Maneras de no-leer

el olvido 2Pierre Bayard sostiene que hay muchas maneras de no leer, con lo que en realidad quiere decir que hay muchas formas de leer. Ocurre que necesita esa torsión para mantener la provocación enunciada en el título del libro. En la misma línea, trabaja sobre casos extremos y sobre la base de ellos propone afirmaciones de validez general que no parecen tan sólidas si se las mira con cuidado o si se contrastan con la propia experiencia lectora, pero sospecho que mis prevenciones se basan, sobre todo, en que aún no termino el libro. Ya veremos al final; mientras tanto, quiero comentar algunos fragmentos, porque de todos modos el desarrollo argumental me parece, por lo muy menos, atractivo e iluminador precisamente de la experiencia de la lectura (o no lectura, para atenernos a Bayard).

El olvido, por ejemplo. Comenzamos a olvidar lo leído apenas volvemos una página y el paso del tiempo lleva a que, en algún momento, se borre la distinción entre lectura y no-lectura de un determinado libro. Es cierto: sé que alguna vez leí La vorágine, de José Eustasio Rivera, e incluso puedo citar la frase final -“¡Se los tragó la selva!”-. También puedo inscribirla en su contexto y parafrasear, más o menos, el discurso teórico sobre esta novela que estaba en boga en mi época de estudiante. Es decir, podría hablar, y quizá bastante, sobre La vorágine sin necesidad de apelar a la relectura o a lo que otros han dicho de ella, pero si me interrogan sobre la trama, los personajes y el estilo, dudo que pudiera salir del paso (me consuela pensar que aún no leo los consejos de Bayard para estos casos).

Otra especie de la no-lectura, más insidiosa, está constituida por aquellos libros de los que hemos oído hablar (otra fórmula algo tramposa: es más habitual leer sobre libros desconocidos que oír hablar de ellos, pero en la base del libro está la negación del acto de lectura o al menos de su concepto más tradicional y rígido). Aquí es más nítido el procedimiento del caso extremo: el ejemplo es cómo, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, Guillermo de Baskerville es capaz de describir en detalle la estructura y los contenidos de un libro que sólo ha podido hojear por breves instantes. Pero es cierto: de tanto leer sobre determinados libros, terminamos por pensar que efectivamente alguna vez pasaron por nuestras manos.

En términos más generales, la primera parte del libro es, en realidad, una obra de demolición, y el edificio derruido es la concepción tradicional y estática que divide a los libros en dos especies, los leídos y los no leídos. Frente a ello, Bayard propone una clasificación mucho más flexible que además autoriza -bajo ciertas condiciones, claro está- a hablar de todos los libros: libro desconocido, libro hojeado, libro evocado por otros y libro olvidado. Y es que, tras las diversas maneras de no-leer que propone el autor, la conclusión es que los libros, antes o después de ser hojeados, se reducen a “sombras difusas que se insinúan en la superficie de nuestra conciencia”,  a “objetos reconstruidos, cuyo modelo lejano se oculta detrás de nuestro lenguaje y el de los demás”. Y así sucesivamente.

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Cómo hablar de los libros que no se han leído

Hace tiempo que tenía ganas de leer este ensayo de Pierre Bayard y, luego de unas cuarenta páginas, está absolutamente a la altura de las expectativas. Es más, creo que es un libro imprescindible para todo aquel que se mueve en el mundo de los libros. Una de sus tesis es que importa más la situación que el contenido, es decir, la capacidad de situar el libro en el continuo de la cultura, más que dominar perfectamente su contenido. Es una idea provocativa e interesantísima. Mientras avanzo, quiero compartir una extensa Bayardcita de Paul Valéry, un mal lector, un pésimo lector, pero tan brillante que hizo de su aversión al libro una teoría sobre el modo correcto de aproximación a la biblioteca infinita. La cita pertenece a su discurso de incorporación a la Academia Francesa, donde llegó en reemplazo de Anatole France (Premio Nobel de Literatura en 1921 y, de lejos, uno de los autores más olvidables de su tiempo). Valéry estaba obligado a rendirle homenaje y su texto es un modelo incomparable de solapada perfidia:

El público supo agradecer infinitamente a mi ilustre antecesor haberle procurado la sensación de un oasis. Su obra sorprende dulce y agradablemente por el contraste refrescante y graduado con los estilos resplandecientes o complejos que se elaboran por doquier. Parecía que la sencillez, la claridad, la simplicidad hubieran regresado a la tierra. Son diosas que complacen a la mayoría. Se estimó rápidamente un lenguaje que era posible degustar sin pensar demasiado, que seducía por medio de una apariencia natural, y cuya limpidez dejaba sin duda evidenciar a veces un trasfondo, aunque no misterioso; al contrario, siempre legible cuando no consolador. En sus libros se halla un arte consumado sobre el florecimiento de las ideas y los problemas más graves. Nada detiene la mirada, si no es la maravilla de no encontrar en ellos ninguna resistencia. ¿Acaso hay algo más precioso que la ilusión deliciosa de la claridad que nos procura la sensación de enriquecernos sin esfuerzo, de apreciar el placer sin pena, de comprender sin atención, de disfrutar el espectáculo sin tener que pagar?

Maravilloso, ¿no?

Mellado, Highsmith, Blancas bicicletas, Morrison, Quevedo

Epílogo: pasé el fin de semana dedicado a la lectura de Marcelo Mellado y a escribir el artículo sobre El informe Tapia. Morrison - Una bendiciónFue interesante poner en línea sus tres últimos libros y rebasar, por primera vez en mucho tiempo, el límite de 2600 caracteres para un artículo destinado a algún medio (escribir largo en el blog, en éste o en Lecturas y libros, no vale). Cuando se publique el artículo, lo subiré.

Y tengo que seguir con las reseñas. Comencé las novelas de Ripley, de Patricia Highmith, pero vi que no iba a llegar a tiempo, en modo alguno, a lafecha de cierre de la columna, así que quedará para la próxima. Entonces tomé  Blancas bicicletas, un ensayo -o crónica, más bien- sobre la década prodigiosa escrito por Joe Boyd, un gran productor de discos, pero vi que también me iba a tomar más tiempo, así que opté por la última novela de Toni Morrison, Una bendición. En eso estoy.

Y agrego algo más para graficar mi incurable dispersión en la lectura. En la librería Andrés Bello de Huérfanos encontré La tristeza del chileno, de Franklin Quevedo, y no pude resistir dedicarle  buen par de horas a bucear en las casi 900 páginas de los dos tomos. Es un ejercicio admirable de nostalgia que vuelve a reivindicar las banderas de toda una vida, banderas que hoy apenas flamean en algún rincón del país. Tiene, en sus páginas finales, una síntesis perfecta del ideario comunista y un anuncio utópico que habla bien de la fe de Quevedo, pero no de su capacidad para interpretar la historia. Hay mucho más que decir de este libro, y espero hacerlo en esta vecindad.

Humo

Ya no llevaré la cuenta de los días, para no deprimirme por la dificultad de hacer entradas diarias.vagón fumador

Leí la antología Vagón fumador, de Eterna Cadencia, y escribí la reseña. No se me dan bien las antologías: ahora que reviso los cuentos para anotar las cosas que no quiero que se me olviden -el sentido de este blog-, me doy cuenta de que podría haber escrito algo totalmente distinto. Nada que hacer, en todo caso, ante los plazos impuestos por el diario.

Me acordé, por ejemplo, de Humo, un cuento extraordinario de William Faulkner que está en el libro Gambito de caballo.  El protagonista común de todas las narraciones es Gavin Stevens, el fiscal del distrito de Yoknapatawpha, y en este relato particular apela a su larga experiencia de fumador para tender una trampa al culpable de un asesinato y obligarlo a reconocer su culpa. Stevens cautiva al público y enloquece al jurado con una estrategia oratoria que parece simple y pura divagación:

-Yo siempre he fumado -dijo Stevens-, siempre, desde que me repuse de una intoxicación de tabaco a los catorce años. Es mucho tiempo, el suficiente para haberme hecho exigente en materia de tabaco. Pero la mayoría de los fumadores son exigentes, a pesar de los psicólogos y de que se ha uniformado la calidad de los tabacos. O quizás sean los cigarrillos los que han sido uniformados. O quizás parezcan todos iguales a los legos, a los no fumadores.

Y así suma y sigue, pero sus reflexiones sobre el tabaco y los fumadores tiene un derrotero cuya precisión es parte de las grandes y gratas sorpresas del cuento. Y de todo el libro, en realidad, si no es el humo, es el whisky, o un remo, o cualquier cosa que escape del orden habitual, lo que desencadena el flujo verbal de un abogado acusador que está, o debería estar, entre los grandes personajes de la narrativa de Faulkner.

También me acordé de Ítalo Svevo y su grandísima novela La conciencia de Zeno, que se articula en torno a cada último cigarrillo que fuma el protagonista. “Era un último cigarrillo muy importante”, dice, por ejemplo, el protagonista, cuando lo usa para marcar el paso de los estudios de Derecho a los de Química. Y ya en la vejez, puede incluso reconocer que “desde hace un tiempo, fumo muchos cigarrillos… que no son los últimos”.

Y bueno: los cuentos de Vagón fumador son, en general, muy buenos. No hay puntos débiles, como suele ocurrir en estas recopilaciones donde además suelen intervenir el amiguismo y la urgencia por la acumulación. No, aquí todos son al menos dignos y la mayoría, excelentes. Hay a lo menos tres que delatan o denotan un origen autobiográfico; los tres tratan o aluden a los esfuerzos por dejar el -no quería decirlo, pero parece que no queda otra- vicio del tabaco; y de ellos quiero poder acordarme después. Noventa días, de Alejandro Zambra, es un diario del tratamiento para dejar el cigarrillo. Citas, viñetas, momentos, construyen una vida cotidiana hecha de amistades, libros y, claro, el humo del cigarrillo que no por vedado deja de estar presente. Un cuento que podría ser una novela (de Zambra). Para dejar de fumar, de Hebe Uhart, es una muy graciosa aproximación a la moda de los grupos de terapia para enfrentar las adicciones. Tabáquicos anónimos, se podría decir. Y Química y tabaco, de Elvio E. Gandolfo, está a cargo de un no fumador que habla del gran fumador que fue su padre, un obrero atrapado por la imposible tarea de conciliar el ahorro con su desenfrenado tabaquismo. Cuentos inteligentes, bien planteados, sencillos en su desarrollo, que logran una gran empatía con el lector, aunque quizá debería hablar sólo por mí mismo: el asunto me toca muy de cerca.

También me gustaron mucho otros dos cuentos: Stainbarguer, de la muy joven Sol Prieto (1985), por su deriva política, urbana y porteña, y Mi prima Histeriqueta, de Alberto Laiseca, por su desmesura y su humor negrísimo.

Día nueve (y siete y ocho, también): Mellado, el excéntrico (1)

La provinciaEsta tarea auto impuesta ha resultado más complicada de lo previsible. El viernes, día siete, no me impidió escribir aquello de que en ese día hay que descansar, sino una agenda llena que incluyó ir al cine a ver La nana, película chilena de Sebastián Silva (no me gustó, o me gustó poco, pero eso sería materia de otro blog). Ayer, sábado, un desagradable estado febril me tuvo en cama durante todo el día y sin poder leer, además.

Hoy retomo, pues, y casi sólo para dar explicaciones. Avanzo en los libros de Marcelo Mellado y quiero marcar sólo uno de los aspectos que lo sitúan en un lugar excéntrico en la literatura chilena: su notable habilidad para situar en la misma línea sintáctica voces y términos procedentes de distintas jergas. De un lado, está el lenguaje sociologizante de quienes suelen analizar asuntos urbanos y sociales, una jerga correosa, plagada de esdrújulas y horrendos neologismos; de otro, el lenguaje burocrático, oficinesco, plano y retentivo; cruzando a ambos, el habla de la calle, el “tenimoh”, por ejemplo, más notas de chilenglish, variación chilena del spanglish que viene dada no tanto por la convivencia en una comunidad donde se habla tanto inglés como español, sino por el imperio de las modas y la inútil búsqueda de un toque de distinción en el discurso. Es decir, no se trata sólo de que Mellado -para hablar como él- problematice todo lo que sostiene o que se autoparodie constantemente, como sostiene Marcelo Somarriva en la estupenda entrevista que le hizo a propósito de La provincia. Se trata de que desde el léxico y la sintaxis ya se subvierte el orden y se pone en juego otro sistema de relaciones muy poco habitual -único, hay que decir- en la narrativa chilena.

Día seis – entre Mellado y Zola

De la revista Contrafuerte me pidieron un artículo sobre El informe Tapia, de Marcelo Mellado. El número está dedicado en la relación centro/marginalidad en la narrativa chilena y, en ese eje, se supone que Mellado cae del lado del margen. Y sí, es así, yo creo, aunque habrá que precisar bien de qué manera. Tengo un par de hipótesis muy provisionales que espero desarrollar proRetrato de hombre - Cezannento. Mi plan es leer esta novela y releer La provinciaCiudadanos de baja intensidad, colección de cuentos que con mucho gusto apoyé al momento de votar por la mejor obra de narrativa publicada en Chile durante 2007. Hablo del Premio de la Crítica, auspiciado por la Universidad Diego Portales, que elige, año a año, el mejor libro de narrativa y el mejor de poesía.

El artículo debe estar listo antes del miércoles, de manera que una vez más postergo a Émile Zola, aunque hoy algo avancé en la lectura de La obra. Cuánto ha cambiado la literatura en 150 años. Si alguien escribiera a la manera de Zola, arrancaría burlas y carcajadas; y, sin embargo, una cita como la siguiente no molesta dentro de su contexto:

-¡Ah, la vida, sentirla y reproducirla en toda su realidad, amarla por lo que es, ver en ella nada más que la belleza verdadera, eterna y mudable, no tener la necia idea de ennnoblecerla a fuerza de castrarla, comprender que las pretendidas fealdades no son sino simples particularidades de los caracteres, y crear vida, crear hombres, única manera de ser Dios!

Me gusta mucho Zola, aunque cada vez entiendo más por qué su programa estético, y de alguna manera también las obras que creó, quedaron atrapados en un pliegue de la historia, en una curva cerrada desde donde no se ve ni el pasado ni el futuro.

Día cinco

DiferenciasTerminé Diferencias. Son cinco cuentos, pero uno de ellos, “Bajo el techo que se está descarapelando”, es más bien una novela corta de casi 70 páginas; y, si se trata de unidad de estilo, bien podría todo ser parte del mismo tapiz exquisitamente trabajado, que a la vez difumina sus límites y borra sus bordes.

En mi otro blog literario, hace ya un buen tiempo, un comentarista me acusó de haber perdido la capacidad de asombro. Pocos juicios sobre mí me han parecido tan injustos e inmotivados y le di muchas vueltas, pero el tiempo, que es generoso, y los libros, que son muchos, me devolvieron la tranquilidad. Puedo ser poco efusivo, pero me sigue maravillando encontrar nuevas voces, nuevas propuestas, nuevas maneras de re-crear la realidad a partir del lenguaje. Y este señor Petrovic es, sin duda, uno de esos autores que hay que seguir.

El sábado 22 aparece mi reseña sobre este libro en la revista El Sábado.

Día cuatro

Dedicado a Diferencias, de Goran Petrovic. Goran Petrovic Es notable cómo un tipo con semejante cara de boxeador es capaz de escribir textos de impresionante calidez y fineza. Cuando el narrador tiene once años, el papá llega a la casa con un conejo, saca el libro de cocina y prepara el aderezo, pero finalmente no es capaz de matarlo.  “Tuvimos el conejo en la terraza durante tres meses completos, en una olla para hervir la ropa. Mi hermana y yo nos encargábamos de alimentarlo y pasábamos horas observando la temblorosa bolita de pieles. Cuando ya nada podía detenerlo en la olla, lo regalamos a unos amigos en el campo. Gracias a él aún ahora puedo recordar qué es lo que a veces le falta a la gente, qué son los verdaderos latidos del corazón y qué es la verdadera humedad del ojo”.

Otra cita, muy reveladora de cómo creo que el autor entiende la práctica de la escritura: “Es terrible esa ‘enfermedad ocular’ de concebir el mundo. Comienza con el pensamiento, que incluso supuestamente se comprueba, de que esto no es grande, y luego aquello, después resulta que aquello junto a lo otro no es nada especial… Y así una cosa tras otra, todo a tu alrededor empequeñece, se encoge, pero en realidad eres tú quien se vuelve más pequeño o menos curioso, de cualquier modo cada vez menos dispuesto a dejarse encantar –justamente con la misma velocidad con la que vas haciéndote adulto”.

Día tres

¿Qué hacer con la dispersión en las lecturas? Hoy comencé Diferencias, de Goran Petrovic, cuyo comienzo -digamos, el primer cuento casi completo- me pareció magnífico, distinto, compuesto por fragmentos que daban la impresión de pertenecer a un conjunto aún mayor, de contornos indefinidos, algo así como una tela esponjosa, un globo de formas irregulares, o, mejor, una red cuyas líneas o cuerdas extraordinariamente bien dibujadas nunca dejan ver la forma del total ni el secreto designio de los nudos que las unen.

Pero se me quedó en la oficina. Me di cuenta cuando, milagro de milagros, iba sentado en el metro desde la primera estación, y me esperaba una largo viaje hasta la editorial Uqbar, en Las Condes, casi al frente del Tavelli. Por fortuna, llevaba dos artículos que había impres para una lectura fuera de la pantalla. El primero es “Crítica del panorama”, de Gustavo Guerrero, aparecido en Letras libres. Se trata de un recocido sobre tesis bastante manoseadas sobre la existencia o inexistencia de la narrativa latinoamericana. Francamente, la pregunta ya me parece descabellada: es como esas intentonas de filosofía adolescente aderezadas con un par de conceptos de la física mal digeridos que ponen en duda la existencia del cuerpo. Habría que preguntarse, más bien, es es posible intentar una aproximación coherente y razonada al conjunto.  Reconozco, eso sí, que lo leí bastante prejuiciado, porque había leído antes la crítica de Gustavo Faverón en su blog al mismo artículo. Yo sólo agregaría a sus críticas, que comparto plenamente, que Guerrero omite, o considera muy parcialmente, a la generación literaria que dialogó primero con el boom, mucho antes de que Fuguet y Gómez publicaran su oportunista oposición entre Macondo y Mc’Ondo, que sigue siendo citada, para mal de males, como si se tratara de una verdad consagrada. Se trata de los escritores nacidos en la década del cincuenta, donde destacan, entre otros, Villoro, Rey Rosa, Bolaño, Sada, Castellanos. Y Aira, que es del 49. Allí hubo una manera, todo lo diversa que Guerrero quiera, de responder a la anterior, la del boom o de algunos prominentes del boom, en ese movimiento de sístole y diástole que sigue siendo rastreable en el juego de las generaciones. Pero para eso hay que trabajar y no comulgar con ruedas de carreta.

El segundo es “Lo insondable”, de Enrique Vila-Matas. Lo encontré acá, y para allá remito. No lo he terminado aún; a la vuelta de Uqbar me vine leyendo un cuento de Alejandro Zambra, “Noventa días”, que abre la antología Vagón fumador, editada por Eterna Cadencia. ¡Gran cuento! Ya comentaré el conjunto. Y algo diré del artículo de Vila-Matas. Y continuaré mañana con Petrovic, mi próxima reseña en El Sábado. Ahora tengo que cumplir con deberes domésticos.

La pregunta que abrió esta entrada es, desde luego, retórica.

Día dos

Leo columnas de Javier Marías. Concretamente, el primer tomo de sus recopilaciones, Mano de sombra, editado en 1997. Son un real tesoro. Es difícil mantener el pulso semanal con reseñas de libros, aunque se trate de un formato que admite muy pocas variaciones y cuyo asunto está dado a priori; cuánto más complicado es escribir entregas semanales cuyo única limitación es el número de caracteres. Dos ejemplos para el diario de hoy.

Sobre la Navidad: “Hace demasiados años que nuestras ciudades están malhumoradas: se han hecho agresivas y crispadas, impacientes y poco cordiales y nada corteses. Si a este mundo se le exige de repente, a fecha fija, que se conmueva y tenga buenos sentimientos hacia sus semejantes y se reúna con sus familias y demás, lo normal es que el resultado sea el contrario del propuesto y deseado. Es decir, que la propia demanda de todo eso, impuesta desde la ficción y la convención, irrite aún más al ciudadano que no puede o no sabe cumplir con ella. Por eso, supongo, desde hace ya muchos años la Navidad suele ser el período en que la ciudadanía está más odiosa, desquiciada, brutal, irritable, furiosa y asalvajada. Nuestras ciudades se convierten en escenarios de la tortura y la exasperación, y por eso yo suelo encerrarme solo en casa a ver vídeos, para refugiarme en la verdadera ficción y huir de esa otra ficción bastarda a la que aún llamamos realidad”.

Sobre el afán denigratorio de la mayoría de las biografías publicadas en la actualidad: “a la hora de denunciar a nuestros antepasados habría que extremar el cuidado, justo lo contrario de lo que se hace hoy día, en que se busca tan sólo el escándalo, con fundamento o sin él. Y ese cuidado habría que extremarlo no sólo porque los protagonistas no pueden desmentir ni defenderse, sono sobre todo por una razón muy simple que cualquier novelista suele tener en cuenta cuando habla de sus personajes  de ficción y sin duda no tanto estos biógrafos y estudiosos que hablan de personas reales muertas. Los motivos de cada hombre o mujer para actuar como actúan son indescifrables para los demás, y nadie puede ponerse cabalmente en el lugar de otro, menos aún juzgarlo. Quizá esa sea la principal diferencia: los biógrafos investigan como policías y juego juzgan como jueces; los novelistas tan sólo cuentan, y al contar comprenden”.