Roth, Ivanhoe, Albahari

Decidí escribir un artículo sobre las Cartas de Joseph Roth, así que retomé la lectura que había dejado incompleta. Roth es uno de los autores de la Europa de entre guerras que más ha persistido en los catálogos editoriales; Bruguera, Seix Barral, Siruela y Anagrama tienen obras suyas. Recientemente, Acantilado ha emprendido las publicación de la mayoría de sus obras, a las que se suman selecciones de crónicas editadas por Minúscula y Siglo XXI (y también por Acantilado). Ejerció largamente el periodismo, aunque desde una muy particular concepción de la crónica. Y fue un compulsivo escritor de cartas: según el editor y autor del prólogo, Hermann Kesten, escribió más de cinco mil, de las que logró rescatar alrededor de 600. Un número significativo de ellas está dirigida a Stefan Zweig, con el valor agregado de que se incluyen también muchas cartas que Zweig le escribió a Roth.

No es raro que escribiera tantas cartas. Desde muy temprano llevó una vida errante por las capitales de Europa, vivía en hoteles, se jactaba de tener sólo tres maletas y su contenido. Era complicado de trato, rebelde ante los editores, duro con sus acreedores, y así lo manifestaba; y un gran comentarista de lo que pasaba en torno a sí y de los libros que pasaban por sus manos. Pero es sólo una fuente más, importante, pero no suficiente, para conocer bien al personaje detrás de novelas tan abarcadoras del derrumbe del Antiguo Régimen como La marcha de Radetzky o tan iluminadoras de la lucha contra los demonios del alcoholismo como La leyenda del Santo Bebedor.

También, a ratos, y con placer culpable, he releído Ivanhoe, de Walter Scott, una de las compras que hice en la última Feria del Libro. Fue una de las primeras novelas que leí de chico; tenía tapas azules, duras, y letra chica. Y no la leí una, sino varias veces, para re-vivir las aventuras de Wilfred Ivanhoe, el Rey Ricardo y Locksley -también conocido como Robin Hood– contra desalmados normandos como el templario Brian de Bois-Gilbert, Reginald Front-de-Boeuf, Phillipe de Malvoisin y otros nobles de la corte del Príncipe Juan. En el centro, dos mujeres, Lady Rowena y la judía Rebecca de York. Y por ahí, el porquerizo Gurth y Wanda el bufón. Y Cedric el Sajón. Y Athelstane de Connisburgh. Y Waldemar Fitzurze. Cito de memoria: descubrí que el libro está aún muy presente en mi memoria, pero aún así el reencuentro ha sido un real placer. Es una novela bien construida, que presenta con largueza a los personajes, que los lleva de una aventura a otra, que señala con claridad los bandos, que exalta virtudes clásicas de la caballería andante como el valor, la gentileza y la lealtad desde dos puntos divergentes: los que las encarnan y los que las traicionan.Y si algo no le falla a Scott, que a veces se demora demasiado en detalles que ahora me parecen irrelevantes, es el pulso para llevar la trama hacia la aventura, el riesgo y el peligro, con notas de humor y, como corresponde a un romántico, las penas y las alegrías del amor.

Y ayer, antes de decidirme por hincarle el diente al voluminoso tomo de Roth, había empezado la novela Goetz y Meyer, del escritor serbio de origen judío David Albahari. Es de Funambulista, una editorial española independiente que llega a la librería del FCE en el Paseo Bulnes (también he visto un par de títulos en la Ulises, pero bastante más caros). Se trata, en breve, de la reconstrucción de la vida de dos soldados de la SS, Goetz y Meyer, durante el tiempo en que condujeron un camión en cuya parte trasera, a razón de alrededor de 100 al día -0 200,  si había tiempo-, asfixiaban con monóxido de carbono a mujeres, niños y ancianos judíos. Ahí murió buena parte de la familia del narrador; otra, los hombres adultos, habían sido fusilados previamente. El libro, como descubrí, a propósito de una frase que subí a twitter y de las reacciones que despertó, circula peligrosamente por el borde de la cursilería,cuestión que no se advierte hasta que se priva de contexto los dichos del narrador, un solterón de cincuenta años que ve que su árbol genealógico, tan cuidadosamente reconstruido a partir de archivos y de entrevistas con otros pocos sobrevivientes, se extingue con él. Albahari enfrenta la tragedia y el horror con una distancia que no viene de la ironía y el humor, sino del sentimentalismo, y eso le da a su relato una textura muy especial, una manera morosa de aproximarse a los hechos que no excluye, incluso, la compasión por los verdugos.

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El aprovechado, de Daniel Sada

En la librería Gonzalo Rojas, del Fondo de Cultura Económica, encontré hace unos meses este librito de Daniel Sada, parte de la colección “La centena narrativa“, de la editorial Aldus y Conaculta (el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México). De Sada sólo había leído Casi nunca, la novela con que ganó el Premio Herralde y que fue, a la vez, su debut en Anagrama. Hace poco hablábamos con Andrea Palet, vía twitter, sobre el bajón en la calidad promedio de esta editorial, especialmente en la colección “Narrativas hispánicas”. Bueno, Sada, Rodrigo Rey Rosa (ojalá Anagrama republique todos sus libros, hoy inencontrables por la desidia de Seix Barral) y Martín Kohan, entre otros, salvan a la colección de la decadencia: sigue siendo un catálogo interesantísimo, aunque más expuesto -por razones diversas que no pudimos precisar a ciencia cierta- a decisiones editoriales reñidas con mínimos de calidad.

El aprovechado, de 73 páginas, incluye tres cuentos. Leí los dos primeros hace tiempo y ahora completé el tercero. Me gustó mucho Casi nunca y ya estaba preparado para el peculiar estilo de Sada, cuya sintaxis retorcida da origen a oraciones que giran, se interrumpen, saltan y vuelven y se cierran. No en vano se refieren a él como un escritor “barroco” y hasta la entrada de wikipedia recoge esta cita de Bolaño:

Daniel Sada, sin duda, está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español, parangonable únicamente con la obra de Lezama, aunque el barroco de Lezama, como sabemos, tiene la escenografía del trópico, que se presta bastante bien a un ejercicio barroco, y el barroco de Sada sucede en el desierto.

Los tres cuentos tienen en común el humor pícaro y el retorcimiento de la sintaxis; y, tal como la novela, plantean una severa exigencia al lector. De hecho, “El aparecido” y “Eumelia”, los dos primeros, tienen tal dosis de localismos que cuesta seguir la trama; y se trata además de cuentos que narran historias tomadas del mundo popular mexicano, más cercanas al habla cotidiana y por lo mismo más desconcertantes para el lector foráneo. En el primero, un personaje que acarrea la cruz de Cristo en una procesión es perseguido por un acreedor; en el segundo, una anciana lleva una muestra de sus heces al consultorio y un infortunado ladrón le roba la cartera. Ya a partir de esos datos se puede deducir de dónde surge la picaresca tan cara a Sada, pero no su manera de rodear los temas antes de resolver la trama.

El tercer y más largo cuento, “Quién es quién o quién no es alguien”, es el que más me gustó. Detrás de una historia que parece hermanarlo con los anteriores, hay una rica reflexión sobre las relaciones entre la ficción y la realidad. El gigantón del barro, que siempre planteó preguntas desconcertantes a sus amigos, recibe un fuerte golpe en la cabeza; cuando se recupera, algo se trastocó en su cabeza y narra, con el mayor convencimiento, historias imposibles, disparatadas, desquiciadas. En consecuencia, lo tratan como a un loco, lo recluyen y sólo entra a verlo el único amigo que soporta escuchar esos relatos demenciales donde lo que menos le pasa a Luis Carmona, que así se llama el gigantón, es que en Houston, Texas, un grupo de muchachas lo confunde con “un actor de cine (James Dean o Marlon Brando), a tal grado que se hizo necesaria la intervención del cuerpo policiaco para que al pobre no se lo comieran sus fans alebrestadas”. Con una mirada bastante ácida sobre la clase media baja mexicana, Sada cierra el cuento de manera tan sorprendente como ambigua, un certero final abierto sobre el que se podría discutir muchísimo.

Otrosí: he avanzado en el libro de Chiara Bolognese sobre Bolaño. Mañana completo la reseña.

El ninguneo de Fuentes a la literatura europea

Un pope de las letras. Una autoridad (in)discutible. Uno de los sobrevivientes del boom: Carlos Fuentes. No discutiré sobre su obra. Es responsable de dos novelas canónicas, La muerte de Artemio Cruz y La región más transparente, y de una nouvelle o cuento largo que está entre mis favoritas de todos los tiempos, Aura, el auténtico palo al gato: si todos sus libros pasan al olvido, Aura los sobrevivirá. Palabra de ferretero.

Lo que pasa es que, a la hora de escoger el libro que comentaré esta semana, me decidí -nada raro, en todo caso- por uno europeo. Y entonces se me vino a la memoria una afirmación de Fuentes leída en los diarios del fin de semana, y de ahí sobrevino la siguiente reflexión, que trato de situar con apoyo de las correspondientes citas.

El problema de la autoridad de Fuentes es que ya no lee. No lee a Bolaño por el aura que rodea a su muerte; pero Bolaño murió hace cinco años y se dio a conocer en el mundo de habla hispana hace quince. No es disculpa. Dice, a sus venerables 85 años, que esperará aún unos cinco años más antes de hacerlo. Y no es broma. Pero sus deficiencias de lectura, y sus prejuicios, se hicieron más patentes aún en las entrevistas que dio al criollo duopolio de la prensa en su pasada por la Feria del Libro de Santiago 2009, la FILSA. La tesis global es la siguiente:

El gran crítico francés Roger Caillois señaló alguna vez que la novela de la primera mitad del siglo XIX correspondía a los europeos; la segunda mitad del XIX, a los rusos; la primera mitad del XX, a los estadounidenses y la segunda mitad del XX, a los latinoamericanos. Pero no es tan así, pues la segunda mitad del siglo XX también pertenece a los sudafricanos, los hindúes, los paquistaníes, los árabes, etc. Hay, por supuesto, grandes escritores europeos, como Günter Grass o Juan Goytisolo, pero no existe la centralidad de un solo lugar, y la novela en parte se ha desplazado hacia el Tercer Mundo (sic: a Grass le sobra una ese).

La cita es de la entrevista a El Mercurio, pero en la que dio a La Tercera -que no he podido linkear- profundiza la tesis, en alguna medida producto de la torpe pregunta que le formuló alguno de los dos entrevistadores, Héctor Soto y Roberto Careaga (sospecho que fue el primero, por el tono descalificador implícito):

– Pero en Europa hay un tipo de novela más centrado en el lenguaje, que se mira más el ombligo.

– ¿Cree que en Europa se está cultivando la novela? Yo creo que no (sigue, casi idéntico,  el texto citado más arriba, referido a Caillois). Hoy los mejores escritores de lengua inglesa son nigerianos, indios, sudafricanos, pakistaníes… Existe la idea en algunos escritores del norte de que ya está todo dicho.

Bueno: primero castiguemos a quien preguntó, que probablemente leyó a Claude Simon como la última novedad europea. Es abismante que se ponga en el mismo saco reductor y peyorativo -literatura que mira más el ombligo- a toda la producción literaria de la Europa contemporánea; y peor es que Fuentes confirme la tesis. Se me ocurre, para abreviar, partir por algunas preguntas.

¿Qué es Europa? Supongo que más que Inglaterra, para empezar. Y supongo que “lengua inglesa” es más que las Islas Británicas, porque hay gringos -esos ingleses que por mala pata nacieron en ultramar- que escriben muy bien. Ahora, no en tiempos de Faulkner o James o Melville. Y supongo que entre los paquistaníes no cuenta a Hanif Kureishi, ni entre los japoneses a Kazuo Ishiguro, nacidos o criados en la pérfida Albión. ¿Habrá novela más inglesa que Los restos del día, de Ishiguro? ¿Es que el melting pot aplica para el mestizaje sudamericano, pero no para las mezclas de anglosajones -o europeos en general- con las hilachas raciales de los antiguos imperios?

Aún si fuera así, aún si fuera admisible la exigencia de un certificado genealógico que garantice raigambres medievales en antiguas potencias coloniales para calificar como escritor europeo, Fuentes desvaría. Para empezar, la tesis de Caillois -tal como la presenta Fuentes– es de un simplismo rampante; según ella, Flaubert, Maupassant y Zola, para remitirnos sólo a venerables apellidos franceses, no existen, porque en esa época dominaban los señores rusos. Kafka no existe, porque no era estadounidense y de ellos es la primera mitad del siglo pasado. ¿Cómo puede alguien citar semejante argumento de autoridad?

Más aún si cualquier lector puede conocer a Amélie Nothomb, Julian Barnes, Antonio Tabucchi, Philip Roth, Enrique Vila-Matas, Javier Marías (aunque, claro, puede que para Fuentes los últimos dos no sean europeos), W. G. Sebald (ya, se murió) y tantos otros escritores que ni se miran el ombligo para escribir; y para qué hablar de escritores tan brillantes y provocativos como Goran Petrovic o Yuri Andrujovich: su ubicación en las fronteras de la Europa clásica disculpa a Fuentes de no conocerlos.

Está bien, no se puede leer todo, y la marea de libros es indomable. Lo irritante es que se pretenda dar cátedra sobre esa base. Se suele incurrir en generalizaciones que no resisten mayor análisis; y es grave, creo yo, que, cuando se trata de vacas sagradas como Fuentes, nadie haga las contrapreguntas pertinentes. Es cierto, finalmente, que el mapa literario se ha ampliado considerablemente y que muchas de las voces más interesantes y renovadoras vienen desde coordenadas hasta hace poco desconocidas, pero, vamos, la literatura no es una carrera de relevos y no se puede jubilar sin más a todo un continente.

Pistas de un naufragio + Lichtenberg

Hoy leí unas 80 páginas de Pistas de un naufragio, el libro de Chiara Bolognese sobre Roberto Bolaño. Se trata de la primera aproximación al conjunto de su obra; o, al menos, la primera que trasciende el ámbito académico, o la primera tesis de doctorado sobre Bolaño que se edita como libro, algo aligerado del aparato crítico y teórico que suele ser la pesada mochila de la academia. Está en algunas librerías de Santiago y pronto comienza a venderse en España.

Está estructurado en cinco partes. La primera es “Itinerarios”, que comienza por una aproximación a la biografía de Bolaño; luego, también de manera somera, inscribe al autor en su “época literaria”, sus pares y maestros, sus enemigos, sus detractores; y cierra con el enunciado de su poética. Es interesante, porque, además de pa perspectiva general, bien lograda, entrega pistas y líneas para profundizar en aspectos puntuales de su obra; por ejemplo, su relación con la poesía chilena, o su manera de inscribirse en la tradición argentina, o su modo de leer el canon. Bolognese tiene además la virtud de hilar bien textos de épocas y géneros disímiles, desde la poesía y el ensayo hasta, obviamente, la narrativa del autor, la parte más voluminosa de su obra.

Luego empecé la segunda parte, “El territorio Bolaño“, que analiza variables como el exilio (voluntario, en su caso) y el tipo de espacios en que se desarrolla buena parte de su obra, espacios urbanos desangelados y marginales, generalmente, que trazan un territorio bien delineado y poderoso en su manera de poner en cuestión las certezas del lector. Voy en el capítulo dedicado a la ciudad; ya hablaré más del tema más adelante, porque vale la pena revisar, aunque sea muy brevemente, las ideas que la autora pone en juego.

Sólo quiero agregar que, en algunos casos -pocos, por fortuna-, Bolognese cede a la tentación -o quizá a obligación- de la academia e incorpora conceptos tales como “literatura fractal”, que viene de las matemáticas, o la “modernidad líquida”, un péstamo de la sociología de Zygmut Bauman, que no muestran mucha utilidad para iluminar la obra de Bolaño. Lo curioso es que las conclusiones o inferencias de la autora a partir de esos textos son mucho más interesantes y atingentes que el concepto utilizado, y uno se pregunta si era de verdad necesario hacer ese rodeo. De cualquier modo, el libro de Bolognese me ha parecido, hasta este momento, muy interesante, útil y esclarecedor, una buena guía para adentrarse en una lectura sistemática, o un buen fruto de una lectura sistemática.

Y para amenizar la tarde, avancé unas cuantas páginas de un libro gracioso, ingenioso, divertido, amable y muy literario: 62 maneras de apoyar la cabeza, de Georg Chistoph Lichtenberg (un par de páginas) y Andrés Virreynas (todo el resto, que es bastante). Este último, mexicano, supongo, en realidad comenta y extiende un curioso apartado de los cuadernos donde Lichtenberg solía escribir sus famosos -y notables- aforismos, de la mano de imágenes de escritores, pintores, ajedrecistas, etc., que ilustran algunos de los modos de sostener la cabeza, o el rostro, como escribió originalmente el escritor alemán, traducido, para esta edición, por Juan Villoro. Un modelo de libro perfectamente inútil que, sin embargo, se lee con insólito placer. Edita Tumbona; en Chile, distribuye Hueders.

Iniciaciones, de Israel Centeno

Nunca he podido encontrar libros de Ricardo Azuaje, el escritor venezolano que Bolaño recomendaba. Pero sí apareció iniciacionesen Periférica Israel Centeno (1958), otro escritor de esa nacionalidad y contemporáneo (Azuaje es de 1959), que, de no ser por la editorial extremeña, permanecería igualmente inaccesible para lectores de otras latitudes (en Chile es distribuida por Hueders).

Iniciaciones es su primer libro editado por Periférica, en 2006, pero apareció originalmente a comienzos de la década anterior. Es una novela breve, de menos de cien páginas, pero de rara complejidad. Tiene cuatro partes, cada una dedicada a un personaje; en la más extensa, la primera, León, un adolescente, narra en primera persona el fuego que lo consume en una adolescencia calurosa y acalorada que no encuentra el modo de dar curso a sus deseos; luego, un narrador en tercera persona toma el relevo e introduce a otros personajes en el retablo de una familia del campo venezolano, de la hacienda, del “hato”, como le llaman ellos, un espacio clausurado a la modernidad y habitado por la fiebre, el deseo, el incesto y una violencia soterrada que late en el polvo y la amenaza de que se repita una mítica inundación que arrasó con las vacas y los hombres.

La siguiente parte, “Amelia”, narrada en tercera persona, sitúa el relato en el tiempo y presenta mejor a los personajes; pero también pone a la novela en el marco de su tradición, una tradición de la que por acá conocemos sólo los grandes hitos. Quizá por ello Centeno suena, al menos en esta novela, tan original y novedoso: porque no sabemos de dónde viene ni con quién está hablando, hasta que, en la página 54, leemos:

Por aquellos tiempos leyó Doña Bárbara por primera vez. Siempre había destestado al autor, pero un amigo mexicano le insistió en que lo leyera. Al principio creyó que se enfrentaría con un escritor que buscaba hacer una especie de Rojo y Negro con criollismos, pero sorprendida, fue más allá de la ciudad y participó de una épica, de un mundo telúrico. “Una Venezuela tosca y primitiva contra una Venezuela que nacía”, como leyera en el prólogo. El bien y el mal, una Venezuela tosca y primitiva contra una Venezuela que nacía. ¡Qué pintoresco y cursi resultaba el tema en una primera lectura! Pero Amelia logró encontrar un punto que la identificaba con la historia. En ella se dio el efecto contrario que esperaba el autor en sus lectores: rechazó a la Venezuela que nacía, llegó a odiar a Santos Luzardo, el hombre de las luces, el hombre de las ciudades que lanzaban huevos a sus concertistas, el hombre de la alfabetización y los libros bajo el brazo. Nunca toleraría las propuestas subyacentes de Gallegos. Regresaría para ir al centro de la tormenta, a las borrascas entre la noche y el día.

De ahí en adelante, la novela se lee de otro modo: si antes León copaba el paisaje y la hacienda recordaba tantos paisajes similares en todo el continente americano, de ahí en más crecen la complejidad, los juegos temporales y la ruptura de los territorios familiares. Y si en todo momento Centeno traía un aire fresco, un estilo nuevo, una sofocante manera de narrar esas iniciaciones que suelen ser terribles y con el aire terminante de las cosas decisivas, gana densidad, interés y misterio, con una obra que se bifurca y amplía su horizonte hasta hacerse universal.

Ahora me preparo para seguir con Hilo de cometa y Calletania.

Historia de una mujer bomba

Aquí va el texto original de otra columna que fue jibarizada por los avisos, como se puede ver aquí.mujer bomba

Historia de una mujer bomba y otras crónicas de América Latina

Cuando se leen crónicas como éstas, extensas, bien investigadas y mejor escritas, se entiende mejor a aquellos que incluyen la crónica dentro de los “géneros referenciales”, sumándolas a diarios íntimos, cartas, memorias y otros, que con cada vez mayor frecuencia transitan, sostiene Leonidas Morales, hacia “las grandes peripecias de la historia del sujeto, los grandes temas de la cultura e incluso, por qué no, los grandes modelos estéticos”.

Historia de una mujer bomba y otras crónicas de América Latina, edición conjunta de Uqbar y la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez, demuestra plenamente lo anterior. Por ejemplo: “Lazos de sangre”, del colombiano Alberto Caicedo, tiene una estructura propia de la mejor novela; comienza su historia por la mitad, por su momento más dramático, y desde ahí, hacia atrás y hacia adelante, reconstruye, en 30 apretadas páginas, la historia de dos hermanos que combatían en frentes opuestos. Uno militaba en las FARC; el otro, en un grupo paramilitar de derecha. La historia de la familia es mejor que todo un tomo de estudios para apreciar el terrible impacto que el enfrentamiento entre fuerzas irregulares y de éstas con el ejército ha producido en Colombia, un paisaje arrasado por la pobreza donde la militancia no es una opción ideológica, sino el único empleo posible. En otros casos, lo atractivo está en el rigor de la investigación y en su apego a la línea escogida. Es el caso de la única crónica chilena incluida en el libro, “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, de Cristóbal Peña, que logra, sólo al correr del hilo de los libros acumulados por el ex dictador, un implacable retrato del personaje, más certero por cuando se define por trazos indirectos, por sombras y huellas más que por una imagen frontal. La crónica usada para el título del libro, “Historia de una mujer bomba”, de Josefina Licitra, destaca por el modo en que avanza la progresión del relato: desde una conversación en una calle cualquiera de Tucumán a la trata de blancas en la Argentina, desde una vida familiar que seguía el molde clásico hasta la desesperación, la furia y la indignación que transformaron a Susana Trimarco en “una bomba atómica en el trasero de los políticos”, una mujer que liberó a 115 mujeres atrapadas en burdeles argentinos, que recibió en Estados Unidos el premio Coraje y que, como dice la autora, logró que el secuestro y la trata de mujeres, una práctica antigua, cobrara existencia “a los ojos del Estado y la opinión pública”.

El resto de las crónicas es igualmente bueno y, realmente, hay aquí una lectura de América Latina imprescindible, de la mano de periodistas que escriben muy bien pero que, sobre todo, van a mirar lo que muchos se resisten a ver: la precariedad que marca, todavía, nuestra vida común.

Bárbara Fuentes, edición. Uqbar/UAI, Santiago, 2009. 208 páginas.

Alan Bennett

En 2008 me encontré con Una lectora nada común, una novela breve que cuesta calificar de otra manera que deliciosa, ceremonia masajepor más que también se rinda tributo al lugar común. Fue la más exitosa de Alan Bennett de las tres que completaba Anagrama, y ello seguramente motivó el rescate de La dama de la furgoneta, un texto singular, autobiográfico y periodístico, que también me gustó mucho (los links conducen a mis reseñas, que todavía están en el blog de EMOL).

Y hace poco, en las ofertas de la librería Altamira, encontré La ceremonia del masaje, publicada en español en 2003, otra novela tan breve como mordaz, con todo el humor y la distancia que uno agradece a muchos escritores ingleses. Revela, más que las otras que leí, su larga trayectoria como dramaturgo y guionista: transcurre casi íntegramente en una iglesia y perfectamente podría adaptarse al teatro, aunque ahí se perdería -o habría que instalarla de otra manera- la voz del narrador, que puntea el relato con todo tipo de disquisiciones sobre las creencias y motivaciones de los personajes. En una iglesia, decía; en una iglesia anglicana; en un funeral. El muerto es un masajista de 34 años, que perdió la vida en Perú. Ahora, de vuelta a casa y a su último domicilio en el cementerio aledaño, es acompañado por una variopinta multitud, donde hay desde famosillos del último culebrón hasta figuras de la política británica. Es que Clive Dunlop, el muerto, era un masajista consumado, que además prestaba, a mujeres y hombres, otro tipo de servicios: “Aunque Clive era tan escrupuloso que no omitía nunca la ceremonia del masaje, para algunos era tan sólo el preámbulo de un contacto más prolongado e íntimo que, como es natural, quizá fuera un poco más caro”. El oficiante, el padre Joliffe, también contrataba los servicios de Clive; y entre los asistentes está Treacher, un canónigo que asiste a la ceremonia para evaluar el desempeño de Joliffe. No hay una línea de desperdicio en el relato: las observaciones del narrador sobre lo complicado que es desentrañar el Quién es quién británico, sobre la fe y las maneras de abordarla en la iglesia oficial y sobre la muerte, entre muchas otras, se formulan desde una posición analítica que aspira, claro, a explicar, a dar luces al lector, a facilitar la comprensión de lo que está ocurriendo, con una simpatía irresistible.

Y lo que ocurre es que la ceremonia funeraria se desacarrila completamente. Cuando Treacher se apresta a retirarse y sus apuntes indican que Joliffe ha pasado la prueba, a este último se le ocurre la peor idea del día: pedir a los asistentes que entreguen sus testimonios sobre el difunto. La cosa se pone difícil cuando alguien elogia, parte por parte, el cuerpo de Clive, omitiendo sólo la descripción del pene; y peor aún cuando un joven calvo proclama que Clive murió de sida. Y en los ires y venires de la asamblea tras esta revelación, luego desmentida por otras, reafirmada y vuelta a negar, está lo mejor de la novela, que hace transitar a los personajes desde el vértigo hasta el alivio, desde la desesperación hasta la liberación.

Feria del libro

Éste es el texto que mandé para la columna de hoy en El Sábado. Es una selección de las novedades que me mandaron algunas editoriales, sin pretensiones de ser exhaustiva. Iba a página completa, con mínimos recortes para que cupiera, y con la foto que va abajo. Pero entró un aviso, y quedó jibarizada así.

FILSA 2009

Las principales estrellas de la Feria Internacional del Libro de Santiago, FILSA, son los escritores argentinos. La Argentina no es sólo el invitado especial de este año; también es un país depositario de una tradición narrativa y poética que no decae en el tiempo, una de las más vivas y consistentes del mundo de habla hispana. De César Aira, escritor especialmente prolífico, Mondadori trae Las aventuras de Barbaverde, una novela en cuatro episodios que tiene mucho de comic de super héroes, pero con la deriva desquiciada y humorística que es el sello especial de Aira. Pero mejor noticia aún es que la misma editorial, habitualmente renuente a traer libros de autores poco conocidos, ofrecerá en la FILSA y en librerías chilenas Autobiografía médica, de Damián Tabarovsky, y El resto de su vida, de Paula Varsavsky, escritores jóvenes que han ganado un justo reconocimiento por la calidad de sus propuestas narrativas. Viene también Fabián Casas, y es posible –no seguro- que Emecé ponga a la venta sus notables Ensayos bonsai, textos donde autobiografía y ensayo se unen en una propuesta original y muy interesante. Por su parte, Alfaguara tiene una de las novedades más esperadas del decano, por así decirlo, de los invitados argentinos a la FILSA, Fogwill. Se trata de sus Cuentos completos, volumen que incorpora textos ya clásicos como “Una muchacha punk” y algunos totalmente desconocidos, hasta la fecha, para los lectores chilenos.

Entre los chilenos, los libros más destacados son Missing (una investigación), de Alberto Fuguet, editado por Alfaguara, interesante texto que también es una propuesta mixta entre géneros como la autobiografía y la ficción, más monólogos que podrían caer en el apartado de la poesía; y Mondadori, por su parte, presenta el esperado regreso del veterano Jaime Collyer a la novela, con La fidelidad presunta de las partes. Otro viejo crack que regresa a las pistas, esta vez en una editorial grande como Planeta, es Francisco Rivas, que presenta El fabricante de ausencias. En tanto, entre los lanzamientos de escritores jóvenes, destaca la aparición de Camanchaca, del iquiqueño Diego Zúñiga, por la editorial La Calabaza del Diablo.

En la no ficción, sector de la lectura que gana cada vez más popularidad, la gran novedad de la FILSA es El Día D. La batalla de Normandía (Crítica), de Antony Beevor, un historiador que logra, con cada nuevo libro, nuevas miradas sobre hechos que ya parecían suficientemente estudiados, con el valor agregado de una manera de narrar que parece prestada de la mejor ficción. También está Un arco iris en la noche (Planeta), de Dominique Lapierre, una historia de Sudáfrica que se centra en epopeya de cómo se logró terminar con el apartheid. Llega también Poe. Una vida truncada (Edhasa), de Peter Ackroyd, novelista y biógrafo que, en poco más de cien páginas, ofrece una lectura atenta y perspicaz sobre un escritor que perdura en el tiempo. En la misma línea hay una novedad interesantísima: El clan Wagner (Turner), de Jonathan Carr, espectacular revisión de la historia de una familia que una bisnieta del compositor definió como “una masa de egoísmo y pretensión”. Por último, en este ámbito, la llegada a Chile de la editorial La Fábrica permite conocer notables libros de fotografía como Los americanos. La obra de Robert Franck, originalmente publicada en 1958, ofrece una mirada singularmente aguda y reveladora sobre los estadounidenses.

Y en otro género sumamente popular, la novela de misterio, destacan El nombre del viento, de Patrick Rothfuss, muy en la línea de J.R.R. Tolkien y sus herederos, pero bastante más legible y entretenido; y y Los libros de cristal de los devoradores de sueños, de Gordon Dahlquist, elocuente título del libro estandarte de una nueva editorial, Marlow, que llega a las librerías criollas.

Feria foto