Alan Bennett

En 2008 me encontré con Una lectora nada común, una novela breve que cuesta calificar de otra manera que deliciosa, ceremonia masajepor más que también se rinda tributo al lugar común. Fue la más exitosa de Alan Bennett de las tres que completaba Anagrama, y ello seguramente motivó el rescate de La dama de la furgoneta, un texto singular, autobiográfico y periodístico, que también me gustó mucho (los links conducen a mis reseñas, que todavía están en el blog de EMOL).

Y hace poco, en las ofertas de la librería Altamira, encontré La ceremonia del masaje, publicada en español en 2003, otra novela tan breve como mordaz, con todo el humor y la distancia que uno agradece a muchos escritores ingleses. Revela, más que las otras que leí, su larga trayectoria como dramaturgo y guionista: transcurre casi íntegramente en una iglesia y perfectamente podría adaptarse al teatro, aunque ahí se perdería -o habría que instalarla de otra manera- la voz del narrador, que puntea el relato con todo tipo de disquisiciones sobre las creencias y motivaciones de los personajes. En una iglesia, decía; en una iglesia anglicana; en un funeral. El muerto es un masajista de 34 años, que perdió la vida en Perú. Ahora, de vuelta a casa y a su último domicilio en el cementerio aledaño, es acompañado por una variopinta multitud, donde hay desde famosillos del último culebrón hasta figuras de la política británica. Es que Clive Dunlop, el muerto, era un masajista consumado, que además prestaba, a mujeres y hombres, otro tipo de servicios: “Aunque Clive era tan escrupuloso que no omitía nunca la ceremonia del masaje, para algunos era tan sólo el preámbulo de un contacto más prolongado e íntimo que, como es natural, quizá fuera un poco más caro”. El oficiante, el padre Joliffe, también contrataba los servicios de Clive; y entre los asistentes está Treacher, un canónigo que asiste a la ceremonia para evaluar el desempeño de Joliffe. No hay una línea de desperdicio en el relato: las observaciones del narrador sobre lo complicado que es desentrañar el Quién es quién británico, sobre la fe y las maneras de abordarla en la iglesia oficial y sobre la muerte, entre muchas otras, se formulan desde una posición analítica que aspira, claro, a explicar, a dar luces al lector, a facilitar la comprensión de lo que está ocurriendo, con una simpatía irresistible.

Y lo que ocurre es que la ceremonia funeraria se desacarrila completamente. Cuando Treacher se apresta a retirarse y sus apuntes indican que Joliffe ha pasado la prueba, a este último se le ocurre la peor idea del día: pedir a los asistentes que entreguen sus testimonios sobre el difunto. La cosa se pone difícil cuando alguien elogia, parte por parte, el cuerpo de Clive, omitiendo sólo la descripción del pene; y peor aún cuando un joven calvo proclama que Clive murió de sida. Y en los ires y venires de la asamblea tras esta revelación, luego desmentida por otras, reafirmada y vuelta a negar, está lo mejor de la novela, que hace transitar a los personajes desde el vértigo hasta el alivio, desde la desesperación hasta la liberación.

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