Teoría de la noche, María Moreno

Reseña aparecida en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 30 de abril de 2011.

Teoría de la noche

«Antología de textos», dice el subtítulo de este libro de la argentina María Moreno, quien a su vez es presentada, en la solapa, como «periodista, narradora y crítica cultural». De todo ello hay en Teoría de la noche, que prefiere formas clásicas como la columna de opinión, la crónica, el reportaje, aunque con una carga de sentido poco habitual, que transporta a la mayoría a una dimensión crítica –en su sentido analítico- poco habitual en el periodismo; pero su rasgo más destacado, sin duda, es que la escritura rompe definitivamente los moldes. «Textos», sí, inclasificables, que superan largamente la coyuntura aunque se trate de columnas de página y media publicadas hace 30 años, o reportajes coyunturales de hace diez, o ensayos más bien literarios escritos el año pasado, todos traspasados por un estilo que revela a la escritora mucho más que a la periodista. Luego de la lectura se entiende mejor el elogio de Ricardo Piglia incluido en la contratapa: «María Moreno es uno de los mejores narradores argentinos actuales. Tal vez el mejor. Sus crónicas saben captar con oído absoluto las voces y los tonos extraviados de su época». Sin duda. Pocos libros de ensayos y crónicas brindan un placer de lectura tan claro y tan revelador. Moreno habla (casi) de todo; una línea fuerte pasa por la exploración de las minorías sexuales y los temas de género; otra, por un feminismo agudo y abierto, que no se cierra en posiciones dogmáticas ni denigratorias; otra, por los simples ecos y resonancias de la vida cotidiana, de los gestos y los dichos de sociedades en movimiento.

Para los chilenos interesará más, probablemente, la última sección, “Yergue el Ande”, una colección de ensayos referidos a Chile o a chilenos, desde la ex miss universo Cecilia Bolocco hasta, con un raro sentido de la oportunidad, el poeta Gonzalo Rojas, muerto en esta semana. Y si “Boloccotuda total” es un texto corrosivo que desnuda abajismos, arribismos y siutiquerías sin cuento, el ensayo sobre Rojas es un singular y cariñoso homenaje de una feminista a un feo machista. El ensayo que da nombre a la sección, en tanto, es autobiografía de la mejor. Hay más, tanto ahí como en el resto del libro. Mucho más. Moreno es una autora refrescante, rara vez excesiva, siempre sugerente.

María Moreno. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2011. 170 páginas.

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El púlpito picarón

(Columna publicada originalmente en El Post, el 2 de febrero de 2011).

El consultorio sentimental es un género periodístico de larga data en los diarios del país (y del mundo; aún existe en The Guardian, por ejemplo). La voz experta y el lector inseguro son una pareja ideal para dar vida a secciones especializadas en amores, sexualidad y dudas del corazón que, a pesar de su aparente seriedad, por estas latitudes suelen derivar hacia ese humor socarrón y campechano que parece ser, según los expertos, una nota distintiva del carácter chileno.

El periodista Axel Pickett pesquisó los consultorios sentimentales desde las primeras décadas del siglo pasado hasta sus versiones más contemporáneas en Las Últimas Noticias y The Clinic y seleccionó lo más representativo según su criterio. Capítulos temáticos estructuran una muestra sumamente expresiva de las timideces, inseguridades y percances del amor cotidiano y citadino. Por ahí desfilan personajes y temas prototípicos, los mismos que giran por los chistes cochinos y las rutinas de humor en horario para adultos: el frescolín que quiere con todas, el profesor y la alumna, el viejo y la bella jovencita, la secretaria picarona, la matrona tan deseable como inaccesible, la suegra que es mejor que la hija, el maestro y la señora sola, en fin, una galería variopinta que cuenta con algunos redactores de destacable estilo, maestros del uso del doble sentido, la alusión pícara y la creatividad metafórica, como Jacques de la Tour (Las Últimas Noticias), Jean de Fremisse (Clarín) y el Doctor Cariño (La Cuarta). Y precisamente en el estilo es cuando parece más obvio que muchas veces el autor de la pregunta y el autor de la respuesta son el mismo personaje. “Conocernos, mirarnos y decidir ir al ring de cuatro perillas fue una sola cosa”, dice un tal Gordito en consulta a Clarín, en 1971; “Me hizo de todo: la carretilla humana, el enfierrado a presión, la estucada mágica y el apretón de clavijas”, le confidencia Abigail al Doctor Cariño en La Cuarta, en 2007. Es muy fácil colegir que ambos son fruto de la imaginación y pie para el despliegue jocoso de los consultados.

Pero también, al verlos todos juntos, saltan chispas; y las chispas encienden un campo de prejuicios sorprendente por su uniformidad y coherencia, una reveladora trama de prejuicios, conservadurismo, machismo y homofobia. “A un hombre no se le puede tener amarrado con una correa como a un perrito regalón”, dice la consultora de Margarita en 1937; aún antes, en 1929, se podía leer lo siguiente en el consultorio de Las Últimas Noticias: “Las coquetas son seres anticonyugales y su vicio es la antecámara del adulterio”. Y Yazmín aconseja, en 1964, desde las páginas de Confidencias, a un joven que se ha topado con una coqueta: “Debes ser capaz de pasar la esponja a los desbordes que no han faltado en la vida de esa chica”, pero, mejor aún, “resérvate para una muchacha cuya vida no sea una serie de aventuras sin mañana”. Pero, ojo, los hombres por supuesto que tienen permiso para lo que se les ofrezca; como escribía Jean de Fremisse en Clarín, en 1964, “Los hombres, mijita, los hombres bien hombrecitos, siempre andan con su puñalito bajo el poncho, pronto a ensartarlo al primer descuido”.

No es preciso abundar en lo que estas frases dejan ver. Por si no fueran suficientes, uno de los que mejor escribe, Jacques de la Tour, redactor de Las Últimas Noticias en la década del setenta, decía -un poco en broma, claro, pero también un poco en serio- que “la mujer está sujeta a continua tentación y, cuando no es la serpiente, es su propia curiosidad la que la pierde” (1978). Y en el mismo año, a una señora que recurría a todos los medios posibles para retener a su marido (espionaje, seguimiento y hasta misteriosas pócimas), le señaló, enojado: “¡Ay, señora mía, cuando se nace tonta, fea y copuchenta hay muy poca esperanza que darle a una mujer!”.

Pero es frente a la homosexualidad cuando los consultores revelan con más claridad sus prejuicios. “No eres culpable de ser homosexual, ya que te pervirtieron cuando todavía eras niño”, se puede leer en Rosalyn aconseja, La Tercera, en 1967 (la sección incluía sólo la respuesta y omitía el texto de la consulta). Poco más adelante, ella ahonda su reflexión: “Debes hacer un esfuerzo extraordinario para sobreponerte a este vicio que es la perdición de muchos hombres (…). Lo tuyo no es una enfermedad incurable, pero como todo vicio hay que sufrir un poco hasta lograr vencerlo”. Y la guinda de la torta: “No lo pienses más y consulta a un médico psiquiatra y verás que con un par de inyecciones quedarás más macho que el más fornido galán”. La misma tecla pulsa Yolanda Sultana Halabi en Las Últimas Noticias (1976), que también recomienda la visita al psiquiatra porque “muchos se han recuperado totalmente, ¿por qué no puedes tú llegar a mejorar de ello?”.

La calificación de enfermedad respecto del homosexualismo se queda corta al lado de las palabras del Doctor Cariño en La Cuarta ya en 1990, es decir, como si fuera ayer, en respuesta a una mujer que sospecha que su marido es homosexual: “Bichos como su marido son los culpables de que el Sida se haya propagado por el mundo como reguero de pólvora”. Pero el que se lleva la palma es Jean de Fremisse en Clarín, en 1973. Responde a una carta más provocadora que graciosa, probablemente escrita por él mismo y evidentemente puesta ahí como pretexto para soltar párrafos como este: “sus amigos tienen toda la razón al tildarlo de maraco, porque eso es usted. Y sin arreglo. Siga pecando y ligerito lo vamos a ver adornando las páginas centrales de policía, con otros especímenes tan extraviados como usted. O ya aparecerá con las tripas al aire o un tiro en la nuca en alguna calle marginal. Ese es el destino de los colipatos”.

Axel Pickett. Corazones rotos. Antología de consultorios sentimentales en la prensa chilena (1914-2007). Catalonia, Santiago, 2010. 167 páginas.

Viaje de invierno, Amélie Nothomb

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 23 de abril de 2011

Amélie Nothomb escribe novelas cortas, pero con frecuencia. Lo suyo no es, sin duda, la vasta construcción, la catedral narrativa, sino la miniatura bien trabajada, el rincón urbano que de repente sorprende por su originalidad y osadía. Y de esos rincones hay muchos en la ya amplia producción narrativa de Nothomb, unas 15 o 20 novelas, aunque siguen brillando más algunas ya clásicas como Estupor y temblores, Metafísica de los tubos o Cosmética del enemigo. En algunas de sus obras recientes, la autora belga criada en Japón ha escogido tópicos de la vida cotidiana mundial (u occidental, por lo menos), como la figura del sicario o la emergencia del género de los reality show. Acá vuelve a pulsar una cuerda similar, pero es apenas el punto de partida. Desde la primera página sabemos que el protagonista se propone derribar un avión, pero muy pronto la deriva narrativa fluye hacia territorios muy distintos de los previsibles: en realidad, no se trata, para nada, de un terrorista al uso ni de la reivindicación de causa alguna, sino del ejercicio del odio en su forma más pura y desasida; y, por tanto, el objeto del odio, el blanco de la destrucción, debe ser algo hermoso. “No existen ejemplos humanos de atentados contra la fealdad”, reflexiona el protagonista. “Lo extremadamente feo sólo suscita una indignación estéril. Sólo lo sublime monopoliza el ardor necesario para su degradación”.

Y el odio, por cierto, tiene su raíz, su origen, su fuerza invencible, en el sentimiento opuesto. Zoilo ama a la mujer más sublime del mundo que, sin embargo, lo trata con desprecio y burla; y si lo mejor del mundo es capaz de reaccionar así, ¿qué queda para el resto? Así que Zoilo trama su venganza apocalíptica mientras narra la historia de ese amor en páginas donde Nothomb recupera el brío, la agudeza y la rapidez de sus novelas más famosas, aquellas en donde retuerce la realidad tanto como los tópicos habituales para hacerlos renacer en una trama tan limpia y simple como desquiciada. La novela progresa a punta de frases como “los atentados sólo existen por el qué dirán y los medios de comunicación, ese cotilleo a escala planetaria” y contiene también, en abundancia, giros, reflexiones y nombres propios que resaltan más aún la capacidad de Nothomb para exprimir el lenguaje y sacarle chispas con humor, picardía y una saludable cuota de desesperación.

Amélie Nothomb. Anagrama, Barcelona, 2011. 119 páginas.

Plan para un artículo sobre Lolita/Lulú

Esperando la llegada de La Antorcha, una nueva selección de los miles de artículos que Karl Kraus publicó en  la revista de ese nombre (Die Fackel, en alemán) que escribió y editó en solitario por más de treinta años, tomé una antología anterior que publicó Visor en 1990, es decir, un libro que ya cumplió con creces la mayoría de edad. Un libro feo, agrego, con la tipografía en un cuerpo miserable y poco aire en el diseño de las páginas, que son 198. Todo ello lo compara muy desfavorablemente con la propuesta de El Acantilado, con 560 páginas en una colección que destaca por su buen diseño y la facilidad de lectura; pero, de todos modos, el segundo artículo (que probablemente ya había leído hace hartos años) desencadenó una idea que espero perseguir con más constancia que tantas otras desperdiciadas en el tiempo.

Abro aquí un excurso. En Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, hay una particular recreación de La Divina Comedia en clave porteña y satírica. Ocurre que Adán, en una de las tantas curvas de la espiral que baja hacia el trono (o el culo, mejor dicho) de Satanás, da con un círculo habitado por todos aquellos Adanes que emanaron alguna vez de su fantasía, esas vidas posibles creadas en esas ensoñaciones que en ocasiones son un refugio tan grato o la única salida posible para un presente devastador; ese Adán que escaló el Everest, el otro que regentó burdeles en la margen del Plata, el que fue misionero entre los canibales, sabio entre los derviches, héroe de homéricas batallas, redentor de la Nación, bebedor tan consumado como lúcido, don Juan en versión rioplatense, en fin (invento, no llega a tanto mi memoria), esos personajes que creamos en la semi vigilia, esos otros uno que súbitamente, por un portazo, una voz o la simple obligación de volver a las tareas escolares o laborales, ven sus casi vidas truncadas en el momento de mayor exaltación. Como es lógico, todos esos Adanes reprochan con singular amargura al que los soñó, por dejarlos a medio camino, por no perseverar, en la fantasía, en el trazado completo de una biografía que los hubiera rescatado de aquel círculo donde la única condena es saber que ya no fueron.

Yo creo que, en lugar o además de mis dobles, me habría encontrado con los artículos que nunca escribí. Hubo incluso algunas ideas que me convirtieron en un experto -bueno, algo así, parecido, pero no igual- en determinado tema, conocimiento que nunca cristalizó ni siquiera en unas breves páginas. Otras duran lo que dura el desperezarse en la mañana o un viaje en micro sin poder leer o una ducha; otras han significado hasta años de lecturas obsesivas, mini bibliotecas físicas y, más importante aún, mentales, que ahí están, en un limbo blanquecino, en un círculo del infierno, en una eterna posibilidad de ser que ya pasó. Espero que Lolita/Lulú supere la barrera.

Al grano entonces con la idea, ya que no es todavía el artículo. El texto de Kraus se refiere a Lulú, el personaje que animó la obra de teatro más famosa y también más discutida de Frank Wedekind, que por presiones de la censura debió dividir en dos partes: El espíritu de la tierra y La Caja de Pandora. Ambas fueron la base para la película (1929, muda) de Georg Wilhelm Pabst, que llevó el título de la segunda; y para la ópera Lulu, de Alban Berg (a su muerte, en 1935, dejó listos los dos primeros actos, pero también legó el material suficiente como para que el tercer acto fuera completado aunque la tarea demoró hasta fines de los años setenta, cuando Pierre Boulez estrenó la versión realizada por el compositor austríaco Friedrich Cerha; y para Lulu, película del director polaco radicado en Francia Walerian Borowczyk, quien destacó por una propuesta cinematográfica intensamente erótica pero también con pretensiones artísticas. Aunque llegó al gesto muy decadente de filmar Emmanuelle V, su versión de Lulu efectivamente ingresó al circuito del cine arte; la vi en el EspacioCal y me impresionaron el frío erotismo y la demencial historia de una mujer fatal en el más riguroso sentido de la palabra (también recuerdo a dos adolescentes tratando infructuosamente de comprar entradas; con seguridad el dato de que la protagonista pasa desnuda buena parte de la película circuló por una ciudad donde todavía operaba a sus anchas la censura). En la entrada de Wikipedia sobre la ópera hay un excelente resumen que muestra cabalmente lo desquiciado del argumento y el poder fatal de la trágica Lulú; engaños, infartos, suicidios, crímenes, cárcel, enfermedades, prostitución y, como guinda de la torta, Jack el Destripador. Lulú, el supremo objeto del deseo, marchita todo lo que toca, hasta que la rueda de la fortuna la lleva a los brazos de alguien cuya locura tiene, además, el toque malsano de la extrema frialdad.

Lulú -esta Lulú, al menos, no la sufrida de Almudena y menos aún la amiga de Tobi- se configura, entonces, como un personaje trágico que tiene sucesivas reencarnaciones. Las obras de Wedekind se siguen representando, aunque no sé si alguna vez se estrenaron en Chile. Para Kraus, en el tercer acto de La caja de Pandora «la mano de un nuevo Shakespeare ha hecho presa en lo más hondo de la intimidad humana». Vaya tamaño del elogio en alguien más conocido y recordado por sus pullas y sarcasmos. En la tragedia de Lulú, Kraus lee la hipocresía de su tiempo y la dominación masculina; Lulú sólo se enfrenta a sádicos verdugos aunque éstos no tengan conciencia de ello, salvo, naturalmente, el verdugo final, el sádico por naturaleza que no sólo la mata, sino que le extirpa lo que la hacía atractiva para el resto de los hombres. Es una lectura. Otro comentarista, Pablo Rodríguez, sostiene que «Lulú no es un estereotipo, sino más bien un arquetipo. Una fuerza que se presenta con la simpleza infantil del vicio, vengadora de su propio sexo, demoníaca y amoral».

De cualquier modo, hay ahí una poderosa figura femenina que, a pesar de sus reencarnaciones y de la merecida fama de al menos las versiones de Pabst y Berg, nunca ancló de verdad en la imaginería popular. Marie McDonald McLaughlin Lawrie podía adoptar el nombre de Lulu para su carrera artística y cantar, con toda la ingenuidad que cabía en la época, To Sir With Love sin que a nadie se le ocurriera ligarla a la peligrosa caja de Pandora. En Lulú, una incógnita, estupenda y perversa novela de Raymond Kennedy, si hay alguien que se parece a la protagonista de Wedekind es la señora Gansevoort y no Lulú Peloquin, la humilde cenicienta cuya elevación se articula sobre el filo de la tragedia.

¿Y Lolita? Ah, es que todo esto viene de que, al leer a Kraus, me pregunté precisamente por qué Lulú no cuajó en el imaginario del siglo y Lolita sí. Son muy distintas, por supuesto, pero, aunque ambas han paseado por la literatura y el cine, sólo Lolita traspasó barreras, incluso del nombre propio al sustantivo de alcance universal. Me intrigó esa diferencia. Y aunque este tiempo es mucho menos propicio para los Humbert Humbert, por una muy sana tendencia a proteger de mejor manera a los menores de edad (que lo son hasta que cumplen 18 años, por más que un cardenal opine lo contrario), de todos modos la figura de la adolescente plena de vida y de sensualidad que trazaron Nabokov y Kubrick sigue siendo perfectamente reconocible, una cita que no es necesario explicitar.

Ahí está, pues, trazada la ruta para escribir el artículo. Hay un gran problema, eso sí;  es difícil conseguir ediciones en español de las obras de Wedekind (hay, pero no están ni en Chile ni en las librerías que pude pesquisar en Argentina), pero me pondré en campaña. Tengo la película de Pabst, la ópera de Berg, la novela de Nabokov, y la curiosidad necesaria como para darle una vuelta. Aunque finalmente descubra que mi pregunta es más bien retórica y una excusa para dibujar mejor a Lulú.

Kraus abre su artículo con una cita de Félicien Rops, un ilustrador belga, gran amigo de Baudelaire, que murió en 1898, poco después del estreno de la primera obra de Wedekind. Es un poco relamida, pero interesante; y por eso la copio acá, emmarcada por un par de ilustraciones del mismo Rops.

«El amor de las mujeres encierra, como la caja de Pandora, todos los dolores de la vida; pero envueltos entre escamas de oro tan luminosas, con unos colores tan brillantes y unos perfumes tales, que jamás hay que arrependirse de haberla abierto. Esos perfumes alejan la vejez y conservan, hasta en sus últimos vestigios, sus fragancias originales. (…) ¿Qué importan la vida, la gloria, la obra? Daría todo eso a cambio de las horas dulcísimas o de las noches de verano en las que mi cabeza reposó sobre dos hermosos senos, torneados como la copa del rey de Thule, y hoy como ella arrastrados por las mareas».

Breve apunte sobre lecturas recientes

Se supone que este blog existe precisamente para fijar en unas líneas la impresión de las recientes lecturas, antes que pasen a categorías como “lo lei, pero no me acuerdo mucho”, o, peor aún, “creo que lo leí”. Y estas líneas, a su vez, son una suerte de cita a una de las primeras entradas del blog, cuando estaba leyendo, con mucho provecho, Cómo hablar de los libros que no se han leído. Y me arrepiento de no mantenerlo más al día, aunque en rigor la mayor parte de mis lecturas sí queda registrada, ya sea en las reseñas de El Sábado o en mis ocasionales columnas en El Post. Pero algunas quedan fuera y con mayor razón en estas últimas semanas, cuando decidí darle prioridad a ponerme al día con lecturas pendientes. Partí con un buen montón de Anagramas, editados, la mayoría, hace más de 10 años:

Vestida de cuero, Alasdair Gray.
Vales tu peso en oro, J.R. Ackerley.
El cuarto oscuro, Louise Welsh.
Un libro para niños basado en un crimen real, Chloe Hooper.
El demonio vestido de azul, Walter Mosley.

Vayamos de atrás hacia adelante. El de Mosley es el primero de la serie del detective Easy Rawlins y el único que no había leído de los seis editados por Anagrama, y en realidad es crucial, porque ahí se explica por qué Rawlins es detective, por qué tiene un cierto capital que le permite vivir de sus rentas y quién es el niño mexicano que adoptó. Muy bien, es una excelente serie, aunque ahora se me antoja decir que se lee demasiado rápido. Es una virtud desde el punto de vista del género -nada peor que una novela policial chiclosa-, pero un defecto si se mira un poco más allá. Hace poco, y lo escribí en este blog, leí un libro reciente suyo y lo encontré derechamente un bodrio.

El libro de Hooper, australiana, está ambientado en la isla de Tasmania, donde primero se instalaron las colonias penales del Reino Unido. Es una novela interesante y desconcertante: ¿qué son esos wombats, possums y otros animales que se cruzan en los caminos y mueren atropellados, mientras otros, en capítulos intercalados, investigan los crímenes de los humanos? Raro vivir en un territorio así. Como dice la protagonista, «imagínense lo que es tener la sensación de vivir en el fin del mundo y, al mismo tiempo, saber que es cierto». Esa pareja tan habitual, el tedio y la culpa, mueve una trama extraña donde los niños aprenden a domesticar la mirada y los adultos se hacen zancadillas. Bueno, es un decir. Se deshilacha al final, pero no diría que es mala. Y pensándolo bien, podría hablarse mejor de un trío -el tedio, la culpa, el deseo- y queda mucho mejor.

Me paso a J.R. Ackerley. El más interesante de todos, el único de los (nuevos) autores (para mí) del que compraría y leería todo lo que hay en el mercado. Curiosamente también va de un trío, pero los vértices son totalmente distintos: la soledad, el miedo y ya, el deseo, ese factor que se distribuye quizá más parejo que cualquier otro. Hay una perra, pero no zoofilia. El narrador y protagonista es gay, pero el objeto del deseo no es un hombre. En fin, que hay que leer a Ackerley. Acaba de salir una reedición de Mi padre y yo, que supongo que llegará pronto, y hay dos ediciones recientes de Mi perra Tulip: Anagrama, que no llegó a Chile en la última remesa, y Beatriz Viterbo, que supongo que tiene los derechos para América Latina.

Y pongo juntos a Gray y Welsh, ambos escoceses y exploradores de variados submundos de Glasgow. Ya escribiré algo más sobre ellos. Y también sobre otros libros de los que quiero hablar: La garchofa esmeralda, del argentino Alejandro Rubio (creo que irá en El Post), libro que despaché en el verano y que me pena; y El mal del ímpetu, una preciosa nouvelle o un cuento largo de Iván Goncharov que le llegó de regalo hace unos pocos días desde Barcelona. La edición es de Minúscula. Y prefiero ni mencionar los libros leídos a medias o simplemente hojeados de los que también me gustaría decir algo.