La transmigración de los cuerpos

Reseña publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El país, 9 de febrero de 2013.

En una ciudad sin nombre, asediada por una epidemia que poco a pocoScan10030 encierra a la gente en sus casas y libra las calles a los desesperados, a los militares, a los que deben salir quizá porque tampoco tienen esperanzas, transcurre la tercera novela del escritor mexicano Yuri Herrera. El protagonista de La transmigración de los cuerpos es el Alfaqueque, un tipo tan anodino que asume, respecto de sí mismo, que “las cosas entendían pronto que su vida era como la parada de un camión, útil momentáneamente, pero donde nadie se quedaría a vivir”. Lo curioso es que esa dolorida conciencia acerca de sí mismo y  sobre lo dura y triste que es la existencia (“se repitió lo que tantas veces en circunstancias distintas se había dicho: todo lo bueno es un pedazo de algo horrible”), lo convierte en un personaje entrañable, que gana en humanidad y calor mientras más se adentra el
relato en una cruel historia en medio de las calles vacías por el miedo. La concisión característica del estilo de Herrera da acá un paso adelante, con una capacidad expresiva que impresiona más por la contención que por el exceso, más por el exigente rigor en la expresión que por el adjetivo fácil.

El Alfaqueque tiene también –a su manera- el don de la palabra. De oscuro tinterillo pasó, gracias a ese talento, a convertirse en un negociante. “Muchas veces la gente estaba esperando que alguien viniera a bajarle la bilis y a ofrecerle una manera de salirse de la pelea; y para eso es que servía ajustar el verbo. El verbo es ergonómico, decía, Sólo hay que saber calzarlo con cada persona”. Acompañado por el Ñárdertal -un personaje que parece, pero sólo parece, que quisiera que lo maten pronto- y por la Vicky -enfermera que sobre todo verifica la dignidad de los cadáveres que circulan cerca del protagonista-, el Alfaqueque se ve atrapado en una sombría historia de enfrentamientos familiares. Él pone el verbo por un lado y el Menonita, otro especialista en deshacer conflictos, por el otro; y en cada una de las puntas de la madeja hay un muerto. La novela tiene una estructura vagamente policial; el Alfaqueque recuerda al clásico detective de la novela negra cuando va desentrañando el hilo oculto de una trama que se adentra cada vez más en antiguos rencores y cuentas por cobrar, pero no tiene afán justiciero alguno. Quiere la verdad sólo en la medida en que le sirva para evitar más cadáveres cerca suyo y ello porque ese es su trabajo, no por algún imperativo de orden moral. La compañía permanente del Alfaqueque es un perro negro que le roe las entrañas y la leal compañía del mezcalito nocturno, “la mugrita destilada limpiándole la mugrita de adentro”, ese sedimento implacable que la soledad y la violencia van acumulando en la vida cotidiana del Alfaqueque, por más que esta última aparezca como en sordina, en la disputa por los cuerpos de los muertos y en un par de escenas de calculada brutalidad. En su mansa desesperación, en su desapego, hasta en su incredulidad frente al hecho de que su vecina, la Tres Veces Rubia, lo desee como compañero sexual, el personaje protagónico despliega una integridad que es a la vez frágil e imbatible, un precario equilibrio entre la maldad que lo asedia y la compasión, una compasión sincera, profunda y contenida, que siente hacia los cuerpos yertos de la Muñe y Romeo, las dos puntas de una madeja que no por asordinada es menos triste y desoladora, donde sólo la lucidez amarga y humilde del Alfaqueque ofrece  algún camino de redención. Es una novela dura, como las que provienen de una zona fronteriza y asediada por la extrema violencia, pero también extrañamente consoladora, en buena medida gracias a su excepcional calidad literaria.

Ese modo que colma

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de julio de 2010

El mexicano Daniel Sada ganó, el año pasado, el Premio Herralde de Novela con Casi nunca. Fue una excelente noticia, especialmente porque puso en circulación en todo el ámbito iberoamericano la obra de un autor saludado por sus compañeros de generación como uno de los más interesantes y renovadores de la narrativa latinoamericana. Mucho se podrá criticar recientes decisiones editoriales de Anagrama, pero lo cierto es que incorporaciones como las de Sada y el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa reafirman su relevancia para los lectores. Ese modo que colma es una colección de cuentos en los que Sada insiste en el cultivo de un estilo personalísimo: un lenguaje lleno de recovecos y giros, que juega con los sentidos, que retuerce las frases o las modula mediante un uso muy poco tradicional e intensivo de los signos de puntuación. Los cuentos se ambientan en el norte de México y no escapan, en modo alguno, a las determinaciones del tiempo: el cuento más revelador en ese sentido es el que da título al libro. En una fiesta de cárteles que miran pasar una avioneta cargada de cocaína rumbo a Estados Unidos, aparecen tres cabezas guillotinadas en una gran hielera. Pero Sada ni intenta adentrarse en la psicología del narco ni abunda en la senda de la investigación criminal; en cambio, sigue el rumbo más doméstico, a cargo de las recientes viudas, sobre qué hacer con las cabezas, además de seguir picando hielo para evitar el mal olor. De este modo, lo grotesco se superpone a la tragedia y la marca feroz que la violencia narco impone a la sociedad mexicana agrega aquí una dimensión más cotidiana, aunque no menos espeluznante. Ese juego entre lo grotesco y la violencia, entre la capacidad reveladora del lenguaje y la crudeza de hechos que pertenecen a la crónica policial es lo que saca chispas en estos cuentos. El primero, por ejemplo, “El gusto por los bailes”, escrito mayormente en versos octosílabos que podrían cantarse como un corrido, es una tragedia que se inscribe casi alegremente en la tradición de la canción popular que habla de desgracias y se refocila en el dolor ajeno. Hay también notas de costumbres, siempre tocadas por un estilo que las transforma y las devuelve al lector como ironías o juegos o bromas. Leer a Sada es un ejercicio demandante, pero también de los más estimulantes y divertidos que se pueda encontrar en la narrativa contemporánea.

Daniel Sada. Anagrama, Barcelona, 2010. 185 páginas.

La Biblia Vaquera

Reseña publicada en «Babelia», suplemento del diario El País, 24 de marzo de 2012

Rica pirotecnia de juegos verbales

La Biblia Vaquera
Carlos Velázquez
Sexto Piso, Madrid, 2011
101 páginas, 14.90 euros

El norte de México no solo es el territorio donde con mayor encarnizamiento se lleva a cabo la guerra entre los cárteles de la droga y la policía y el ejército mexicanos; también es el ámbito en donde ha crecido una literatura distinta y profundamente renovadora, que responde como pocas a la multiforme realidad de un mundo que funde realidades –o las crea, más bien- al ritmo imparable de la globalización. Velázquez, a su vez, crea en este libro un país imaginario que se establece precisamente en la línea de contacto entre culturas: Popstock, con ciudades como San Pedrosburgo, San Pedrosvelt, San Pedrosttugart, Saltillo, Monterreycillo, donde superpone nombres del mundo con el desierto del norte de México. Ese cruce se expresa también en el recurrente uso de términos del lenguaje mestizo de la frontera, el espanglish, pero con un estilo que rebasa y deja atrás los usos habituales. Sobre esta superficie lingüística, Velázquez extiende otra densa capa de juegos verbales, de cambios de sentido, de creación de términos al estilo de las «palabras baúl» de Lewis Carroll, como -«por los sigilos de los sigilos», «drogoficante», «San Juditas Tarareo», una pirotecnia incontinente que hace saltar chispas a cada momento. Sobre esa capa, Velázquez suma aún otra de desplazamientos de significado que hacen de La Biblia Vaquera un texto delirante y efervescente, una sopa que hierve hasta la incandescencia. Cuando el lector piensa en campeones de lucha libre, se trata de DJs que combaten a punta de mp3. Cuando se trata de una banda de rock pesado, el instrumento principal es la rasuradora con que The Country Bible se ha hecho una artista en el depilado del pubis femenino. Hay un diablo burócrata que manda nuevas habilidades por DHL. Hay episodios y personajes históricos también desplazados de sentido que inducen a una nueva lectura del pasado. El subtítulo del libro –Un triunfo del corrido sobre la lógica‘- da una idea acerca de la fusión de mundos que propone, así como sus afirmaciones sobre, por ejemplo, el pop: «Y el tiempo mi querido espectador, el tiempo es pop. El Diablo es pop. El amor es pop. Y el pop es una puta». Y sobre todo están todas las Biblias, protagonistas de cada relato: la Biblia Vaquera, The Country Bible, The Cowboy Bible, es decir, un personaje proteico que puede ser hombre o mujer, experta con la rasuradora, Dj combatiente, gorda encargada de curar las penas de amor, piel de botas, Biblia de verdad forrada de mezclilla, campeón de resistencia al alcohol. En los cuentos se filtra, cruenta y grotesca, la rotunda presencia del narco en la quebrada convivencia social mexicana y norteña, que Velázquez –presente, por la fuerza del azar, en unos cuantos tiroteos- aborda con humor negro y chispeante.  Así, La Biblia Vaquera –tanto como el anterior libro de Velázquez publicado por Sexto Piso en España, La marrana negra de la literatura rosa- es un laboratorio que dinamita los sentidos y abre cauces nuevos para la narrativa latinoamericana. El autor está por concluir su primera novela, El coleccionista de salsas, que define como «un mamotreto que le dará carpetazo a Los detectives salvajes». Mucha ambición, quizá, pero sin duda que Velázquez, con el ritmo quebrado de sus relatos, el trabajo al interior del lenguaje que lo quiebra y multiplica los sentidos, que revitaliza la respiración de la lengua y entrega a cada momento felices hallazgos que obligan a pensar de otra manera las palabras –es decir, la realidad que nombran-, puede convertirse en un nuevo punto de referencia en un mapa que a cada momento gana en complejidad y riqueza.