El elegido, de Thomas Mann

El año pasado, a alguien en el diario se le ocurrió que no correspondía incluir reediciones (sic) en la sección Leer de El Sábado. Así, aunque esta novela llevaba décadas fuera de los catálogos editoriales, no me aceptaron la reseña. Ahora la rescato por una cuestión más bien doméstica: ha sido el año de lectura de Thomas Mann en mi casa.

El elegido

Con algún retraso llegan las novelas de Thomas Mann que está reeditando Edhasa, algunas de ellas largamente desaparecidas del mercado editorial. Es el caso de El elegido (1951), una de las últimas novelas que concluyó el autor alemán antes de morir en 1955. Y, tal como la que quedó inconclusa, Confesiones del estafador Felix Krull, da muestra de un inusitado sentido del humor; más que eso, en realidad, se trata de obras que apelan al humorismo como base y estructura del relato, lo que las destaca notoriamente en el conjunto de una obra que tiende a erigir catedrales narrativas cuya complejidad y riqueza de matices no excluyen en modo alguno el humor (que, especialmente en el caso de Thomas Mann, nunca hay que confundir con ironía), pero con un papel menor y acotado. En estas novelas tardías, en cambio, la mirada se instala desde la comicidad, por más que la historia que relata El elegido sea, al menos en su primera parte, un drama terrible, una historia de incesto y doble incesto que desemboca en un castigo ejemplar, en el total y absoluto aislamiento del mundo hasta el punto de que el protagonista, perdido en una roca desolada que enfrenta una inhóspita costa, pierde hasta la figura humana. Basada en leyendas y poemas medievales, la historia del papa Gregorio es también una historia ejemplar de hundimiento y elevación, de condena y perdón. Como señaló el mismo autor, aunque de trata de una alegre parodia de la leyenda, conserva “con la más pura seriedad su núcleo religioso, su cristianismo, la idea de pecado y gracia”, a lo que habría que agregar el enorme respeto que Mann sentía por la figura del papa, hacia quien sentía “una empatía fraternal que no resulta fácil de explicar”.

Se suele clasificar -con cierta injusticia, creo yo- El elegido entre las obras menores de Thomas Mann, aunque es, sin duda, una de las más accesibles que escribió. Es un relato seductor desde el inicio, donde el narrador, que se presenta como “el espíritu de la narración”, impone sus reglas: dejará la voz impersonal para encarnarse en un monje que hace gala de compasión y cariño por sus personajes y se propone como una mediación, que aporta buena parte de la vena paródica y risueña, entre lo que narra y el lector. Parecido a Serenus Zeitblom, el pacato narrador del Doktor Faustus, el monje muestra, sin embargo, mucho más soltura y libertad moral que su antecesor, y construye un relato inolvidable por su tránsito entre alturas y profundidades, por algunas escenas de desaforada comicidad (¿quién podrá olvidar los sueños de los cardenales romanos que les anuncian la llegada del nuevo papa?) y por su gran sentido de lo humano. Ya en la vejez, y pasada la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, Mann deja fluir una vena lúdica que puede ser, también, una gigantesca ironía, una manera de burlarse de sí mismo, de su solemnidad y de su “fraternidad” con el papa, del carácter patricio de su figura cultivada como para ser inscrita en una moneda.

Thomas Mann. Edhasa, 2008. 360 páginas.