Carlos Ríos y Mario Levrero, en los márgenes del Plata

Manigua, del argentino Carlos Ríos, es uno de los tantos libros que me traje de Buenos Aires en mi último viaje, en mayo del año pasado. Lo leí hace pocos días, en un bus que se dirigía hacia la costa. Breves 61 páginas y toda una curiosidad: la novela está ambientada en algún país africano (que puede ser cualquiera de los habitados por los bantúes, desde Camerún a Somalia, cosa que puede deducirse si se investiga las denominaciones tribales usadas en el libro), en un paisaje que alterna la exhuberancia de la naturaleza con la sequedad del desierto. Es la primera novela del autor, nacido en 1967; antes había publicado un par de libros de poesía (aquí hay una selección de su poesía). Como a veces ocurre en estos casos, lo principal aquí es el tratamiento del lenguaje.

Nada es lineal aquí y el hilo de la leyenda que se narra -el hijo que tiene que partir lejos a buscar una vaca, para celebrar el nacimiento de su hermano- se apoya en un narrador que cambia de personas y de lugares; a veces al lado del camastro donde agoniza su hermano, ese hermano que requería la vaca, muchos años después, a veces desde un presente que de todos modos se difumina en versiones alternativas y relecturas de los mismos hechos. Tiene, todo ello, un extraño atractivo, y el carácter experimental de la novela no impide mantener viva la curiosidad y el interés. Y reafirma mi percepción de que siempre hay que prestar atención a los catálogos de las editoriales independientes, como Entropía. No tenía la menor idea previa sobre Ríos, pero ya sé que conviene seguirle la pista.

Y un Levrero más para la colección. El año pasado, en El Sábado, comenté Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo); en el blog que ahora dejé para artículos publicados en medios, escribí sobre La ciudad; y en El Sábado, nuevamente, muy a comienzos de ese año, sobre La novela luminosa. Ahora leí, en un ventoso día de sol costero, otro antiguo souvenir platense, Dejen todo en mis manos, en la bonita edición de Caballo de Troya (luego apareció una más accesible -en Argentina- por Mondadori).

Confieso que es la que más me ha gustado de Levrero. No se compara, desde luego, con la poderosa arquitectura de La novela luminosa, pero es también el texto más amable y accesible que le he leído. Un escritor asediado por las deudas acepta una misión que tiene que ver muy lateralmente con la escritura, pero sí con las literatura: ubicar, en el interior del país (en una ciudad que el narrador llama Penurias) al misterioso autor de una novela que será, según su editor, el mayor éxito de la narrativa uruguaya en mucho tiempo, y que llegó en un sobre que sólo indicaba su nombre, Juan Pérez. Y Penurias la hace honor a su nombre: aunque conoce a Juana Pérez, una prostituta que es una maestra consumada en su oficio, la mayor parte de los personajes sólo son pistas falsas y espejismos que lo arrastran por conversaciones y encuentros más bien humillantes o simplemente soporíferos. El libro tiene una comicidad cáustica y el retrato del interior uruguayo es demoledor. Quizá las ciudades pequeñas de la provincia se parecen en todas partes, pero Levrero logra sacar lo más estremecedor -y a la vez divertido- de esos lugares en donde todo parece repetirse hasta el infinito. El aire de pesquisa policial, la liviandad del relato y la simpatía autocompasiva del protagonista son una delicia.

Y así es como avanzo en adelgazar la lista de pendientes.

Natalia Ginzburg por dos

Hace tiempo  que tenía la novela Querido Miguel en mi biblioteca (la primera edición española es de 2000 y hay otra, más accesible, de 2003; el año de su publicación en italiano, 1973). Tanto, que estaba convencido de haberla leído ya, pero, luego de una conversación con un amigo apasionado por Natalia Ginzburg, lo saqué de la estantería, empecé a hojearlo y sí, me di cuenta de que no lo había hecho, así que pasó a la estantería de pendientes y de ahí a mis libros de vacaciones.

La novela es una fiel hija del tiempo en que fue escrita, una suerte de radiografía, descarnada y precisa, de la agitada Europa de los sesenta y los setenta, asediada por impulsos revolucionarios y dilemas existenciales. Ginzburg retoma aquí un género cada vez más olvidado, el epistolar. Aunque aún hay quienes lo cultivan desde el correo electrónico, la inmediatez de las comunicaciones y la dispersión de los formatos lo ha arrinconado a circunstancias o temas especiales. Habrá, sin duda, todavía, buenas cartas de amor, pero otros hábitos -el relato de la circunstancia, la discusión de ideas, la crónica de viaje- que solían habitar las cartas hoy han migrado a formas más rápidas y especializadas de comunicación. Así que ésta es, quizá, una de las últimas muestras de cómo las cartas pueden usarse como material narrativo: tienen la obvia ventaja de permitir distintos puntos de vista, según quien sea el que toma el turno de la escritura, y también, en este caso, permiten rodear al personaje principal, asediarlo desde distintos ángulos o bien mirarlo de frente. La concisión y la exactitud del relato le dan aún más fuerza a la melancolía que lo recorre, que viene de la extrañeza y la pérdida, finalmente, del contacto entre los miembros de una familia.

Y, para seguir el impulso, leí también Antón Chejov, un breve ensayo de Ginzburg sobre el escritor ruso. Es una maravilla de capacidad de síntesis y penetración sagaz en labiografía y la obra de un escritor que, a pesar de su fama, merece una más amplia lectura. Con mucha frecuencia, el tratamiento de “clásico” significa situar al autor en un solemne mausoleo al que se entra con reverencia y por breves instantes, y es también habitual que el clásico quede reducido a la obra que se incorpora a los planes escolares. Por fortuna, hay buenas ediciones recientes de Chéjov (por ejemplo, la recopilación de cuentos que hizo Richard Ford) y este ensayo puede servir como una excelente puerta de entrada: una biografía modélica que se atiene a lo fundamental, que no abruma con erudición ni se pierde en el dato innecesario, y que, sobre todo, traza un itinerario vital que incentiva poderosamente a la lectura de Chéjov.

Flann O’Brien por dos

Uno de los autores que más me entusiasmó el año pasado fue el irlandés Flann O’Brien, por su novela La vida dura. Una exégesis de lo escuálido, que comenté en El Sábado. En mis breves vacaciones de febrero leí dos novelas más, que comento acá. Sólo me falta conseguir El Tercer Policía, que puede llegar como reposición de Hueders en estas semanas.

Puesto que ya ha pasado un buen tiempo desde la lectura, avanzaré rápido. Había empezado Crónica de Dalkey hace unos meses, cuando compré el libro, y confieso que me desalentó la lectura por el exceso de menciones a la patrística y al catolicismo en general. Lo que, en mi opinión, funcionaba bien en La vida dura, aquí devenía en exceso. Bloom sitúa esta novela entre las imprescindibles del canon universal (del suyo, claro, muy sesgado hacia la narrativa anglosajona) y puede que sea así, pero hay que advertir que las barreras de entrada son altas. Luego, en mis vacaciones, le tomé el tranco a la novela, superé una larga conversación en una caverna submarina entre los protagonistas y San Agustín (humorística, sí, pero soy generoso conmigo si digo que la mitad de los chistes se me escaparon) y comencé a disfrutarla. La historia discurre entre anuncios del fin del mundo, la aparición de un James Joyce casi senil y clandestino que fingió su muerte y una alambicada historia de amor. El gran personaje humorístico es el sargento Fotrell, obsesionado con la idea de que las bicicletas y los hombres progresan lentamente hacia la fusión mediante el intercambio de las partículas que se produce al utilizarlas. Tiene grandes momentos y, aunque exige más atención que lo habitual en la lectura y se articula sobre un marco de referencias que dominan muy pocos lectores (yo no, desde luego), finalmente logra cautivar. Al final del ejercicio, sólo puedo recomendarla, con las prevenciones ya establecidas.

La boca pobre es, derechamente, una sátira sobre la imagen que los irlandeses tenían de sí mismos a mediados del siglo pasado. Es graciosa, sin duda, y lleva al extremo el procedimiento de cargar las tintas sobre la miseria y la soledad para despertar la compasión del prójimo. Es corta. Es llevadera. Y es interesante cómo O’Brien trabaja sobre personajes arquetípicos, la repetición de frases hechas y un fondo de mitología venido a menos que resalta más aún el aire escandalosamente caricaturesco de la obra.Y aunque es muy irlandesa, es fácil reconocer esa tendencia a la exageración de las miserias en ejemplos cercanos. Mucho más cercanos.