Roth, Ivanhoe, Albahari

Decidí escribir un artículo sobre las Cartas de Joseph Roth, así que retomé la lectura que había dejado incompleta. Roth es uno de los autores de la Europa de entre guerras que más ha persistido en los catálogos editoriales; Bruguera, Seix Barral, Siruela y Anagrama tienen obras suyas. Recientemente, Acantilado ha emprendido las publicación de la mayoría de sus obras, a las que se suman selecciones de crónicas editadas por Minúscula y Siglo XXI (y también por Acantilado). Ejerció largamente el periodismo, aunque desde una muy particular concepción de la crónica. Y fue un compulsivo escritor de cartas: según el editor y autor del prólogo, Hermann Kesten, escribió más de cinco mil, de las que logró rescatar alrededor de 600. Un número significativo de ellas está dirigida a Stefan Zweig, con el valor agregado de que se incluyen también muchas cartas que Zweig le escribió a Roth.

No es raro que escribiera tantas cartas. Desde muy temprano llevó una vida errante por las capitales de Europa, vivía en hoteles, se jactaba de tener sólo tres maletas y su contenido. Era complicado de trato, rebelde ante los editores, duro con sus acreedores, y así lo manifestaba; y un gran comentarista de lo que pasaba en torno a sí y de los libros que pasaban por sus manos. Pero es sólo una fuente más, importante, pero no suficiente, para conocer bien al personaje detrás de novelas tan abarcadoras del derrumbe del Antiguo Régimen como La marcha de Radetzky o tan iluminadoras de la lucha contra los demonios del alcoholismo como La leyenda del Santo Bebedor.

También, a ratos, y con placer culpable, he releído Ivanhoe, de Walter Scott, una de las compras que hice en la última Feria del Libro. Fue una de las primeras novelas que leí de chico; tenía tapas azules, duras, y letra chica. Y no la leí una, sino varias veces, para re-vivir las aventuras de Wilfred Ivanhoe, el Rey Ricardo y Locksley -también conocido como Robin Hood– contra desalmados normandos como el templario Brian de Bois-Gilbert, Reginald Front-de-Boeuf, Phillipe de Malvoisin y otros nobles de la corte del Príncipe Juan. En el centro, dos mujeres, Lady Rowena y la judía Rebecca de York. Y por ahí, el porquerizo Gurth y Wanda el bufón. Y Cedric el Sajón. Y Athelstane de Connisburgh. Y Waldemar Fitzurze. Cito de memoria: descubrí que el libro está aún muy presente en mi memoria, pero aún así el reencuentro ha sido un real placer. Es una novela bien construida, que presenta con largueza a los personajes, que los lleva de una aventura a otra, que señala con claridad los bandos, que exalta virtudes clásicas de la caballería andante como el valor, la gentileza y la lealtad desde dos puntos divergentes: los que las encarnan y los que las traicionan.Y si algo no le falla a Scott, que a veces se demora demasiado en detalles que ahora me parecen irrelevantes, es el pulso para llevar la trama hacia la aventura, el riesgo y el peligro, con notas de humor y, como corresponde a un romántico, las penas y las alegrías del amor.

Y ayer, antes de decidirme por hincarle el diente al voluminoso tomo de Roth, había empezado la novela Goetz y Meyer, del escritor serbio de origen judío David Albahari. Es de Funambulista, una editorial española independiente que llega a la librería del FCE en el Paseo Bulnes (también he visto un par de títulos en la Ulises, pero bastante más caros). Se trata, en breve, de la reconstrucción de la vida de dos soldados de la SS, Goetz y Meyer, durante el tiempo en que condujeron un camión en cuya parte trasera, a razón de alrededor de 100 al día -0 200,  si había tiempo-, asfixiaban con monóxido de carbono a mujeres, niños y ancianos judíos. Ahí murió buena parte de la familia del narrador; otra, los hombres adultos, habían sido fusilados previamente. El libro, como descubrí, a propósito de una frase que subí a twitter y de las reacciones que despertó, circula peligrosamente por el borde de la cursilería,cuestión que no se advierte hasta que se priva de contexto los dichos del narrador, un solterón de cincuenta años que ve que su árbol genealógico, tan cuidadosamente reconstruido a partir de archivos y de entrevistas con otros pocos sobrevivientes, se extingue con él. Albahari enfrenta la tragedia y el horror con una distancia que no viene de la ironía y el humor, sino del sentimentalismo, y eso le da a su relato una textura muy especial, una manera morosa de aproximarse a los hechos que no excluye, incluso, la compasión por los verdugos.

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