alejandra Pizarnik, por nombrar algunos), sólo una pequeña parte de ella proviene del moderno Estado de Israel. Es explicable sobre todo por la juventud del país, nacido oficialmente en 1949. Hasta entonces, y de manera totalmente habitual hasta nuestros días, la literatura judía se inscribe o se solapa en otras tradiciones y contextos; excepto, claro, en Israel.

Algunos escritores de ese origen han alcanzado un amplio reconocimiento en el ámbito literario: Amos Oz ha sido un recurrente candidato al Nobel de Literatura y no hay dudas sobre el gran talento literario de David Grossman. En una segunda línea -de lo que yo conozco, claro-, hay una interesante escritora de novelas policiales, Batya Gur, y otro escritor sefardí que suele aparecer en campañas de activismo por la paz con Grossman, Abraham B. Yehoshúa. Entre los que han traspasado las discutidas fronteras de Israel está Etgar Keret, mucho más joven que los anteriores (nació en 1967) y, según reportan las contratapas de sus libros y la entrada en wikipedia, el más popular entre los jóvenes de su país. Es que Keret escribe desde otras coordenadas. O quizá desde las coordenadas que le corresponden, y por tanto su discurso narrativo escapa de manera tan marcada de lo previsible.

Me explico: es un escritor que pertenece a su tiempo y nació ya en un país con tradición e identidad, por lo que le cuesta menos romper con las convenciones y proponer una mirada desde un cierto margen. Y digo “cierto” porque el contexto sigue ahí –el aislamiento del Estado de Israel, las distintas maneras de entender el judaísmo en tanto religión-, pero Keret lo interroga desde dentro y sin tapujos. Claramente está a mucha distancia de las posiciones más ortodoxas y de estricta observancia de la Torá; y sin duda que parte de su popularidad entre los jóvenes tiene que venir de su capacidad de plantearse preguntas y dudas a través de relatos donde la ironía, la tristeza y el humor se conjugan en una fórmula singularmente seductora.

Pizzería Kamikaze es el único relato, considerados los dos libros leídos para esta columna, que rebasa las cuatro o seis páginas. Dan ganas de considerarlo una nouvelle. Cuenta lo que le ocurre a un israelí cualquiera que decide suicidarse y va a parar a una especie de limbo para suicidas, donde todo es igual, con la diferencia de que no puedes optar por la vía rápida para salir de esa existencia tan inane como monótona, un mundo donde todo parece difuminarse y la magia –totalmente inútil, en todo caso- irrumpe sin que la llamen. Desolador, pero, sin embargo, atractivo, ilustra de manera perfecta lo poco tradicional que es Keret en su apreciación de la religión y el más allá (otro cuento magnífico, El coctel del infierno, se ambienta en una ciudad uzbeca que colinda con una puerta al infierno; por ahí salen los condenados que tienen permiso por un día cada 100 años para dar una miradita a un paisaje tan desolado, probablemente, como el que está al interior de la puerta).

Otros cuentos abordan la política, el servicio militar, la locura, los amores, el erotismo, pero siempre desde una perspectiva distinta. Quizá haya que subrayarla: aunque Keret varía el tono de sus relatos, suele incluir herramientas que ponen en cuestión la realidad o la abren hacia otros derroteros. De ahí también que es difícil de definir y le caen etiquetas, como la de “posmoderno”, de las que él se defiende: “todavía no encuentro a alguien que me explique qué es posmodernismo. A veces pienso que es como una papelera en la que todos arrojan a todos los artistas que no pueden definir de otra forma”. Quizá mejor es la definición que él mismo se aplica: “Corto y no del todo claro”, pero es obvio que Keret es mucho más que eso. De todos modos, se trata de una experiencia de lectura totalmente recomendable. En Chile circulan las ediciones mexicanas de sus libros, de la editorial Sexto Piso, distribuida por Hueders (el más reciente, Un hombre sin cabeza, aún no llega); pero también hay ediciones españolas –más caras-, de Siruela (aunque algunos están agotados).

Extrañando a Kissinger. Sexto Piso, Ciudad de México, 2006. 209 páginas.

Pizzería Kamikaze y otros cuentos. Sexto Piso, Ciudad de México, 2008. 107 páginas.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, Patricio Pron

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de mayo de 2011

Hay que reconocerle mérito a Random House Mondadori en la selección de autores que lanza al mercado. Aunque se trate de uno de los estandartes de la industria editorial y buena parte de su producción es de corte masivo (y con eso quiero decir conservador, para gustos domesticados y lectores poco exigentes), incluye también, en sus distintos sellos editoriales, apuestas que destacan por su calidad y, en algunos casos, por el riesgo. Por ejemplo, con escritores argentinos como Iosi Havilio (de quien en esta columna comentamos Estocolmo) y Patricio Pron, que ofrece, además, uno de los mejores títulos de libros de los últimos años.

El mundo sin… es una colección de cuentos ambientados en Alemania y con una mayoría de personajes alemanes. Si surge el nombre de Argentina, es un país derechamente imaginario donde lo literal corre a la par que lo fantástico (así, las calles están pavimentadas con plata que viene del Río de la Plata). Señalo esto para destacar que el libro está muy distante del abordaje tradicional del escritor-latinoamericano-en-un-país-europeo. Pron relata historias que se sostienen por sí mismas y borran las condiciones de origen, salvo, claro está, el hecho de que se trata de un escritor con alta conciencia de estar escribiendo literatura. No es una redundancia gratuita. De hecho, al menos uno de los cuentos recuerda poderosamente el tono de Bolaño en algunos relatos de Llamadas telefónicas. Pero Pron, desde luego, tiene una voz propia, que destaca por el finísimo tramado del lenguaje –depurado, exacto, con una rara capacidad para crear atmósferas- que sostiene historias también finas, sutiles, a ratos casi irreductibles a una línea de tiempo; historias donde los narradores adoptan distintas voces y puntos de vista para atrapar mejor ese momento en que cada relato se resuelve; y cada resolución, cada cierre, muestra de nuevo al escritor consciente y seguro de sus medios, pero que los usa para dejar que el misterio, el riesgo, el juego y la apuesta estilística se adueñen de su obra. Hay una cierta paradoja en que el cuento más literario de todos, “El estatuto particular”, trate sobre la anunciada muerte del cuento; Pron demuestra, con singular agudeza, que el cuento está muy vivo.

Patricio Pron. Mondadori, Buenos Aires, 2011. 218 páginas.

Cuentos de Galitzia, Andrzej Stasiuk

Reseña publicada en la Revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de mayo de 2011

El rincón del extremo occidental de la actual Ucrania (un territorio que ha sido polaco, soviético, austrohúngaro y en parte rumano) se llama Galitzia y una de sus peculiaridades es el gran número de escritores que han salido de allí, en distintas lenguas: Joseph Roth, Soma Morgenstern, Bruno Schulz, Paul Celan, los más ilustres; Yuri Andrujovich, Adam Zagajewski y Andrzej Stasiuk, los contemporáneos que Acantilado ha puesto en circulación en occidente, una labor que sin duda hay que agradecer. No es poca cosa ampliar los mapas literarios. Para el viejo imperio austro húngaro, el centro geográfico de Europa estaba a pocos kilómetros de Lemberg (o Lviv, o Lvov), capital de Galitzia, pero sus ecos literarios sólo llegaban en la medida en que sus escritores viajaban hacia occidente y escribían en alemán. Gracias a Acantilado conocemos otras vertientes como los Cuentos de Galitzia de Stasiuk, un paseo por un paisaje humano que tiene, a pesar de la distancia y la extrañeza, un raro atractivo.

Stasiuk pone en escena a personajes de la vida cotidiana del campo o el pueblo chico más que de la ciudad. Campesinos, herreros, el dueño del kiosco, la abuela (que merece una mayúscula), mujeres y hombres, en historias tocadas por el calor, la rutina, el vino o la cerveza, la conversación lenta, el testimonio, la apelación a la pertenencia. A pesar de su brevedad, es un libro que demanda tiempo; Stasiuk muestra un estilo trabado y moroso, que no quiere facilitarle las cosas al lector ajeno a ese mundo. Pero en cuanto uno logra desentrañar la clave de lectura y arroparse en ese ritmo oscilante y demoroso que restituye una cadencia de vida que se pierde poco a poco, la lectura –nunca fácil- se transforma también en un placer. Y si hay que buscar un motivo común para el libro, es cómo, en definitiva, el cambio de régimen político y la nueva situación de la economía y la mayor flexibilidad fronteriza terminan por cambiar también a los más ajenos y lejanos, los campesinos y habitantes de pequeños pueblos. Y es magistral la manera en que Stasiuk logra dar cuenta, desde adentro y casi sin referencias, de cómo cambia también el latido del reloj en estos lugares apartados por donde el poder pasa pero nunca se queda. No sólo es cosa de tecnología, aunque también importa; es más el ritmo de la respiración.

Andrzej Stasiuk. Acantilado, Barcelona, 2010. 126 páginas.

Yo (no) quiero creer

Columna publicada originalmente en El Post el 16 de febrero de 2011

Algo extraño hay allá afuera. Algo misterioso, inexplicable, enigmático. La ciencia no tiene todas las respuestas y la religión, tampoco (al menos, no las viejas y anquilosadas que se han fosilizado en instituciones normativas). Hay misterios sin resolver en el mundo y en las afueras de este mundo. ¿Por qué negarnos a la posibilidad de que efectivamente seres de otros planetas hayan puesto en la tierra las semillas de la vida y de la inteligencia? ¿Quién asegura, a ciencia cierta, con total certeza, que en la construcción de las pirámides no intervino una raza alienígena? ¿Por qué pensar que es imposible descubrir, en el fondo del mar, los restos de la perdida civilización atlante? Este es el tipo de preguntas que Ronald H. Fritze plantea en la introducción de Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones, un ensayo contundente que pone al desnudo un complejo sistema que entremezcla la buena (y excesiva) fe y el afán de lucro.

En efecto, la industria en torno al conocimiento inventado es sumamente próspera; basta mirar, por ejemplo, cuántas entradas hay en Amazon por Atlantis (sólo en libros, 6.528 y subiendo) y se tendrá claro cuánto éxito ha logrado un tema cuyo venerable origen está en un par de referencias en dos diálogos de Platón, el Timeo y el Critias. Ahí debería haberse acabado todo, pero una serie inacabable de relevos que daban por verdad histórica la especulación filosófica terminaron por cimentar, en el siglo XIX, la fortaleza del mito y la construcción de la leyenda.

La abundante bibliografía resultante en torno a este tema –y a muchísimos otros, por desgracia- se funda en que sus autores sitúan el prejuicio antes del conocimiento. Es decir, creen saber previamente lo que ocurrió y van en busca de las pruebas; de manera consecuente, desecharán todo lo que contradiga sus hipótesis y utilizarán todo lo que pueda respaldarlas, aunque se trate de otras afirmaciones voluntaristas. A la inversa, un historiador serio va en busca del conocimiento y coteja, compara y pondera todas las evidencias disponibles, aunque lo conduzcan por un camino totalmente inesperado. La cuestión se agrava con el paso del tiempo; si en el siglo XIX era posible aún sostener como verdades muchos hechos inexactos simplemente por la falta de evidencia y de conocimiento científico, hoy no lo es; y si en aquella época alguien podía afirmar, con relativa buena fe, que la Atlántida existió, hoy no es posible. Pero el mito no deja de rodar. Es lo que Fritze llama el “entorno cúltico”, que lleva, por ejemplo, a que innumerables lectores atribuyan valor histórico a las novelas de Dan Brown y decenas de escribidores con buen ojo para las demandas del mercado publiquen libros de exégesis (¡!) de El código Da Vinci. Un entorno cúltico que confunde e identifica mito y leyenda, aunque los respectivos puntos de partida sean muy distintos, e identifica posibilidad con probabilidad.

El ejemplo que da Fritze es muy claro y lo adapto en su primera parte: es posible que el loto que compré hoy sea el número ganador; y es probable que mañana me levante, porque es día laboral y tenga que ir a trabajar. Entonces, si dices que “es posible que unos exploradores chinos alcanzaran y colonizaran América circunvalando todo el globo terráqueo”, está bien, aunque si nos atenemos a la evidencia disponible, es altamente probable que no lo hayan hecho. Pero, si en el desarrollo argumental eliminas la diferencia entre posibilidad y probabilidad, tienes pseudo historia. De hecho, el segundo capítulo del libro está dedicado a los innumerables conquistadores de América antes de Colón. Otro capítulo –“Gente del fango, hijos de Satán e Identidad Cristiana”- se interna en delirantes teorías sobre los orígenes del hombre, las razas preadanitas (negras, claro) y oscuros fundamentos bíblicos para asentar el racismo sobre bases pretendidamente históricas. El siguiente vuelve a lo mismo, pero desde el Islam.

Más adelante, Fritze revisa sumariamente la bibliografía de los principales pseudohistoriadores: Immanuel Velikovsky, Charles H. Hapgood, Erich von Daniken, Zecharia Sitchin y Graham Hancock. El problema con ellos no es que escriban libros sin reales fundamentos históricos; es que algunos cultos religiosos toman sus temas –por ejemplo, el catastrofismo y los astronautas en la antigüedad- y los transforman en objetivos religiosos. Y ahí, como en el caso de la Puerta del Cielo, el culto puede ser letal (inspiró un suicidio colectivo; los humanos debían “abandonar sus cuerpos” para recibir nuevamente la visita de los Hermanos del Espacio). En sus manifestaciones más inofensivas, estos autores abonan el camino para películas y series como Stargate o Los expedientes X.

Quizá Fritze abunda demasiado en detalles, pero, sin duda, su investigación es contundente e ilustrativa de un fenómeno que se niega a desaparecer y que en Chile adopta una arista inquietante, que lamentablemente el autor sólo enuncia en el prólogo y no desarrolla porque requeriría otro libro: “Los nazis tenían su propia mitología pseudohistórica acerca de una súper raza aria, la cual intentaron sustentar con toda clase de investigaciones pseudohistóricas y pseudocientíficas”. Tal como se demuestra en algunos capítulos de este libro, “la pseudohistoria se presta fácilmente a ser una herramienta del racismo, el fanatismo religioso y el extremismo nacionalista”. Nada más cierto, y de ello hay muestras cercanas. Al concluir la introducción, Fritze cita, con mucha propiedad, a Mark Twain, para reforzar la idea de que hay que estar prevenido cuando uno se encuentra con gente que quiere creer: “Podría pensarse que tengo prejuicios. Quizás los tenga. Me avergonzaría de mí mismo si no los tuviera”.

Ronald H. Fritze. Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones. Editorial Turner, Madrid, 2010. 351 páginas.