Natalia Ginzburg por dos

Hace tiempo  que tenía la novela Querido Miguel en mi biblioteca (la primera edición española es de 2000 y hay otra, más accesible, de 2003; el año de su publicación en italiano, 1973). Tanto, que estaba convencido de haberla leído ya, pero, luego de una conversación con un amigo apasionado por Natalia Ginzburg, lo saqué de la estantería, empecé a hojearlo y sí, me di cuenta de que no lo había hecho, así que pasó a la estantería de pendientes y de ahí a mis libros de vacaciones.

La novela es una fiel hija del tiempo en que fue escrita, una suerte de radiografía, descarnada y precisa, de la agitada Europa de los sesenta y los setenta, asediada por impulsos revolucionarios y dilemas existenciales. Ginzburg retoma aquí un género cada vez más olvidado, el epistolar. Aunque aún hay quienes lo cultivan desde el correo electrónico, la inmediatez de las comunicaciones y la dispersión de los formatos lo ha arrinconado a circunstancias o temas especiales. Habrá, sin duda, todavía, buenas cartas de amor, pero otros hábitos -el relato de la circunstancia, la discusión de ideas, la crónica de viaje- que solían habitar las cartas hoy han migrado a formas más rápidas y especializadas de comunicación. Así que ésta es, quizá, una de las últimas muestras de cómo las cartas pueden usarse como material narrativo: tienen la obvia ventaja de permitir distintos puntos de vista, según quien sea el que toma el turno de la escritura, y también, en este caso, permiten rodear al personaje principal, asediarlo desde distintos ángulos o bien mirarlo de frente. La concisión y la exactitud del relato le dan aún más fuerza a la melancolía que lo recorre, que viene de la extrañeza y la pérdida, finalmente, del contacto entre los miembros de una familia.

Y, para seguir el impulso, leí también Antón Chejov, un breve ensayo de Ginzburg sobre el escritor ruso. Es una maravilla de capacidad de síntesis y penetración sagaz en labiografía y la obra de un escritor que, a pesar de su fama, merece una más amplia lectura. Con mucha frecuencia, el tratamiento de “clásico” significa situar al autor en un solemne mausoleo al que se entra con reverencia y por breves instantes, y es también habitual que el clásico quede reducido a la obra que se incorpora a los planes escolares. Por fortuna, hay buenas ediciones recientes de Chéjov (por ejemplo, la recopilación de cuentos que hizo Richard Ford) y este ensayo puede servir como una excelente puerta de entrada: una biografía modélica que se atiene a lo fundamental, que no abruma con erudición ni se pierde en el dato innecesario, y que, sobre todo, traza un itinerario vital que incentiva poderosamente a la lectura de Chéjov.

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