Plan para un artículo sobre Lolita/Lulú

Esperando la llegada de La Antorcha, una nueva selección de los miles de artículos que Karl Kraus publicó en  la revista de ese nombre (Die Fackel, en alemán) que escribió y editó en solitario por más de treinta años, tomé una antología anterior que publicó Visor en 1990, es decir, un libro que ya cumplió con creces la mayoría de edad. Un libro feo, agrego, con la tipografía en un cuerpo miserable y poco aire en el diseño de las páginas, que son 198. Todo ello lo compara muy desfavorablemente con la propuesta de El Acantilado, con 560 páginas en una colección que destaca por su buen diseño y la facilidad de lectura; pero, de todos modos, el segundo artículo (que probablemente ya había leído hace hartos años) desencadenó una idea que espero perseguir con más constancia que tantas otras desperdiciadas en el tiempo.

Abro aquí un excurso. En Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, hay una particular recreación de La Divina Comedia en clave porteña y satírica. Ocurre que Adán, en una de las tantas curvas de la espiral que baja hacia el trono (o el culo, mejor dicho) de Satanás, da con un círculo habitado por todos aquellos Adanes que emanaron alguna vez de su fantasía, esas vidas posibles creadas en esas ensoñaciones que en ocasiones son un refugio tan grato o la única salida posible para un presente devastador; ese Adán que escaló el Everest, el otro que regentó burdeles en la margen del Plata, el que fue misionero entre los canibales, sabio entre los derviches, héroe de homéricas batallas, redentor de la Nación, bebedor tan consumado como lúcido, don Juan en versión rioplatense, en fin (invento, no llega a tanto mi memoria), esos personajes que creamos en la semi vigilia, esos otros uno que súbitamente, por un portazo, una voz o la simple obligación de volver a las tareas escolares o laborales, ven sus casi vidas truncadas en el momento de mayor exaltación. Como es lógico, todos esos Adanes reprochan con singular amargura al que los soñó, por dejarlos a medio camino, por no perseverar, en la fantasía, en el trazado completo de una biografía que los hubiera rescatado de aquel círculo donde la única condena es saber que ya no fueron.

Yo creo que, en lugar o además de mis dobles, me habría encontrado con los artículos que nunca escribí. Hubo incluso algunas ideas que me convirtieron en un experto -bueno, algo así, parecido, pero no igual- en determinado tema, conocimiento que nunca cristalizó ni siquiera en unas breves páginas. Otras duran lo que dura el desperezarse en la mañana o un viaje en micro sin poder leer o una ducha; otras han significado hasta años de lecturas obsesivas, mini bibliotecas físicas y, más importante aún, mentales, que ahí están, en un limbo blanquecino, en un círculo del infierno, en una eterna posibilidad de ser que ya pasó. Espero que Lolita/Lulú supere la barrera.

Al grano entonces con la idea, ya que no es todavía el artículo. El texto de Kraus se refiere a Lulú, el personaje que animó la obra de teatro más famosa y también más discutida de Frank Wedekind, que por presiones de la censura debió dividir en dos partes: El espíritu de la tierra y La Caja de Pandora. Ambas fueron la base para la película (1929, muda) de Georg Wilhelm Pabst, que llevó el título de la segunda; y para la ópera Lulu, de Alban Berg (a su muerte, en 1935, dejó listos los dos primeros actos, pero también legó el material suficiente como para que el tercer acto fuera completado aunque la tarea demoró hasta fines de los años setenta, cuando Pierre Boulez estrenó la versión realizada por el compositor austríaco Friedrich Cerha; y para Lulu, película del director polaco radicado en Francia Walerian Borowczyk, quien destacó por una propuesta cinematográfica intensamente erótica pero también con pretensiones artísticas. Aunque llegó al gesto muy decadente de filmar Emmanuelle V, su versión de Lulu efectivamente ingresó al circuito del cine arte; la vi en el EspacioCal y me impresionaron el frío erotismo y la demencial historia de una mujer fatal en el más riguroso sentido de la palabra (también recuerdo a dos adolescentes tratando infructuosamente de comprar entradas; con seguridad el dato de que la protagonista pasa desnuda buena parte de la película circuló por una ciudad donde todavía operaba a sus anchas la censura). En la entrada de Wikipedia sobre la ópera hay un excelente resumen que muestra cabalmente lo desquiciado del argumento y el poder fatal de la trágica Lulú; engaños, infartos, suicidios, crímenes, cárcel, enfermedades, prostitución y, como guinda de la torta, Jack el Destripador. Lulú, el supremo objeto del deseo, marchita todo lo que toca, hasta que la rueda de la fortuna la lleva a los brazos de alguien cuya locura tiene, además, el toque malsano de la extrema frialdad.

Lulú -esta Lulú, al menos, no la sufrida de Almudena y menos aún la amiga de Tobi- se configura, entonces, como un personaje trágico que tiene sucesivas reencarnaciones. Las obras de Wedekind se siguen representando, aunque no sé si alguna vez se estrenaron en Chile. Para Kraus, en el tercer acto de La caja de Pandora «la mano de un nuevo Shakespeare ha hecho presa en lo más hondo de la intimidad humana». Vaya tamaño del elogio en alguien más conocido y recordado por sus pullas y sarcasmos. En la tragedia de Lulú, Kraus lee la hipocresía de su tiempo y la dominación masculina; Lulú sólo se enfrenta a sádicos verdugos aunque éstos no tengan conciencia de ello, salvo, naturalmente, el verdugo final, el sádico por naturaleza que no sólo la mata, sino que le extirpa lo que la hacía atractiva para el resto de los hombres. Es una lectura. Otro comentarista, Pablo Rodríguez, sostiene que «Lulú no es un estereotipo, sino más bien un arquetipo. Una fuerza que se presenta con la simpleza infantil del vicio, vengadora de su propio sexo, demoníaca y amoral».

De cualquier modo, hay ahí una poderosa figura femenina que, a pesar de sus reencarnaciones y de la merecida fama de al menos las versiones de Pabst y Berg, nunca ancló de verdad en la imaginería popular. Marie McDonald McLaughlin Lawrie podía adoptar el nombre de Lulu para su carrera artística y cantar, con toda la ingenuidad que cabía en la época, To Sir With Love sin que a nadie se le ocurriera ligarla a la peligrosa caja de Pandora. En Lulú, una incógnita, estupenda y perversa novela de Raymond Kennedy, si hay alguien que se parece a la protagonista de Wedekind es la señora Gansevoort y no Lulú Peloquin, la humilde cenicienta cuya elevación se articula sobre el filo de la tragedia.

¿Y Lolita? Ah, es que todo esto viene de que, al leer a Kraus, me pregunté precisamente por qué Lulú no cuajó en el imaginario del siglo y Lolita sí. Son muy distintas, por supuesto, pero, aunque ambas han paseado por la literatura y el cine, sólo Lolita traspasó barreras, incluso del nombre propio al sustantivo de alcance universal. Me intrigó esa diferencia. Y aunque este tiempo es mucho menos propicio para los Humbert Humbert, por una muy sana tendencia a proteger de mejor manera a los menores de edad (que lo son hasta que cumplen 18 años, por más que un cardenal opine lo contrario), de todos modos la figura de la adolescente plena de vida y de sensualidad que trazaron Nabokov y Kubrick sigue siendo perfectamente reconocible, una cita que no es necesario explicitar.

Ahí está, pues, trazada la ruta para escribir el artículo. Hay un gran problema, eso sí;  es difícil conseguir ediciones en español de las obras de Wedekind (hay, pero no están ni en Chile ni en las librerías que pude pesquisar en Argentina), pero me pondré en campaña. Tengo la película de Pabst, la ópera de Berg, la novela de Nabokov, y la curiosidad necesaria como para darle una vuelta. Aunque finalmente descubra que mi pregunta es más bien retórica y una excusa para dibujar mejor a Lulú.

Kraus abre su artículo con una cita de Félicien Rops, un ilustrador belga, gran amigo de Baudelaire, que murió en 1898, poco después del estreno de la primera obra de Wedekind. Es un poco relamida, pero interesante; y por eso la copio acá, emmarcada por un par de ilustraciones del mismo Rops.

«El amor de las mujeres encierra, como la caja de Pandora, todos los dolores de la vida; pero envueltos entre escamas de oro tan luminosas, con unos colores tan brillantes y unos perfumes tales, que jamás hay que arrependirse de haberla abierto. Esos perfumes alejan la vejez y conservan, hasta en sus últimos vestigios, sus fragancias originales. (…) ¿Qué importan la vida, la gloria, la obra? Daría todo eso a cambio de las horas dulcísimas o de las noches de verano en las que mi cabeza reposó sobre dos hermosos senos, torneados como la copa del rey de Thule, y hoy como ella arrastrados por las mareas».

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