El púlpito picarón

(Columna publicada originalmente en El Post, el 2 de febrero de 2011).

El consultorio sentimental es un género periodístico de larga data en los diarios del país (y del mundo; aún existe en The Guardian, por ejemplo). La voz experta y el lector inseguro son una pareja ideal para dar vida a secciones especializadas en amores, sexualidad y dudas del corazón que, a pesar de su aparente seriedad, por estas latitudes suelen derivar hacia ese humor socarrón y campechano que parece ser, según los expertos, una nota distintiva del carácter chileno.

El periodista Axel Pickett pesquisó los consultorios sentimentales desde las primeras décadas del siglo pasado hasta sus versiones más contemporáneas en Las Últimas Noticias y The Clinic y seleccionó lo más representativo según su criterio. Capítulos temáticos estructuran una muestra sumamente expresiva de las timideces, inseguridades y percances del amor cotidiano y citadino. Por ahí desfilan personajes y temas prototípicos, los mismos que giran por los chistes cochinos y las rutinas de humor en horario para adultos: el frescolín que quiere con todas, el profesor y la alumna, el viejo y la bella jovencita, la secretaria picarona, la matrona tan deseable como inaccesible, la suegra que es mejor que la hija, el maestro y la señora sola, en fin, una galería variopinta que cuenta con algunos redactores de destacable estilo, maestros del uso del doble sentido, la alusión pícara y la creatividad metafórica, como Jacques de la Tour (Las Últimas Noticias), Jean de Fremisse (Clarín) y el Doctor Cariño (La Cuarta). Y precisamente en el estilo es cuando parece más obvio que muchas veces el autor de la pregunta y el autor de la respuesta son el mismo personaje. “Conocernos, mirarnos y decidir ir al ring de cuatro perillas fue una sola cosa”, dice un tal Gordito en consulta a Clarín, en 1971; “Me hizo de todo: la carretilla humana, el enfierrado a presión, la estucada mágica y el apretón de clavijas”, le confidencia Abigail al Doctor Cariño en La Cuarta, en 2007. Es muy fácil colegir que ambos son fruto de la imaginación y pie para el despliegue jocoso de los consultados.

Pero también, al verlos todos juntos, saltan chispas; y las chispas encienden un campo de prejuicios sorprendente por su uniformidad y coherencia, una reveladora trama de prejuicios, conservadurismo, machismo y homofobia. “A un hombre no se le puede tener amarrado con una correa como a un perrito regalón”, dice la consultora de Margarita en 1937; aún antes, en 1929, se podía leer lo siguiente en el consultorio de Las Últimas Noticias: “Las coquetas son seres anticonyugales y su vicio es la antecámara del adulterio”. Y Yazmín aconseja, en 1964, desde las páginas de Confidencias, a un joven que se ha topado con una coqueta: “Debes ser capaz de pasar la esponja a los desbordes que no han faltado en la vida de esa chica”, pero, mejor aún, “resérvate para una muchacha cuya vida no sea una serie de aventuras sin mañana”. Pero, ojo, los hombres por supuesto que tienen permiso para lo que se les ofrezca; como escribía Jean de Fremisse en Clarín, en 1964, “Los hombres, mijita, los hombres bien hombrecitos, siempre andan con su puñalito bajo el poncho, pronto a ensartarlo al primer descuido”.

No es preciso abundar en lo que estas frases dejan ver. Por si no fueran suficientes, uno de los que mejor escribe, Jacques de la Tour, redactor de Las Últimas Noticias en la década del setenta, decía -un poco en broma, claro, pero también un poco en serio- que “la mujer está sujeta a continua tentación y, cuando no es la serpiente, es su propia curiosidad la que la pierde” (1978). Y en el mismo año, a una señora que recurría a todos los medios posibles para retener a su marido (espionaje, seguimiento y hasta misteriosas pócimas), le señaló, enojado: “¡Ay, señora mía, cuando se nace tonta, fea y copuchenta hay muy poca esperanza que darle a una mujer!”.

Pero es frente a la homosexualidad cuando los consultores revelan con más claridad sus prejuicios. “No eres culpable de ser homosexual, ya que te pervirtieron cuando todavía eras niño”, se puede leer en Rosalyn aconseja, La Tercera, en 1967 (la sección incluía sólo la respuesta y omitía el texto de la consulta). Poco más adelante, ella ahonda su reflexión: “Debes hacer un esfuerzo extraordinario para sobreponerte a este vicio que es la perdición de muchos hombres (…). Lo tuyo no es una enfermedad incurable, pero como todo vicio hay que sufrir un poco hasta lograr vencerlo”. Y la guinda de la torta: “No lo pienses más y consulta a un médico psiquiatra y verás que con un par de inyecciones quedarás más macho que el más fornido galán”. La misma tecla pulsa Yolanda Sultana Halabi en Las Últimas Noticias (1976), que también recomienda la visita al psiquiatra porque “muchos se han recuperado totalmente, ¿por qué no puedes tú llegar a mejorar de ello?”.

La calificación de enfermedad respecto del homosexualismo se queda corta al lado de las palabras del Doctor Cariño en La Cuarta ya en 1990, es decir, como si fuera ayer, en respuesta a una mujer que sospecha que su marido es homosexual: “Bichos como su marido son los culpables de que el Sida se haya propagado por el mundo como reguero de pólvora”. Pero el que se lleva la palma es Jean de Fremisse en Clarín, en 1973. Responde a una carta más provocadora que graciosa, probablemente escrita por él mismo y evidentemente puesta ahí como pretexto para soltar párrafos como este: “sus amigos tienen toda la razón al tildarlo de maraco, porque eso es usted. Y sin arreglo. Siga pecando y ligerito lo vamos a ver adornando las páginas centrales de policía, con otros especímenes tan extraviados como usted. O ya aparecerá con las tripas al aire o un tiro en la nuca en alguna calle marginal. Ese es el destino de los colipatos”.

Axel Pickett. Corazones rotos. Antología de consultorios sentimentales en la prensa chilena (1914-2007). Catalonia, Santiago, 2010. 167 páginas.

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